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Operación militar israelí: efectos colaterales

Claudia Cinatti

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Operación militar israelí: efectos colaterales

Claudia Cinatti

El pasado 21 de mayo, un cese del fuego auspiciado por Egipto (y operado no tan discretamente por Estados Unidos) puso fin a la operación “Guardián de las Murallas”, el nombre que eligió el Estado de Israel para su último ataque militar contra la Franja de Gaza. 11 días de bombardeos, 253 palestinos/as muertos/as (66 eran niños), 2000 heridos. 74 edificios públicos derrumbados, 1800 unidades residenciales reducidas a escombros y 14.300 parcialmente destruidas. Infraestructura dañada, familias diezmadas, decenas de miles de refugiados. En síntesis, un nivel de devastación tal que para el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas podría ser encuadrado en la categoría de crímenes de guerra. Del lado israelí hubo 13 muertos y unos 300 heridos. Aunque estas comparaciones son odiosas, el contraste deja al desnudo la operación interesada del Estado sionista y las potencias occidentales de justificar los bombardeos con el lenguaje de la “legítima defensa” contra los “ataques terroristas” de Hamas. Este no es un aspecto secundario porque imponer el “relato” es también parte de la batalla.

No se trata solo del desencadenante inmediato (¿quién empezó la agresión?), aunque en este caso el detonante claramente fue una serie de provocaciones contra la población palestina en Jerusalén. Tampoco de la enorme superioridad militar israelí, que cuenta con el cuarto ejército del mundo y armamento nuclear –un aparato militar y de seguridad financiado por el imperialismo norteamericano–. Sino sobre todo de que el Estado de Israel es considerado, no solo por sus críticos, sino incluso por las leyes y convenciones internacionales, como una potencia militar ocupante en los territorios palestinos. Alegar la posición “defensiva” para el Estado de Israel es como si en Sudáfrica se le hubiera reconocido al régimen del apartheid su “legítimo derecho a defenderse” de quienes oprimía.

A propósito de la discusión sobre la legitimidad de la violencia y el apartheid, son muy pertinentes las palabras de Nelson Mandela, que apenas salido de la cárcel en 1990, en su primera entrevista con el presidente norteamericano George Bush (padre) le recordó que “son los opresores quienes determinan los métodos de acción política que utilizan los oprimidos”. Y los “métodos” del Estado de Israel son inequívocos. En los últimos 15 años, es decir, desde que Israel se retiró formalmente de la Franja de Gaza y esta quedó bajo gobierno de Hamas, el ejército israelí lanzó cinco ataques militares de envergadura: “Lluvia de verano” (2006); “Invierno caliente” (2008); “Plomo fundido” (2009) en la que fueron asesinados 1300 palestinos; “Pilar defensivo” (2012); “Margen protector” (2014) que fue la más letal con alrededor de 2300 palestinos muertos. Todo indica que el sexto –“Guardián de las Murallas”– no será el último porque está inscripto en la lógica de la opresión colonial que ejerce el estado de Israel.

Es muy pronto para hacer un balance acabado de la operación militar israelí y de sus resultados. Estamos aún en un momento en el que tanto Israel como Hamas reclaman la victoria sin que haya aún una medida objetiva que la justifique. Sin embargo, sus consecuencias ya empiezan a manifestarse en el terreno geopolítico; en la crisis política en Israel y las divisiones en el campo palestino; y sobre todo en la lucha de clases, con el resurgimiento de la lucha nacional palestina.

La dimensión geopolítica

Desde el punto de vista de la dinámica geopolítica regional, las consecuencias visibles de la escalada militar israelí y sus resultados son en primer lugar el cuestionamiento objetivo a los “Acuerdos de Abraham” impulsados por Trump para constituir un eje antiiraní y “normalizar” las relaciones del Estado de Israel con los países árabes sin el mínimo cuestionamiento a la opresión nacional palestina. Y en segundo lugar, el fortalecimiento, al menos coyuntural, de Egipto y Qatar por el rol que han jugado como “sponsors” de Hamas en la negociación del cese del fuego, que buscarán capitalizar este momento favorable para mejorar las relaciones con la administración demócrata (el presidente egipcio al Sisi era el “dictador favorito” de Trump) y reposicionarse en los equilibrios de poderes regionales.

La política del presidente Biden es retomar el acuerdo nuclear con Irán y desescalar los conflictos regionales para disminuir la exposición norteamericana y los recursos –humanos, militares, diplomáticos y materiales– que el imperialismo invierte en la región para concentrarse en la competencia con China.

Como parte de esta política, Washington ha desempolvado la vieja fórmula de “dos Estados” para el conflicto palestino/israelí, que había caído completamente en desuso bajo la presidencia de Donald Trump y el avance de la colonización y los planes de anexión de territorios palestinos bajo los gobiernos de extrema derecha de Benjamin Netanyahu.

Esta es la estrategia que desplegó el secretario de Estado Antony Blinken en su reciente gira por Medio Oriente, inmediatamente después de haberse firmado el cese del fuego. En su reunión con Netanyahu Blinken reafirmó la alianza estratégica con Israel y el compromiso del imperialismo norteamericano con su principal aliado. Pero también tuvo gestos amigables con la vieja dirección colaboracionista palestina. Se reunió con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas a quien Trump no le atendía ni el teléfono. Prometió millones de dólares para la reconstrucción de Gaza y anunció la reapertura del consulado norteamericano en Jerusalén Este (la zona árabe de la ciudad) a través del cual Estados Unidos gestionaba su relación con las autoridades palestinas, que fue cerrado por Trump en 2018 cuando trasladó la embajada norteamericana a Jerusalén.

