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SUPLEMENTO

El sentido común animalista: algunos planteamientos de Engels

Yuri Peña

El sentido común animalista: algunos planteamientos de Engels

Yuri Peña

Dos de las cuestiones más novedosas de la ocupación de Huite son la unidad entre trabajadores y mapuche y el planteamiento de producir leche a precios justos para la población en el marco de la inflación alimentaria. Pero hay quienes sostienen que este hecho no implica apoyar la ocupación desde otros sectores como el movimiento estudiantil, pues tal abastecimiento de leche a la población sería a costa de continuar explotando a las vacas.

Animales: ¿sujetos de derecho?

Aunque para algunos sectores puede resultar elitista o una pérdida de tiempo el debate sobre este asunto, es cierto que “la discusión sobre los derechos de los animales –lejos de ser una exclusiva elucubración teórica– trata de cuestiones muy concretas:¿qué comemos? ¿Qué vestimos? ¿Cómo nos entretenemos? ¿Qué tenemos derecho a hacer y qué no para sanarnos?” (Florencio Ceballos). Mal que mal, en la no aprobada nueva Constitución se había empleado el término “ser sintiente” en referencia a los animales. Esto ya ha dejado de ser un debate escondido.

¿A qué se refiere la noción ser sintiente? Cuando se habla de seres sintientes se considera a los animales como seres ya sea con conciencia o con capacidad de experimentar el dolor o el sufrimiento. En unadeclaración emitida por científicos de la Universidad de Cambridgese señalaba que “el peso de la evidencia indica que los seres humanos no son los únicos que poseen los sustratos neurológicos necesarios para generar conciencia. Animales no humanos, incluyendo todos los mamíferos y pájaros, y muchas otras criaturas, incluyendo los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos”. Por otra parte, hace cuatro décadas, Peter Singer, bebiendo de la filosofía utilitarista, había definido a los animales como sujetos morales. Como lo explica Florencio Ceballos:

«El utilitarismo de Jeremy Bentham y John Stuart Mill rompió con una larga tradición de filosofía moral al plantear las cosas en términos muy concretos, para algunos demasiado: una escala en que lo bueno es lo que provoca el mayor placer a la mayor cantidad de personas, mientras que lo malo es lo que provoca el mayor dolor. La cualidad moral de los seres –humanos y no humanos– no era ya la posesión de conciencia o lenguaje, como en la filosofía continental, sino la capacidad de experimentar el placer y el dolor. Los animales, seres sintientes, pueden experimentar ambos estados y por lo tanto son inherentemente sujetos de consideración moral. Ese es el trampolín desde el que Singer se lanzaría a lo que hasta ese momento era un vacío filosófico: la extensión de la titularidad de derechos basada en un principio de idéntica consideración moral».

Esa capacidad de sufrir es lo que para Singer hace que los animales sean sujetos de derecho y no simples objetos o cosas. Desde esta concepción, el derecho y la moral deben propender a disminuir el sufrimiento al mínimo e incrementar el placer: esa es su utilidad. Desde estas coordenadas, no sólo hacer de la crueldad contra los animales un deporte, como hace el rodeo; o usar a los animales como instrumentos para un espectáculo y un negocio -como sucede con las carreras de galgos-; es condenable (pues ambas cuestiones incrementan el sufrimiento). También es condenable trabajar con animales para producir alimentos, como ocurre con la industria de la leche o cárnica, pues en éstas, los animales son reducidos a meros recursos para satisfacer necesidades y no se considera de ninguna manera su condición de seres sintientes.

Esta última parecería ser la razón que subyace en la negativa de algunos estudiantes a apoyar la ocupación productiva del fundo Huite. Desde esta visión, también, es condenable generar sufrimiento en animales con fines científicos.

A estos argumentos que cuestionan la instrumentalización de los animales, en el último tiempo se han sumado argumentos médicos y ecológicos, como los que ha planteado la ONU: la carne, es cancerígena; la industria de la carne es contaminante y contribuye al 15% de los gases con efecto invernadero presentes en la atmósfera.

¿Qué opina el marxismo sobre este asunto? Abordemos primero, el carácter de seres sintientes de los animales. Para empezar, aclaremos que es totalmente falso que el marxismo concibe a los animales meramente como recursos económicos materiales, similares a una roca mineral:

«El contacto con el hombre ha desarrollado en el perro y en el caballo un oído tan sensible al lenguaje articulado, que estos animales pueden, dentro del marco de sus representaciones, llegar a comprender cualquier idioma. Además, pueden llegar a adquirir sentimientos desconocidos antes por ellos, como son el apego al hombre, el sentimiento de gratitud, etc. Quien conozca bien a estos animales, difícilmente podrá escapar a la convicción de que, en muchos casos, ésta incapacidad de hablar es experimentada ahora por ellos como un defecto».

