La cuna como propiedad privada
¿Es la infancia la etapa más feliz de la vida? León Trotsky iniciaba su autobiografía Mi vida con esta duda, concluyendo que para la mayoría esa felicidad es un privilegio de clase reservado a los "hijos de la burguesía". Hace casi una década, la película "The Florida Project" (2017) ya retrataba con crudeza esa tesis: niñeces que habitan la precariedad de moteles baratos a la sombra de los castillos de Disney. Lo que en aquel filme parecía una postal lejana del desamparo estadounidense, hoy es el espejo donde se mira la Argentina de 2026.
Esa brecha de clase ya no es solo una herencia, sino el núcleo de un programa político. Javier Milei ha decidido clausurar la idea de la niñez como bien público para importar ese modelo de despojo: un sistema donde el Estado abdica de su rol responsable y confina la supervivencia de los niños al éxito o fracaso económico de sus padres. Es la institucionalización de la crueldad que Estados Unidos —único país que aún se niega a ratificar la Convención sobre los Derechos del Niño— ejerce sobre las infancias migrantes y los hijos de la clase obrera precarizada.
Todos nos indignamos con la frase del el diputado Bertie Benegas Lynch lo verbalizó sin rodeos: “La libertad es que si no querés mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitas en el taller, puedas hacerlo”. En esta lógica, el Estado se desresponsabiliza de su obligación de garantizar vivienda, comida y educación. Si un pibe no tiene para leche (cuyo consumo cayó un 18% este año) o vive en la calle, el oficialismo no lo ve como una falla de sus deberes soberanos, sino como un problema privado de los padres, a quienes concibe como "dueños" — y no cuidadores— de sus hijos.
El ataque al Hospital Garrahan, referencia regional en salud pediátrica, no es solo un ajuste presupuestario; es un mensaje: si la salud del hijo de la clase trabajadora no se puede pagar, no merece excelencia. A esto se suma el recorte criminal en las pensiones por discapacidad y la quita de medicamentos básicos, dejando a miles de familias en la intemperie absoluta.
El cinismo no solo es económico, sino también discursivo. Figuras como Lilia Lemoine han corrido el cerco de lo aceptable, deslizando frases que deshumanizan a las niñeces y refuerzan la idea de que la responsabilidad es puramente individual y biológica. Al decir que: "si no podés mantener un hijo, no lo tengas", o atacar las políticas de cuidado, el oficialismo no solo desprecia la vida presente, sino que intenta anular cualquier noción de solidaridad social.
El espejo de la crueldad: De Gaza al Conurbano
Esta mirada de la infancia como objeto de propiedad explica el alineamiento irrestricto de Milei con los gobiernos de Estados Unidos e Israel. No es solo diplomacia; es una afinidad electiva sobre qué vidas merecen ser protegidas y cuáles son descartables.
En la cosmovisión oficial, no hay diferencia ética entre el pibe de un barrio popular argentino y el niño en la Franja de Gaza. Para el gobierno estadounidense que financia bombas y para el argentino que desfinancia comedores, la salud publica y la educación. El niño es un "daño colateral" de la rentabilidad o la expansión territorial. Mientras Israel convierte a Medio Oriente en un cementerio infantil con el beneplácito de la Casa Blanca, Milei aplaude, validando una geopolítica donde la infancia es un blanco —militar o comercial— pero nunca un límite infranqueable para el poder.
La pinza: "Menorización" y castigo
Argentina revive hoy la distinción perversa entre el "niño" (el hijo del empresario con derechos) y el "menor" (el hijo de los trabajadores, criminalizado). Al privatizar la infancia y eliminar al Estado responsable, este solo reaparece para castigar.
Con la complicidad de sectores del peronismo, la baja de la edad de punibilidad a los 14 años completa el modelo. El plan es perfecto en su crueldad: se le quita la ESI bajo el lema reaccionario de "Con mis hijos no te metas", se le vacían las heladeras por el ajuste, se le desfinancia la escuela pública y se le entrega, finalmente, la celda. Al pibe que el mercado expulsó del consumo, el Estado lo captura mediante el derecho penal.
Reclamar el futuro como urgencia colectiva
Frente a esta visión del niño como engranaje o propiedad, Lev Vygotsky nos recuerda que el ser humano se humaniza en la cultura y el juego. La privatización de la infancia busca, precisamente, que los pibes nunca levanten esa cabeza. Pero la respuesta a este modelo de despojo no se encuentra en la espera, sino en la calle. Se está gestando hoy en la resistencia de los trabajadores de FATE y Lustramax, que defienden el pan de sus hijos frente al desprecio patronal; en la marea blanca del Hospital Garrahan, donde sus trabajadores y familias resisten el vaciamiento de la salud pediátrica para que la excelencia médica no sea un privilegio de billetera; y en la dignidad de la docencia en Santa Cruz,Catamarca y Jujuy, que sostiene la escuela pública como trinchera contra la barbarie. Frenar la privatización de la cuna exige transformar el desamparo individual en organización de clase. Si ellos privatizan la supervivencia, nosotros socializamos la resistencia.
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