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Red Internacional

Editorial. Y sin embargo se mueve: ¿México hacia un otoño del descontento?

Muerte y sangre, como la porra de un duelo de comediantes, inundan la prensa. Y de chiste no tiene nada. La violencia del narcotráfico y la militarización día con día protagonizan la escena nacional. Pero hay otra realidad: la de jóvenes y trabajadores hartos de la precarización de la vida, profundizada durante la pandemia.

Domingo 9 de octubre | 02:36

Revelaciones de espionaje por parte del Ejército consentido del presidente López Obrador, contra periodistas, activistas, defensores de derechos humanos y organizaciones sociales, políticas y sindicales que indignan; la votación para mantener a los militares en las calles hasta el 2028; el pase de la Guardia Nacional a la órbita de la Sedena, como un avance más de la militarización; todo eso se suma al discurso de que el Ejército es “pueblo uniformado”, la muletilla que resuena en Palacio Nacional y en cada gira del mandatario.

Pero no: el Ejército actual está integrado por profesionales, cuya función es mantener a raya el descontento social. Una institución que se sabe estuvo involucrada en la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayoztinapa, vinculada con el crimen organizado y que tiene las manos manchadas de sangre por masacres como la de Tlatelolco, la de Acteal o episodios terribles como el Halconazo.
Nada tienen que ver las fuerzas armadas comandadas por Luis Crescencio Sandoval (Sedena) y José Rafael Ojeda (Semar) con el Ejército Libertador del Sur liderado por Emiliano Zapata ni con la División del Norte de Francisco Villa, que combatieron por tierra y libertad para los campesinos pobres durante la Revolución Mexicana.

La Sedena, la Semar y la Guardia Nacional, más allá de escaramuzas con sectores del crimen organizado, tienen como principal función reprimir y violentar, para garantizar el desarrollo de los megaproyectos del gobierno (algunos de los cuales fueron concebidos por gobiernos anteriores), avanzar en la industrialización del sudeste en beneficio de grandes empresarios y trasnacionales y contener el avance de las y los migrantes hacia Estados Unidos. Es decir, por distintas vías “liberaron” territorios para el gran capital y siguen las órdenes de Washington, a costa de crímenes contra defensores ambientales, desplazamientos forzados, represión de protestas, desapariciones forzadas, feminicidios y todo tipo de fenómenos reaccionarios donde las y los muertos los pone el pueblo.

Y de fondo, la inflación, como ola constante que carcome el poder adquisitivo de las mayorías -aún con el plan de AMLO para contener el aumento de precios-, un factor a la vez interno y externo, que se diga lo que se diga en Palacio Nacional, aún si no avanza más del 8.7% actual -cuestión que está en duda- licuó los salarios porque estos no aumentaron al ritmo del costo de los productos y servicios esenciales para garantizar una vida digna.

En este contexto, sectores de la juventud y los trabajadores empiezan a alzar la voz, en distintos tonos, como un concierto coral del que escuchamos los primeros acordes. El repudio a los dirigentes sindicales charros de la CTM en algunas automotrices, como General Motors por ejemplo, se expresó en el voto contra la relegitimación de los contratos colectivos de trabajo acordados por líderes sindicales que avalaron cada uno de los ataques contra las condiciones de trabajo y se expresó también en la derrota de la CTM en las elecciones sindicales. Mientras tanto, se mantienen luchas de resistencia, como la de trabajadoras y trabajadores de Notimex, que están por cumplir mil días de huelga sin que el gobierno resuelva sus demandas.

En distintas universidades, como la UNAM, el IPN, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), con el regreso a las clases presenciales, se hacen sentir aún más los avances de la elitización, con el cobro de cuotas ilegales, con la falta de recursos económicos para poder afrontar gastos de transporte, de comida, de copias y libros para poder estudiar una carrera universitaria, con la necesidad en muchos casos de dejar los estudios para aceptar trabajos de más de 10 horas con sueldos de $4000 o menos, para ayudar a solventar los gastos de la familia. Y las y los estudiantes, hartos también de la violencia que viven, a través del tianguis para subsistir, a las asamblea, foros y movilizaciones, buscan hacerse oír.

Mientras trabajadoras y trabajadores de intendencia y administrativos de las universidades mastican coraje por los bajos salarios, la falta de apertura de plazas, la carga de más trabajo para algunos y el retiro de materia laboral para otros, y la falta de mantenimiento de los edificios (castigados por los sismos), un sector de profesores se organiza y debate con los estudiantes para poner freno a la falta de derechos laborales que las autoridades universitarias buscan perpetuar a toda costa. Un importante sector de estudiantes y trabajadores, los pilares de la educación superior, por la vía de los hechos, están enfrentando los privilegios de rectores y de toda la casta dorada de las universidades.

Hay trabajadoras, trabajadores y jóvenes que no se resignan ante la presencia de uniformados ni ante jornadas extenuantes de trabajo para apenas malvivir ni ante la pobreza. Quieren y merecen una vida digna de ser vivida. Se buscan, se encuentran, se reconocen, divergen, discuten y empiezan a cuestionar al presidente que tiene sus consentidos especiales en el Ejército, la Marina y la Guardia Nacional. Nada está dicho todavía, pero el futuro podemos escribirlo juntos, quienes repudiamos la militarización, la precarización laboral y la elitización de la educación.

Porque los ataques contra los derechos de las y los trabajadores, contra derechos elementales como a la educación, no son creación del gobierno actual, pero éste, más allá de su discurso que puede sembrar ilusiones, mantiene a los militares en las calles, mantiene los privilegios para las autoridades universitarias, los beneficios para los empresarios y, sobre todo, sigue las órdenes que se le dictan desde Washington para garantizar los negocios de las trasnacionales y reprimir migrantes. Frente a eso, las y los socialistas del MTS consideramos que urge poner en pie un gran movimiento en las calles, independiente del gobierno y de la oposición derechista, contra la militarización del país y que retome las demandas que enarbolan distintos sectores de la clase trabajadora y la juventud.


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