Engels, incluso se refiere a la capacidad de los animales de realizar ciertos actos conscientes:

«La facultad de realizar actos conscientes y premeditados se desarrolla en los animales en correspondencia con el desarrollo del sistema nervioso, y adquiere ya en los mamíferos un nivel bastante elevado. Durante la caza inglesa de la zorra puede observarse siempre la infalibilidad con que la zorra utiliza su perfecto conocimiento del lugar para ocultarse a sus perseguidores, y lo bien que conoce y sabe aprovechar todas las ventajas del terreno para despistarlos. Entre nuestros animales domésticos, que han llegado a un grado más alto de desarrollo gracias a su convivencia con el hombre, pueden observarse a diario actos de astucia, equiparables a los de los niños…»

Engels repara en un hecho que a primera vista puede parecer banal, pero que no lo es: que “por el solo gusto de hablar y por sociabilidad con los hombres el loro puede estar repitiendo horas y horas todo su vocabulario”. Para Engels:

«...dentro del marco de sus representaciones, puede también llegar a comprender lo que dice. Enseñad a un loro a decir palabrotas, de modo que llegue a tener una idea de su significación (una de las distracciones favoritas de los marineros que regresan de las zonas cálidas), y veréis muy pronto que en cuanto lo irritáis hace uso de esas palabrotas con la misma corrección que cualquier verdulera de Berlín. Y lo mismo ocurre con la petición de golosinas».

¿Por qué no es banal este pasaje? Porque Engels está reconociendo que en su interacción con los humanos hay aves como los loros que pueden incluso comprender lo que dicen en el marco de sus representaciones.

Para decirlo con la nomenclatura de moda: hay animales sintientes (con sentimientos de apego, gratitud, miedo, etc.), en algunos casos hay también rudimentos de lenguaje (como en el caso de los loros que señala Engels pero que sería extensible a otras especies como los simios). Pero no sólo eso, en el pasaje que también citamos, decía tajantemente que “la facultad de realizar actos conscientes y premeditados se desarrolla en los animales en correspondencia con el desarrollo del sistema nervioso, y adquiere ya en los mamíferos un nivel bastante elevado”. Esto fue escrito en 1895 mucho antes del surgimiento del animalismo o la declaración de Cambridge que reconoce la “consciencia” en los animales no humanos.

Para Engels la comparación de los humanos con los animales “nos muestra que esta explicación del origen del lenguaje a partir del trabajo y con el trabajo es la única acertada” (1895). Es decir, el lenguaje “en general”, por sí mismo, no es el elemento esencialmente humano: otro asunto es que el lenguaje intraespecie humano, el cual tiene una complejidad que no tiene ningún otro sistema lingüistico, la cual proviene -precisamente- de la complejidad de sus procesos de trabajo. Que el lenguaje provenga del trabajo, quiere decir que surge a partir de las formas específicas que tiene el ser humano para producir los medios que satisfacen sus necesidades y reproducen su vida.

Producción y relaciones sociales

Este elemento es esencial: para el marxismo el ser humano es, ante todo, un animal que produce sus medios de vida y que de esa forma se produce a sí mismo (La ideología alemana). La consciencia, el lenguaje, son resultado de este proceso. Es en este ámbito -el de la producción- donde el ser humano en su proceso de evolución incorporó el tratamiento de los animales como recurso alimentario. Según Engels, esto contribuyó al desarrollo cerebral:

«...el hábito a combinar la carne con la dieta vegetal contribuyó poderosamente a dar fuerza física e independencia al hombre en formación. Pero donde más se manifestó la influencia de la dieta cárnea fue en el cerebro, que recibió así en mucha mayor cantidad que antes las substancias necesarias para su alimentación y desarrollo, con lo que su perfeccionamiento fue haciéndose mayor y más rápido de generación en generación. Debemos reconocer -y perdonen los señores vegetarianos- que no ha sido sin el consumo de la carne como el hombre ha llegado a ser hombre».

No está demás insistir en que Engels está dando cuenta de lo que ha sucedido en el proceso de evolución humana, según el estado de la ciencia de su época. Engels no está discutiendo si está bien o mal -moralmente hablando- que el ser humano consuma carne: eso es el debate del animalismo. Engels simplemente da cuenta de un hecho productivo-alimentario.

Pero el teórico revolucionario también hablaba de animales con sentimientos de gratitud, con actos conscientes y rudimentos de lenguaje que interactúan con los seres humanos no sólo como una “materia-objeto”, sino como “agentes” -para no usar el concepto de “sujeto” referenciado tradicionalmente en el ser humano. El loro insultando a unos marineros del cual habla Engels, tiene un potencial muy distinto al de una piedra respecto a su interacción con las relaciones sociales humanas: puede generar carcajadas, enojos, perplejidad, etc. ¿De qué manera los animales pasaron de ser un alimento a ser “animales de compañía”, “mascotas”? La domesticación por fines productivos abrió paso a un nuevo tipo de interacción humana con los animales en las que surgieron lazos afectivos, modos de comunicación específicos, sentimientos, etc.

¿Cómo se desarrollan estas dos relaciones -productiva y afectiva- de humanos y animales en la actualidad? Ambas han cambiado. Las relaciones afectivas son ampliamente reconocidas, hace no mucho en el Congreso, por ejemplo, se discutía una ley para otorgar licencia médica cuando muere una mascota, pues la tristeza que se genera es similar a la que genera la muerte de un familiar. Se instalan nociones como la “tenencia responsable”, existe la “ley Cholito”, etc.

