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Red Internacional

Series.  The Bear, una de las mejores series del año

Un frenético relato que a través del vértigo del oficio gastronómico explora en temas de profunda intensidad emocional con la dinámica, tensión y simplicidad de un día común en el bodegón de un barrio obrero en Chicago.

Jueves 17 de noviembre | Edición del día

Un hombre vestido con remera blanca, jeans y delantal de cocina se encuentra de madrugada sobre un puente desolado abriendo una jaula de la que sale un oso y lo ataca. El protagonista despierta abrumado por la pesadilla y sin presentación alguna nos lanza al torbellino de esta trama caótica que tendremos que ir develando a medida que transcurren sus ocho capítulos.

Así comienza esta serie de nervio electrizado y filmada con cámara al hombro en la que podemos sentir que estamos allí, dentro de esa cocina en la que sucede casi toda la serie; a punto de chocar con los cocineros que corren sacando comandas, de quemarnos o cortarnos ante un movimiento abrupto que no se anunció con anticipación; casi podemos sentir los olores de las cebollas, el ajo, la carne sellada y el pan al salir del horno. El logro de introducirnos al ambiente no depende solo del ritmo, la edición o la ubicación de la cámara sino también de las muy buenas actuaciones, una fotografía austera pero bien lograda y un excelente montaje que nos ubica en el espacio y nos hace sentir que estamos entre ollas y sartenes, compartiendo las tensiones de los protagonistas, siempre contra reloj y apropiándonos de los códigos propios del oficio.

Enmarcada en una Chicago actual, la serie creada y dirigida por Christopher Storer construye un ambiente laboral bastante creíble dentro de la cocina de este restaurante de barrio al borde de la quiebra cuyos principales clientes son trabajadores que compran para llevar o comer en el lugar sus deliciosos sándwiches de estilo italiano. Pero, quizá, su mayor logro sea no temerle a la búsqueda y la experimentación cinematográfica dentro de un medio como el televisivo. Su formato de miniserie con capítulos de 30 minutos no está pensado para cumplir con el tiránico cronómetro de la industria para la comedia en plataformas, sino porque de ser más largos la tensión sería insoportable y deberíamos recurrir a ansiolíticos para poder bajar e irnos a dormir.

La trama principal podría resumirse como la historia de un joven chef que abandona su trabajo en el mejor restaurant del mundo para regresar a Chicago y hacerse cargo del bar de sándwiches de su familia tras el suicidio de su hermano.

Pero esta síntesis sería excesiva si tomamos en cuenta que es solo el disparador de varias historias de vida que transcurren en paralelo. El tratamiento del sufrimiento y la angustia ante la muerte es realmente novedoso ya que no cae en los clichés habituales frente al duelo. Carmy, (protagonista principal encarnado por Jeremy Allen White) tendrá presente en todo momento la muerte de su hermano, pero sin apelar a recursos melodramáticos, sino que el conflicto interno se exterioriza a través de su rol en la cocina.

La prioridad es evitar que “The Beef” quiebre, pero más allá de esta apariencia utilitaria, la angustia ante la muerte está siempre latente. A veces se expresa a través de la neurosis y las obsesiones típicas del rubro; las muy buenas actuaciones reflejan esas características patológicas que los ritmos de producción de la explotación capitalista generan. Otras veces toma forma artística a través de la dedicación y creatividad puesta en cada plato pese a las exigencias físicas y mentales desmedidas que padecemos todos los trabajadores del gremio. El dolor y la pérdida también se expresan allí, en el trabajo. Así las historias de cada uno se van entretejiendo. La unidad y coordinación grupal emerge para enfrentar las carencias individuales junto con la necesidad de este equipo de trabajo, heterogéneo y conflictivo como todos, de aprender a delegar y confiar en el compañere. A medida que la serie avanza, van cobrando sentido las particularidades y personalidades de estos cocineros cuyo objetivo no es ganar el master chef; el guion nunca apela a la idealización que los reality show y el marketing empresarial de la gastronomía instalaron sobre este oficio, ni a recursos berretas como el amor romántico para resolver problemas íntimos y profundos con finales felices de cuento. No es una historia para calmarnos sino para inquietarnos.

