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Red Internacional

Panorama internacional. Ucrania: Una guerra sin fin a la vista, tensiones geopolíticas y lucha de clases

Apuntes sobre las consecuencias de la guerra en Ucrania. Tensiones geopolíticas, de Europa del Este hasta el mar de China, polarización en distintos países y el presagio de un otoño del descontento en el hemisferio norte ante la inflación y la carestía de la vida.

Bárbara FunesMéxico D.F | @BrbaraFunes3

Miércoles 7 de septiembre | 20:08

«El carácter revolucionario de la época no consiste en que permite, en todo momento, realizar la revolución, es decir, tomar el poder. Este carácter revolucionario está asegurado por profundas y bruscas oscilaciones, por cambios frecuentes y brutales. León Trotsky, Stalin, el gran organizador de derrotas, 1929.»

Hace pocos días, Biden solicitó al congreso estadounidense 11.700 millones de dólares para financiar a Ucrania en esta guerra que inició el 24 de febrero, y otra partida de 2.000 millones relacionada para disminuir el costo de la energía en EEUU -consecuencia del conflicto bélico. A esto se suma una partida de 40 mil millones de dólares de “ayuda” que el gobierno de la principal potencia imperialista entregó a Zelensky en mayo pasado. Se trata del mayor paquete de ayuda exterior que aprobó el Capitolio en al menos dos décadas.

Las perspectivas de la guerra en Ucrania, lejos de avizorar la distensión, apuntan a un conflicto bélico de desgaste donde Rusia y Ucrania (sostenida por la OTAN), se preparan para que se extienda en el tiempo. Si en un primer momento había mesas de negociación y posibilidades de salidas “intermedias”, hoy la guerra declarada ha adquirido un impulso mucho mayor, con un Zelenski que se anima a decir que va a “recuperar Crimea” o el asesinato de la hija del principal asesor de Putin, Alexander Dugin.

Al mismo tiempo, Gazprom, la empresa estatal rusa, cerró el suministro de gas a Alemania. NordStream, el gasoducto que lleva el combustible a suelo germano, ya estaba funcionando a solo el 20% de capacidad. Poco antes, el G7 había anunciado un tope al precio del petróleo ruso. La guerra no se dirime sólo con las armas en la mano, sino también en el terreno económico, con sanciones comerciales y boicots.

El alza de los precios de la energía y los alimentos están golpeando en todo el mundo. El fantasma de la estanflación surca todos los mares y amenaza degradar aún más las condiciones de vida de la clase trabajadora y los sectores populares en todos los rincones del planeta. A su vez, la crisis energética potenciada con las sanciones económicas a Rusia, puede generar nuevos focos de tensiones geopolíticas, como se insinúan entre Alemania y Francia ante el corte de suministro de gas proveniente de territorio ruso.

Más allá del uso de las armas nucleares, algo que hoy no está planteado, la prensa internacional señala que existe riesgo de un desastre nuclear en la central de Zaporiyia, la más grande de Europa y la tercera más grande del mundo, que está en la línea de fuego, y podría desencadenar una tragedia similar a la de Chernóbyl, ocurrida en 1986 en el territorio de la entonces Unión Soviética. El gobierno ruso y el ucraniano se acusan mutuamente de bombardear la zona donde se encuentra esta central.

El objetivo del imperialismo estadounidense es debilitar a su némesis de la Guerra Fría, mientras que el de Rusia está signado por aumentar su esfera de influencia internacional y hacer retroceder la avanzada de la OTAN en Europa del Este. Y la guerra ha propiciado el establecimiento de una alianza -al menos coyuntural- entre Rusia y China, el actual enemigo estratégico de EEUU.

En estos seis meses, las tendencias guerreristas se han exacerbado. Mientras EEUU y la Unión Europea proveen armas, entrenamiento táctico y operaciones de inteligencia al ejército ucraniano, el presupuesto militar aumentó en todas las grandes potencias.

