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Red Internacional

La “historia de Europa” según Pérez Reverte, una lección de ignorancia, islamofobia y neocolonialismo

Las palabras despectivas de Arturo Pérez Reverte acerca de los árabes en su columna "Patente de Corso: Una Historia de Europa (XXXV)" de XL Semanal el pasado 20 de agosto, calificándoles de "un pueblo de nómadas analfabetos y muertos de hambre", al hablar de la expansión del islam en el siglo VII y sus consecuencias para Europa, no son sino el último de muchos ejemplos sobre cómo el etnocentrismo y una visión neocolonial muy estrecha del mundo influyen aún en la forma en que los "occidentales" vemos a los pueblos más allá de nuestros límites culturales.

Martes 8 de noviembre | Edición del día
Poema de la taca derecha en el pórtico norte del Generalife, La Alhambra (Granada).

Utilizando la lógica binaria "salvaje - civilizado", que tanto sirvió para deshumanizar a las gentes racializadas desde los tiempos de la explotación colonial, y para marginar y/o expulsar a todos aquellos que no cumplían con la "normalidad" no sólo étnica sino también religiosa, lingüística y sexual de las identidades nacionales que conformaron políticamente el continente europeo, se ha creado un discurso histórico perverso excluyente totalmente artificial, tendente a justificar el poder de los Estados creados en base a esas mismas identidades.

De este modo se olvida deliberadamente todo lo que no es europeo u occidental, y, cuando no es posible obviarlo, se le maltrata hasta la náusea. Esto es especialmente grave en las áreas donde ha existido históricamente una importante presencia islámica, como es el caso de los países balcánicos, Sicilia o la península Ibérica, donde la Iglesia como institución política tomó las riendas del Estado y creó un espacio cultural de represión, censura y racismo, cuya manifestación política más surrealista se plasmó en las declaraciones del expresidente del gobierno José María Aznar en 2006, cuando, durante una conferencia en el Instituto Hudson de Washington, dijo: "no oigo a ningún musulmán que me pida perdón por conquistar España y estar allí ocho siglos... Occidente no atacó al islam, sino que nos atacaron ellos...". "Ellos", una banda de nómadas desarrapados, analfabetos y muertos de hambre, en opinión de Pérez Reverte hace bien poco. Opinión que oculta datos importantes, puesto que eran nómadas, sí, pero también sedentarios: en el sur de Arabia hay ciudades desde hace 3.000 años, antes de que en Europa existiera nada remotamente parecido, porque son ciudades de verdad, con templos, palacios, murallas y edificios de varios pisos. Además, los nómadas pueden ser increíblemente sofisticados cultural y políticamente, y los de Arabia en el siglo VII eran más cosmopolitas que la gran mayoría de europeos sedentarios de esa época, puesto que llevaban milenios conectados con tres continentes. ¿Muertos de hambre? Lo mismo que cualquier otra sociedad preindustrial. En Arabia había pastores, pero también sociedades con agricultura intensiva que desarrollaron infraestructuras alucinantes, como la presa de Marib, de 700 metros de largo. ¿Analfabetos? En la Península Arábiga se utilizaba la escritura nabatea, safaítica, hismaica, sabea, hebrea, latina y griega antes de Mahoma. El sabeo desde el siglo IX a.C. y la primera inscripción en alfabeto árabe moderno data del 512 d.C. Su legado matemático es impresionante e imprescindible. Sólo hay que recordar que la única escuela matemática de relevancia en nuestra península fue la suya hasta bien entrado el siglo XX: Averroes no surgió de la nada, y los 17 grupos cristalográficos planos que podemos encontrar tanto en la Alhambra como en el mudejar aragonés son ejemplos de geometrías no euclideas que sitúan el conocimiento de los árabes hispánicos a años luz del de la Europa cristiana, por mucho que Reverte elogie a Carlomagno, cuyo legado se perdió con él. Por tanto, su discurso chabacano y algo macarra hace agua por todas partes, y con él toda la tradición historiográfica que sitúa al reino visigodo como la "raíz" de la nación española y que se vuelca en la defensa de una identidad monolíticamente cristiana.

Sólo recientemente se ha desarrollado una escuela arabista que intenta recuperar las escasas fuentes que pudieron escapar a la irreparable quema de documentos que el cardenal Cisneros ordenó en Granada, y desmitificar los relatos nacionalistas sobre la invasión musulmana, la resistencia en Covadonga o el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago "matamoros", hechos supuestamente ocurridos en un período histórico entre los siglos VIII y IX del que apenas tenemos fuentes fiables. Por tanto, nuestra historia, la que aún se enseña a nivel oficial, se basa en fuentes muy posteriores, que cuentan los hechos en términos legendarios y nada científicos.

Ni siquiera podemos asegurar que la "conquista" musulmana tuviera un carácter militar o que fuera más bien un sometimiento basado en pactos y alianzas con las élites locales, que aceptaron la legitimidad de los nuevos señores y se convirtieron al islam a cambio de mantener sus propiedades y autonomía, ya que hasta el alto clero católico mantuvo sus cargos en el mundo musulmán, y las excavaciones arqueológicas en los barrios populares de la Córdoba califal han demostrado la perfecta armonía cultural entre comunidades diversas. Son por tanto falsas las afirmaciones de Reverte en su mismo artículo: "los mahometanos emprendieron la Yihad o guerra santa, que se basaba en tres o cuatro ideas más elementales que el mecanismo de unas maracas del Caribe, aunque precisamente por eso, muy eficaces: los infieles debían convertirse o morir, el guerrero musulmán que palmaba en combate iba derecho al Paraíso, a ponerse hasta las trancas de dátiles y señoras guapas, etcétera. El éxito fue espectacular y la conquista imparable, y hacia el primer tercio del siglo VIII, más o menos, tres cuartas partes de las orillas del viejo Mare Nostrum (disculpen el chiste malo pero inevitable) ya no eran nostrum, sino suyum". ¿Es esto un discurso serio, o estamos ante los remanentes de los textos estudiados hace un siglo? El problema es que aún es eficaz entre los sectores sociales más conservadores, que incluso podrían admitir el terraplanismo si ello pudiera seguir garantizando la continuidad del ideal nacional.

El estudio del pasado islámico español aún sigue levantando ampollas y debates enconados entre historiadores, pero la realidad es que no podemos reducir procesos históricos complejos a una cuestión identitaria. Conceptos como "raíces", "identidad" o incluso "civilización" ya no resisten el menor análisis. Si aún los usamos es porque vinculan el pasado con la nación, el sentimiento de pertenencia y lo relacionado con la inclusión o la exclusión. La identidad cultural es el resultado de un proceso histórico y por tanto es maleable, cambiante y manipulable. No es inmutable. El historiador debería deconstruir las narrativas basadas en ella, ya que su objetivo ni es la propaganda política ni mostrar verdades absolutas, tal y como ha hecho Pérez Reverte.

La Historia es una suma de capas de realidad superpuestas, como los estratos en la geología, sobre las que se va construyendo el sustrato de un país. Son imposibles de separar, por lo que su presencia es persistente y cabezona, pese a los silencios y los olvidos. Esto ya lo saben los arqueólogos que abren las fosas de los desaparecidos. Así que, más allá de las descalificaciones y palabras despectivas de los Pérez Reverte de turno, tenemos que asumir el hecho de que una vez fuimos árabes.


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