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La Izquierda Diario
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CONTRAPUNTO
Clase, diversidad y estrategia socialista
Josefina L. Martínez

La cuestión de la relación entre clase e identidades está presente en los debates de la izquierda en varios países, tomando diferentes formas y matices. En este artículo nos centramos en una lectura del libro Mistaken Identity: Race and Class in the Age of Trump (Verso, 2018) de Asad Haider y algunas de las polémicas que se han generado en la izquierda norteamericana, en el contexto de la campaña de Bernie Sanders como precandidato del Partido Demócrata.

Foto: Trabajadores negros de la industria automotriz durante el levantamiento del Dodge Revolutionary Union Movement (DRUM) en Detroit en 1968 (General Baker).

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Asad Haider es editor fundador de la revista Viewpoint Magazine, investigador de política contemporánea en la Universidad Santa Cruz de California. En Mistaken Identity apunta su crítica hacia las “políticas de la identidad” y la influencia que han tenido en la fragmentación de los movimientos sociales, partiendo de su propia experiencia como activista en Estados Unidos.

Mistaken Identity desarrolla la tesis central de que las “políticas de la identidad” han actuado en las últimas décadas como neutralización de los movimientos de lucha contra el racismo. En palabras de Haider:

Defino las políticas de la identidad como la neutralización de los movimientos contra la opresión racial. Es la ideología que surgió para apropiarse de ese legado emancipatorio al servicio del avance de las élites políticas y económicas [1].

En un artículo posterior [2] Haider explica que la “tesis de la neutralización” le permite establecer una línea de demarcación entre los movimientos sociales previos y el discurso multicultural neoliberal.

Haider sostiene que, para abordar el racismo en la sociedad actual, hay que evitar el punto de partida metodológico que establecen las “políticas de la identidad”. En primer lugar, porque estas consideran las opresiones como si fueran algo que acontece a nivel individual. Bajo este parámetro, la llegada de una persona negra a posiciones de poder es vista como algo que necesariamente significa un avance, más allá de las políticas que defienda. Finalmente, se vuelve un sentido común entre los activistas la idea de que lo más importante es que cada uno “revise sus privilegios” como si las opresiones pudieran revertirse por un ejercicio de autoconciencia individual.

Como definición más general, Haider afirma que “la raza no es una idea o una identidad, es producida por relaciones materiales de dominación y subordinación”, y afirma que se trata de una “relación material que es inseparable de lo económico, pero no reducible a ello”.

Mistaken Identity hace un recorrido por las luchas del movimiento negro contra el racismo desde el siglo XIX, pasando por los años 30 de la gran depresión hasta la emergencia de la lucha por los derechos civiles en los 60. Su intención es destacar los momentos de mayor confrontación social, con elementos anticapitalistas y de clase, cuestiones que el relato oficial posterior ha borrado, transformando la larga historia de lucha del pueblo negro en Estados Unidos en un movimiento “cívico” por la igualdad jurídica.

Por otro lado, Haider señala que la novedad, desde los años 60 y 70 es la formación de una élite de personas negras en posiciones de poder, que utiliza la lógica nacionalista de unidad interclasista para esconder sus propios privilegios de clase. En este contexto, reivindica la opción de los Panteras Negras y otros colectivos por relacionar la lucha antirracista con la lucha anticapitalista, en el marco de la radicalización política general del período. Una de las cuestiones quizás más interesantes del libro es esta definición sobre la consolidación de una elite dentro del movimiento antirracista. El abandono de los elementos más radicales del movimiento habría permitido su cooptación por el Partido Demócrata. Como resultado: “Los lenguajes progresivos de los nuevos movimientos sociales, desarraigados de sus raíces de base, serían apropiados como una nueva estrategia de la clase dominante”. La culminación de aquel proceso es el conformismo de la elite negra con las políticas neoliberales de Obama.

En otro plano, Haider retoma un argumento de la filósofa estadounidense Wendy Brown, acerca del papel del Estado respecto a las políticas de la identidad desde los años 80. El reconocimiento de los “agravios” hacia grupos particulares por parte del derecho estatal termina definiendo a esos grupos por su condición de víctimas. Bajo la lógica de exigir al Estado neoliberal que regule o controle los daños, los individuos asumen su identidad como víctimas y no como sujetos de emancipación. Siguiendo a Brown, Haider señala que las "políticas de la identidad" se basaron en una "renaturalización" del capitalismo. Las relaciones sociales capitalistas ya no estaban en cuestión.

