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La Izquierda Diario
23 de septiembre de 2021 Twitter Faceboock

LITERATURA
La voz de África entre el saqueo colonial y la esperanza
Eduardo Nabal | Burgos | @eduardonabal
Juan Argelina

Han pasado más de 50 años desde las primeras independencias africanas, y, en este tiempo, la literatura del continente se ha convertido en la voz crítica y subversiva de una realidad compleja, violenta y contradictoria.

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Mucha gente tiene una idea falsa de lo que es la literatura africana, creyendo que se trata sólo de aquello que surge de la imaginación y creatividad de sus autores, ya que, como concepto entendido en el sentido cultural occidental, la literatura aparece en los diversos países africanos dentro de un contexto de protesta contra la colonización, y lo hizo para transmitir, especialmente a franceses y británicos, el tremendo descontento por la injusticia con la que habían hecho sufrir a sus pueblos. Por eso, lo primero que debemos tener en cuenta es que constituye una forma de protesta y una vía para reivindicar la libertad perdida, afirmando su propia identidad. Es una literatura que apunta directamente contra el proyecto colonial y sus consecuencias, y por tanto se trata de una literatura eminentemente política.

Por otra parte, no consiste en un bloque homogéneo. Lylian Kesteloot, en su “Anthologie négro-africaine” dice: “¿Por qué hablamos de literatura negra o de literatura africana? ¿Por qué se especifica la raza? ¿Acaso se ha hablado alguna vez de literatura blanca o amarilla? No. Pero hay que evitar el equívoco que implicará el adjetivo “africano” solo. Porque se englobaría entonces la literatura de los africanos del norte que, culturalmente, pertenecen al mundo árabe”. Además, se suele pensar que sus autores escriben en las lenguas coloniales. Si bien es cierto que las grandes corporaciones editoriales imponen sus criterios desde los antiguos centros de poder en París o Londres, y la globalización ha hecho posible que la literatura africana haya abandonado el continente para entrar en el espacio comercial de sus viejas metrópolis, escritores como la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, el ghanés Ayi Kwei Armah o el togolés Théo Ananissoh, han logrado abordar sus propios temas adaptándolos al gusto europeo, con una escritura incisiva de gran profundidad tanto estética como socio-política, que funde la tradición oral, de la que se sienten deudores, con el estilo narrativo de la literatura occidental. La nostalgia de la transmisión oral, repleta de mitología y simbolismo, es la que crea un nuevo significado a la historia de la cultura africana, en una constante tensión entre tradición y modernidad, marcada por la violencia de la colonización y al estigma de la esclavitud. Un magnífico ejemplo de ello es la novela “Todo se desmorona”, del nigeriano Chinua Achebe, que describe las funestas consecuencias de la destrucción física y cultural de las estructuras tradicionales de su pueblo por parte de la ocupación colonial. Su protagonista siente la necesidad de escuchar la voz de sus antepasados y la de los espíritus, de reconciliarse con su “chi”, su conciencia perdida en un mundo que se deshacía tras la llegada del hombre blanco. Para estos nuevos autores, la escritura es la única forma de almacenar y preservar la memoria, una vez que el griot ha callado bajo el peso del arrasamiento cultural. La mayor parte de la narrativa africana ha sido posible gracias a la frágil voz de estos transmisores de historias, ya olvidados en Occidente.

África es voz, y no hay más que leer en voz alta sus relatos para percibir los ecos de esa tradición. El tiempo se detiene, porque el narrador mantiene la historia en un constante presente, asumiendo que la memoria se actualiza con cada pensamiento que se verbaliza. En mi primer viaje a Ouagadougou, en Burkina Faso, prometí a un joven amigo de allá, interesado en conocer los entresijos del carácter europeo, que le regalaría la “Ilíada”, el primer texto escrito en forma de ficción narrativa que marcó el inicio de la cultura europea y occidental. Le dije que ahí la tradición oral se plasmaba en escritura por primera vez, reflejando la unión del mito con las acciones humanas, y permitiendo empezar a valorar la diferencia entre la imposición divina y la libertad. Pero cuando regresé, meses después, y le pregunté qué le había parecido, no pudo ser capaz de comprender el paso del tiempo ni la imaginación que desarrollaba. En su mente, todo lo que leía ocurría ahora, sin abstraer la realidad espacio-temporal que representaba. A mi entender, la base de la tradición oral ha cargado a la cultura africana de elementos dramáticos y emocionales mucho más intensos que la europea, y ello se aprecia en su expresión literaria, en sus descripciones, en su manera de narrar, en su enfrentamiento con la dureza de la vida y los causantes de la desgracia de sus sociedades: el “otro”, que siempre será el hombre blanco, el “tubabu” que trae la guerra y la miseria. Esto obliga a escribir, haciendo del lenguaje un arma. “Sufro la enfermedad de soñar. No quiero escuchar ni ver, porque estoy ocupado”, dice el mozambiqueño Mia Couto.

