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[Correo de lectores] ¿No hay alternativa al capitalismo?

Gabriel Piro

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Ilustración: Marcos Kazuo

[Correo de lectores] ¿No hay alternativa al capitalismo?

Gabriel Piro

Querides lectores: una vez más nos encontramos en este correo. Como en otras ocasiones, la idea es intentar responder desde aquí a algunas preguntas, sentidos comunes, o continuar conversaciones que tuvimos en las calles, lugares de trabajo o de estudio sobre el socialismo y la perspectiva que sostenemos desde esta publicación.

Esta vez vamos a abordar una idea que se ha transformado en sentido común: la premisa de que, incluso con sus problemas, no existe una forma de funcionamiento social viable que no sea el capitalismo. Antes de ser un “sentido común”, esta perspectiva fue formulada explícitamente por los ideólogos del neoliberalismo, y quedó cristalizada en la frase de Margaret Tatcher “no hay alternativa”. Sin embargo, también sectores que se dicen “anti-neoliberales” ayudaron a difundir esta idea, sosteniendo que “incluso con sus defectos” el capitalismo es el“mejor sistema posible para la producción de bienes y servicios” (y obviamente, preferible al socialismo) y que de lo que se trata es de “corregir” sus “errores”. Esta ideología transformada en “sentido común”, terminó trasladándose incluso a una “naturalización” de los comportamientos humanos en torno a las leyes del mercado y las lógicas capitalistas, llevando a que incluso quienes consideran atractivas las ideas del socialismo piensen que estas son incompatibles con la práctica, con la “naturaleza humana” o con la dinámica de las sociedades actuales.

Como siempre, intentaremos abordar esta discusión de un modo sintético, linkeando a otras elaboraciones y notas para profundizar en algunos temas. Pero empecemos por el principio…

¿Y por casa cómo andamos?

Muchos de quienes defienden al capitalismo como el mejor sistema posible, como “el que funciona”, o el que “ha mostrado ser más eficiente”, lo contraponen a los regímenes burocráticos que que se desarrollaron en sociedades como la Rusia de Stalin o la China de Mao, basados en la idea del “socialismo en un sólo país” y en la liquidación de todo tipo de democracia obrera. Aquí no desarrollaremos un balance histórico de estas experiencias, sobre las cuales ya hemos dicho algo aquí y aquí, pero vale señalar como punto de partida dos cuestiones. Por un lado que quienes aquí escribimos somos trotskistas, es decir, parte de una corriente que históricamente luchó sin cuartel contra el estalinismo y las diferentes burocracias que intentaron apropiarse y liquidar distintos procesos revolucionarios en nombre del “socialismo”. De hecho por eso fueron perseguidos y el propio Trotsky fue asesinado por Stalin. Aquellas experiencias se apoyaron sobre las derrotas de la vanguardia obrera e impusieron regímenes autoritarios y burocratizados, que a lo largo del tiempo, dieron paso a la restauración capitalista en esos países. Por otro lado, señalar que así como Trotsky combatió estas tendencias burocráticas, planteando que era imposible desarrollar el socialismo en un sólo país y que era necesario retomar la senda de la democracia soviética, resaltó las enormes potencialidades desplegadas por aquellas sociedades producto de la nacionalización de la propiedad de los grandes medios de producción y la liquidación del poder burgués, cuestión a la que nos referiremos más adelante.

Dicho esto, queremos señalar que en general quienes hacen aquel señalamiento para exaltar al capitalismo ocultan lo esencial: es difícil pensar en un sistema que haya generado tanta barbarie y miseria en tan poco tiempo y en la magnitud en que lo hizo el capitalismo durante los últimos 200 años. La mundialización de la economía capitalista fue de la mano de la internacionalización de la política imperialista, de las guerras y de las crisis económicas. Sólo en el siglo XX la humanidad atravesó dos Guerras Mundiales con millones de muertos y desplazados con consecuencias por varias generaciones; vivió la aparición de armas de destrucción masiva que pusieron (y mantienen) a la humanidad al borde del abismo, como las bombas atómicas; observó el despliegue de una destrucción nunca vista de la naturaleza cuyas consecuencias estamos atravesando cada vez más aceleradamente, con catástrofes naturales frecuentes; a todo lo cual debemos añadirle las experiencias del fascismo, el nazismo, las dictaduras sangrientas y los genocidios ocurridos en las sociedades capitalistas.