Estos factores dan cuenta de la reactualización de la época de guerras, crisis y revoluciones abierta en 1914 y que se ha extendido desde entonces. En ese momento, el estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando la contradicción entre las fronteras nacionales y el desarrollo de las fuerzas productivas llevó a una disputa internacional por los mercados internacionales y a la conflagración bélica.

En nuestros días, aun cuando la guerra en Ucrania no es un conflicto bélico global (como lo fueron la Primera y la Segunda Guerras Mundiales), el involucramiento de los gobiernos de las grandes potencias en nombre de la defensa de la “democracia” versus el autoritarismo de Vladimir Putin -una falacia reaccionaria que recrean intelectuales y periodistas al servicio de EEUU y la OTAN y bajo la cual los gobiernos exigen “sacrificios” al pueblo- le ha dado una dimensión internacional superior a todo lo visto las últimas décadas. Y sus consecuencias impactan a distinto nivel en todos los países y continentes por los múltiples lazos de interdependencia económica que se profundizaron durante el neoliberalismo.

La estanflación -combinación de bajo crecimiento económico junto con alta inflación-, surgida en parte ante la ruptura de las cadenas de suministros durante la pandemia, puede transformarse en recesión abierta, es decir, una contracción generalizada de la actividad económica que se prolongue por más de unos meses, lo cual implicaría también grandes oleadas de despidos. Todo esto en el marco de la crisis estructural del capitalismo, cuyo punto nodal es la falta de un motor de la economía internacional y la escasez de espacios rentables para la acumulación ampliada (acumulación en producción de medios de consumo y en medios de producción). Es así que la crisis económica es otro factor actuante en la situación internacional.

A la luz de los actuales acontecimientos se revela de nuevo la vigencia del análisis de Trotsky, que en 1929 planteaba:

El sistema capitalista mundial está agotado; ya no es capaz de progresar en bloque. Esto no significa que ciertas ramas de la industria y ciertos países no crezcan o no crecerán más. Pero este desarrollo se realiza y se realizará en detrimento de otras ramas y de otros países. Los gastos de producción del sistema capitalista devoran cada vez más sus beneficios.

La relación entre China y Estados Unidos el otro foco de tensión internacional

En este marco, hay que observar la política de China intentando construir un bloque contrahegemónico al G7 dándole aire a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y con un importante avance en cuanto al peso económico que va teniendo en el llamado “sur global”.

Por otra parte, la disputa de Estados Unidos con China ha dado un salto recientemente con la tensión que generó la visita de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense, a Taiwán. Esta visita provocó una serie de declaraciones amenazadoras de parte de China, así como la movilización de tropas, ejercicios militares y disparos de misiles que impactaron cerca de la isla. Mientras en Taiwán el gobierno ha ordenado llevar adelante simulacros de bombardeos a la población civil.

Estos hechos muestran un nuevo momento de confrontación entre una China que, según algunos medios, ha amenazado con “retomar” Taiwán antes de 2027 y Estados Unidos, que mientras fogonea la guerra en Ucrania al frente de la OTAN, busca las vías para cercar a China invitando a Japón y Corea del Sur a sumarse a la alianza atlántica. Una confrontación que había sido centralmente económica, pero que sigue tensándose y acercándose a un enfrentamiento militar vía el conflicto que implica el control de la isla que acapara cerca del 65% de la producción global de semiconductores y más del 90% de microchips avanzados.

Aquí vale la pena destacar los ejercicios militares a finales de septiembre en Vostok, Rusia, donde participaron Rusia, China, India (que intenta jugar a dos bandas con alianzas con EEUU pero también marcando distancia y mediando su disputa con China, vía Rusia), además de Laos, Mongolia, Nicaragua, Siria y otros países.

Estados Unidos: entre la polarización política y la lucha de clases

Al interior de Estados Unidos, la inestabilidad política se mantiene, más allá de momentos de relativa tranquilidad. Mientras Joe Biden vive un desgaste de su aprobación, el Partido Demócrata intenta aprovechar las elecciones de medio término agitando la necesidad de votar por ellos para defender el derecho al aborto estatalmente o contra la libre venta de armas, en el marco de los tiroteos de los últimos meses.

