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La historia del hombre que se convirtió en símbolo de lucha contra la Primera Guerra Mundial

Como diputado se opuso a financiar la campaña militar alemana iniciada en 1914. Fue un símbolo de la resistencia a la “Gran Guerra” que dejó millones de muertos, heridos y mutilados.

Claudia Ferri

@clau.ferriok

Lunes 5 de agosto | 23:55

El año 1914 marcaría un antes y un después en la historia mundial. Se iniciaba la guerra más larga, cruel y sangrienta que haya ocurrido hasta ese entonces. Por el nivel de combates cuerpo a cuerpo, por los millones de muertos, heridos y mutilados que dejó y sin dudas porque se expuso como nunca antes la barbarie capitalista.

Años de tensión e intereses cruzados entre las potencias imperialistas acumuladas en los años previos estallaron finalmente el 28 de julio con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Rápidamente el centro de atención pasó a Alemania primero cuando declaró la guerra a Francia y Rusia el 1 de agosto y, en segundo lugar, cuando el 4 de agosto los diputados votaron en el Parlamento los créditos que iban a usar para financiarla.

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Mientras en todo el país se desplegaba una maquinaria de propaganda nacionalista que pretendía conseguir el apoyo popular, pocas voces se alzaron en contra la guerra y sus fines. Una de ellas enfrentó a opositores y también a los miembros de su propio espacio político, el Partido Socialdemócrata. Esa voz fue la del revolucionario Karl Liebknecht.

“Tan fuerte como un roble”

Karl militó desde muy joven en el socialismo. Era hijo de uno de los fundadores de la socialdemocracia alemana Wilhelm Liebknecht. Vio desde pequeño a su padre padecer la persecución política y la cárcel del gobierno alemán y junto a su familia conoció tempranamente la pobreza. Años más tarde él mismo estuvo la cárcel luego de las críticas que hacía en sus escritos al creciente militarismo nacional y en 1908, desde allí, fue electo diputado del Partido Socialdemócrata Alemán.

Este partido se había convertido en la organización más numerosa y con mayor peso en el movimiento obrero de todas la que integraban la Internacional Comunista. En las elecciones de 1912 fue el espacio político más votado y pasó a ser el más grande del Parlamento con 110 diputados.

En los años previos la socialdemocracia alemana se había opuesto a la guerra y denunció las intenciones de los capitalistas de usarlos como carne de cañón. Por eso enorme fue la sorpresa cuando ese 4 de agosto 1914 votaron todos a favor de los créditos de guerra, cuando tenía una enorme responsabilidad en combatirla. El presidente del partido justificó el voto diciendo que era una guerra defensiva:

“De lo que se trata para nosotros es de alejar este peligro y salvaguardar la cultura y la independencia de nuestro país. Así honramos lo que siempre hemos prometido: en la hora del peligro no vamos a abonar nuestra patria”.

Revolucionarios de todo el mundo quedaron estupefactos ante la decisión adoptada por el partido que todos los trabajadores del mundo seguían como modelo. El hecho generó un efecto contagio en el resto de los partidos socialdemócratas europeos que también apoyaron a sus gobiernos burgueses contra el enemigo. Una de las trincheras más importantes del internacionalismo se estaba cayendo a pedazos.

Así quedaban las ciudades devastadas por la guerra

Karl Liebknecht fue uno de los 14 diputados que internamente se opuso a votar estos créditos pero que terminaron aceptando la disciplina partidaria. Meses después cambiaría de posición formando un ala izquierda dentro de la organización junto a Rosa Luxemburgo, Franz Merhing y Clara Zetkin y el 10 de septiembre publicaron una declaración en contra de la postura adoptada por la socialdemocracia.

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El 5 de diciembre, cuando se debió votar la renovación de los créditos, Karl fue el único que votó en contra. Presentó un documento donde, por un lado, denunciaba la invasión de Alemania a Bélgica y, por otro, explicaba su voto negativo pero el presidente de la Cámara no dejó leerlo ni tampoco ningún diario alemán quiso publicarlo. Un fragmento de aquel escrito decía:

“Esta guerra no deseada por ninguno de los pueblos involucrados, no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de importantes territorios de explotación para capitalistas y financieros”.

Rápidamente se convirtió en un símbolo internacional de la resistencia a la guerra y un héroe para millones. Cuenta León Trotsky en un relato sobre su vida que encarnaba “el tipo de revolucionario inquebrantable en sentido más amplio del término” y que se tejían innumerables leyendas sobre su vida.

“El enemigo principal está en el propio país”

En 1915 la guerra continúa su sangriento curso. Millones fueron enviados a las fronteras mientras las mujeres se convirtieron en fuerza de trabajo disponible para sostener la pesada maquinaria industrial en funcionamiento. Ese año Alemania usaría por primera vez armas químicas a gran escala contra los rusos.