Finalmente, Haider introduce un debate sobre la relación entre lo universal y lo particular, señalando que la única forma de luchar por una perspectiva de emancipación “universal” es defendiendo que ningún grupo particular se mantenga oprimido. En este punto retoma lo señalado por Marx en La cuestión judía: en aquella obra, Marx cuestionaba el falso universalismo del Estado burgués y la declaración de los “Derechos del hombre”, revelando que no era otra cosa que los derechos del “hombre egoísta, del hombre separado de los demás hombres y de la comunidad”.

En el mismo sentido, Haider hace referencia a la frase con la que el líder revolucionario haitiano Toussaint L’Ouverture respondió a Napoleón Bonaparte en 1799 en una famosa carta: “Lo que queremos no es una libertad circunstancial, concedida solo a nosotros; es la adopción absoluta del principio de que ningún hombre, nacido rojo, negro o blanco, pueda ser propiedad de su prójimo". Haider defiende, como conclusión, que es necesario retomar el legado de una “universalidad insurgente”.

¿Un retorno a la política de “clase” en clave nacional y corporativa?

En un artículo publicado en la revista Jacobin [3], Melissa Naschek sostiene que “Mistaken Identity pretende superar los límites de las políticas de identidad, pero nos lleva al mismo callejón sin salida”. Naschek considera que el libro de Haider no da una respuesta adecuada, ya que de lo que se trata es de dilucidar blanco sobre negro si “la política de identidad es amiga o enemiga de la política socialista”. Y su respuesta no deja lugar a la ambigüedad: “Aunque Mistaken Identity sea capaz de demostrar cómo la ideología y la retórica de la ‘identidad’ han sido usadas como un arma contra la clase obrera, no llega a demostrar de manera plausible que alguna vez pudiera ser una ventaja para la política socialista”.

Naschek cuestiona la idea de la "universalidad de la insurgencia" como un anticapitalismo abstracto que en realidad no logra superar la sumatoria, como un mosaico [patchwork] de intereses particulares:

En lugar de una acción basada en la clase, Haider sugiere que los activistas pueden cultivar sus "propias" cuestiones y convertirse en un movimiento de masas a través de la ósmosis. En contraste, las coaliciones de la clase obrera se construyen uniendo a los trabajadores sobre la base de su explotación compartida, no forjadas por intereses particulares que acuerdan de forma abstracta con el “anticapitalismo”.

Según Naschek, Haider se mantiene en la “lógica culturalista liberal con su afirmación de que la autodeterminación negra y el socialismo son mutuamente dependientes”. Frente a lo que considera un fracaso de las políticas particularistas de la identidad, que fragmentan a la clase obrera, Naschek opone la necesidad de un “universalismo de clase” y “una estrategia capaz de acumular una fuerza suficiente en la sociedad no solo para articular demandas sino también para llevarlas a cabo”.

¿Y cuál sería esa estrategia? Para la autora se trata de un programa basado en reivindicaciones económicas y módicas medidas reformistas para garantizar atención médica para todos, “un planeta habitable” (sic), educación de calidad y “respeto y seguridad en el lugar de trabajo”. Un programa que, desde su punto de vista, encarna el precandidato demócrata Bernie Sanders.

Hoy, con la popularidad de Bernie Sanders y el resurgimiento de la actividad sindical, las circunstancias finalmente están resurgiendo para un programa político capaz de fomentar la solidaridad de la clase obrera de masas. En su lugar, Haider quiere que recurramos al modelo que ha fallado a la clase obrera durante años: aceptar retóricamente el particularismo basado en la identidad a expensas implícitas del universalismo basado en la clase.

En un artículo publicado en este medio, Warren Montag y Joseph Serrano polemizan acertadamente con lo que llaman el “anti-antirracismo en la izquierda” norteamericana, posiciones como la de Naschek, que consideran que mediante algunas reformas económicas –en los marcos del propio sistema– se puede terminar con el racismo (o el resto de las opresiones). Dicen que estas posiciones “ven la auto organización de los sectores particularmente oprimidos como algo divisivo y un obstáculo para lograr estas reformas”.

