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Red Internacional

Conoce qué es el Plan Sonora, sus implicaciones tanto económicas como ambientales en México y cómo asegura EE.UU. su dominación.

Jueves 12 de enero | 19:43

En medio de los acuerdos en materia energética y ambiental entre Estados Unidos con México se encuentra el Plan Sonora, que se perfila como uno de los proyectos clave para incentivar la inversión extranjera, generar energías limpias, así como garantizar la extracción del Litio, también llamado “Oro blanco” en la región.

Con un presupuesto de 48 mil millones de dólares para su desarrollo, el Plan Sonora extraerá el litio de la región, que se ocupa para la generación de semiconductores, parte esencial de los motores de vehículos eléctricos. De esta manera se pretende transformar la industria automotriz a la electromovilidad, buscando reducir las emisiones de gases de efecto invernadero como parte de las medidas para “luchar contra el cambio climático”.

Pero con este plan en realidad se perpetúa y profundiza así el saqueo, explotación y devastación por parte del gigante norteamericano a nuestro país.

Se pretende que para junio del 2030, el 50% de los vehículos ensamblados en México sean cero emisiones.

Sin embargo, más allá de esta retórica de una supuesta bondad, es bien sabido que el Plan Sonora, más allá de desarrollar una alternativa para la producción de vehículos contaminantes, el propio proceso de extracción, implica un daño al ecosistema de Sonora, así como a las comunidades que habitan el lugar.

Del mismo modo, le garantiza a Estados Unidos su intervencionismo y reafirma la relación de subordinación que tiene México con su vecino norteamericano. La construcción de las 5 plantas fotovoltaicas planeadas van a ser construidas por un grupo de empresas (Ford, Tesla, General Motors, Sempra, Invenergy y Pattern Energy), que el año pasado se reunieron con la secretaría de Economía, Medio Ambiente y Recursos Naturales y Energía, Alfonso Durazo -gobernador de Sonora-, John Kerry -ex canciller de Estados Unidos-.

El simple hecho de impulsar este tipo de proyectos en territorio mexicano implica, en primer lugar, la devastación de los ecosistemas, el medio ambiente, el desplazamiento de pueblos originarios; en segundo lugar, con la administración de los mismos por parte de la Guardia Nacional -que ahora forma parte de SEDENA-, logra dos cosas, continuar con las políticas de combate al narcotráfico por la vía armada, dictadas por Washington desde hace décadas, y legitimar a la Guardia Nacional haciéndola ver como “el pueblo armado”.

Finalmente, creando decenas de miles de trabajos precarios, se construye un muro no tangible, pero de facto, para que les migrantes puedan trabajar en la región y no tener que cruzar directamente la frontera. Todos estos hechos son los que hoy marcan la directriz de la subordinación de México -y toda Latinoamérica- con el gigante norteamericano.

Subordinación de carácter histórico, que corresponde al desarrollo capitalista que es evidentemente superior en los Estados Unidos y del cual México, como vecino próximo, tiene que valerse si busca incentivar el desarrollo capitalista en su región. Esto hace que el gobierno mexicano -y de cualquier otra nación colonial o semicolonial- se subordine a dos principales capitales, los de la burguesía nacional y extranjera.

Es esta la naturaleza que posee la relación del país yankee con México, la misma naturaleza que supera los intereses de cualquier gobierno, sin importar si es de MORENA, PRI, PAN, PRD, PV, entre muchos otros y que se perpetuará en tanto siga existiendo este sistema de explotación y miseria que es el capitalismo.

Este mismo curso sigue la explotación de los recursos naturales, que no es una devastación en abstracto, homogénea y ni que corresponda a la totalidad de los seres humanos, resolviéndose cuando la conciencia de cada persona cambie a una más ecológica. Si no que hace al desarrollo del mercado.

El capitalismo desarrolla la técnica, la ciencia y la tecnología bajo la premisa de acumulación capitalista, la cual no asume la necesidad de preservar el ambiente, sino de dominarlo. En ese sentido, dada la modernización de los productos y la apertura de nuevos mercados, exige una devastación cada vez más profunda. Este fenómeno no empieza de cero cada nuevo día, sino que arrastra consecuencias históricas.

Frenar la devastación ambiental, en el amplio sentido del término, implica cambiar la lógica del desarrollo de estos tres factores -técnica, ciencia y tecnología- no en pos de la acumulación de riquezas, sino a favor del bienestar humano. Sin embargo, la misma necesidad del sistema y de la clase dominante de perpetuarse, hace que se busque un “desarrollo sustentable” utópico bajo esa misma lógica de explotación.

Esta tarea no la pueden llevar delante un puñado de personas que han proclamado abiertamente este interés por acumular a toda costa, a costa de vidas trabajadoras, de la flora, la fauna y de la naturaleza en el amplio término. Esta tarea debe ser llevada por delante por personas que viven en carne, las consecuencias de un mundo cada vez más enfermo, el pueblo pobre y trabajador, organizaciones y activistas ambientalistas independientes, científicos, expertos en materia ambiental que desarrollen un sistema económico socialista que implique el aprovechamiento racional con la naturaleza, construyendo una nueva relación con la misma.


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