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Red Internacional

El 22 de abril de 1519 a la mitad de sus disputas con el Gobernador de Cuba, Hernán Cortés decidió fundar la Villa Rica de la Vera Cruz. Un golpe de astucia y cálculo político que decidirá el futuro del conquistador de México Tenochtitlan.

Jueves 23 de abril de 2020 | 01:28

La revisión de los textos que nos cuentan la Historia de la Conquista de México típicamente nos habla de dos relatos paralelos. La historiografía contemporánea apuesta por una explicación a los grandes procesos que intersectan la llegada de los españoles, tanto los prehispánicos como los de la época colonial. A otro nivel y sin abandonar cierta épica de las grandes gestas heroicas, momentos como la escena del árbol de la noche triste, la alianza con los tlaxcaltecas o la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz, se presentan como casos testigo capaces de detonar o explicar importantes procesos históricos

La fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz es uno de esos botones que permiten pintar de cuerpo entero a sus protagonistas. La disputa entre Hernán Cortés y Diego de Velázquez ejemplifica la manera en que los triunfos y conquistas se volvieron el único camino para que cientos de funcionarios menores y conquistadores lograran ascender en la escala social

Las Historia que Bernal Díaz del Castillo relata en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, sigue al dedillo la manera en que Cortés, valiéndose de su astucia para esquivar candados y lagunas jurídicas, zarpa de la Isla de Cuba rumbo a tierra firme. Su intención no solo era desobedecer las instrucciones de Diego de Velázquez, su superior civil y socio en la empresa conquistadora, sino fundamentalmente buscaba ganar para su causa el oído del Rey, a sabiendas de que solo así lograría afianzar su posición como conquistador de una tierra que según pensaba era rica en oro y otros tesoros.

Los conquistadores: héroes o villanos

Los primeros años de la Conquista recordados por su etapa Antillana se caracterizan por tener como objetivo único la obtención de riquezas rápidas y de fácil intercambio. El rescate de oro que no es más que el intercambio a partir del engaño de piezas de oro por cuentas de vidrio u otros objetos cualquiera vio sus límites rápidamente al contenerse en los márgenes de las islas caribeñas.

Pasados estos primeros años, la expansión y uso de la mano de obra indígena amplió el horizonte económico, pero aun así, los márgenes estrechos de las islas presentaban la explotación indígena como poco atractiva en comparación con las aspiraciones de los conquistadores.

Las noticias y leyendas de territorios de inmensa riqueza invitaron a los conquistadores a elevar las anclas en busca de nuevos sitios en el espacio continental. En esta segunda etapa de la Conquista de las Indias Occidentales se replicará la estructura público-privada de las empresas conquistadoras.

Pensemos que en los primeros años del siglo XVI la Corona en la península no contaba con la suficiente solidez financiera ni política para garantizar que el embarque en busca de nuevos territorios fuera un esfuerzo totalmente auspiciado por la Corona. Lo común era establecer un contrato mercantil entre socios privados (muchas veces funcionarios reales) con el beneplácito de la Corona, bajo la promesa de obtener en la guerra riquezas y tesoros que serían distribuidos según su aporte material y la valía de sus acciones durante la expedición.

Hacia este momento comienza a primar la idea de que para conquistar de manera efectiva hace falta más que el control militar de los territorios. Esa reflexión lleva mucho de formalidad jurídica en tanto que el número pequeñísimo de familias y mujeres que acompañaron la expedición de conquista hacían impensable materializar un poblamiento real. No obstante la idea de colonizar a partir del poblamiento se fincó como una impronta de esta nueva etapa.

Al momento en que Velázquez se propone financiar un embarque en busca de nuevas tierras se apoya en Hernán Cortés quien fuera su hombre de confianza y decide colocarlo al frente del proyecto.

Tenemos que pensar que las expediciones funcionaban como la relación contractual de varios individuos que financiaban su propia participación en el proyecto de conquista, así pues, para cualquier nombramiento de importancia, los individuos debían de aportar cantidades significativas en metálico o en especie para ganarse un lugar en el embarque y de igual manera, su retribución sería en sentido proporcional al de su aporte inicial.

Bajo esa consideración Cortés debió aportar parte importante de su capital económico, pero además, entra a la ecuación las posibilidades reales de movilidad y ascenso social en caso de que la conquista resultara un éxito. De manera que en el imaginario de un funcionario menor como Cortés, el proyecto de Diego de Velázquez aparece como una oportunidad única.

No son pocos los historiadores que adicional a eso reconocen en Cortés una personalidad cualitativa para su época y entorno. Sin duda un tipo listo y perspicaz que como hombre de su tiempo sabría leer las minucias de las formas políticas y que con abundante conocimiento de la legislación de su tiempo, aprovecharía cualquier hueco en la legalidad para ganar terreno y posiciones.

Un viaje sin retorno

La historia cuenta que al momento de salir de Cuba, Hernán Cortés conspiró junto al resto de sus capitanes para desobedecer las indicaciones del Gobernador. Contrario a las instrucciones de éste, que señalaban los objetivos de la empresa como una campaña de rescate (intercambio de piezas de oro), Cortés, habiendo ganado la lealtad de la tripulación a partir de la promesa de enormes ganancias, decide convertir la expedición en una expedición de conquista y poblamiento. El viraje en sus objetivos le permitiría, si las cosas salían bien, estar en posibilidad de desobedecer las órdenes de un funcionario superior a él.

Alrededor de esta situación se han elaborado muchas leyendas. La más conocida es la supuesta voluntad de Cortés de “quemar las naves” como señal de su determinación por llegar hasta el final en la conquista de los territorios mesoamericanos. La realidad en que no llegó a quemar un solo tablón, los relatos de la tripulación señalan que éstas se desmantelaron pero siempre estuvieron en condiciones de ser armadas nuevamente en caso de necesitarlo.

En las semanas posteriores y después del intento de Diego de Velázquez de ir tras los insubordinados conquistadores, sucederá un acontecimiento de vital importancia para el futuro de la empresa. Una muestra de astucia y de cálculos políticos que se tejieron con precisión incalculable.

Al establecer como objetivos la conquista y el poblamiento de los nuevos territorios, el 22 de abril de 1519 Cortés decidió fundar la Villa Rica de la Vera Cruz. El conquistador trazó así los elementos principales de un típico poblado peninsular, pero por más pomposo que suene el suceso, en los hechos no fueron más que algunos trazos alrededor del campamento de los conquistadores. Pero no perdamos de vista lo esencial, por simple que parezca, fundar un nuevo poblado subordinado al poder de la Corona le permitió a Cortés ser electo como Gobernador de este territorio y quedar entonces en igualdad de circunstancias con Diego de Velázquez de quien no sería nunca más un subordinado.

Al mismo tiempo y al entrar en contacto con algunos de los aborígenes del lugar, Cortés estuvo en condiciones de enviar al rey muestras de las posibilidades de riqueza y tributo que ofrecía el horizonte mesoamericano. Eso era fundamental, pues, aunque el futuro era prometedor, era importantísimo que se cuidaran las formas y se ganara para la causa cortesiana el oído del rey. No olvidemos que al ser Diego de Velázquez un representante del poder real en las Indias Occidentales, la insubordinación de Cortés hacia Velázquez en algún sentido era la insubordinación de Cortés contra el poder real. Por fortuna para él y sus huestes, la memoria real es corta cuando se está frente brillo del metal.




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