Y más importante aún: muchos de estos horrores ocurrieron en sociedades “económicamente prósperas” desde el punto de vista capitalista. Es decir, el “éxito económico”, el “buen funcionamiento” del capitalismo para ciertos sectores empresarios, trajo aparejado y causó muchos de estos desastres. Baste pensar que el “éxito” de las empresas mineras, papeleras, gasíferas, petroleras y alimenticias (que mueven toneladas de dólares por día), implicó la desertificación de los bosques, la contaminación de los ríos, la aparición de virus zoonoticos, etc. El “éxito” de industrias multimillonarias como la industria bélica y armamentística, depende de la existencia de recurrentes guerras y conflictos armados. Las ganancias de ramas como la farmacéutica (de las que más ha crecido en el mundo en las últimas décadas), depende del empeoramiento de las condiciones de vida de la humanidad, sometida en su gran mayoría a condiciones de existencia que generan enfermedades totalmente evitables si existiera una buena alimentación, políticas preventivas, acceso a la vivienda, ambientes laborales acondicionados, etc.

Pero tal vez alguien diría que esos son ejemplos “extremos”. La realidad es que el día a día, la cotidianidad del capitalismo, no muestra una realidad mejor. Es más, desde su momento de “mayor éxito”, tras la caída del Muro de Berlín y la idea de que “no había alternativa” al capitalismo que arrasaba con todo, que había demostrado su “superioridad”, no sólo no dejó de tener recurrentes crisis que lo pusieron una y otra vez al borde del abismo, sino que profundizó como nunca antes los niveles de desigualdad y miseria a lo largo y ancho del mundo. Como ha señalado el economista Thomas Piketty el capitalismo se ha consolidado como una máquina productora de desigualdad: los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Es decir, la pregunta al capitalismo podría ser “¿para quién funciona tu modelo?”. Un supuesto “normal funcionamiento” del capitalismo se basa en la explotación humana, en la obtención de ganancias por parte de los empresarios a costa del trabajo ajeno. Sobre esa base todo “buen funcionamiento” del capitalismo, implica acrecentar la explotación y garantizar a toda costa la propiedad privada de los medios de producción. La historia ha demostrado que los capitalistas y sus estados han sido capaces de los peores horrores para sostener “funcionando” ese núcleo básico para la obtención de ganancias dentro del capitalismo. Aquellos no han sido “excesos” sino la consecuencia lógica de un sistema que requiere que exista la explotación entre los seres humanos para existir, al igual que las sociedades de clase que lo precedieron.

El triunfo del neoliberalismo, que se apoyó sobre la restauración capitalista en China y Rusia ( incorporando millones de nuevos trabajadores a la órbita del capital) está mostrando los límites del “exitismo” del “no hay alternativa”. En 2008 las grandes corporaciones y los bancos debieron ser “rescatados” para no sucumbir, y desde entonces el capitalismo no ha dejado de crear burbujas financieras y ruedas especulativas para sostenerse. Las tensiones geopolíticas están en aumento (Rusia y la OTAN, China y Estados Unidos, etc.) y las consecuencias sociales de su declive se expresan en permanentes crisis políticas y sociales, muchas de ellas traducidas en revueltas a lo largo y ancho del globo. Finalmente, vale señalar que la dinámica eco-destructiva del capitalismo, atenta contra su propio “normal funcionamiento” como vimos con la pandemia de Covid-19.

Por eso Marx siempre sostuvo que el objetivo del comunismo era desplegar muchas de las potencialidades presentes en la sociedad capitalista, que sin dudas alcanzó avances científicos y tecnológicos nunca vistos en la historia de la humanidad, pero cuya inserción en la lógica de producción capitalista implica un freno a su desarrollo o en muchos casos los vuelve contra la propia vida humana . Marx no lo hizo pensando en un “modelo” ideal, perfecto, sino en las propias tendencias y prácticas que se desarrollaban en la sociedad. Veamos.