Por su parte, Donald Trump hasta la fecha mantiene que la elección del 2020 fue un fraude y sostiene una ofensiva ideológica conservadora intentando posicionarse él, o alguno de sus delfines, de cara al 2024. Mientras tanto, continúa el juicio contra el expresidente por la toma del Capitolio, siendo que una parte importante del establishment se opone a su política, como lo reflejó el allanamiento a uno de sus domicilios por parte del FBI.

Así, al tiempo que existe una fuerte polarización con un trumpismo radicalizado y un Biden acusando a este sector de “extremismo que pone en peligro la democracia”, en sectores de la clase trabajadora continúan procesos de organización y sindicalización, aún con duras represalias de parte de las patronales, como en Amazon y Starbucks. Este proceso en el movimiento obrero es un hecho novedoso que expresa un fenómeno muy progresivo al interior de la principal potencia imperialista del planeta, y que refleja también las tendencias que se han dado a nivel internacional desde el inicio de la pandemia, con el desarrollo de revueltas y rebeliones en distintos paises.

En el marco de la polarización social y política que se vive en Estados Unidos un punto fundamental de acuerdo entre el partido demócrata y el republicano es financiar al gobierno ucraniano ante la guerra con Rusia.

La polarización política y social, así como el cuestionamiento a instituciones fundamentales como la Suprema Corte, los partidos y el establishment político o la policía, son expresiones de las tendencias a la crisis orgánica (que por momentos pueden ser más abiertas y por momentos atenuarse) presentes en la principal potencia imperialista del planeta, que vive un cuestionamiento en su hegemonía internacional combinada con una inestabilidad interna latente.

Nueva ola de gobiernos “progresistas” en América Latina

La llegada al poder de Gustavo Petro en Colombia y el probable triunfo en las próximas elecciones presidenciales de Brasil de Lula da Silva junto con Geraldo Alckim, un representante de la centroderecha, son los hitos más recientes de la llamada “ola rosa” de gobiernos “progresistas” o “posneoliberales” en América Latina por parte de la prensa internacional. De esta ola son parte los gobiernos de José Castillo en Perú, Gabriel Boric en Chile, Alberto Fernández en Argentina y López Obrador en México.

La falta de hegemonía de la derecha continental y el acentuado desgaste de los partidos patronales tradicionales se conjugaron para crear la “tormenta perfecta” y así fue como desde 2012/2013 -fin del ciclo de bonanza de los precios de las materias primas- en distintos países latinoamericanos se expresaron elementos de crisis orgánicas y de crisis de representación. Los regímenes democráticos burgueses enfrentaron distintos niveles de cuestionamiento: en el caso de Chile y Colombia dieron paso a verdaderas revueltas populares, mientras en el extremo opuesto está el caso de México, donde el actual presidente en las elecciones presidenciales de 2018 capitalizó el descontento social que hizo eclosión en procesos como el movimiento democrático por Ayotzinapa en 2014, un proceso al cual contribuyó cualitativamente a pasivizar. Como vemos, su génesis está signada por diferentes factores y el desgaste de estos gobiernos tiene distintos ritmos.

En América Latina, en este contexto histórico concreto, en ningún caso, ni siquiera en aquellos donde hubo revueltas con elementos de radicalización, los progresismos desarrollaron cambios profundos que se acercasen a la resolución de tareas históricas desde arriba, un elemento determinante para encuadrar a estos países en el concepto de revolución pasiva -creado por el revolucionario italiano Antonio Gramsci- y que podría ser aplicado a la experiencia de fines del siglo XIX en Italia o Alemania, donde la burguesía llevó adelante la unidad nacional.

