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Los muertos de la purpurina

La noticia esa mañana corrió sinuosa, furtiva, por las oficinas, las fábricas. Subió a los camiones y las rutas, cruzó puentes, se enredó en los cabellos de las niñas, trepó a las banderas de los municipios...

Carina A. Brzozowski

Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Sábado 3 de agosto

La noticia esa mañana corrió sinuosa, furtiva, por las oficinas, las fábricas. Subió a los camiones y las rutas, cruzó puentes, se enredó en los cabellos de las niñas, trepó a las banderas de los municipios, se dispersó por el río y los pescadores se hicieron eco de ella.

El presidente, desde sus conocidos estados de locura, había decretado cuatro días de carnaval.

Hacía muchos años que no pasaba esto en el país. Rodeados por la selva desde tres puntos cardinales, la espesura se les había apoderado de todos los sentidos. Los habitantes se volvieron densos y húmedos, no conocían la zona limítrofe, sólo sabían que el lugar estaba poblado de iguanas y más allá, lagartos y fieras agazapadas esperaban para dar el zarpazo.

No se pudo con el júbilo, abundaron las máscaras y los disfraces a cualquier hora del día. A pleno rayo del sol, aparecían los muertos con los ojos abiertos y la purpurina secándoseles en la piel, incendiados.

Cada hora que pasaba se volvía más nauseabundo el olor a fritanga y a carne muerta.

En el primer crepúsculo del carnaval, el presidente dio un discurso desde su casa amarilla rodeada de cañaverales. Pidió tener las fiestas en paz y que todos disfrutaran del gozo artificial de las mascaritas, que nadie interrumpiera el paso cadencioso de las carrozas por las calles de los pueblos. Después se retiró a descansar a sus habitaciones cuyas ventanas daban a un río color cereza. En los balcones, cantaban canciones melancólicas unas mujeres con los senos desnudos, esperándolo.

En el segundo crepúsculo, en la televisión hablaban de una serie de actos vandálicos, donde la población, al parecer, atacaba a las carrozas de las comparsas y les pedían a los pasantes que no cesara la batucada, que había que cantar, a pesar de la copiosa lluvia que caía.

Un tigre apareció en una de las principales calles de la Capital y asaltó una carroza con forma de tortuga gigante. Las bailarinas que danzaban sobre el caparazón color violeta terminaron despedazadas sobre la calle. Las lentejuelas volaron por el aire y se pegaron en la sangre al caer. La gente apagaba el televisor y salía por ahí, a hacer el amor en las plazas, donde la noche les traía una brisa de azahares y peras maduras.

Por la madrugada sonaban las sirenas, las patrullas golpeaban las puertas y las mujeres cerraban los postigos a su paso. Pronto amanecía, la selva se abría, magnolia perfumada y tibia. El mar bañaba las costas de la Capital, el puerto vacío; nadie trabajaba, los pescados en las redes flotaban en una muerte vana.

En el tercer crepúsculo, el presidente, desarreglado, con la camisa sin corbata, los besos de una mujer dibujados en la sonrisa de barba crecida, las manos de una mujer en la nuca transpirada, la voz torpe y tartamuda del alcohol, pidió por sus hijos: “No los veo desde ayer, este presidente no tiene consuelo si Sofía y Mariano desaparecen en la selva. Pido a mi pueblo que salga a las calles a buscarlos, porque pueden estar en cualquier parte. Métanse donde no deben y tráiganmelos”. Su estado de ebriedad se hacía más evidente con cada palabra chamuscada en el paladar.

Entonces esa noche salieron a las calles con Sofía y Mariano en la batucada, Sofía y Mariano en las borracheras de los corsos y el agua perfumada en los cuellos de las quinceañeras. Sofía en la luna por la mitad en los muelles del puerto, Mariano en las luces azules de las patrullas.

Los muertos de la purpurina ya apestaban el aire, la canción triste de carnaval los contaba de a cientos.

Aún muchos años después, los cadáveres resplandecientes siguieron brillando en las noches de febrero y nadie durmió ya entre enero y marzo.

Al amanecer del cuarto día, todo el país buscaba a Sofía y a Mariano, a Felipe, a Marcela, Guido y Andrés, a Federico y Magdalena, a Luz y Lautaro, a Pepe, a Jorge, a Mario y Ayelén. Y la lista se escribió en las columnas de las estaciones del ferrocarril, en las terminales de ómnibus, en las bolsas de los supermercados, en los paquetes de cigarrillos. Todos los datos, las sospechas, orientaban a las familias hacia un solo lugar.

Al mediodía, el presidente, con los ojos encendidos y una cruz colgándole del cuello, rezó un Padrenuestro para toda la cadena de televisión y anunció con la voz ronca: “Esta fiesta pagana se terminó, vamos a hacer lo que tenemos que hacer: vamos a buscarlos”.

Así salió, descamisado, alto y gris, de su casa amarilla, seguido por las mujeres de los senos desnudos, cubiertas apenas con telas coloridas, sus ministros y asesores y una comitiva de sacerdotes y curanderos detrás, atravesaron el cañaveral. Se movían como mariposas desesperadas, tomaron la ruta en sentido contrario al puerto y decididos, penetraron en el corazón del país. Los vi perderse en la selva, cerca de la puesta del sol. Las sirenas de las patrullas dejaron de sonar. El carnaval se hundió en un profundo silencio.

Sobre la autora

Carina Brzozowski pasó los últimos 17 años de su vida siendo obrera de la fábrica Felfort. En 2014 fue despedida y tras un año y medio de lucha, logró ser reincorporada a su puesto de trabajo. Milita hace 6 años en el Partido de los Trabajadores Socialistas - Frente de Izquierda y en la Agrupación Bordó de Alimentación. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras y cada vez que puede participa de talleres literarios y de escritura creativa. Escribe crónicas, reseñas y cuentos para La Izquierda Diario. Pasen y lean.






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