El movimiento real que se desenvuelve frente a nuestros ojos

Terry Egleaton, señalaba elocuentemente que “es el capitalismo, no el marxismo, el que comercia con futuros. Vende modelos inalcanzables desligados de toda realidad material” [1]. Efectivamente, los teóricos y apologistas del capitalismo siempre están intentando vender su “fórmula mágica”, sus recetas y conjuros para intentar mostrar que solo con “algunos retoques” el capitalismo puede ser un fuente de abundancia y felicidad para toda la humanidad. Algunos, prometiendo que una mayor intervención del Estado en la economía lograría “regular” sus injusticias, otros, diciendo que sin aquella “traba” cada uno podría desplegar el “homo economicus” que lleva adentro. Lo cierto es que unas y otras recetas han sido ensayadas de mil formas en distintas sociedades capitalistas sin que eso modifique las tendencias generales de las que hablamos en el apartado anterior.

¿Pero qué quiere decir Eagleton cuando dice que el marxismo no “comercia con futuros”? Que ni Marx ni los marxistas que siguieron su legado, elaboraron un “modelo ideal”, un futuro diseñado sobre modelos morales trazados sobre una pizarra (o sobre un programa de diseño en los tiempos actuales). Es más, el propio Marx elaboró sus ideas en debate con los llamados “socialistas utópicos” que veían en una sociedad comunista un modelo moral de vida, pero sólo se basaban en sus deseos y aspiraciones de alcanzarlo. Desde ya que existen valores y condiciones de vida deseables, pero lo que Marx aportó fue la idea de que ellos se desprendían del “movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”. Para Marx la clase obrera no tenía que convencerse de ciertos “ideales”, sino destrabar, desanudar “los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno”. ¿Y qué significaba esto? Que era sobre las tendencias ya existentes en el capitalismo, (sobre su enorme desarrollo científico y tecnológico, sobre su extensión internacional, sobre su compleja división del trabajo, sobre la existencia del proletariado moderno), sobre los cuales se podía pensar una sociedad distinta.

Intentemos bajar estas ideas “a tierra”. Pensemos en la computadora o el teléfono que tenemos delante de nuestros ojos en este momento. Cientos de trabajos, trabajadores, ideas y procesos estuvieron involucrados en su realización. Desde los técnicos e investigadores que los diseñaron, hasta los mineros que obtuvieron los metales conductores, los fabricantes del plástico que los envuelve, los marineros o aviadores que los transportaron, el comercio en que lo vendieron, etc. Pensemos a su vez, en todos los trabajos involucrados en cada una de esas instancias. La cadena podría ser infinita. Esa misma enorme red es la que envuelve a las y los trabajadores de todo el mundo en una creciente socialización de las fuerzas de producción: una mutua dependencia cada vez más pronunciada de los distintos trabajos realizados de forma "privada independiente" por las distintas unidades de producción capitalista. Entonces, es sobre esa tendencia, que se desarrolló enormemente bajo el capitalismo, que Marx piensa la posibilidad de una sociedad nueva.

El capitalismo a la vez que permite que esa socialización se desarrolle, impide que la misma esté puesta en función de las necesidades mayoritarias. Las cosas que se producen están motivadas por la ganancia de los empresarios y no de los trabajadores, los verdaderos productores de esas mercancías. Volvamos sobre nuestros teléfonos o computadoras: están pensadas para durar poco tiempo, en función de que compremos una nueva en pocos años, utilizando indiscriminadamente los recursos naturales. Para Marx se trataba de “superar este estado de cosas”, no empezando todo de nuevo. Con aquella división internacional del trabajo, se podía producir más y entonces satisfacer las necesidades de todos.

Esto que ocurre a nivel global también se puede ver dentro de una fábrica o lugar de trabajo. La concentración de decenas y cientos de personas en un mismo lugar de producción permite que las y los trabajadores cooperen entre sí para hacer que los trabajos sean más eficientes y simples. Claro, los capitalistas usan esto a su favor: la simplificación de las tareas no reduce la jornada laboral sino que aumenta sus ganancias. Muchas de las “ideas” que tuvieron los empresarios para mejorar la productividad se basaron en las propias prácticas de cooperación de los obreros. Esa potencialidad creativa, esa perspectiva de que en el propio lugar de trabajo las y los trabajadores piensen qué y cómo producir, ya está inscripta en nuestras sociedades, pero su fuerza está cercenada por el capitalismo, pues nadie quiere “darle ideas al patrón” para que nos explote mejor.

