×
×
Red Internacional

Para aparentar la nueva normalidad, se continúan llevando a cabo actividades culturales en calle, exponiendo la vida de los usuarios y los trabajadores.

Lunes 2 de agosto | 20:34

El lunes 26 de julio, la CDMX regresó a semáforo naranja, debido al aumento de casos positivos de COVID y al incremento de la ocupación hospitalaria. La población joven (entre 20 y 39 años) es la más afectada por la tercera ola de contagios, luego de la llegada de la variante delta del virus a nuestro país. Sin embargo, a pesar de ello no hubo ninguna modificación en las actividades económicas, todo continúa abierto.

En su conferencia del 20 de junio, el subsecretario López Gatell anunció que, aunque la ciudad regresara a semáforo rojo, ya no habría cierres totales en las actividades. Ni siquiera a nivel escolar. Argumentando que después de 17 meses de pandemia, la sociedad ha aprendido a manejarla y la gravedad de la crisis sanitaria en esta tercera ola ya no es tan grave.

Te puede interesar: "Criminal: Incluso en semáforo rojo se buscará abrir las escuelas"

En este contexto, se ha hecho mucha propaganda de la nueva normalidad, con una supuesta implementación de medidas sanitarias y sana distancia para que los trabajadores continúen asistiendo a sus centros de trabajo, priorizando la ganancia de las grandes empresas a la vida de las personas.

La cultura como pretexto

Para mantener esta falsa nueva normalidad, el gobierno se ha valido de varias herramientas, una de ellas es la cultura. Apelando a una necesidad real de la población de tener una contención ante la crisis sanitaria, que no solamente ha tenido encerrados a millones de personas, sino que ha significado la pérdida de cientos de miles de vidas, se han impulsado las actividades culturales como una medida de contrapeso. La cultura por supuesto que puede jugar un papel importante para sobrellevar no sólo estos momentos sino la vida cotidiana. En ello han insistido miles de artistas durante mucho tiempo, y sin embargo siempre ha sido una de las áreas a las que se les ha dedicado la menor atención y presupuesto.

Durante este sexenio, desde el gobierno de la CDMX se han anunciado con bombo y platillo la implementación de programas culturales que pretenden dar prioridad a zonas marginadas pero con limitados recursos, sin condiciones sanitarias óptimas y con alta exposición para los trabajadores culturales que llevan este derecho a la cultura a la población vulnerable, mientras que contradictoriamente ellos mismos no cuentan con “derechos laborales”.

En caso de contagios, como estamos viendo con nuestras compañeras y compañeros de varios programas culturales, no podemos acceder al derecho a la salud, ni tampoco a una incapacidad laboral acorde a nuestra recuperación, todo depende de la voluntad de los coordinadores o de otras figuras jerárquicas.

Así es como estos programas siguen operando de manera irresponsable, pues no se proporciona el equipo de protección adecuado para poder dar las sesiones. No se ha destinado presupuesto tampoco para generar espacios que cuenten con las condiciones necesarias para llevar adelante esas actividades de manera segura.

En medio de la tercera ola de contagios, que está afectando principalmente al sector “productivo" de la población, es criminal que se continúen implementando estos programas en dichas condiciones. Si históricamente en la ciudad se ha elitizado el acceso a la cultura y se han negado los presupuestos necesarios para desarrollar programas culturales públicos que realmente le aporten a la sociedad, ¿por qué en medio de una pandemia de estas dimensiones se saca a las calles a miles de jóvenes precarizados a cumplir con estas actividades culturales?

En su afán de demostrar que la pandemia puede sobrellevarse sin la necesidad de resguardarse en casa, el gobierno de la ciudad usa de carne de cañón a miles de trabajadores precarizados del sector cultural. Al organizar jornadas culturales en las que se aglomeran personas, sin sana distancia y cuya máxima protección suele ser solamente un cubrebocas de tela, se está exponiendo a una gran cantidad de población al contagio.

Los asistentes a las actividades en territorio principalmente tienen una composición infantil (menores de entre 6 y 12 años), así que el trabajo en calle con el impulso de festivales culturales también pretende instalar en el imaginario que se puede trabajar sin riesgo con esta población, bajo la premisa de que “sólo se requiere voluntad". De esta manera instalan un precedente rumbo al tránsito a las clases presenciales que prevén para el 30 de agosto.

La cultura no puede usarse como pretexto para crear una falsa sensación de seguridad en la población, para demostrar que somos capaces de enfrentar la pandemia en las calles, cuando la totalidad de la población no ha sido vacunada. De hecho, acceder a las vacunas tampoco es una garantía frente a las nuevas variantes, ni evita los contagios al convivir obligatoriamente sin condiciones seguras mientras laboramos con población positiva.

Además, nuevamente conseguir una prueba gratuita se va dificultando e implica hacer largas filas, se encarecen las PCR privadas y al mismo tiempo padecemos que los insumos médicos para los tratamientos son cada vez más escasos.

Sumado a esto hay que considerar que la sobrecarga de trabajo y negarse a suspender las actividades en territorio se usa también como una manera de ir depurando la plantilla de trabajadores que integran los programas. Se apuesta al hartazgo y al deseo genuino de las personas de conservar su salud y vida para que por cuenta propia abandonen los programas. Evitando así las protestas, se crea una dinámica de renovación constante de personal que facilita negarle derechos laborales elementales.

Ante esta situación es necesario organizarnos entre todos los trabajadores que integramos los programas sociales de las diferentes secretarías. Solamente con la unidad vamos a lograr conquistar derechos laborales dignos.

Te puede interesar: ¿Cultura para qué en la 4T?




Comentarios

DEJAR COMENTARIO


Destacados del día

Últimas noticias