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Red Internacional

Miles de personas migran a otros países buscando escapar de la pobreza, un apoyo para sus familias, un mejor trabajo o mejores condiciones de vida. Las mujeres, que conforman la mitad de la población migrante, son obligadas a salir de sus países en condiciones aún más precarias e inseguras.

Emilia Macías@EmiliaMacas1

Martes 12 de octubre | 17:28

La migración ha sido un fenómeno que ha ido creciendo. No es casual que año con año, miles de personas tengan que dejar sus hogares en busca de mejores oportunidades.

La migración está muy relacionada con las transformaciones mundiales más amplias en términos económicos, políticos, sociales y tecnológicos, por lo que ahora, al estar atravesando una crisis sanitaria y económica a nivel mundial -que ha dejado a los pobres más pobres y a los ricos más ricos-, son más personas las que se ven orilladas a salir de sus países.

Esta crisis, acentuada por la pandemia de COVID-19, ha vulnerado más a las y los migrantes. Las medidas de salubridad son casi nulas, viajan en hacinamiento, sin acceso a servicios de salud, y los centros de acogida o albergues cuentan con menor espacio para cumplir las medidas de prevención de contagio. Si de por sí ha sido un infierno cruzar fronteras, ahora es más catastrófico.

Lamentablemente, para las mujeres, quienes conforman casi la mitad de los 272 millones de migrantes y la mitad de los 19.6 millones de personas refugiadas en el mundo, es todavía más difícil.

No sólo experimentan las terribles condiciones sanitarias, o la represión de militares, el recorrido tortuoso o la incertidumbre de llegar "al otro lado"; las mujeres y niñas también experimentan la violencia de género en el camino a sus “nuevas vidas”. Incluso, los servicios de apoyo a sobrevivientes de violencia sexual y de género están enfocados en la pandemia y no brindan ayuda a las que más lo necesitan.

Sin contar con estadísticas confiables (pues muy pocas reportan el daño que han sufrido), se estima que entre el 24% y el 80% de las mujeres sufren algún tipo de violencia sexual, junto con el 50% de las personas de la comunidad sexodiversa.

La imposición de documentos migratorio hace cada vez más imposible el acceso a la salud, al trabajo, a la educación, o a una vivienda digna para millones de trabajadores internacionales.

Hay una gran probabilidad de que las mujeres que atraviesan continentes, han salido de sus países por vivir en entornos hostiles, violentos, donde han vivido abusos y peligrosas condiciones de vida. No existen datos que muestren la magnitud del problema, sin embargo, hay algunos registros que lo prueban; como que, en Estados Unidos, 856 mujeres mesoamericanas solicitaron estatus de refugio por razones de violencia de género entre 1999 y 2005. Pero también, las condiciones en las que trabajan las mujeres llegan a ser mucho más precarias.

Por ejemplo, las trabajadoras del hogar –uno de los trabajos principales para las que migran- enfrentan mecanismos de contratación precarios, bajos salarios, pocos conocimientos sobre la legislación laboral. Según las estimaciones mundiales de la OIT sobre los trabajadores y las trabajadoras migrantes, una de cada seis trabajadoras domésticas en el mundo son migrantes internacionales. Las mujeres representan el 73.4% del total de trabajadoras y trabajadores domésticos que son migrantes internacionales.

Las mujeres trabajadoras migrantes o refugiadas, enfrentan retos adicionales más cruentos, como la incertidumbre de su estatus migratorio, o la discriminación racial y xenófoba. Están más expuestas al acoso, a la explotación sexual y/o laboral. La pandemia ha hecho esto más complicado, pues se vuelven “eslabones débiles” en la cadena de contagio, ya que necesitan trabajar para sobrevivir, pero pocas cuentan con servicios de salud.

La feminización del trabajo también impacta en la feminización de las caravanas migrantes. No sólo por el aumento de la presencia de mujeres en los flujos, también son muchas más las que viajan de manera autónoma sin acompañantes hombres que migran o bien, para reunirse con ellos por las mismas razones -económicas, de seguridad, o por desastres naturales-.

Pero las que escapan de la deportación, trabajan en la ilegalidad, en condiciones de ultraprecarización y con los salarios más bajos respecto al resto de los y las trabajadoras estadounidenses.

A pesar de que la incorporación de las mujeres al trabajo fue presentada como un paso para la emancipación femenina, la realidad ha sido otra. Si de por sí la clase trabajadora enfrenta condiciones laborales terribles, las mujeres encabezan los trabajos más precarios. Nos pagan menos por el mismo trabajo, hay menor probabilidad de ser contratadas y la mayoría regresa a casa a hacer el doble de trabajo, pero sin remunerar.

Como hemos visto, últimamente la Guardia Nacional mexicana se ha concentrado en ambas fronteras del país para “regular” el paso de migrantes en respuesta a las órdenes del presidente gringo, Joe Biden, quien, a pesar de su discurso “progresista” y sus promesas, ha mantenido y profundizado las políticas racistas y xenófobas del presidente anterior, Donald Trump.

Estados Unidos ha implementado medidas antiinmigrantes como los centros de detención y las dependencias del Servicios de Aduanas y Protección de Fronteras, donde las y los migrantes viven en condiciones absolutamente inhumanas. La Guardia Nacional cada vez es más violenta convirtiéndose en otra Border Patrol, del otro lado de la frontera. Se han hecho denuncias de que en el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (conocido como ICE por sus siglas en inglés), se llevan a cabo esterilizaciones forzosas y procedimientos ilegales. Cabe destacar que a pesar de los discursos del gobierno mexicano, no ha habido respuesta ante estos crímenes.

No hay justificación para el infierno que vive la población migrante.
Para que podamos acabar con las políticas antinmigrantes de ambos lados de la frontera y la militarización; para defender el paso libre de migrantes y el acceso a plenos derechos, es urgente la unidad internacional de la clase obrera, así como de organizaciones sindicales que se reivindiquen democráticas, de DDHH, de mujeres en una perspectiva independiente, antiimperialista y anticapitalista.




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