Las fábricas recuperadas y gestionadas bajo control obrero, son un excelente ejemplo de ello. Liberadas de la vigilancia patronal han logrado pensar cómo y qué producir apelando a todo tipo de ideas, pruebas y ensayos impensables bajo la vigilancia patronal. Ejemplo de los trabajadores de MadyGraf, que en la pandemia produjeron materiales sanitizantes y que en el último tiempo han comenzado una reconversión productiva en función de criterios ecológicos, constituye una “pequeña escuela de planificación económica”. Sin embargo, estas están forzadas a seguir funcionando bajo la órbita del capital, son una especie de "isla" en sociedades capitalistas en las que tienen que vender su producción como mercancía, compitiendo, manejando la productividad, etc. Por lo tanto, su lucha tiene una perspectiva si su ejemplo se extienda al conjunto de la economía, logrando romper esas barreras que impone el capitalismo.

El tiempo libre y la “naturaleza humana”

Los discursos, teorías y corrientes políticas que naturalizan el capitalismo como el “único sistema posible”, trasladan esa naturalización a las relaciones humanas y al funcionamiento social. Según su visión, los seres humanos y los conjuntos sociales nos comportaríamos según las lógicas de la ganancia, del provecho individual, de la “maximización del beneficio” y de la competencia. Por eso pintan una sociedad en la cual las personas somos “egoístas” por naturaleza, incapaces de acciones altruistas, de ejercer una solidaridad desinteresada o de cooperar en función de objetivos mayores. De ahí que el socialismo no sería viable ya no sólo por razones económicas sino porque la propia humanidad no estaría dispuesta a un sistema de ese tipo sino que siempre primará la idea egoísta de superar a los otros ejerciendo algún tipo de dominación.

Ya en la época de Marx, este discutía con los economistas de ese entonces que pensaban los comportamientos económicos de las sociedades y de los individuos suponiendo que eran especies de “robinson crusoes” cuyas decisiones y racionalidad dependían únicamente de la supervivencia individual y de la planificación de sus propias acciones. Por el contrario, Marx resaltaba que como seres sociales, los humanos estamos obligados a la cooperación para transformar lo que nos rodea y construir la cultura material y simbólica que hace a la vida en sociedad.

Lejos de proponer una “naturaleza humana” estanca, inamovible y ahistórica, el marxismo siempre planteó que lo único “natural” (valga aquí la analogía) en los humanos era el cambio, la transformación de lo que nos rodea, la capacidad de trabajar cooperando con otros y construyendo nuestro propio medio social.

En un sentido más histórico, Marx consideró que los humanos somos quienes hacemos la historia, aunque esta nos es heredada de las generaciones anteriores, y por ende debemos actuar sobre condiciones “dadas” de antemano. Pero del mismo modo reflexionaba que en la medida en que cambian nuestras condiciones de existencia, cambia la forma en que pensamos y nos desenvolvemos en el mundo. Uno podría pensar que el “egoísmo” siempre existirá en los seres humanos, aunque es claro que no es lo mismo ser “egoísta” entre dos personas si hay solo un plato de comida, que si todos tenemos para comer. La misma lógica se puede extender al conjunto social si pensamos que gran parte de los comportamientos individualistas de los seres humanos están relacionados con la propia lógica que el capital impone sobre nuestras vidas, empujando a pensar que la “salvación propia” resulta necesaria a costa del resto, como si las personas fuesen empresas que compiten entre sí.

