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Red Internacional

El feminismo se conjuga en plural: hay feministas que opinan que el capitalismo se puede reformar; otras que no y otras que ni siquiera creen que vale la pena discutir esas cuestiones. Pan y Rosas es una agrupación feminista socialista: queremos revolucionar esta sociedad capitalista patriarcal en la que vivimos y sentar las bases de una nueva, sin explotación ni opresión. Te contamos cómo y por qué.

Lunes 29 de agosto | Edición del día

El patriarcado existe aproximadamente desde hace 10 mil años. El capitalismo, en cambio, podemos decir que tiene apenas 500 años, o menos aún, de existencia. En tan corto tiempo, el capitalismo barrió con la sociedad feudal, con su régimen político, con sus relaciones de producción, con sus costumbres. ¡Pero no barrió con el patriarcado! Por eso hablamos de capitalismo patriarcal. ¿Por qué una sociedad moderna que empuja acelerada y permanentemente hacia "el futuro", sin temer que su fuerza arrolladora vaya destruyendo países, culturas, naturaleza, vidas humanas… es incapaz de destruir y arrollar el patriarcado?

Es cierto que no vivimos igual que hace 500 años, ni siquiera vivimos igual que hace 50 años. Las feministas liberales nos dirán que el capitalismo venció los prejuicios patriarcales que mantenían a la mujer en el hogar y que hoy la mitad de la fuerza de trabajo asalariada, a nivel mundial, es femenina. Nos dirán que el capitalismo ganó la batalla contra el clericalismo oscurantista y cada vez más en todo el mundo se legaliza el aborto y se avanza en la laicización de los estados. Nos dirán que el capitalismo liquidó las viejas formas patriarcales donde todos los miembros de la unidad familiar producían para el autosustento y envió a todos los integrantes de la familia a convertirse en esclavos asalariados y, por lo tanto, consumidores, disolviendo los lazos económicos que unían por necesidad a la familia patriarcal y reemplazando esas relaciones por otras basadas en el amor romántico, el consentimiento mutuo, el proyecto personal de la pareja, etc.

Pero aunque todo eso sea cierto, seguimos teniendo patriarcado, porque las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda: ocupamos los peores trabajos, los más precarizados y con menor salario, seguimos siendo las más pobres; aunque somos muchas más que los hombres en las universidades, seguimos siendo muchas menos en el ejercicio de las profesiones, somos víctimas de violencia por nuestro género, seguimos siendo discriminadas en todos los ámbitos de la vida… ¿Por qué?

¿Por qué las mujeres deberían luchar por el socialismo?

Patriarcado + capital = alianza criminal

¿Sabías que si trazamos una línea recta desde la persona más rica del planeta hasta la última más pobre, vamos a encontrarnos con que las 8 primeras personas que están en una punta concentran una riqueza equivalente a lo que tienen los 3500 millones de personas más pobres, contando desde el otro extremo? Es decir que solo 8 personas concentran una riqueza equivalente a la que puede reunir sumando miserias, la mitad de la población mundial. Eso es el capitalismo. La más violenta, arbitraria y brutal barbarie.

Pero veamos esto otro: la población mundial es algo mayor a 7000 millones de personas y hay casi tantas mujeres como hombres. Ahora pongamos estos datos sobre la línea imaginaria de la que hablamos anteriormente. Nos vamos a encontrar que, en la punta millonaria de esta recta, hay 8 hombres y ninguna mujer. Y en la otra punta, entre los 3500 millones de personas más pobres del planeta, las mujeres somos el 70%. Hay clases sociales. Hay géneros. ¡Pero no hay una distribución igualitaria de géneros y clases sociales! Claro que la lucha del feminismo socialista no es por conseguir que, entre los 8 millonarios, haya 4 mujeres y entre los 3500 millones de pobres, haya un 50% de varones. Ya hay mujeres millonarias, aunque sean menos que los hombres. Y también hay millones de hombres pobres, aunque sean menos que las mujeres.

Nuestra lucha por destruir el patriarcado se anuda con la lucha por acabar con el capitalismo. ¡No queremos vivir en esta sociedad de exclusión, discriminación, explotación y barbarie!

Neoliberales y reformistas nos repiten que las democracias capitalistas pueden ampliar derechos. Nosotres sabemos que también pueden hacer retroceder, limitar y liquidar derechos, porque eso depende de muchas variables: no hay una evolución gradual y acumulativa de derechos. Pero, es cierto que, bajo determinadas circunstancias, a veces los regímenes democráticos pueden ampliar derechos, siempre y cuando esos derechos no liquiden el sistema capitalista ni tampoco lo esencial del patriarcado. ¿Y qué es lo que el capitalismo no puede eliminar del patriarcado? No puede eliminar el trabajo doméstico y de cuidados, el trabajo reproductivo gratuito que… ¡oh, casualidad!, recae mayoritariamente (incluso hoy en día) sobre las mujeres y las niñas.

San Luis. Vamos al 35º Encuentro para unir todas nuestras luchas y derrotar los planes de ajuste

Cocinas, escobas y canciones de cuna

Millones de personas en el mundo viven de la venta de su fuerza de trabajo, a cambio de un salario. Sólo una pequeña minoría de capitalistas son los dueños de las fábricas y empresas que explotan a estos millones de trabajadoras y trabajadores. Según Marx, el valor de cambio de la fuerza de trabajo (o sea, el salario) es equivalente al "valor de los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento del trabajador". Es decir que al trabajador no se le paga por lo que hace, sino por lo que a él le cuesta vivir; algo muy por debajo de las enormes riquezas que verdaderamente produce esa fuerza de trabajo.

