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22 de septiembre de 2021 Twitter Faceboock

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[Video] Trotsky en México
Aldo Santos

Participación en la charla “Trotsky, Ideas para cambiar el mundo”, organizada por el Movimiento de las y los Trabajadores Socialistas de México.

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El mundo era un planeta sin visa para León Trotsky, cuando llegó al puerto de Tampico el 9 de enero de 1937 proveniente de Noruega. El revolucionario ruso pasaría en México los últimos años de su vida, gracias a la postura humanitaria del gobierno de Lázaro Cárdenas con respecto al derecho de asilo, hasta su artero asesinato por un cobarde esbirro de la burocracia estalinista que se había enquistado en el primer estado obrero de la historia.

Trotsky fue perseguido y luego asesinado porque encarnaba la continuidad del marxismo revolucionario ante la reacción estalinista. En vísperas de una nueva conflagración mundial entre las potencias imperialistas, sus ideas representaban una amenaza para los gobiernos capitalistas, tanto democráticos como fascistas y para la propia burocracia soviética, al tratarse de una guía para la acción de los trabajadores y las masas laboriosas ante la barbarie que se avecinaba, la cual les propiciaría sufrimientos inauditos pero también abriría nuevos procesos revolucionarios.

Aún antes de llegar, durante el trayecto en barco que duró 20 días, Trotsky ya estaba estudiando sobre el “misterioso” México. El país seguía siendo un hervidero, pues si bien la revolución iniciada en 1910 ya había sido interrumpida por la derrota de los ejércitos campesinos de Zapata y de Villa a manos del constitucionalismo, que representaba los intereses de la burguesía y pequeña burguesía nacionalista, los campesinos y el aún joven movimiento obrero seguían buscando hacer realidad las aspiraciones que dieron origen a la revolución y que seguían incumplidas, a pesar de que algunas de ellas fueron plasmadas como derechos sociales en la constitución de 1917, de forma sesgada y parcial y “desde arriba”.

Así pues, Trotsky dedicó parte importante de su reflexión, durante su exilio en México, a analizar la convulsiva situación internacional que -como consecuencia de las contradicciones generadas por la irracionalidad y decadencia capitalista- se precipitaba hacia una nueva guerra mundial, lo que le exigió desarrollar sus análisis sobre la relación entre los países imperialistas, coloniales y semicoloniales y el estado obrero soviético, sumido ya en un proceso de degeneración burocrática.

Pero no como comentarista impotente, sino como lo que siempre fue, un marxista revolucionario, internacionalista y socialista. Por lo que, una de sus primeras actividades en México estuvo orientada a responder a los siniestros Procesos de Moscú, por medio de los cuales Stalin exterminó a los viejos dirigentes bolcheviques que, con Lenin y Trotsky al frente, encabezaron la revolución de octubre.

Con la colaboración de sus camaradas en Estados Unidos y Europa, entre ellos su hijo León Sedov, que al poco tiempo sería asesinado en París por el estalinismo, Trotsky organizó desde su casa en México un contraproceso que desmontó cada una de las calumnias estalinistas, en el que participó el conocido pedagogo y filósofo norteamericano John Dewey.

No por una cuestión personalista o de prestigio, sino como parte de su lucha inclaudicable para mantener limpias las banderas del marxismo y del bolchevismo, cada vez más degradadas teórica y políticamente por el estalinismo, que con el avance de la burocratización en la Unión Soviética y como expresión de este proceso se volvió abiertamente contrarrevolucionario.

Ante el desbarranque de la Internacional Comunista estalinizada, cuya política posibilitó el ascenso de Hitler en Alemania y llevó al fracaso la revolución española, por poner solo algunos ejemplos, para Trotsky se hacía cada vez más urgente sentar las bases de una nueva dirección revolucionaria para la clase obrera y los pueblos del mundo: la IV Internacional (que se fundó en 1938), lo que consideró la tarea más importante de su vida.

Pero su concepción marxista del capitalismo como sistema mundial, lo llevó también a analizar la realidad de los países coloniales y semicoloniales en el contexto internacional. Por lo que América Latina y México no le fueron indiferentes. Esto le permitió comprender correctamente fenómenos políticos de aquel momento como el cardenismo y otros con rasgos o medidas de corte “nacionalista”, sin cederle a estos.