La continuidad de Netanyahu al frente del estado sionista es cada vez más disfuncional para esta política “pacificadora” con la que Estados Unidos pretende gestionar el conflicto. Y también para la grieta que surgió con el ala progresista del partido demócrata que cuestiona el apoyo del gobierno de Biden a Netanyahu. Por eso no parece casual que tras la gira de Blinken haya tomado forma una unidad opositora en Israel para desplazarlo del poder.

¿El principio del fin de Netanyahu?

El primer ministro Benjamin Netanyahu aseguró haber debilitado la capacidad militar de Hamas, en particular, haber dañado de manera cualitativa la red de túneles (el llamado “Metro” de Gaza) utilizada con fines defensivos y militares. Además de haber asesinado a algunos líderes políticos y militares tanto de Hamas como de Jihad Islámica (la otra organización político-militar que actúa en la Franja de Gaza). Sin embargo, estos triunfos tácticos que reclama Netanyahu no solo no conducen a una victoria estratégica que implicaría “resolver” el problema palestino, sino que tampoco parecen haber alcanzado para garantizarle la supervivencia en el cargo de primer ministro, un objetivo apenas disimulado de la escalada militar. “Bibi” tiene una motivación personal ya que despojado de sus fueros, podría terminar en la cárcel por corrupción.

La política israelí está en estado de ebullición. Al cierre de este artículo una amplísima coalición anti Netanyahu estaba a punto de anunciar la formación del “gobierno de cambio”, basado en la alianza del derechista Naftali Bennett y el periodista opositor de centro derecha Yair Lapid, que rotarían en el cargo, dos años cada uno.

Esta mayoría parlamentaria “catch-all” uniría en un mismo gobierno a partidos de extrema derecha como el de N. Bennett, que promueve la anexión a Israel de los asentamientos de colonos en los territorios ocupados, a los partidos de “centro” como el de Y. Lapid y el Azul y Blanco de Benny Gantz, actual ministro de Defensa y opositor acérrimo de Netanyahu, y a los partidos de centro izquierda del espectro sionista, el Partido Laborista y el Meretz (identificado históricamente con la izquierda sionista pacifista). Además contaría con el apoyo del bloque árabe que sostendría al gobierno pero fuera de la coalición.

Si finalmente se concretara, el desplazamiento de Netanyahu podría estar indicando los resultados contradictorios de la operación “Guardián de las Murallas” para el estado de Israel en al menos dos aspectos: uno geopolítico, al que nos referimos antes. Y otro interno, que tiene que ver con haber reunificado a los palestinos de Gaza, Cisjordania e Israel como hacía décadas que no se veía.

El nuevo “momentum” de la lucha palestina

El efecto colateral menos deseado por Netanyahu y por las distintas fracciones de la dirección palestina, ya sea en su versión nacionalista burguesa de la ANP en decadencia por su colaboración con Israel y Estados Unidos, como en su versión islamista de Hamas, es el resurgimiento de la resistencia de las masas palestinas. El ataque del Estado sionista contra los palestinos que viven en territorio israelí llevó el conflicto al seno mismo del estado de Israel, borrando las “líneas verdes” que han dividido al pueblo palestino entre los que sobreviven en Gaza (bajo el control férreo de Hamas), los que viven en los guetos de Cisjordania (bajo el control policial de Israel y la Autoridad Palestina) y los “árabes israelíes” que viven como ciudadanos de segunda en el estado de Israel. Este resurgimiento de la lucha palestina se expresó de múltiples formas, en los enfrentamientos con la policía en Jerusalén Este, las movilizaciones de masas en Cisjordania y la resistencia en Gaza contra los bombardeos. El punto más alto de esta unidad que no se veía desde la primera intifada, fue la huelga general del 18 de mayo, una acción de masas que se sintió con fuerza en los sectores de la economía israelí como la construcción que emplea mano de obra barata palestina. Una de las principales fuerzas motoras de esta resistencia recargada es la juventud, una nueva generación que ya no compra el engaño de los “dos Estados” ni tampoco acepta la estrategia reaccionaria confesional ni el control que ejercen direcciones como Hamas. Y que tiende a confluir con los sectores aún minoritarios de las comunidades de origen judío que se oponen a la política colonial del estado sionista. Esta confluencia se ve en las acciones comunes, más pequeñas aunque de significación sintomática en el estado de Israel, en las movilizaciones masivas en Londres, París, Estados Unidos y el mundo árabe en solidaridad con el pueblo palestino y contra los crímenes del estado sionista, y en campañas como Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) o las campañas a favor de un estado único, democrático y no racista. Este proceso, aún embrionario, tiene un significado político profundo, porque de desarrollarse puede ser la base para una salida revolucionaria a la opresión colonial del estado de Israel y el imperialismo, es decir, la lucha por una Palestina obrera y socialista donde convivan árabes y judíos y una federación socialista en el Medio Oriente.

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Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.
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