Algunos puntos flojos: es inverosímil que en una cocina trabajen nueve personas para atender un salón de ocho o nueve mesas. Es muy poco probable que en un restó de estas características haya una persona que solo hace pan o postres. Chef es una categoría no una señal de respeto generalizada; si todos se llaman Chef nadie sabría a quién está dirigida la indicación. Por estas tierras el chef, o jefe de cocina, enuncia la tarea o comanda y quien la llevará a cabo responde: “oído”. Las posibilidades de ponerse a experimentar fuera de turno con materiales costosos en un lugar a punto de quebrar no existen. Las condiciones laborales de los empleados nunca quedan claras y la idea de que si a la empresa le va bien a todos nos irá bien es un discurso infame que se deja deslizar en el esfuerzo conjunto de los trabajadores para salvar el negocio del que se ponen la camiseta. Hasta aquí con los puntos flojos de la serie para no spoilear.

Un dato de color: El salario básico que acordó el gremio local que lidera Luis Barrionuevo con los empresarios para un restaurante con las mismas características que el de la serie es de $69.914 para los bacheros, $77.471 para los ayudantes de cocina y $81.066 para los cocineros. Esta realidad que enfrentamos todos los días aquí o en Chicago no es un tema en el que la serie profundice pese a que de ello depende la subsistencia a duras penas de un trabajador gastronómico, que con ese salario no llega a fin de mes, pagar el alquiler, ni le alcanza para comer, mucho menos de aquello que cocina para otros pese a trabajar a destajo. En la serie podemos apreciar las precarias condiciones de vida de sus protagonistas, pero no se cuestiona.

Puntos altos: dirección, guión, fotografía, montaje, actuaciones, casi todo.

El capítulo siete está filmado en un solo plano secuencia y su ritmo nos deja al borde del infarto.

La música es excelente: Radiohead, Van Morrison, Pearl Jam, Sufjan Stevens, REM, Wilco, Genesis, David Byrne, etc. Aquí va playlist.

Otro dato: la serie, oficialmente, solo se encuentra disponible en Star Plus.

(Todo se puede ver en Stremio. Un oasis para quienes gustamos de ver cine y series y no podemos pagar plataformas costosas. Si no la tenés, esta serie vale el tiempo de descarga).

El suicidio
Un punto clave a destacar es el muy buen tratamiento de un tema tan duro como el suicidio.

Carmy enfrenta el dolor del suicidio de su hermano sin tener demasiadas herramientas. ¿Quién las tiene? No sabe por qué ni que pudo impulsarlo a tomar esa decisión. Atraviesa la culpa, la tristeza, el remordimiento, la angustia y la depresión intentando comprender, pero lo hace desde un lugar que pocas veces vemos en cine o TV donde el suicidio es el recurso manido de la tensión dramática, paraliza las vidas de los parientes y la estigmatización es infaltable y sobreactuada, si no que el personaje demuestra este mundo interior devastado a través de acciones cotidianas, lidia con el sufrimiento intentando mantener el restaurante de su hermano en pie, pregunta y busca respuestas, no puede comprender ni sabe qué hacer con tanto dolor pero lo canaliza trabajando. La serie no juzga al suicidado ni a las reacciones de los sobrevivientes, no hace que sus parientes y amigos analicen cabalmente el dolor o sientan vergüenza por lo sucedido. En Carmy el dolor y el miedo ante la muerte es irracional y en toda la serie el personaje va lidiando con esta ausencia que lo mortifica, atravesando las distintas etapas y haciendo el duelo como puede. No parece relevante analizar aquí si esta forma de enfrentar un hecho traumático es correcta o no. Es elogiable la madurez y el respeto con que se toca un tema tan profundo sin juzgar ni caer en un debate psicológico, si no que se expresa a través de la sensibilidad de los personajes y en su accionar cotidiano. El guion nunca apela a la sensiblería para mantener la tensión alrededor del fallecido, su memoria está todo el tiempo presente, marca los ritmos y humores y pone al suicidio como eje central de la trama sin discursos ni lecciones morales, si no en el trasfondo de una serie apabullantemente vertiginosa que aporta otra mirada ante los hechos dolorosos y traumáticos, sin aleccionar, sin juzgar ni estigmatizar, solo incorporándolo a la cotidianeidad de quienes tienen que enfrentar el dolor y la pérdida mientras deben seguir adelante con sus vidas y el trajín diario hasta superarlo.

En definitiva, The Bear más que una serie es una metáfora culinaria que recomendamos ver sin ninguna duda.


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