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22 de septiembre de 2021 Twitter Faceboock

Ideas de Izquierda México
[Video] Vida y obra de Trotsky: un legado para las mujeres y la juventud
Joss Espinosa | @Joss_font

Participación en la charla “Trotsky, Ideas para cambiar el mundo”, organizada por el Movimiento de las y los Trabajadores Socialistas de México.

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León Trotsky es, sin duda, uno de los revolucionarios más importantes de la historia y uno de los principales estrategas revolucionarios de la clase obrera del siglo XX: jugó un rol fundamental en la revolución de 1905, impulsó la III internacional ante la bancarrota de la socialdemocracia Alemana y la segunda internacional, junto a Lenin encabezó la revolución que llevaría al proletariado ruso al poder en 1917, dirigió el ejército rojo y, en el exilio, impulsó la IV internacional dando una férrea pelea hacia la burocracia estalinista. Hoy, a 81 años de su asesinato a manos de un agente estalinista, sigue siendo una fuente enorme de inspiración para quienes nos apostamos a la lucha estratégica de la transformación radical del mundo. Regresar a su vida y obra, nos permite tener mayores herramientas para enfrentar la situación actual, donde las contradicciones del capitalismo se muestran, de forma mucho más cruda, a casi año y medio de la pandemia que profundizó la crisis económica de 2008.

Lev Davídovich Bronstein, conocido como León Trotsky, nació el 7 de noviembre de 1879 en Yanovka, Ucrania, en el antiguo imperio ruso; país que estaba marcado por un régimen político profundamente opresivo, encabezado por la aristocracia zarista, en el que no existían siquiera formas de representación parlamentaria y donde las libertades políticas eran nulas. El desarrollo industrial capitalista estaba focalizado a las principales ciudades y contrastaba con el profundo atraso en el campo, con condiciones laborales miserables.

Desde joven, Trotsky adhirió a las ideas revolucionarias y, aunque al inicio de su vida militante era populista –los populistas o narodnikis eran jóvenes intelectuales, que identificaban al campesinado como la fuerza revolucionaria en Rusia, por ser los más oprimidos y que, eventualmente, realizaban acciones terroristas–; pero, posteriormente, fue ganado para las ideas del marxismo revolucionario por su primera compañera Alexandra Sokolavskaya.

La emergencia del marxismo en Rusia, a finales del siglo XIX, surgió al calor de dos fenómenos. Por un lado, el impacto de los partidos socialistas de la Europa occidental, entre los que destacaban Alemania y Francia, y que se congregaban en la II Internacional; por el otro, a partir de la emergencia del proletariado en las principales ciudades de Rusia.

Una de las primeras acciones que el joven Trotsky realizó fue organizar círculos obreros en la ciudad de Nikolaiev, componiendo la Liga de Obreros del Sur de Rusia. Uno de los impulsos para que Trotsky, junto a jóvenes intelectuales y obreros, impulsaran dicha organización fueron las incipientes luchas y las huelgas que ya comenzaban a mostrarse en Moscú y Petrogrado. En dichos círculos Trotsky también tuvo sus primeros pasos como escritor y propagandista revolucionario: con instrumentos altamente rudimentarios, imprimían los primeros folletos que, en palabras de Trotsky “eran devorados y discutidos acaloradamente por los obreros”. Aquellos gérmenes de organizaciones serían el precedente de los posteriores años convulsos que atravesó Rusia.

Trotsky relata en su autobiografía Mi vida “¿Qué hubiera pensado cualquier persona “cuerda” que hubieres posado la mirada desde lo alto en aquel grupo de mozos apiñados en la penumbra alrededor del mísero copiador, sabiendo que les congregaba allí el propósito de derribar a un Estado poderoso y secular? Y, sin embargo, apenas transcurrió una generación sin que el propósito se realizase: hasta 1905, no pasaron más de ocho años: hasta 1917, no fueron veinte completos.”

Producto de esta actividad se decretaron detenciones en masa en 1898. Con menos de 20 años fue detenido y, posteriormente, deportado a Siberia. De allí escapó en 1902 sumándose al núcleo de emigrados marxistas en Londres, en aquel lugar con Lenin a la cabeza, organizaron el periódico Iskra (La Chispa), que era la publicación de la socialdemocracia rusa. Para aquel momento, Trotsky ya contaba con cierta reputación por su actividad propagandista y por formar parte de los jóvenes revolucionarios, que, como muchos, tempranamente conocieron la clandestinidad y el exilio. Dos años después regresaría a Rusia.

