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Red Internacional

En un nuevo aniversario luctuoso de Engels, reproducimos dos breves textos escritos por Trotsky, publicados en el libro "Perfiles de revolucionarios" (Editorial El Caballito, México, 1978).

Sábado 6 de agosto | 13:55

13 de febrero de 1933

Engels es, indudablemente, una de las personalidades más finas, más íntegras y más nobles en la galería de los grandes hombres. Recrear su imagen sería una tarea apasionante y al mismo tiempo un deber ante la historia. En Prinkipo, trabajé un libro sobre Marx y Engels, pero los materiales preliminares se quemaron en un incendio. Dudo que pueda volver nuevamente sobre el tema. Sería bueno terminar el libro sobre Lenin para pasar a un trabajo más actual. Un libro sobre el capitalismo en el periodo de desintegración.

El cristianismo creó la figura de Cristo para humanizar al inaccesible Señor de los Ejércitos y acercarlo a los mortales. Al lado del olímpico Marx, Engels es más “humano”, más cercano. ¡Qué bien se complementan entre sí! O más bien, cuán conscientemente toma Engels la tarea de complementar a Marx: toda su vida se esfuerza en ello. Lo considera su misión y encuentra en ella su satisfacción. Y esto sin la más mínima sombra de sacrificio: siempre fiel a sí mismo, siempre lleno de vida, siempre superior a su medio y a su época; con inmensos intereses intelectuales, con un verdadero fuego de genio siempre ardiendo en la fragua del pensamiento. Contra el telón de fondo de sus vidas cotidianas, Engels gana tremendamente en estatura en comparación con Marx ‒aunque, por supuesto, la estatura de Marx no disminuya por esto en lo más mínimo.

Recuerdo que después de leer la correspondencia de Marx y Engels en mi tren militar, hablé a Lenin de mi admiración por la figura de Engels. Lo que destaqué fue precisamente eso, que cuando se lo ve en su relación con el titán Marx, el fiel Fred gana, antes que disminuir, en estatura. Lenin expresó su admiración por esta idea con vivacidad, incluso con deleite. Amaba muy profundamente a Engels, particularmente por su integridad de carácter y su humanidad sin fallas. Recuerdo cómo examinamos, con cierta excitación, un retrato de Engels joven, descubriendo en él rasgos que se hicieron tan prominentes en su vida posterior.

Cuando uno ya está harto de la prosa de los Blum, los Cachin y los Thorez*, cuando se ha saciado tragando los microbios de la mezquindad y la insolencia, la obsecuencia y la ignorancia, no hay mejor manera de airear los pulmones que leer la correspondencia de Marx y Engels, tanto entre sí como a otra gente. ¡En sus alusiones y caracterizaciones epigramáticas, a veces paradójicas, pero siempre bien elaboradas y precisas, hay tanta enseñanza, tanta frescura de espíritu y aire de la montaña! Ellos siempre vivieron en las cumbres.

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14 de febrero de 1935

Los pronósticos de Engels son siempre optimistas. Con no poca frecuencia van más allá de del curso real de los acontecimientos. ¿Pero acaso es posible en general hacer predicciones históricas que ─para usar una expresión francesa─ no quemen alguna de las etapas intermedias?

En último análisis, Engels, siempre tiene razón. Lo que dice en sus cartas a Mme. Wichnewetsky sobre el desarrollo de Inglaterra y Estados Unidos se confirmó completamente solo en la época de la posguerra, cuarenta o cincuenta años después.

¡Pero cómo se confirmó! ¿Quién entre los grandes estadistas burgueses tenía siquiera un atisbo de la actual situación de las potencias anglosajonas? Los Lloyd George, los Baldwin, los Roosevelt, para no hablar ya de los MacDonalds**, parecen todavía hoy (en realidad, hoy más aún que ayer) cachorros ciegos frente al viejo, clarividente, profético Engels.

¡Qué cabezas huecas necesitan tener todos estos Keynes para proclamar que los pronósticos marxistas han sido desmentidos!

Diario en el exilio (1935)




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