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Red Internacional

La serie británica estrenada recientemente por Netflix se basa en el best seller de Sarah Vaughan de 2018. A pocos días de su estreno, ya desplazó a Bridgerton en cantidad de espectadores. Descripta como un trhiller judicial, también podemos considerarla como un documental de alguno de los tantos escándalos que sacuden, de vez en cuando, a las castas políticas. Y mucho más que eso.

Martes 26 de abril | Edición del día

Un buen reparto, en el que sobresale el excelente Rupert Friend como el miembro del gabinete James Whitehouse, no alcanza para superar los diálogos inverosímiles, los flashbacks artificiosos con voces e imágenes distorsionadas para resaltar, innecesariamente, la discontinuidad temporal y un trabajo de cámaras extravagante que, por momentos, roza con lo ridículo. Sin embargo, la historia conserva su atractivo, tanto como para desear avanzar hasta el final del último capítulo rápidamente. Más allá de lo que atañe a la crítica cinematográfica, nos interesa la superposición de planos temáticos que aborda Anatomía de un escándalo.

La serie comienza con la crisis que se abre paso en la rutina melosa y soñada de la familia Withehouse, cuando el político conservador James le informa a su esposa Sophie que la prensa dará a conocer, en pocas horas, que él tuvo un affaire con una empleada de su oficina. Mientras se desmorona su inmaculada vida familiar, Sophie acepta actuar el papel de esposa que perdona y sigue adelante, tal como se lo propone el jefe de prensa del primer ministro, amigo de James de toda la vida a quien su responsable de comunicaciones pretende salvar de las salpicaduras del escándalo.

Decir mucho más, sería considerado spoiler. Dejamos librado a la decisión de quien nos lee si prosigue o no, con la lectura.

Una cuestión de género, pero también de clase

Claro que Anatomía de un escándalo trata de un engaño, de los que ocurren en cualquier pareja que se juramenta fidelidad eterna. Pero también permite reflexionar sobre el consentimiento: ¿cuáles son las formas precisas en que un "no" debe ser pronunciado para tener valor en la corte? ¿es ése un "no" posible de ser emitido tanto en circunstancias violentas como confusas, en situaciones desiguales como en otras construidas de común acuerdo? La ley solo puede estipular una edad para el consentimiento, porque todas las demás características de un acto sexual entre dos adultos navega en las aguas borrosas de la privacidad, donde solo resta confiar en las palabras de la víctima o sortear con éxito el juego de la sofística de los tribunales.

Anatomía de un escándalo no solo bordea uno de los temas más controvertidos y complejos que debate el feminismo, sino que desnuda el modus vivendi de una casta privilegiada que se cree exenta de rendir cuenta por sus fechorías.

¿James Whitehouse miente descaradamente sobre lo que ocurrió entre él y Olivia Lytton? ¿O acaso su pertenencia a la clase social dominante, por varias generaciones, le impide siquiera pensar en que deseo y derecho no son sinónimos?

El Club de los Libertinos de la Universidad de Oxford, donde el joven Whitehouse se emborrachaba y drogaba en ruidosas bacanales con el ahora primer ministro de Gran Bretaña de la serie, existió verdaderamente -aunque las escenas de Anatomía de un escándalo parecieran sacadas de una mala telenovela para adolescentes.

Se llamó Bullingdon Club. Y para demostrar que la aristocracia británica tiene estirpe, tiene más de 200 años de existencia. Sus socios son únicamente varones de familias adineradas y poderosas, algunos relacionados con la nobleza, muchos de ellos -como los personajes de esta serie- egresados de la prestigiosa escuela Eton fundada en 1440 o de Winchester, otro colegio fundado en 1382. La serie es de ficción y no tanto, cuando nos enteramos que los primeros ministros conservadores David Cameron (1) y el actual Boris Johnson (2) fueron miembros del Bullingdon Club durante sus años estudiantiles.

James Whitehouse transmite autoconfianza a su hijo en varias ocasiones, repitiendo "somos Whitehouse", como si la sola invocación del apellido que heredaron de antiguas generaciones fuera suficiente santo y seña para garantizar el triunfo, el éxito, la victoria. Así debe sentirse uno cuando no es necesario el esfuerzo, el trabajo, el empeño y la lucha por conquistar las metas personales y solo basta un árbol genealógico que se hereda junto con las propiedades para que se abran las puertas de los cenáculos del poder.

Algo de ese desprecio y de la sed de venganza contra la clase que humilla a los simples mortales, aún cuando desconoce que lo hace, se juega en el papel de la abogada que enfrenta a Whitehouse en la corte. No es solo una represalia feminista, ni tampoco es únicamente la búsqueda de un resarcimiento personal por asuntos del pasado, que se develarán a lo largo de los capítulos. Hay también una escenificación, en Anatomía de un escándalo, del resentimiento de una joven que se codeó con los intocables gracias a una beca y al sacrificio y empeño que puso en sus estudios, mientras los ricos y las bonitas se deleitaban en su fiesta para pocos.

Si llegaste hasta aquí y aún no la viste, el veredicto es que vale la pena atravesar los bizarros momentos de realismo mágico, en que las escenas muestran de manera literal los sentimientos, pensamientos y sensaciones de los protagonistas, cuando en realidad solo bastaba con dejar que los actores y actrices actuaran. Verla hasta el final solo para corroborar que Rupert Friend es un gran intérprete y reflexionar sobre todo aquello que la serie deja flotando en el aire.




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