Muchos autores han sido perseguidos y encarcelados, como el nigeriano Ken Saro Wiwa, asesinado por el ejército debido a su lucha por los derechos del pueblo ogoni, a causa de la devastación ecológica ocasionada en el delta del Níger por la compañía petrolera británica Shell; el keniata Ngugi wa Thiongo, encarcelado sin cargos por criticar la corrupción del gobierno y la complicidad del capitalismo internacional; el burundés Michel Kayoya, asesinado en el terrible genocidio de Ruanda; o el sudafricano Peter Abrahams, comprometido contra el apartheid y largo tiempo exiliado. Es la nueva generación de la palabra escrita, aunque sus palabras mantienen la magia de lo escuchado desde la niñez, para impedir la despersonalización que intentó el saqueo colonial, y rescatar el presente. Porque los invasores de ayer son también los de hoy bajo otras formas de imposición y explotación. En este sentido, el drama de la emigración es igualmente sangrante: Europa, que consideró África de su propiedad, está ahora inquieta por la llegada de inmigrantes desde ese continente. “Hay algo de justicia poética en esta situación”, dice el nobel nigeriano Wole Soyinka: “Miren el caso de Argelia. Los franceses se hicieron copropietarios del país y ahora son los argelinos los que se van a Francia… /… Es una fuga de cerebros, perdemos a la gente que más necesitamos. Sólo en la costa Oeste de Estados Unidos hay 3000 médicos nigerianos”. La concesión del premio Nobel a Soyinka permitió dar voz al sufrimiento de los africanos, y recordar la devastación de la colonización y el desarraigo de la esclavitud, aparte de denunciar la terrible situación social, política y económica que existe en el continente, clave del pesimismo que tiñe su literatura: “… Cuando ves las matanzas de Ruanda, tan minuciosamente preparadas, las matanzas de Argelia, la destrucción de los símbolos y el trato infligido a las mujeres…, entonces pierdes la fe en la humanidad y en el progreso”.

Hay un intento de unir la crítica política con lo estético, y se piensan espacios utópicos de emancipación. Tanto Soyinka como Calixthe Beyala, Moses Isegawa, Yambo Ouloguem, o Emmanuel Dongala, desarrollan el tema de la libertad, a fin de superar la violencia que domina la sociedad africana, y promueven la disidencia, la transgresión y la insumisión frente a los poderes absolutos que se crearon tras las independencias. Todos ellos intentan una “descolonización mental”, una resistencia cultural que promueva un futuro más esperanzador. Desafortunadamente, apenas son conocidos, y solo un puñado de pequeñas editoriales realizan pequeñas tiradas de sus libros. No obstante, sus propuestas innovadoras y su sentido intercultural han dejado huella en nuestra conciencia. El nigeriano Ben Okri refleja, metafóricamente, las frustraciones y los anhelos de la sociedad africana, fundiendo fantasía y realidad en magníficos textos como “La Carretera hambrienta” o “Amor peligroso”: “Nací no sólo porque hubiera concebido la idea de quedarme, sino porque, finalmente, después de tantas idas y venidas, sentía ya, asfixiándome, la presión de los grandes ciclos temporales. Recé para que se me concediera la risa, pedí una vida sin hambre y recibí paradojas por respuesta. Sigue siendo para mí un enigma por qué nací sonriendo”.

El éxito arrollador de la, por otro lado, cautivadora narrativa de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichide ha llevado, a algunos comentaristas, a hacer afirmaciones, teñidas de reduccionismo y cierto matiz colonial, como que “el feminismo ha llegado a la literatura africana”. Un continente tan vasto y poblado de contrastes no puede ser reducido de esa forma bajo parámetros occidentales, que se manifiestan en términos de bondad universal y abundan en generalizaciones, fruto del desconocimiento altanero y la apatía ombliguista. Chimamanda Ngozi Adichie narra en su novela autobiográfica “La flor púrpura” su infancia y adolescencia en su Nigeria natal, un libro donde se funden el dolor y la belleza, además de una prosa cuyo lirismo y vivacidad la hacen accesible a todo tipo de lectores. La autora crece aborreciendo a su padre y descubriendo los secretos de una nueva feminidad en comunión con un entorno a ratos hermoso y, en ocasiones, marcado por la aspereza de la pobreza y el desarraigo. Su compatriota Ben Okri ya trató temas como la soledad del artista y la violencia de género, además de la corrupción gubernamental y la desestructuración social en algunas de sus novelas como la lírica y desgarrada “Amor peligroso”, una historia de adulterio en un entorno atravesado por los fetiches, las murmuraciones y los rescoldos de una mentalidad patriarcal. La prosa envolvente de Okri nada tiene que envidiar a las mejores novelas de Adichide, aunque su tono es más pesimista y lúcido en la descripción de unas relaciones humanas marcadas por la dureza del entorno y la intrusión, por un lado, de la altanería de los visitantes occidentales y por otro de algunas costumbres arraigadas en su pueblo, que el joven protagonista detesta, pero contra las que no puede rebelarse sin violencia. Los rescoldos de la guerra civil y los sueños incumplidos se funden en el retrato complejo de un personaje que pertenece a una Nigeria marcada por el gobierno de los militares, pero que podríamos situar en su conflicto entre el amor, la ilusión y el deber en cualquier parte del mundo. En “Amor peligroso” Owe trata de combinar su trabajo en una oficina con su pasión por la pintura, así como la pérdida de su añorada madre, con la necesidad de soportar a la nueva mujer de su padre. También vemos la violencia de género y la sensación de posesión dentro de muchos matrimonios que llevan a situaciones de desencanto con los habitantes y costumbres de un lugar, aunque las excepciones se acumulan.

