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Red Internacional

Mientras los países más poderosos como el imperialismo estadounidense o el alemán logran vacunar exitosamente a su población, en Latinoamérica la pobreza crece.

Jueves 24 de junio | 14:21

Las políticas de confinamiento que han llevado adelante diferentes gobiernos latinoamericanos para intentar frenar el contagio y la propagación del COVID-19, han llevado al empeoramiento de las condiciones de vida de millones de trabajadores en la región, así como a un aumento de las tasas de pobreza e indigencia.

Hablamos de una Latinoamérica donde se calcula que al menos el 36 por ciento de la población trabaja en el sector informal, porcentaje que ha aumentado con la pandemia.

Estos millones de personas que viven al día y sin ningún tipo de estabilidad laboral, han enfrentado la pandemia en la mayoría de los casos con una ayuda mínima de los gobiernos, los cuales han decretado confinamientos que, al día de hoy por los niveles de pobreza alcanzados, se vuelven insostenibles.

Hablamos de una región donde, desde antes de la pandemia alrededor de una cuarta parte de la población vive en pobreza (entre el 22 y el 25 por ciento), con menos de 5 dólares al día, cifra que es mucho más elevada en algunos países como Colombia, donde en 2020 se calcula que el 42 por ciento de la población vive en esta situación.

El norte se vacuna, el sur sufre

En países europeos y del llamado “Norte Global”, la normalidad comienza a regresar, con campañas de vacunación masivas en países que han acaparado vacunas para dos o hasta tres veces el tamaño de su población, mientras tanto en América Latina persisten hospitales desbordados en diferentes países y las vacunas llegan a cuenta gotas.

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Hablamos de gobiernos que atraviesan, en la mayoría de los casos, sobre endeudamientos y situaciones explosivas, donde las crisis políticas se han hecho sentir fuertemente en los últimos años, basta recordar Chile, Ecuador, Bolivia, Perú y más recientemente Colombia.

La pandemia llega a profundizar el descontento popular emanado de una situación de crisis económica, donde la inestabilidad se hace sentir en una región donde millones piden cambios y salen a las calles hartos de las políticas de sus gobiernos que únicamente favorecen a los capitalistas extranjeros o nacionales, a los especuladores financieros, a empresas extractivistas que saquean los recursos naturales dejando a su paso destrucción ambiental y muerte.

El virus pareciera fuera de control en algunos países, donde los gobiernos han cedido ante la presión económica y ante la incapacidad de brindar a su población la posibilidad de “quedarse en casa” sin que esto implique morir de hambre. Un panorama donde, sin embargo, algunos ganan mucho.

Los ricos ganan, la desigualdad crece

En este panorama de la región, los grandes empresarios no pierden. La fortuna de 73 millonarios de Latinoamérica aumentó en 48.200 millones de dólares desde iniciada la pandemia. Según el informe de la organización Oxfam los 42 “milmillonarios” de Brasil aumentaron en total su patrimonio neto de 123.100 millones de dólares en marzo a 157.100 millones de dólares en julio de 2020, mientras los siete más ricos de Chile vieron como su patrimonio conjunto aumentaba en un 27 % hasta llegar los 26.700 millones de dólares.

Este es el escenario en que el que se encuentra Latinoamérica donde controlar el virus ha demostrado ser una tarea especialmente difícil, pues la pobreza, la desigualdad, la informalidad, el hambre y la poca capacidad hospitalaria y gubernamental, ha hecho que América Latina se enfrente a una situación más crítica que en otros lugares.

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El enorme malestar social está empujando procesos políticos y movimientos donde las masas populares toman las calles y enfrentan a la policía haciendo temblar gobiernos.

Es fundamental que, en este escenario, la clase trabajadora latinoamericana se ponga al frente y construya organizaciones que se planteen salidas realmente favorables para el pueblo, como nacionalizar el sistema de salud privado y los laboratorios, dejar de pagar las usurarias deudas externas o repartir las horas de trabajo entre ocupados y desocupados para combatir el desempleo.




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