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Música y jardines, terapias no farmacológicas: Oliver Sacks

Oliver Sacks, quien fue un neurólogo y conocido por sus obras “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, “Despertares” (adaptada al cine con Robin Williams y Robert De Niro) o “Un antropólogo en Marte”, en su última obra póstuma “Todo en su lugar” explica la importancia de la música y los jardines como terapias no farmacológicas en pacientes con enfermedades neurológicas crónicas.

Elizabeth Sauno

@ElizabethSauno

Martes 9 de julio | 12:25

“En cuarenta años de practicar la medicina, he descubierto que solo dos tipos de “terapia” no farmacéutica tienen una relevancia esencial para los pacientes con enfermedades neurológicas crónicas: la música y los jardines.” (i)

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En el artículo de The New York Times donde ofrecen la reproducción de un primer avance de “Todo en su lugar”, Oliver Sacks destaca la importancia de los jardines como un elemento fundamental en el proceso creativo, pero como médico siempre procuró que sus pacientes visitaran jardines (fuera y dentro del hospital) lo más posible, ya que además de poder relajarnos y sentirnos revitalizados esto es de suma importancia para los “estados fisiológicos en la salud individual y comunitaria”.

Sacks, quien fue un gran amante de las plantas y en especial de los helechos, narra en su obra la fascinación y hasta su necesidad constante de tenerlos cerca. Cada viaje que realizaba iba acompañado siempre de una visita al Jardín Botánico o jardines subacuáticos.

Así, habla de su experiencia como neurólogo en el Beth Abraham (Nueva York) y la reacción de sus pacientes (que llevaban mucho tiempo internados), quienes además de adorar las visitas al jardín veían como dos mundos diferentes el hospital y el jardín.

Si bien plantea que no tiene claridad sobre cómo la naturaleza ofrece el efecto calmante y organizador en el cerebro, pudo ver como muchos pacientes con trastornos neurológicos discapacitantes tenían un poder restaurador y sanados, mostrando así que “en muchos casos, los jardines y la naturaleza son más poderosos que cualquier medicamento”.

En este primer avance, cuenta algunos de sus casos y de cómo los jardines daban un efecto tranquilizante en ellos; por ejemplo su amigo Lowell, quien tiene un grado moderado severo del síndrome de Tourett (caracterizado por tics e impulsos verbales como gruñidos, gritos, saltos) al estar expuesto en un desierto, notó como sus tics se habían desvanecido: “La lejanía y el vacío del paisaje, combinados con un indescriptible efecto calmante de la naturaleza sirvieron para apaciguar sus tics” o de una paciente con enfermedad de Parkinson quien era incapaz de moverse, pero que al estar en un jardín ella “se sentía motivada y lograba escalar rocas y descender de ellas con rapidez y sin ayuda”.

Asimismo, cuenta cómo fue su experiencia con pacientes que han vivido en casas de reposo o instituciones, en donde para él, “el entorno físico de estos lugares es trascendental para fomentar el bienestar”. Cuenta cómo algunas de estas instituciones han empleado el diseño y la gestión para generar espacios abiertos poder mejorar la salud de los pacientes.

Con esto, Oliver Sacks plantea que “la biofilia, el amor por la naturaleza y los seres vivos son parte esencial de la condición humana”, dejando ver como la naturaleza juega un papel importante en la salud y en la sanación, aún más “para quienes trabajan largas horas en oficinas sin ventanas, para niños que asisten a escuelas citadinas o para quienes viven en entornos institucionales como asilos”.

“Los efectos de las cualidades de la naturaleza en la salud no son espirituales y emocionales solamente, sino también físicos y neurológicos. No me queda duda de que reflejan cambios profundos en la fisiología del cerebro y, quizá, incluso en su estructura.” (ii)

En el caso de la música, podemos retomar parte de su trabajo plasmado en el libro Musicofilia (2009), en donde se dedica a aunar sobre los efectos de la música en el cerebro y de cómo esto se refleja en el día a día, siendo por lado uno de los elementos clave para el desarrollo de la identidad humana o como un agente positivo para tratar enfermedades como el Parkinson, Alzheimer, síndrome de Tourette, síndrome de Williams, afasias, amnesia, autismo entre otros padecimientos.

Así, el factor terapéutico de la música se centra desde ayudar a los pacientes con la rítmica de la música a “controlar” los movimientos rápidos o lentos hasta poder evocar emociones, recuerdos y pensamientos.

“Oír una música conocida actúa como una especie de mnemotecnia proustiana, suscitando emociones y asociaciones olvidadas desde hace mucho tiempo, lo que permite a los pacientes acceder a estados de ánimo y recuerdos, pensamientos y mundos que parecían haberse perdido del todo”. (iii)

Estos planteamientos, por un lado, abren el debate sobre las alternativas terapéuticas para pacientes con padecimientos neurológicos graves, quienes se someten a tratamientos farmacológicos, pero también para los miles de millones de personas que por extenuantes jornadas laborales, falta de espacios recreativos en las escuelas o en las colonias están expuestos a condiciones poco favorables para su desarrollo, consecuencia de cómo el sistema capitalista ve nuestras vidas como mano de obra y qué en caso de no “servir” se le margina, destruye o se le desecha.

Notas:

i, ii. Oliver Sacks, Todo en su lugar, 2019.
iii. Oliver Sacks, Musicofilia, Barcelona: Anagrama, 2009.






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