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Red Internacional

En la huelga francesa, los electricistas conmovieron el país iluminando barrios pobres y oscureciendo ministerios. Un debate: ¿cómo utilizar las posiciones obreras para enfrentar a los capitalistas?

Lucho Aguilar@Lucho_Aguilar2

Domingo 26 de junio de 2016 | Edición del día

En las últimas décadas, hemos visto el desarrollo de ciudades y zonas metropolitanas cada vez más grandes, combinada con la expansión de grandes empresas de servicios de las que depende la economía capitalista. Su funcionamiento se torna cada vez más dependiente del transporte "a tiempo" de mercancías y personas, de múltiples fuentes de energía y telecomunicaciones.

Con este proceso la burguesía también ha fortalecido, por decirlo de alguna manera, a sus sepultureros. En los últimos 20 años, tomando como hito la histórica huelga francesa de 1995, hemos visto duras huelgas de los trabajadores de los grandes servicios urbanos que conmovieron el corazón de los centros imperialistas.

El fenómeno impresionó a propios y extraños. Tony Negri, un filósofo autonomista italiano, aportó el término “huelga metropolitana”. La planteaba como “un conflicto de toda la ciudad”, aunque subestimando la centralidad del trabajo asalariado y de la empresa como centro organizador de la clase obrera y de la actividad capitalista (1).

La actual huelga francesa, con sus paros, bloqueos y los duros métodos de portuarios, petroleros, pilotos, transportistas y electricistas, confirma que es la acción obrera la que puede golpear al capital y desde allí involucrar a toda la población. Porque es la huelga la que puede paralizar la ciudad y atacar el interés capitalista.

Así las tendencias que estamos viendo, resaltadas por nuestros “Robin Hood”, muestran que se ha reforzado el valor de esas posiciones estratégicas que los trabajadores pueden utilizar en su favor. Pero junto a las potencialidades, también es importante prestar atención a los problemas.

La cuestión de la hegemonía

Si podemos recoger decenas de ejemplos de cómo muchos trabajadores en conflicto han “detenido el trabajo de muchos otros” o paralizado la economía, son mucho más limitados los ejemplos de utilización de esas posiciones estratégicas en el sentido que lo están haciendo los “Robin Hood” franceses. En nuestro país, vale rescatar el ejemplo de los trabajadores del subterráneo, que en determinados momentos de su lucha acudieron a la apertura de molinetes para que los pasajeros viajen gratis. No sólo lo hicieron cómo método de acción en defensa de sus propios reclamos; también en solidaridad con otros trabajadores, como los tercerizados o los choferes de la línea 60. E incluso contra los aumentos del boleto, tarifazos que afectaban a los usuarios y no necesariamente a ellos mismos.

Los choferes de la Línea 60 de colectivos, en el duro conflicto que enfrentaron en el invierno de 2015, también utilizaron el mismo método. No cobraban pasajes a los 250 mil usuarios que utilizaban el servicio diariamente, y ligaban su reclamo a las condiciones de viaje de sus pasajeros.

Los ejemplos son valiosos, porque obligan a pensar una cuestión esencial, que Womack y la mayoría de los dirigentes sindicales dejan de lado: ¿puede triunfar una estrategia obrera que no utilice esas “posiciones estratégicas” en un sentido hegemónico, o sea intentando que los trabajadores encabecen una alianza con millones de usuarios?

Entendemos hegemonía como la capacidad de la clase trabajadora, a través de sus sectores más organizados y actuando como "tribuno popular", de dirigir a otros sectores oprimidos de la sociedad, tomando sus reclamos. Hablamos no sólo de los usuarios de los servicios, sino también de los sectores más pobres, o los estudiantes, que además han sido parte de la lucha de clases en Francia en los últimos años.

Como señala Juan Dal Maso en un reciente artículo, es necesario pensar “su carácter de "huelga metropolitana" no sólo sindical sino también social, uniendo trabajadores sindicalizados, trabajadores inmigrantes y precarios y jóvenes de las grandes barriadas populares (banlieues), agrupados en organizaciones de base que unan la fábrica y el barrio y una política "hegemónica" que incorpore los reclamos de sectores medios arruinados”.

Una lucha obrera que no tome en cuenta esta dimensión tendrá muchas menos posibilidades de triunfar. Aún más: levantando un programa que incorpore las necesidades populares – desde las condiciones de vida a los servicios vitales – es posible explicar más sencillamente la administración obrera de las principales ramas de la economía como salida transicional ante los problemas estructurales que plantea la gestión capitalista.

Sin embargo, como plantean nuestros compañeros de Revolution Permanent, “la CGT, que se ha trasformado en la principal oposición política a Hollande, no levanta un programa que partiendo del retiro de la reforma laboral se plantee también la lucha contra las condiciones de trabajo, la precarización y el desempleo, que permita desatar las energías y la combatividad de los sectores más precarizados del proletariado o pauperizados como los jóvenes de las banlieues”.