Al respecto, Trotsky escribió: “En los países industrialmente atrasados, el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros.”

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La situación internacional, de disputa imperialista, en la que declinaba la influencia británica pero aún no se consolidaba la de Estados Unidos como potencia hegemónica, le permitió al gobierno de Cárdenas, al que -como expresa la cita- Trotsky definió como un bonapartismo sui generis, “disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros” y -basándose en el apoyo de las organizaciones obreras y campesinas- contar con cierto margen de maniobra para impulsar medidas como las nacionalizaciones de los ferrocarriles y la industria petrolera en 1938.

Estas medidas, sin romper con los marcos del “capitalismo de estado”, resultaban progresistas frente al imperialismo, de lo cual se concluía que la clase obrera debía defenderlas, pero con sus propios métodos de lucha y sin perder su independencia política y organizativa. Ya que no había que perder de vista la incapacidad de la burguesía nativa -incluyendo a sus representantes más “de izquierda” como Cárdenas-, en la época imperialista, de llevar hasta el final la lucha por las tareas democráticas que habían quedado pendientes en los países de desarrollo capitalista atrasado, como la independencia nacional y la cuestión agraria, mismas que solo podrían ser resueltas íntegramente por el proletariado en el poder, acaudillando a los demás sectores oprimidos, como plantea la teoría de la revolución permanente desarrollada por Trotsky.

De esta manera, la lucha por la independencia del imperialismo quedaba indisolublemente ligada a una perspectiva obrera y socialista. Para lo cual era fundamental que los trabajadores ganaran para su causa al movimiento campesino, respaldando su demandas como el reparto agrario.

Para Trotsky no se trataba de construir el socialismo con las manos de la burguesía, sino de utilizar las condiciones que se presentaban dentro del capitalismo de estado impulsado por Cárdenas, para hacer avanzar el movimiento revolucionario de los trabajadores hacia la toma del poder. Por eso propugnaba, como una cuestión fundamental en la lucha por el socialismo, por la independencia política y organizativa del proletariado respecto a la burguesía nacional y sus representantes, para lo cual era fundamental conservar -según decía-: “la independencia íntegra de nuestra organización, de nuestro programa, de nuestro partido y nuestra plena libertad de crítica”.

Como parte de ello, Trotsky cuestionaba la tutela que el cardenismo ejercía sobre los sindicatos, que mientras sostenía algunas medidas progresivas como las mencionadas nacionalizaciones, perfeccionaba los mecanismos de subordinación de la clase trabajadora. En México -decía-, estos “se han transformado por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario”, criticando así su estatización e incorporación al PRM, luego el PRI.

Este tutelaje del Estado sobre las organizaciones obreras estaba determinado por dos objetivos: “en primer lugar, atraer a la clase obrera para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas por parte del imperialismo y, al mismo tiempo, disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo control de una burocracia”.

Por lo que los trabajadores conscientes, decía Trotsky, deben luchar por la independencia plena de sus organizaciones sindicales del gobierno y las demás instituciones del Estado y por extirpar de ellas a la burocracia sindical traidora para hacer valer la democracia obrera, y recuperarlos como organizaciones para la lucha.

Como vemos, las ideas de Trotsky siguen vigentes a 81 años de su asesinato.

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Hoy que la dependencia del imperialismo se refuerza con tratados como el T-MEC (antes TLC), aprovechando la super explotación de la clase trabajadora mexicana, cada vez más precarizada. Que el saqueo de los recursos naturales y el despojo de los territorios de las comunidades campesinas e indígenas continúa, a manos de grandes compañías trasnacionales. Que millones de campesinos han sido forzados a emigrar, para fomentar la privatización y concentración de la tierra. Que se privatizaron los ferrocarriles y buena parte de la industria energética, así como muchas otras empresas antes en manos del Estado.