Resulta coherente la elección del nombre “ola rosa”, -aunque los medios de comunicación tradicionales hablen de la llegada al poder de la “izquierda”, una operación ideológica por completo interesada- pues ninguno de estos gobiernos va más allá de promesas de ayudas a los sectores más empobrecidos, un elemento que les granjea un importante apoyo popular. De rojo no tienen nada, aunque haya sectores de la izquierda que se subordinan ante discursos antineoliberales mientras estos progresismos tardíos mantienen planes de ajuste para cumplir sus compromisos con el FMI a costa del hambre de la clase trabajadora y los sectores populares, precarización y subordinación al imperialismo estadounidense.

En aquellos países que fueron escenarios de revueltas y movilizaciones populares, como el caso de Chile o Perú, el proceso de desgaste y derechización de los gobiernos es más acelerado, como se vio en el reciente triunfo del Rechazo en la elección de la constitución chilena o en las multitudinarias protestas contra el gobierno de Castillo en Perú, mientras en el otro extremo está México, sin procesos de lucha de clases generalizados, donde a casi cuatro años de haber llegado a la presidencia, López Obrador goza de una importante popularidad al tiempo que el descontento se va gestando en algunos sectores de la clase trabajadora y los sectores populares.

Estos gobiernos enfrentan una situación internacional mucho menos favorable que el ciclo de progresismo que inició en la primera década de los 2000: el alza de precios de la energía y de los alimentos golpean también en la región. De la “austeridad republicana” de López Obrador a la firma de acuerdos con el FMI para refinanciar la deuda externa, como el caso de Alberto Fernández en Argentina, el margen del despliegue de planes sociales para contener a los sectores más desposeídos es menor que en las décadas previas.

Aun cuando en la superficie parece primar la “paz social” que exigen los negocios capitalistas, un descontento profundo está germinando en distintos sectores de la clase trabajadora y el pueblo en todo el continente. El hartazgo de la precarización laboral, del costo de los acuerdos con el FMI, de los agravios que la burocracia sindical inflige como agente de las trasnacionales y los empresarios de ser soterrado puede empezar a expresarse de manera activa. El movimiento de mujeres y otros movimientos democráticos pueden irrumpir en escena ante las condiciones de vida cada vez más difíciles para un amplio sector de la población.

Los revolucionarios tenemos que estar preparados, como decía Trotsky, para bruscos cambios de la situación, en un contexto donde se abre claramente un nuevo periodo de mayor confrontación y convulsión política. El descontento sordo puede pasar a expresarse en las calles, sobre todo alentado por el reanimamiento de distintos procesos de la lucha de clases en Europa y Estados Unidos, como las huelgas en el Reino Unido y el incipiente movimiento por la sindicalización que se están dando al norte del río Bravo.

Es por eso que, quienes integramos el Movimiento de las y los Trabajadores Socialistas en México, nos proponemos como un desafío de primer orden en el próximo periodo estrechar lazos con las y los compañeros de Left Voice ‒con quienes impulsamos la Fracción Trotskista por la Cuarta Internacional junto a organizaciones socialistas de América Latina y Europa‒, quienes en el corazón del imperialismo estadounidense cuestionan la injerencia imperialista en América Latina y en todos los rincones del planeta, e impulsar una política internacionalista y antiimperialista conjunta.

Bregar por el desarrollo de polos de independencia de clases en el marco de una amplia adaptación de la izquierda a los gobiernos “progresistas”, sea en el terreno electoral, el de la lucha de clases o el ideológico, junto con desplegar la perspectiva socialista como salida superadora de la miseria y la degradación capitalista, expresada en el empobrecimiento y la precarización de amplios sectores de la población mundial, en la devastación que deja la guerra y la crisis ambiental, son vías privilegiadas para poder contribuir a un avance de la subjetividad de la clase obrera y que, de la fusión entre los socialistas revolucionarios y la vanguardia obrera y juvenil que se desarrolle en los procesos por venir, pueda surgir un nuevo estado mayor revolucionario de la clase obrera internacional. Ese es el apasionante desafío que tenemos por delante las y los militantes de la Fracción Trotskista- Cuarta internacional.




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