Montag y Serrano polemizan con la idea de que el racismo sea solo un “epifenómeno” de la base económica, que desaparecería de forma automática al erradicar la desigualdad mediante algunas reformas sociales. Para ellos, el racismo:

… no es epifenómeno, un conjunto de ilusiones o ideas que simplemente se evaporarán cuando las condiciones económicas cambien. Por el contrario, existe como un complejo de formas prácticas e institucionales, estatales y no estatales, de sometimiento, coerción y violencia. Ni las balas de la policía, ni los centros de detención del ICE, ni las formas extralegales y consuetudinarias de supremacía blanca violenta, pueden desaparecer simplemente ganando aumentos salariales y mayores niveles de sindicalización. Ni siquiera la transformación socialista puede por sí sola acabar con el racismo, que persiste en hábitos y costumbres que solo cambiarán a través de una lucha prolongada” [4].

Los autores cuestionan el reduccionismo economicista de posiciones como la de Naschek. Señalan que su defensa de una “universalidad” de clase, en realidad no es más que economicismo, una adaptación oportunista a la clase obrera blanca y sus prejuicios. Concluyen que la lucha no es entre “universalismo” y “particularismo”, sino entre dos “universalismos antagónicos”. Entre un falso universalismo que exige que las demandas particulares se subordinen a algunas medidas económicas parciales, o un universalismo que “comprende los profundos vínculos, tanto estratégicos como estructurales, entre la explotación capitalista y la opresión racial”.

En este sentido, ponen el ejemplo del Movimiento Sindical Revolucionario de Detroit a fines de los 60. Después de la gran represión a los disturbios de Detroit en 1967, los trabajadores negros comenzaron a organizarse sindicalmente en las fábricas automotrices de la ciudad, enfrentando el racismo de las patronales y la hostilidad de las direcciones de los sindicatos. En este marco, llevaron adelante huelgas combativas en varias fábricas como la Chrysler y la Ford: “Su organización de base y sus huelgas salvajes, que comenzaron en mayo de 1968, no solo no alienaron a los trabajadores blancos, sino que atrajeron a un número significativo de ellos a la lucha y desempeñaron un papel importante en el inicio de un movimiento militante multirracial de base en varias industrias clave” [5].

Clase, diversidad y hegemonía

Algo llama la atención, y es que efectivamente hay un retorno al debate sobre la cuestión de clase en la izquierda. Este no es exclusivo de la izquierda norteamericana, sino que se está desarrollando a nivel internacional. Después de varias décadas donde la idea de la desaparición de la clase obrera fue adoptada acríticamente por gran parte de la intelectualidad de izquierda, donde tan solo hablar de la existencia de la clase obrera era considerado algo “viejuno” o “prehistórico”, el debate sobre la clase vuelve irremediablemente, y eso es un síntoma muy interesante de los nuevos tiempos.

Lo paradójico, sin embargo, es que el debate se inicia más bien como reacción ante dos fenómenos conservadores, la votación del Brexit en Inglaterra y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Desde entonces, diferentes sectores de la izquierda reformista han intentado explicar por qué ciertos sectores de la clase obrera y las clases medias arruinadas votaron a Trump (o a la extrema derecha de Le Pen en Francia). Y su conclusión es que para disputar la base electoral a la derecha hay que adoptar un programa de cierto “chovinismo del bienestar”. Es decir, medidas económicas de distribución social, en los marcos nacionales, y para “nuestros obreros, primero”, entendiendo que cuestiones como la lucha contra el racismo, contra la opresión imperialista o la opresión de las mujeres pueden “dividir”. Lo que está detrás es el cálculo puramente electoralista de que introducir la cuestión racial o la cuestión de género impedirá ampliar la base electoral de la izquierda reformista.

Pero esta aproximación a la cuestión de clase, corporativa y nacionalista, en realidad no es tan nueva. Más bien, ha sido una marca de la política de las burocracias obreras en varios momentos históricos, lo contrario al método y estrategia del marxismo revolucionario.