En enero de 1905 inició la primera revolución rusa como respuesta a la brutal represión zarista contra una enorme manifestación, que exigía demandas democráticas y económicas. Ésta fue la primera revolución del siglo XX en la que la clase trabajadora jugó un papel principal.

En 1905 surgieron, por primera vez, los soviets o consejos obreros, organismos de autoorganización infinitamente superiores a los sindicatos, ya que aglutinaban a trabajadores sin importar el gremio, con un delegado de las fábricas de las ciudades por cada 500 obreros. Esta forma de organización fue resaltada por Trotsky, señalando que la misma marcaba un cambio de época; el protagonismo de las masas y del proletariado en particular, donde se abría la posibilidad de la revolución socialista. Con apenas 26 años, fue electo presidente del soviet de Petrogrado.

En diciembre de 1905, la revolución es derrotada y Trotsky es nuevamente encarcelado y deportado, al igual que el conjunto de la dirección del soviet. En la deportación escribe Resultados y perspectivas, obra en la que desarrolla su primera versión de la Teoría de la Revolución Permanente; aquí sostenía algo que para su tiempo era una compleja herejía: en un país atrasado como Rusia, el proletariado podía llegar al poder antes que en los países adelantados.

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Dicha conclusión, se formula a partir del profundo internacionalismo en Trotsky, del análisis del desarrollo del capitalismo a nivel internacional y el contexto que él mismo brindaba al desarrollo del capitalismo en países atrasados y a sus fuerzas sociales. Algo que también condensó en la Ley del desarrollo desigual y combinado; el análisis de la constitución de la clase trabajadora y la burguesía en los mismos.

La Teoría de la Revolución Permanente es, sin duda, uno de los principales aportes que el revolucionario ruso hizo a la teoría revolucionaria, la cual desarrolla y reafirma al calor de otros procesos revolucionarios, como en 1917 en Rusia, así como la revolución China a finales de los años 20, proceso que le permite a Trotsky generalizar la experiencia rusa para el conjunto de los países atrasados.

Las tesis de la TRP hoy preservan una enorme vigencia, que nos permite echar luz a la realidad actual para pensar, por ejemplo, qué posición deberían sostener los revolucionarios en el marco de los llamados gobiernos posneoliberales y ante la propia 4T; también las lecciones en torno a la independencia política y organizativa de la clase trabajadora, así como las tareas de los revolucionarios en el marco de los nuevos fenómenos de revueltas que han recorrido América Latina en el reciente periodo.

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En 1917 Trotsky jugó un rol central como uno de los principales dirigentes de la revolución en la que la clase trabajadora “tomo el cielo por asalto”. En el desarrollo del proceso revolucionario de febrero a octubre, Trotsky confluyó política y estratégicamente con Lenin.

Luego de la instauración del Estado obrero y tras la muerte de Lenin, Trotsky enfrentó la persecución de la burocracia estalinista, de ello devino el exilio y, parafraseando, a André Breton: el mundo se volvió un planeta sin visa para Trotsky.

Trotsky llegó a México a inicios de 1937, el cual será su último lugar de residencia. En este último exilio Trotsky se dedica no sólo a organizar la lucha contra el estalinismo, sino a estudiar la realidad de México y América Latina; fundamentalmente al impulso de la IV internacional, cuyo programa y política condensó en el Programa de transición.

Finalmente, el 20 de agosto de 1940 Trotsky recibe un atentado mortal a manos de un agente estalinista y muere el 21 de agosto, dejando un enorme legado para las futuras generaciones.

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Dentro del Programa de Transición, que como todo el pensamiento de Trotsky se basa en la centralidad de la clase obrera, le asignó un rol clave a la juventud para revitalizar a la generación más vieja, ante las derrotas del pasado. Afirma que: “La IV Internacional presta una atención y un interés excepcional a la joven generación del proletariado. Toda su política se esfuerza en inspirar a la juventud confianza en sus propias fuerzas y en su futuro. Sólo el fresco entusiasmo y el espíritu ofensivo de la juventud puede asegurar los primeros triunfos de la lucha y solo estos devolverán el camino revolucionario a los mejores elementos de la vieja generación. Siempre fue así y así será.”