Ya Alice Walker, en “El templo de mis amigos”, nos narró con crudeza el expolio de muchas zonas del continente por los conquistadores europeos y el exilio de muchos supervivientes a EEUU, donde tuvieron que vivir un racismo exacerbado, de mano de las fuerzas policiales. La concesión del premio Nobel a Nadine Gordimer, a principios de la década de los noventa, permitió conocer la existencia de literatos que escribían sobre sus vivencias durante el apartheid hasta la liberación de Nelson Mandela, como Antijie Krog, que en su libro “Quiero ser negra” nos habla de los sucesos y las represalias hacia los opositores al régimen, donde un suceso se convierte en una inmersión en la historia de Sudáfrica. Pero el periodista polaco Kapuscinski, en su libro “Ébano”, define el continente como un tapiz inabarcable, repleto de poblados, de inmigrantes en búsqueda de oportunidades para la salud y la cultura, pero donde todos los senderos pueden estar equivocados, porque ni siquiera la sensibilidad de los habitantes concuerda con la de los europeos, ni siquiera su forma de medir el tiempo y su influencia sobre los acontecimientos. En su obra comprobamos cómo, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el colonialismo se agudizó, las poblaciones fueron saqueadas y las gentes masacradas, quedando testimonios como el de la escritora franco-argelina Assia Djebar, que en su bella y terrible novela “Una mujer sin sepultura” nos acerca al a la vez mítico y olvidado periplo de Zulija Udai, una joven partisana que lo dejó todo para participar en la guerra de la independencia de su país bajo el yugo de Francia. Hoy el más reconocido Yasmina Khadra, seudónimo femenino de un oficial del Frente de Liberación Nacional, ha dado voz con gran dinamismo, mezclando la dureza y la poesía, al desarraigo y al humanismo de esas nuevas generaciones que buscan su lugar bien sea en Oriente Medio, en Europa o en su Argelia natal. Khadra, buen conocedor de la historia de su país, fue aconsejado por sus maestros para expresarse en francés, y no juzga, sino que trata de comprender, las motivaciones íntimas de sus personajes, como se demuestra en sus novelas más polémicas y exitosas: “El atentado” (que conoció una excelente adaptación fílmica), ambientada en Jerusalén, o la apasionante “Kahlil”, sobre el aventurado y confuso periplo de un adolescente “aprendiz de terrorista” en el corazón de París.

El legado de Franz Fanon nos ha llevado a la cuestión de los binarismos más estremecedores, como blanco/negro, colonizado/colonizador, a los que nosotros añadimos hombre/mujer, homo/hetero, y también a los múltiples matices y formas de colaboración y resistencia que existen entre unos y otros. La nueva realidad social creada por estas oposiciones ha marcado las contradicciones de la cultura africana actual, acentuando los contrastes con unas tradiciones caracterizadas por la distribución en aldeas y clanes, unidos por la herencia de los ancestros y las normas comunitarias, así como por unos intensos y complejos lazos familiares, en muchas ocasiones rotos por la sombra del exilio. Las consecuencias de este enfrentamiento cultural se muestran de forma magistral en las experiencias narradas por Kapuscinski en "Ébano", donde plasma el “shock cultural” de un emigrante polaco que ejerce como profesor en una aldea de Guinea Ecuatorial, incapaz de acostumbrarse a la convivencia con elementos como la naturaleza, los animales, la bifurcación de los senderos y los sentimientos contradictorios de los propios habitantes hacia su condición de explotados, desde diferentes posiciones sociales. Pero éste es el constante conflicto entre el occidental y el africano, expuesto ya desde "El corazón de las Tinieblas" de Joseph Conrad, hasta "El Antropólogo Inocente" de Nigel Barley, ambos en estilos muy distintos, pero incidiendo en ese "shock".

Un capítulo aparte, por su amplio espectro de lectores, merece la literatura marroquí, con nombres ya legendarios como Tahar Ben Jelloun (que retrató un Marruecos lleno de lirismo a pesar de los desmanes de la monarquía) o Mohamed Chukri, cronista de un Tánger donde creció pobre y que, cuando fue ciudad internacional, se vio invadido por turistas extranjeros, como nos cuenta en “El pan desnudo”. Desde ellos llegamos a los senderos de nombres como Leila Slimani (que se atreve con las novelas más perturbadoras sobre la condición femenina) o Abdelá Taïa, que, sin dejar de añorar ese Fez en el que creció, se ha situado en Francia como una de las voces mas iconoclastas de la literatura gay y queer de nuestros días con novelas como “La vida lenta”, “Infieles” o “Una melancolía árabe”. Taïa, desde el exilio, sufre el racismo en territorio europeo, pero, desde su identidad fracturada, es un ejemplo canónico de otro tipo de literatura siempre abierta a la experimentación formal.

 
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