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¿Qué dijo Marx sobre la Comuna de París de 1871?

Hoy queda disponible un fragmento de La Guerra Civil en Francia de nuestra compilación REVOLUCIÓN de Marx y Engels. Allí Karl Marx analiza la experiencia de la primera vez en la historia en que los trabajadores tomaron el poder y sus lecciones.

Daniel Lencina

@dani.lenci

Sábado 27 de junio | 13:11

Ilustración: Ana Laura Caruso

El libro Revolución es parte de la colección Fundamentos del Marxismo de Ediciones IPS. Allí Karl Marx analiza la experiencia de la primera vez en la historia en que los trabajadores tomaron el poder.

Desde los tiempos de la Gran Revolución Francesa de 1789 los trabajadores intervenían en las revoluciones. Luego llegó el turno de la de 1830, pero fue en 1848 y sobre todo con la masacre de la insurrección de junio de aquél año, lo que marcó un antes y un después, del que ya no habría vuelta atrás. A esta última revolución, Alain Brossat la define como el “ya no más” de las revoluciones burguesas pero el “todavía no” de las revoluciones proletarias.

Esta afirmación, en un sentido, está a tono con lo que decían Marx y Engels en El Manifiesto Comunista cuando afirmaban de que al comienzo de su formación como clase los obreros luchaban “contra los enemigos de sus enemigos”. Es decir, que los obreros luchaban contra los restos del feudalismo en común con la burguesía “radical”. Pero la burguesía ni bien reafirmó el poder en sus manos, en junio de 1848, tiñó la bandera tricolor francesa, en la bandera roja. Y literalmente la tiñó de sangre tras la masacre de aquella insurrección.

Pasaron poco más de 20 años para que la clase obrera se recupere y vuelva a la lucha de clases en su forma más aguda: la guerra civil.

La guerra como partera de la revolución

En julio de 1870 Napoleón III declaró la guerra a la Prusia de Bismarck, con el objetivo de mantener la hegemonía francesa en Europa y afirmar la autoridad interna del Imperio. Este ‘intento imperialista’ de salvar el régimen se derrumbó rápidamente. El 2 de septiembre Napoleón III reconoció la derrota y se rindió en Sedán dando lugar a un vacío de poder en Francia.

La guerra es partera de las revoluciones porque tensa al máximo las contradicciones sociales y de clase a niveles nunca vistos en “tiempos de paz”, incluso pensando a la “paz” como un “momento” de la guerra. Eso fue lo que pasó en el pueblo obrero de París.

En medio de la locura de la guerra es interesante notar el papel que jugó la Asociación Internacional de los Trabajadores, también conocida como la Primera Internacional. La misma era dirigida nada más ni nada menos que por Karl Marx. El papel de Marx como organizador, tira abajo la idea de que el fundador del socialismo científico era un “filósofo”, o un “economista” e incluso un “sociólogo” como es presentado en los medios académicos. Lejos de ello, Marx era un militante orgánico del movimiento obrero, muy conocido e influyente entre los trabajadores de varios países de Europa.

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El internacionalismo de la clase trabajadora

El fragmento que hoy presentamos no es más que el resultado directo del análisis de las condiciones de la guerra franco-prusiana pero a la vez la orientación política de lucha que le imprimió la pluma de Marx.

La Guerra Civil en Francia condensa la publicación de tres manifiestos de la Asociación Internacional de los Trabajadores escritos al calor de la guerra y la revolución. En los primeros dos manifiestos se declara llevar adelante la consigna “¡Proletarios de todos los países: UNIOS!”. Los trabajadores de Francia publican este manifiesto, que se reparte y se lee en las tabernas, se pega en grandes carteles en las calles de Paris. Pero del otro lado de la frontera, en las calles de Berlín, los obreros hacen exactamente lo mismo. Unos y otros declaran que esta no era su guerra, sino la guerra de otra clase social, la guerra que representaba los intereses de la burguesía.

