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Red Internacional

¿Es posible huir de los discursos estereotipados, los análisis intencionados y las excusas institucionales frente al brutal acto de violencia sexual que ocurrió en Palermo? Intentamos algunas primeras reflexiones, al tiempo que acompañamos solidariamente a la víctima y reclamamos justicia.

Andrea D'Atri@andreadatri

Viernes 4 de marzo | Edición del día

Un acontecimiento brutal irrumpe en el apacible feriado. Nos consterna. Nos conmociona. Se inicia la búsqueda infructuosa de motivaciones que, al menos, le otorguen alguna racionalidad a la atrocidad del acto. Aparecen los relatos que justifican, los que culpabilizan; los reclamos de justicia, de venganza, de reparación; las palabras precisas, estigmatizantes, solidarias, agresivas, reflexivas. Todo es un torbellino fragoroso que ocurre alrededor y a través de la víctima; con ella y contra ella. Y a pesar de su singularidad, de tener nombres y rostros y vidas concretas signadas por este acontecimiento brutal, el hecho interpela a los varones, a los medios de comunicación, a las feministas, a las instituciones del régimen, a la sociedad.

Reclamamos justicia para la joven que fue víctima de este acto atroz. Pero también reclamamos que la Iglesia y otros sectores fundamentalistas dejen de obstaculizar la implementación de la educación sexual integral. Repudiamos a la casta judicial que, constantemente, reproduce la violencia misógina revictimizando a las víctimas, acusándolas de ser las causantes de su propia tragedia, justificando el accionar de los victimarios o echando un manto de impunidad sobre actos aberrantes. Exigimos que aumenten los presupuestos destinados a la prevención de la violencia contra las mujeres y de ayuda a las víctimas, en vez de disminuirlos para cumplir las metas de ajuste que exigen los organismos financieros internacionales y destinarlos a pagar la deuda ilegítima.

Creemos que todo esto es necesario aunque sepamos que no alcanza.

Mirando atrás: las luchas por nuestros derechos también son un límite a la violencia

Ya aprendimos hace tiempo que la violencia contra las mujeres no es fortuita. Ni su ejecución es la consecuencia de alguna anomalía. No son "locos" inimputables. Ni animales. Ni monstruos. No es el alcohol, ni las drogas. No es la provocación de ellas, ni el carácter irascible de ellos.

Esto no quiere decir que todos los hombres son potenciales violadores o femicidas. Pero sí quiere decir que la violencia más brutal ejercida contra las mujeres, como los femicidios o las violaciones, solo pueden comprenderse cabalmente si las inscribimos en una sociedad que legitima, justifica y reproduce permanentemente la subordinación, la discriminación, la inferioridad y la inequidad de las mujeres.

Por eso, las históricas luchas del movimiento de mujeres por sus derechos son, también, en cierto modo, una lucha contra la violencia de género. Que las mujeres pudieran acceder a todos los niveles de educación, que tuvieran derecho a votar, que consiguieran romper la dependencia del padre o del marido para desempeñarse en la cotidianeidad de sus vidas, que alcanzaran el derecho a divorciarse, a compartir la potestad sobre sus hijas e hijos, que lograran legalizar la interrupción voluntaria de los embarazos... todo eso apunta a establecer mayores cuotas de igualdad, de libertades individuales, algunos pasos para dejar de ser "ciudadanas de segunda".

Mírennos: de las calles, no nos vamos

Para la espectacularidad de los medios de comunicación y los algoritmos de las redes sociales, rinden mucho más las mujeres como víctimas singulares devastadas por actos aberrantes que cuando, juntas, cuestionamos el orden establecido que estos actos aberrantes pretenden conservar. Si no pueden mostrarnos como víctimas, nos mostrarán como las chillonas, las irracionales, las que pintan paredes, porque hacemos marchas y huelgas, sulfuramos a las jerarquías eclesiásticas, enfrentamos a las burocracias sindicales, las fuerzas represivas y al poder político.

¡No se aprovechen de los hechos aberrantes como el que aconteció en Palermo para aterrorizarnos, ahora, con los riesgos que corremos en las calles! Los conocemos desde siempre y nos cuidamos entre nosotras, como también sabemos que la mayor parte de los abusos y otras formas de violencia ocurren puertas adentro de nuestros hogares. Hemos conquistado las calles para gritar nuestros reclamos, para conquistar nuestros derechos. Y descubrimos que, no hay mejor lucha contra la violencia que sufrimos, que la que damos organizadas y movilizadas, colectivamente.

Miren la vida a través de nuestros ojos y peleemos juntos por cambiarla

Y sin embargo, aunque peleamos por todos esos derechos con fuerza y decisión, sabemos que tampoco alcanzan.

Nuestra lucha por transformar radicalmente este sistema de explotación de millones de seres humanos que oprime a las mujeres y a otros grupos sociales con especial perfidia, también es una lucha por acabar con todas las formas de violencia y de dominación. Porque, en última instancia, todas las violencias de género tienen un carácter estructural en esta sociedad en la que vivimos, donde esas normativas invisibles de género o las que estipulan las leyes o la falta de derechos, las prácticas consuetudinarias y las tradiciones culturales son inherentes a la reproducción social que, en la sociedad capitalista, adquiere esta particular división sexual del trabajo.

Para esa lucha, necesitamos construir una fuerza poderosa capaz de subvertir el orden instituido, por eso no es una lucha solo "de mujeres", sino del esfuerzo colectivo de quienes sufren la explotación y todas las formas de opresión. Aunque todo aquel que, en realidad, quiera transformar la vida, tenga "que aprender a mirarla a través de los ojos de las mujeres".




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