Por otra parte y sin afán de agotar las posibles respuestas a esta pregunta, el ejemplo de la producción de carne de vacuno y productos lácteos en la actualidad es sumamente ilustrado de la manera en que se da la relación productiva con los animales:

«Una vaca alimentada sólo con pasto en la pradera, el método tradicional, demora en engordar y estar en condiciones de ser sacrificada entre tres y cuatro años. Hoy, esa misma vaca, con manejo genético, alimentada en centros de cebamiento con piensos fabricados con desechos de carne de oveja, puede estar lista para el sacrificio en un tercio de ese tiempo, además de optimizarse su rendimiento en un alto porcentaje .Todo lo cual representa una rentabilidad muy superior respecto del sistema tradicional» (EL “MAL DE LAS VACAS LOCAS”. UN TEMA DE BIOÉTICA EN LOS NUEVOS ESCENARIOS, José Miguel Vera Lara, 2001).

Las granjas avícolas, también son una muestra de esta lógica de productividad:

«...están estructuradas en función de la productividad de sus inquilinos. Es decir, las aves permanecen hacinadas en espacios y circunstancias muy precarias, de por vida. En esas circunstancias, ellas producen huevos bajo presión y luz ininterrumpida, son alimentadas con harinas de pescado, hormonas y otros compuestos entre los que se incluyen antibióticos, vacunas y complejos vitamínicos» (ÍDEM).

El mundo capitalista que habitamos se rige por la lógica de la producción de mercancías, es decir, los productos que satisfacen necesidades humanas concretas como comer o vestirse, los valores de uso, son al mismo tiempo, valores de cambio, productos transables en el mercado. Las grandes compañías que producen carne a nivel global buscan incrementar su productividad al menor costo posible para inundar el mercado con sus productos que en las condiciones del presente son necesarios para millones de seres humanos. Utilizan los avances de la biotecnología y la ingeniería genética para aumentar esa productividad. Operando esta lógica, la producción de carne se ha quintuplicado desde 1960, dada la rentabilidad de esta industria. Este crecimiento incluso ha traído consecuencias como la emisión de gases de efecto invernadero y nuevas enfermedades, como en su momento el “mal de las vacas locas”. En Chile tenemos casos como el de la planta de cerdos de Agrosuper en Freirina. El mercado pesa más que la salud pública y el medioambiente. De esta manera la industria de la carne incrementa su capital.

En este escenario ¿de qué puede servir el imperativo de no hacer sufrir a los seres sintientes que se desprende del animalismo? Construir una ética basada en la disminución del sufrimiento resulta completamente infructífero ante los intereses del capital tras la industria cárnica. Salvo que se crea que los animales dejarán de sufrir gracias a una generalización de su reconocimiento ético-legal como seres sintientes.

Ante el cálculo de rentabilidad que implica producir carne en la sociedad actual, en la que millones de seres humanos consumen este producto, defender el imperativo de no hacer sufrir a los animales, no incide en nada mientras las palancas de la producción -que generan necesidades- permanezcan en manos del capital.

Por el contrario, arrebatar las palancas de la producción de manos del capital y socializarlas, haciéndolas funcionar con el fin de satisfacer las necesidades sociales en armonía con el medioambiente y la salud pública, es lo único que podría modificar en términos sustantivos los métodos de producción convulsivos que existen en la actualidad y que no tienen miramientos ni en las consecuencias en la salud ni en el medioambiente. Esto es una política socialista.

Una política de estas características en vez de esperanzarse en una prédica moral contra el sufrimiento, pone su confianza en la capacidad que tiene la clase trabajadora como clase productora para gestionar de manera directa los resortes de la producción y planificar la economía en conjunto con la población. Sólo de esa manera se podrían cambiar las actuales maneras de producir carne bovina por ejemplo. O avanzar al desarrollo de tecnologías para producir sustitutos que cumplan lo necesario para la salud humana y el cuidado del medioambiente. No confía en la moralización de la discusión sobre la producción o el consumo de carne: no se es o más de izquierda o más de derecha por comer carne, mejor o peor persona por trabajar en un fundo donde se crían vacas para extraer la leche. La lucha contra la sociedad capitalista, además, puede dar momentos de suma necesidad en el caso de que los trabajadores lleguen al poder, obligando a planificar la producción de acuerdo a las urgencias, con los medios heredados del capitalismo.

El socialismo implica recomponer el metabolismo del ser humano con la naturaleza de la cual es parte: por esa razón no celebra los métodos de producción capitalista que confronta a la clase productora al sufrimiento animal, que contaminan y dan origen a un producto con consecuencias negativas para la salud. Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas en una economía planificada al servicio de la sociedad permita crear nuevas necesidades, se modificarán radicalmente las actuales maneras de relacionarse los humanos y los animales.


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Yuri Peña

Estudiante de Lic. en Historia Universidad de Chile. Militante de Vencer y Pan&Rosas.
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