Veamos un pequeño ejemplo de lo que llamamos el internacionalismo de la clase trabajadora:

“¡Obreros de Francia, de Alemania, de España! ¡Unamos nuestras voces en un grito unánime de reprobación contra la guerra!... ¡Guerrear por una cuestión de preponderancia o por una dinastía tiene que ser forzosamente considerado por los obreros como un absurdo criminal! ¡Contestando a las proclamas guerreras de quienes se eximen a sí mismos de la contribución de sangre y hallan en las desventuras públicas una fuente de nuevas especulaciones, nosotros, los que queremos paz, trabajo y libertad, alzamos nuestra voz de protesta!... ¡Hermanos de Alemania! ¡Nuestras disensiones no harían más que asegurar el triunfo completo del despotismo en ambas orillas del Rin!... ¡Obreros de todos los países! Cualquiera que sea por el momento el resultado de nuestros esfuerzos comunes, nosotros, miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que no conoce fronteras, os enviamos, como prenda de una solidaridad indestructible, los buenos deseos y los saludos de los trabajadores de Francia” (Marx, p. 407). Y desde el otro lado del río Rin, contestaban los obreros alemanes: “Fieles a la consigna de la Asociación Internacional de los Trabajadores: ¡Proletarios de todos los países, uníos! jamás olvidaremos que los obreros de todos los países son nuestros amigos y los déspotas de todos los países, nuestros enemigos”. (Marx, p. 409). A su vez los obreros ingleses se suman al torrente de solidaridad y repudio contra la guerra.

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¿Qué fue la comuna de París?

Antes de contestar a esa pregunta vale decir que desde la publicación de El Manifiesto Comunista, los esfuerzos de Marx y Engels estaban puestos en convencer al movimiento obrero de la necesidad de luchar por una nueva sociedad. Esa lucha debe darse sobre las ruinas de la sociedad burguesa bajo la cual vivimos, basada en la explotación del hombre por el hombre. Un nuevo tipo de sociedad que sea libre de la opresión y la explotación es posible mediante las revoluciones obreras, lucha que es internacional como el mismo Manifiesto Comunista se encarga de explicar.

El comunismo será mundial, y será una sociedad donde reine la libertad y la abundancia. Esa sociedad liquidará todo tipo de miserias, hambre y guerras. El comunismo llevará la paz a todos los corazones de las personas sin importar el color de la piel, el sexo, ni nada que discrimine a la humanidad.

En ese sentido, la experiencia de la Comuna de Paris es la forma política “al fin descubierta” de la transición al comunismo ¿Cómo se pasa de una sociedad donde reina la explotación y la opresión a una donde reine la abundancia y la libertad? El camino es un gobierno obrero o una dictadura del proletariado, como le llaman Marx y Engels a la experiencia de la Comuna. Se llama “dictadura” porque los trabajadores dictan y escriben su propio destino en lucha contra la “dictadura” de la clase burguesa. Marx escribió que “el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville”

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Finalmente vale decir que el final trágico de la Comuna, sangriento, miserable y cobarde a manos de la burguesía que dejó entre 30 y 40 mil muertos responde a un solo objetivo estratégico: liquidar la posibilidad de revolución por las tres próximas generaciones. Tales fueron las afirmaciones del general Thiers, el gran asesino de los trabajadores que agrupados en pelotones morían fusilados al grito de ¡Viva la Comuna!

¿Por qué la burguesía en el siglo XX realizó masacres contra la clase obrera como en la dictadura de Chile y Argentina en los años 70? Porque necesitaba, estratégicamente, liquidar la posibilidad de ni siquiera imaginar la revolución socialista por varias generaciones. Por eso el exterminio fue no solo físico, sino de destrucción económica, echando por tierra las condiciones de vida y trabajo, precarizando la vida de la clase trabajadora y el pueblo pobre.

El texto que hoy presentamos, seguramente servirá de inspiración y admiración a las nuevas generaciones de trabajadores, jóvenes y mujeres. De hecho fueron las mujeres las que iniciaron valientemente la Comuna de Paris. Por eso, recomendamos su lectura, difusión y debate sobre la Comuna en momentos en que la idea del comunismo sobrevuela como un fantasma recorriendo el mundo. La pasión con la que está escrito, al calor de la represión, mientras aún corría la sangre de los trabajadores por las calles de París, hará de este texto una bandera de lucha, flameando al viento, de una nueva sociedad por construir.






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