El documento Plataforma de lucha de la juventud trabajadora, aprobado en el Congreso fundacional de la IV internacional, expresa no sólo la posibilidad, sino la necesidad, de que la juventud enfrente al capitalismo ante sus crisis. Uno de sus apartados de dicha plataforma reclama “¡Queremos nuestro derecho a la vida!” Un derecho por el que hoy, las y los jóvenes revolucionarios del MTS, que impulsamos la AJA, seguimos reclamando ante la enorme precarización laboral y el presente que quieren arrebatarnos sin ninguna posibilidad dentro de los marcos de este sistema y, peor aún, ante un capitalismo voraz que bien podría dejarnos sin planeta.

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La plataforma señala: “[El capitalismo] se demuestra incapaz de aportar la menor solución a la miseria y angustia de la juventud trabajadora. [...] Los jóvenes quieren crear un nuevo mundo y sólo se les permite mantener o consolidar un mundo descompuesto que se derrumba. Los jóvenes quieren saber cómo será el mañana y la única respuesta que les da el capitalismo es esta: ‘Hoy hay que apretarse más el cinturón, mañana se verá… Por otro lado, quizás para ustedes, no haya mañana”.

Trotsky puso énfasis en la juventud –en estos documentos e incluso antes– no sólo por la potencialidad de las nuevas generaciones, sino también entendiendo que, dentro del sistema capitalista, dicho sector, al igual que las mujeres u otros sectores oprimidos, pueden ser los más explosivos en la lucha contra los agravios cometidos en este sistema. Lo cual se potencia en el caso de la juventud obrera y la mujer trabajadora, las fracciones más explotadas de nuestra clase.

Esto último es algo que se ha comprobado a nivel internacional. Basta con mirar las protestas de los jóvenes secundarios en Chile que desataron la revuelta de 2019, las protestas masivas en EE. UU. contra la violencia policial y racial, la resistencia en Colombia contra el plan fiscal que pretendía hacer que los más pobres pagaran la crisis, entre otros ejemplos. Incluso en México, si recordamos el 132, Ayotzinapa, la solidaridad con el magisterio en 2013 y 2015. Por lo que es importante destacar que, para que las nuevas generaciones no partan de cero, debemos retomar la experiencia de la lucha de clase obrera, así como los aportes invaluables de revolucionarios como Trotsky.

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Algo que también es importante rescatar, para pensar los fenómenos actuales, es el aporte que Trotsky junto a las y los revolucionarios bolcheviques hicieron en torno a la opresión a las mujeres, sobre todo al calor de un nuevo movimiento de mujeres que, desde hace ya más de seis años, ha mostrado una enorme potencialidad en el mundo.

En su texto Problemas de la vida cotidiana Trotsky afirma: “Lo que el comunismo le ofrecerá a la mujer, en ningún caso podrá dárselo el movimiento femenino burgués. Mientras exista la dominación del capital y de la propiedad privada, la liberación de la mujer es imposible.”, condensando la convicción de revolucionarios y revolucionarias –entre quienes destacan Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollontai, Clara Zetkin, Nadeshda Krupstkaya– de pelear por la emancipación femenina. Por un lado, señalando que, para el comunismo la emancipación femenina es clave para la revolución socialista, pero por otro, también dejando muy en claro que un sistema basado en la opresión y explotación de millones jamás podrá traer para las mujeres su liberación.

Una de las cosas que destaca Trotsky en torno a la opresión a la mujer es, su posición super explotada y oprimida en el sistema capitalista, en la Carta a una asamblea de mujeres en Moscú de 1923 afirma: “quienes luchan más enérgica y constantemente por lo nuevo son quienes más sufren a causa de lo viejo”. Dicha energía también era considerada, para Trotsky, un aliciente para las transformaciones más profundas de la Rusia revolucionaria, sobre todo si pensamos que, esta se da en un país atrasado tanto estructural como culturalmente, lo que tenía un correlato directo hacia las mujeres.

En medio del proceso revolucionario y las profundas transformaciones que atravesaban a la Rusia luego de la instauración del Estado obrero, Trotsky alertaba que, la emancipación femenina no podía simplemente decretarse, sino que se necesitaban medidas reales para transformar las condiciones de las mujeres. En la sección “De la vieja a la nueva familia” incluida en el texto Problemas de la vida cotidiana menciona: “Uno de los problemas, el más simple, fue el de instituir en el estado soviético la igualdad política de hombres y mujeres. [...]. Pero lograr una verdadera igualdad entre hombres y mujeres en el seno de la familia es un problema infinitamente más arduo. [...]. Hasta tanto la mujer esté atada a los trabajos de la casa, el cuidado de la familia, la cocina y la costura, permanecerán cerradas totalmente todas sus posibilidades de participación en la vida política y social”