Entre los "gastos" del capitalista, está el mantenimiento de las máquinas. Para que funcionen bien hay que ponerles aceite, repararlas, limpiarlas, eso lo hacen los operarios de mantenimiento, a los que se les paga un salario por esta tarea. Pero los trabajadores y trabajadoras también necesitan "mantenimiento" para poder vender su fuerza de trabajo al capitalista: cada mañana tienen que estar descansados, con energía renovada, con la ropa limpia. Si las máquinas son obsoletas, hay que reemplazarlas por máquinas nuevas. Lo mismo pasa con los trabajadores. Cuando el patrón explotó durante años a un obrero o una obrera, cuando le quitó su salud y su vitalidad, es necesario "reponerlo" por nuevos jóvenes trabajadores y trabajadoras. Pero a diferencia de lo que sucede con las máquinas, gran parte de ese trabajo de "mantenimiento" no lo cubre el salario que cobra el trabajador o la trabajadora: se hace gratuitamente en su hogar familiar.

Ese trabajo "invisible", hecho mayoritariamente por las mujeres, permite que millones de asalariadas y asalariados se levanten todos los días para ir a su trabajo, que a cada generación de asalariados, le siga otra generación de asalariados, y que todos los miembros de la familia trabajadora que no son "productivos" para el capitalismo, sean mantenidos sin que a la patronal le cueste un centavo. Quienes se benefician personalmente de ese trabajo son los miembros de la familia, pero quien obtiene un rédito de ese trabajo gratuito, son los capitalistas que explotan la fuerza de trabajo de los asalariados de esa familia, quienes generan enormes ganancias sin que su reproducción diaria y generacional esté cubierta, totalmente, por el salario.

Pero hay algo más: en el capitalismo, como en ninguna otra sociedad de clases anterior, las tareas de mantenimiento y reproducción de la fuerza de trabajo están extremadamente aisladas espacial, temporal e institucionalmente, del mundo de la producción capitalista. Eso hace que ese trabajo sea invisibilizado, no se lo considere económicamente ni sea valorado y que, a las mujeres, les resulte imposible, en tanto amas de casa, unirse para "negociar" sus condiciones de trabajo, su salario, etc.

Ese nudo que el capitalismo estableció entre las mujeres y el trabajo gratuito de reproducción, con la explotación de la fuerza de trabajo, no se puede desatar aunque consigamos algunos derechos con nuestra lucha y movilización. Es necesario derrocar el capitalismo para acabar con este mecanismo perverso de opresión de las mujeres que se presenta como algo natural e incuestionable. Y no solamente porque es tremendamente injusto tener una jornada de trabajo invisible y gratuita que recae sobre nuestras espaldas, sino porque en ese rol de subordinación de las mujeres se nutren todos los prejuicios que nos presentan como sumisas, dependientes y serviles. En esas condiciones materiales se funda una cultura machista que nos tiene como objeto de múltiples formas de desigualdad, discriminación y violencia, en todos los ámbitos de nuestras vidas.

¿El de San Luis será tu primer encuentro?

¡Organizate con Pan y Rosas!

¿Empieza a quedar más claro por qué creemos que para ser feminista en serio, hay que ser socialista? Las socialistas revolucionarias de Pan y Rosas militamos en el movimiento obrero, en la juventud estudiantil, en el movimiento de mujeres, en los barrios, en las escuelas y en los hospitales… ¡en todos lados! Pero no sólo para que las trabajadoras y las jóvenes aumenten sus derechos dentro de la democracia capitalista, ¡que nos lo merecemos! Sino también para sembrar esta idea de que otra sociedad sin explotados ni explotadores, sin opresiones, es posible y sólo quienes no tienen nada más que perder que sus propias cadenas, pueden conducir esta lucha hasta el final. Sólo si esa clase se dispone a vencer (de la que, en los últimos 30 años, la mitad, somos mujeres), vamos a poder cantar… "se va a caer, se va a caer…" ¡Porque no hay ley de gravedad para el patriarcado! Tenemos que conquistar la disposición de millones a sepultarlo.

¿Y cuál es la perspectiva última de nuestra lucha? La construcción de una nueva sociedad donde la eliminación de todas las formas de explotación, la liquidación de la propiedad privada, la extinción de las clases sociales, permitan el desarrollo de relaciones humanas libradas de todas las formas de opresión que hoy conocemos.

Somos la mitad de la clase asalariada, somos la mayoría entre los más explotados, somos la mayoría entre los más agraviados, empobrecidos y oprimidos. Si queremos transformar la vida miserable a la que el capitalismo condena a toda la humanidad, hay que aprender a mirarla a través de nuestros ojos. Pero esa fuerza hay que organizarla, desde abajo.

Por eso, a quienes compartan esta perspectiva, las invitamos a organizarse en Pan y Rosas en cada lugar de trabajo, en cada escuela, en cada universidad, en cada barrio, para dar las batallas concretas contra los ataques del gobierno y de los capitalistas, contra la burocracia sindical que pretende enchalecar nuestras fuerzas, contra las corrientes políticas patronales que dicen que nuestra fuerza hay que entregársela a algún candidato o candidata que sabrá conducir nuestros destinos en las próximas elecciones, contra los que seguirán intentando convencernos de que no tenemos ese poder en nuestras manos y que somos solo víctimas impotentes.

Las invitamos a organizarse en Pan y Rosas para luchar por hacer real esta perspectiva.

El texto es una reelaboración, para esta edición, de una conferencia dictada por nuestra compañera Andrea D’Atri.




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