El problema de la burocracia

La burguesía es consciente de los peligros. Por eso desde siempre ha querido coptar y comprar a sectores de la clase obrera, para conjurar cualquier amenaza a su poder. Como decía León Trotsky, “el capitalismo exige de la burocracia reformista y de la aristocracia obrera, que picotean las migajas de su mesa de banquete, que se transformen en su policía política ante los ojos de la clase obrera”.

Si los ferroviarios a principios del siglo pasado se convirtieron en un gremio combativo capaz de utilizar su posición estratégica para conseguir mejores condiciones que otros, el Estado y los empresarios tuvieron una decidida política que terminó con la burocratización temprana de la Unión Ferroviaria. Si los lucifuercistas cordobeses fueron el faro de muchos luchadores obreros de la década de los 70 encabezados por Tosco, distintos gobiernos lograron que el gremio se convierta en sinónimo del sindicalismo amarillo, encabezados por Tacone y más tarde Lescano. Si los trabajadores de los transportes y servicios dieron históricas luchas en nuestro país, hoy las cúpulas de esos gremios se han convertido en las más poderosas burocracias del movimiento obrero. Nadie puede pensar en sostener la gobernabilidad sin los acuerdos y negociados con Moyano, Fernández, Pereyra y los popes de la CATT (Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte).

Lo mismo vale para las centrales de dominan al movimiento obrero europeo. El problema de la burocracia es el gran problema de la clase obrera de nuestra época. La garantía de la gobernabilidad del Estado burgués y del funcionamiento de la maquinaria capitalista. La cuestión se hace más aguda justamente donde están en juego esas posiciones estratégicas de las que hablamos.

Algunas conclusiones

La huelga francesa es un proceso profundo e impactante, más aún si tenemos en cuenta la polarización política que atraviesa Europa. Los trabajadores y sus métodos de lucha, se han transformado en la principal oposición a la contrarrevolución social que intenta aplicar el gobierno francés, y ya intentan imitar otros.

Podríamos seguir hablando, por ejemplo, de los portuarios de Le Havre, que han convertido a la ciudad costera en la “capital nacional de la huelga”, y han aportado ejemplos de coordinación interprofesional con otros trabajadores, confluyendo además con estudiantes. Pero sería para otra nota. Queríamos tomar el caso de los Robin Hood franceses para hablar, como decíamos, de la centralidad de la clase trabajadora y la potencialidad de sus métodos de lucha. Esa confirmación no niega, como vienen debatiendo nuestros compañeros de Revolution Permanente, el debate de estrategias que hay detrás: ¿utilizar las masivas movilizaciones, los métodos Robin Hood y la unidad con los estudiantes para presionar reformas en la ley como plantean la mayoría de las cúpulas sindicales? ¿o dirigirlas hacia la huelga general política para voltear la Ley Travail e ir por más?

Para los militantes revolucionarios que nos ubicamos ante la segunda opción, nos puede ayudar a reflexionar sobre cómo pensar una estrategia obrera que pueda vencer a los capitalistas. Pasar en limpio, por ejemplo, algunos puntos de partida para pensar las luchas propias y futuras:

La importancia del trabajo en los sindicatos, en particular sobre aquellos que ocupan “posiciones estratégicas” en el funcionamiento económico y social, para recuperarlos de manos de la burocracia. La construcción de agrupaciones clasistas es una tarea fundamental.

La necesidad del frente único obrero, que parta de la unidad en la lucha entre los trabajadores de distintos gremios como se expresa en las asambleas interprofesionales en algunas ciudades francesas y apunte a la coordinación permanente, basada en métodos democráticos y combativos.

La también necesaria alianza con los usuarios y otros sectores de la población. En el caso francés, la simpatía de sectores de la población por los métodos Robin Hood, pero también las movilizaciones de obreros y estudiantes, muestran cómo ganar autoridad para encabezar la lucha contra el capital.

El internacionalismo como otra tarea estratégica. Los capitalistas no dudan en actuar como clase internacional cuando se trata de golpear al movimiento obrero o quebrar una huelga, importando energía o mazos de cables. Pensar la estrategia anticapitalista por encima de las fronteras nacionales es una cuestión de vida o muerte.

Seguir y sacar lecciones de las luchas de la clase obrera internacional es una tarea apasionante y necesaria para los militantes obreros y todos los que queremos preparar un partido revolucionario, internacional, que conduzca a los Robin Hood y todos los oprimidos al gobierno de sus propios destinos.

Notas

1 - “Vías de recomposición del movimiento obrero; Emilio Albamonte y Fredy Lizarrague”; semanario La Verdad Obrera 159




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