Trotsky da cuenta, además de evidenciar las condiciones aún más terribles que vivía la mujer trabajadora, de que uno de los pilares fundamentales de la opresión a las mujeres es la “esclavitud doméstica” de ahí que, para él, una verdadera revolución socialista debía acabar con el trabajo doméstico; un tema que cobraba aún más relevancia para pensar en integrar a las mujeres a la vida política y pública. Esto se sumaba a otra serie de medidas que eran, infinitamente, superiores a las que la democracia burguesa ofrece aun hoy para las mujeres: el derecho al aborto, al divorcio de mutuo acuerdo, a la igualdad salarial, al derecho a botar y ser votadas a cargos de representación pública, así como un amplio programa de seguridad para la maternidad, con cuartos de lactancia, licencias de maternidad de ocho semanas remuneradas, entre otras. Todas ellas medidas que luego fueron echadas atrás por la burocracia estalinista.

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Estas problemáticas que señalaban las y los bolcheviques hace más de 100 años, cobran vigencia al calor de los nuevos fenómenos de la realidad. Por ejemplo, de cara al avance talibán en Afganistán que, como sabemos, es profundamente opresivo y reaccionario frente a las mujeres y la diversidad sexual, corrientes feministas hacen llamados a la ayuda humanitaria, de la mano de organismos como la ONU que es conocida por perpetrar abusos y violaciones hacia las mujeres de las regiones en las que interviene o, peor aún, justifican la intervención imperialista como sí el único mal para las mujeres fuera el fundamentalismo islámico. Ante esto, creemos que ni la intervención de EE. UU. ni el avance del talibán dará la libertad de las mujeres y el pueblo afgano; como menciona Celeste Murillo “Si los feminismos no empiezan por apoyar las demandas de las afganas, corremos el riesgo de que vuelvan a usarnos para justificar una guerra o una ocupación y eso no tiene nada que ver con nosotras ni con nuestra lucha contra la opresión.”

Los aportes de Trotsky y las revolucionarias en este sentido son cruciales, por un lado, para desenmascarar al feminismo liberal y reformista que pretende condenar a las mujeres a la lucha por derechos parciales y a una liberación individual, mientras que millones de mujeres se hunden en la mayor de las miserias.

Pero también, ante ciertas tradiciones de izquierda que, con una visión lejana del economicismo, niegan la centralidad de la emancipación femenina y, por ende, la necesidad de pelear aquí y ahora por las mejores condiciones para las mujeres en los marcos de este sistema. Y que, peor aún, muchos quienes han atacado al marxismo o a la izquierda revolucionaria, también lo han hecho sobre la base de hacer una amalgama entre esas corrientes, y el legado de las y los bolcheviques, que lejos estaba de dichos reduccionismos economicistas.

De ahí, la importancia del legado de Trotsky y la IV Internacional, ya que sin él estaríamos condenadas a desechar el marxismo tras la terrible deformación, que significó el estalinismo para el marxismo. Los hilos de continuidad del bolchevismo permiten reconstruir un marco estratégico, que mantiene limpias las banderas del comunismo. Esto permite encarar la lucha por la emancipación femenina desde la estrategia revolucionaria de lucha contra el capitalismo.

La invitación de Trotsky a “mirar la vida a través de los ojos de las mujeres” si verdaderamente queremos transformarla, hoy tiene una enorme relevancia si pensamos, por un lado, en el espacio que ocupan las mujeres en la producción capitalista, –que en pandemia se mostró que componen los llamados “trabajos esenciales”, como salud, educación, limpieza– componiendo actualmente el 40 % de la clase trabajadora, pero también al calor de las nuevas movilizaciones de mujeres que recorren el mundo.

En este sentido, el legado de Trotsky es fundamental para quienes peleamos porque el potente movimiento de mujeres, que emerge a nivel internacional, no se resigne a las migajas que ofrece este sistema, sino que emplee sus fuerzas para pelear por acabar con este mundo de opresión, explotación y violencia de raíz, desde una perspectiva anticapitalista, socialista y revolucionaria. Levantando una política que impulse la unidad entre mujeres y hombres de la clase trabajadora, dando combates incluso al interior de la misma clase para convencer de la potencialidad de dicha unidad, desterrando los prejuicios patriarcales al interior del movimiento obrero.

Desde ahí es que impulsamos un feminismo socialista, que se apueste a la lucha por una sociedad de nuevo tipo, en el que no exista más la opresión ni la explotación.

 
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