La realidad cotidiana de todos nosotros demuestra que en los lugares de estudio, de trabajo, en la calle, o en cualquier situación social se despliegan valores de cooperación y solidaridad. Cuando llega un compañero nuevo le explicamos cómo se hace el trabajo y los “trucos” para sortear a la patronal. Cuando un compañero se enfermó, le pasamos la clase que se perdió o le resumimos lo importante. Si entre compañeros podemos simplificarnos alguna tarea cotidiana o “cubrirnos”, lo hacemos. La historia de la clase trabajadora está plagada de formas de cooperación y solidaridad que muchas veces son resistencias silenciosas a la explotación patronal. En otros casos, la solidaridad es abierta, como en huelgas, o conflictos que reciben el apoyo de otros sectores. Sin embargo, existen fuerzas conscientes que apuntan a dividir, a separarnos y generar “odios” que horadan esas solidaridades, esa “naturaleza social” de los humanos. Por lo tanto, la disputa por esos valores y esas tendencias no es ajeno a la lucha por otra sociedad y contra el capitalismo.

En este sentido, y volviendo sobre nuestro punto de partida, podemos decir que tanto las tendencias “objetivas” que el propio capitalismo desarrolla para “socializar” las formas de producción, como los puntos de apoyo “subjetivos” existentes ya en la sociedad, plantean la posibilidad de proyectar una nueva forma de producción, distribución y consumo basada ya no en la ganancia capitalista ni en la explotación humana sino en la propiedad colectiva de los medios de producción que permitiría organizar un sistema económico y social en función de las necesidades humanas.

Lo que hoy en el capitalismo es regresivo puede ser su contrario en una sociedad de este tipo. En la actualidad la incorporación de ciencia y tecnología a la producción significa el incremento de trabajos monótonos que reducen a la fuerza laboral a apéndices de las máquinas (y en momentos de crisis tienden a crear desocupación), en paralelo al aumento de la sobre ocupación y la extensión de la jornada laboral en ciertas ramas o la intensificación de los ritmos, que son cada vez más impuestos por las propias máquinas y controlados de forma sofisticada apelando a la tecnología. Por el contrario en una sociedad no basada en la lógica de la ganancia sería al revés: esa misma ciencia y tecnología serviría para reducir la jornada laboral, repartiendo las horas de trabajo entre las manos disponibles, permitiendo acrecentar el tiempo libre. A su vez esa producción, al estar planificada socialmente, implicaría un uso racional de los recursos, evitando el despilfarro y la destrucción ecológica. ¿Qué sentido tendría fabricar celulares que duren dos años si podríamos hacer bienes duraderos que utilicen la menor cantidad posible de recursos? Las necesidades sociales básicas como la alimentación o la vivienda pasarían a ser una prioridad antes que los bienes de lujo. Una sociedad de este tipo podría dar paso a la fórmula esbozada por Marx: “de cada quien según sus capacidad y a cada quién según sus necesidades”. Desde ya, para realizar esto, como decía Marx, es necesario “expropiar a los expropiadores”, y que la clase trabajadora se haga de los medios de producción mediante la instauración de un gobierno propio, en ruptura con el capitalismo.

Volviendo a lo que decíamos al comienzo y para finalizar: aún pese a su carácter burocrático y a negar la perspectiva socialista bajo la idea del “socialismo en un sólo país”, tanto la URSS como China (antes de embarcarse en el camino de la restauración burguesa que fue iniciado con las reformas de Deng Xiaoping y acelerado desde los años 90) han mostrado los beneficios de la nacionalización de los medios de producción y la liquidación de la propiedad capitalista, evidenciando una potencialidad enorme para desarrollar la medicina, la ciencia, la tecnología y la producción de forma planificada. No obstante, en manos de la burocracia, esta perspectiva fue dilapidada hasta devenir en la restauración capitalista.

En síntesis, ante la barbarie capitalista no se trata de poner otro “modelo”, aunque la historia dio experiencias valiosas para pensarlos, sino de “desanudar” las trabas que hoy impiden que frenemos esa barbarie y despleguemos las enormes fuerzas que los seres humanos hemos conquistado hasta aquí. El futuro no está asegurado. Lo único seguro es la lucha por construirlo.


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NOTAS AL PIE

[1Por qué Marx tenía razón, Ediciones Península, Barcelona, 2011, p. 73
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Gabriel Piro

Nació en Buenos Aires en 1990. Licenciado y profesor en Historia de la UBA. Miembro del staff del suplemento Armas de la Crítica.
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