Esto, sin que el gobierno de López Obrador, que asumió con un gran respaldo popular, se reivindica progresista y prometió una transformación profunda del país, haya estado dispuesto a revertir ninguna de las reformas neoliberales impuestas en sexenios anteriores, más allá de sus programas sociales, insuficientes para revertir la creciente pobreza y la pérdida histórica del poder adquisitivo del salario de los trabajadores. O de algunas medidas para limitar los abusos de los empresarios, pero sin trastocar las condiciones estructurales que permiten que un puñado de estos se siga enriqueciendo a costa de la explotación, pobreza y marginación de la mayoría del pueblo trabajador.

Un gobierno que sigue pagando la fraudulenta deuda externa e interna, mientras urgen recursos para salud y educación. Que aceptó las políticas antimigrantes de la Casa Blanca, mantuvo e incluso profundizó la militarización del país. Que ha demostrado durante toda la pandemia que antepone el interés de los empresarios a la salud y la vida del pueblo trabajador, al mantener funcionando industrias no esenciales, como las maquiladoras, automotrices, minas, call centers y pretender ahora la reapertura de las escuelas sin garantizar que haya condiciones seguras en ellas.

Para lo cual ha contado con el respaldo de las direcciones sindicales, antes asociadas asociadas a la mafia en el poder y ahora al gobierno de la 4T. Pero también con la pasividad de otras que antes se decían opositoras, como la UNT y la NCT.

Ya está claro que el gobierno actual, sin la necesidad de ser igual a los anteriores, tampoco representa nuestros intereses como trabajadores, ni es capaz por su propio carácter de impulsar una verdadera transformación del país a favor de las masas obreras y populares. Característica que el “progresismo” lopezobradorista comparte con el resto de los progresismos latinoamericanos. Por lo que sigue teniendo completa vigencia el planteamiento de Trotsky y los trotskistas de que sólo la clase trabajadora, en alianza y acaudillando a los pobres y oprimidos del campo y la ciudad, puede dar una salida favorable a sus demandas, a partir de la conquista del poder político mediante la movilización revolucionaria de las masas.

Para romper las cadenas que nos atan al imperialismo, centralizar los resortes fundamentales de la economía y planificarla en interés de las mayorías, lo que permitiría contar con lo necesario para garantizar la tierra y recursos suficientes para las comunidades campesinas e indígenas, plenos derechos laborales, alimentación, salud, vivienda y educación para todos.
En el camino hacia la construcción de una sociedad sin explotadores ni explotados, basada en la autodeterminación democrática de las masas. Es decir, la lucha por el socialismo, como culminación -como decía Trotsky-de la obra que iniciaron Emiliano Zapata y los revolucionarios que nos antecedieron.

Pero esto no puede ni debe concebirse como una lucha aislada por la “patria” o “la soberanía nacional”.
Para enfrentar al imperialismo, es fundamental la alianza con las poderosa clase obrera multiétnica de Estados Unidos, así como con los trabajadores y pueblos oprimidos del resto de nuestro continente. Imaginemos la fuerza que podríamos tener si los trabajadores a ambos lados de la frontera exigiéramos -no que se aplique el TMEC, como hace la AFL-CIO- sino la apertura de las fronteras y plenos derechos para todos los migrantes; el fin del bloqueo contra Cuba; el no pago de la deuda externa; así como acabar con el saqueo y la explotación de las trasnacionales.

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¡Qué vigencia que conservan, entonces, las palabras de Trotsky, cuando afirmaba que “nuestro proletariado debe entrar firmemente en la escena histórica para tomar en sus manos el destino de Latinoamérica y asegurar su futuro. El proletariado unificado atraerá decenas de millones de campesinos indoamericanos, eliminara las fronteras hostiles que nos dividen y nucleara a las veinticuatro repúblicas y posesiones coloniales bajo las banderas de los Estados Unidos Obreros y Campesinos de Latinoamérica… ¡Obreros revolucionarios de América Latina, [más aún diría, de toda América,] ustedes tienen la palabra!”.

Es desde esta perspectiva, antiimperialista, internacionalista, socialista y revolucionaria, que las y los militantes del MTS reivindicamos hoy y tratamos de llevar a la práctica todos los días el legado de L.T. ¡Viva Trotsky!

 
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