Porque contra toda definición corporativa de los “intereses de clase”, habría que recordar que fue Marx quien primero señaló que el racismo de los obreros ingleses hacia a los trabajadores irlandeses generaba una escisión en la clase obrera; una división fomentada por la burguesía en la que residía “el auténtico secreto del mantenimiento de su poderío”:

… la burguesía inglesa, además de explotar la miseria irlandesa para empeorar la situación de la clase obrera de Inglaterra mediante la inmigración forzosa de irlandeses pobres, dividió al proletariado en dos campos enemigos. El ardor revolucionario del obrero celta no se une armoniosamente a la naturaleza positiva, pero lenta, del obrero anglosajón. Al contrario, en todos los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo entre el proletario inglés y el irlandés. El obrero medio inglés odia al irlandés, al que considera como un rival que hace que bajen los salarios y el standard of life. Siente una antipatía nacional y religiosa hacia él. Lo mira casi como los poor whites de los Estados meridionales de Norteamérica miraban a los esclavos negros. La burguesía fomenta y conserva artificialmente este antagonismo entre los proletarios dentro de Inglaterra misma. Sabe que en esta escisión del proletariado reside el auténtico secreto del mantenimiento de su poderío”. [6].

Esta tendencia va a profundizarse significativamente en la época imperialista, cuando la expoliación generalizada de las colonias permita la formación de una aristocracia obrera en los países centrales. Esta será la base material para el surgimiento de fuertes burocracias en los sindicatos, así como las tendencias economicistas, revisionistas y reformistas de los partidos obreros contra las que combatieron Rosa Luxemburg, Lenin, Trotsky y los marxistas revolucionarios en distintos momentos. La culminación de esta concepción nacionalista de la clase obrera se manifestó en la catástrofe de 1914, cuando la Segunda Internacional votó a favor de los créditos de guerra, abandonando los intereses de la clase obrera internacional para abrazar el nacionalismo de las naciones imperialistas.

La Tercera Internacional, en cambio, se funda después de la Revolución rusa haciendo un llamado a luchar por el poder de la clase obrera, por la emancipación de las mujeres y la autodeterminación de todos los pueblos oprimidos, incluyendo a los negros en Estados Unidos. En un informe sobre la situación en Estados Unidos para el Segundo Congreso de la Internacional Comunista (1920), el periodista revolucionario John Reed afirmaba:

Los comunistas no deben permanecer al margen del movimiento negro que exige su igualdad social y política y que, en estos momentos, en un momento de rápido crecimiento de la conciencia racial, se está extendiendo rápidamente entre los negros. Los comunistas deben usar este movimiento para desenmascarar la mentira de la igualdad burguesa y enfatizar la necesidad de la revolución social que no solo liberará a todos los trabajadores de la servidumbre, sino que también es la única manera de liberar al pueblo negro esclavizado [7].

En el mismo sentido son los debates de León Trotsky con los trotskistas norteamericanos sobre la importancia de incorporar las reivindicaciones específicas del movimiento negro al programa revolucionario y brindar todo el apoyo a la lucha por su autodeterminación [8]. Podríamos citar muchos otros ejemplos, pero este punteo rápido solo tiene la intención de mostrar cuán lejos se encuentra la tradición marxista revolucionaria de las posiciones reduccionistas o corporativas, que desprecian la importancia de luchar contra las opresiones de raza o género como parte de una política de clase.

Frente a la deriva posmoderna y neoliberal de las “políticas de la identidad” y su instrumentalización por parte de las clases dominantes, no representa ninguna alternativa una política reformista que busca justificarse en una supuesta defensa de intereses “universales” de una clase obrera nacional, cuando esta posición es la excusa para apoyar a un precandidato del Partido Demócrata, un partido que históricamente solo ha defendido un tipo de “universalismo”, el de las grandes corporaciones capitalistas y los intereses imperialistas de Estados Unidos.

Mientras Donald Trump avanza en mayores ataques a los derechos de la clase obrera de origen migrante y llega a pactos con el presidente de México para fortalecer militarmente la frontera, es reaccionario todo discurso sobre una “política de clase” que no tome en cuenta que la clase obrera norteamericana está profundamente racializada y feminizada.

Pero a esta caricatura de “política de clase” no le oponemos una recaída en las políticas identitarias, ni la indeterminación estratégica de un anticapitalismo abstracto, como movimiento de movimientos. Es importante señalar que la articulación de movimientos es insuficiente como estrategia para derrotar al capitalismo y no toma en cuenta, además, su carácter interclasista. Creemos que es necesaria, en cambio, una estrategia política que recupere la noción de hegemonía. Esto implica reconocer la importancia de la centralidad de clase para luchar contra todas las opresiones de género, de raza o sexualidad, en el marco de una lucha anticapitalista y revolucionaria por otra sociedad.

 
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