En mayo comenzó a circular clandestinamente en los barrios populares, en las fábricas y lugares de encuentro un manifiesto firmado por Karl Liebknecht que denunciaba las injusticias de la guerra. El dirigente socialista llamaba a las masas a despertar de las ilusiones nacionalistas y se preguntaba “¿A quién tiene que agradecer el pueblo alemán por este nuevo desastre? ¿A quién le pueden exigir explicaciones por las nuevas pilas de cadáveres que se amontonarán?

Karl quería dejar en claro que la única alternativa real para ponerle fin al asesinato en masa era apostar a la lucha de clases internacional. El documento titulado “El enemigo principal está en el propio país” expresaba su claro enfrentamiento a la guerra:

El principal enemigo del pueblo alemán se encuentra en Alemania: el imperialismo alemán […]. El pueblo alemán debe combatir este enemigo interno en una lucha política, cooperando con el proletariado de otros países cuya lucha es en contra de sus propios imperialistas”.

Las tensiones al interior del SPD –hegemonizado por una poderosa maquinaria burocrática - comenzaron a mostrar mayor hostilidad hacia el ala izquierda. A fines de 1915, cuando por tercera vez se votaron los créditos para la guerra, los diputados de la socialdemocracia que votaron en contra fueron Karl Liebknecht y Otto Rühle (con el tiempo llegaron a ser hasta los 20 los diputados que se oponían a la guerra). Más tarde serían expulsados del partido.

El 1 de mayo de 1916 los Delegados Revolucionarios, quienes en la práctica organizaron la oposición obrera a la guerra, convocaron a un acto de protesta y el grupo de Liebknecht (conocido como espartaquista) participó en Berlín junto a miles. Ellos agitaban una perspectiva revolucionaria para salir de la guerra. Situación que generó la inmediata persecución policial a Karl y los suyos. Fue detenido, acusado de traidor y condenado a 30 meses de prisión y trabajos forzados por gritar públicamente “Abajo la guerra, abajo el gobierno”

Inmediatamente las fábricas de Berlín, Bremen, Stuttgart y Leipzig llamaron a la huelga reclamando su libertad, demostrando que se había convertido en una figura indiscutible de la clase obrera.

Liberado en octubre de 1918 se dedicó inmediatamente a la organización del grupo espartaquista junto a su inseparable compañera de militancia Rosa Luxemburgo quién solía afirmar que el Partido Socialdemócrata alemán se había convertido en “un cadáver maloliente”. Ambos surgieron como indiscutibles referentes de la izquierda revolucionaria alemana y el 1 de enero de 1919 fundaron el Partido Comunista.

Hacía meses que en Alemania había estallado un proceso revolucionario y el gobierno, no ya el Kaiser que cayó con el fin de la guerra sino una coalición integrada por el Partido Socialdemócrata, reprimen brutalmente las huelgas y movilizaciones. Karl, al igual que Rosa, fue perseguido por grupos paramilitares conocidos como freikorps, quiénes terminaron asesinando a ambos bajo las órdenes de la vieja socialdemocracia.

Manifestaciones en Berlín durante la revolución de 1918-1919

Karl siempre se mostró parte de una organización y actuó en consecuencia. Desde el Parlamento sintió la enorme necesidad de dar voz a todos los que se oponían a aquella injusta guerra a pesar de encontrarse en una situación completamente hostil, desde las calles llamó a la insurgencia y a derrotar a los capitalistas. Su inquebrantable convicción revolucionaria era un rasgo fuerte en su personalidad y así lo demostró a lo largo de su vida. Como escribió en uno de sus poemas, tiempo antes de su liberación en 1918:

Aunque ellos también nos destrocen -
No nos van a doblar.
Y ni bien pase el día,
Nos podremos en pie, erguidos.

De mil derrotas
Levantémonos libres
Para golpear siempre con más audacia
Y estrechando nuestras filas.

Aunque sofoquen la llama,
La chispa arde agitada
Y, a través de la noche al cielo
La nueva llama triunfa.

Y aunque la cumbre, lo más alto,
Parece inasible y distante,
Llega el día, la alegría,
Confiamos en nuestra estrella.

El presente puede ser engañoso,
El futuro nos sigue siendo fiel.
Aunque las esperanzas queden en el camino,
Siempre crecen nuevas.

De la nada, todo ha de ser,
Antes de que lo pensara,
A pesar de sus gestos de poder,
De su poder nos mofamos

Pronto se disiparán
Como rocío en una playa rocosa,
Ya hay señales de nubosidad
La tierra que hemos estado esperando.

No hay en toda la Tierra
Nada que nos pueda detener:
¡No hay veneno ni heridas,
Ni diablo ni excomunión!
”.

(Traducción del alemán: Guillermo Iturbide).

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Si querés conocer más sobre este tema, te recomendamos la lectura de Marxistas en la Primera Guerra Mundial, ediciones IPS.






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