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Red Internacional

Mundial. El partido fantasma y el juego sucio de la FIFA

La copa del mundo no sólo representa a un juego amado por millones de personas, sino también es la expresión de los poderosos intereses que están detrás de su organización cada 4 años y en donde la política siempre asoma la cabeza.

Lunes 28 de noviembre de 2022 | 20:25

Durante buena parte del siglo XX y lo llevamos del XXI, el fútbol ha sido una herramienta política de los Estados para influir en las masas trabajadoras, pues los gobiernos son conscientes de la pasión que levanta el deporte. En este sentido vale la pena recordar algunos ejemplos históricos del uso político del fútbol. El dirigente fascista Benito Mussolini intervino directamente en la liga italiana para asegurar un nivel competitivo de los equipos locales, lo que fue determinante para que Italia fuera por primera vez campeona del mundo.

En América Latina el proceder de diferentes gobiernos fue más o menos igual. En Brasil la dictadura usaba al balompié como válvula de escape del descontento que producía la violencia estatal. Por su parte, en Argentina, la junta cívico-militar consideró como una prioridad que su selección ganará la copa del mundo en 1978 para legitimarse ante los ojos de la mayoría de la población.

La dictadura de Augusto Pinochet en Chile no fue la excepción. Luego del golpe militar en 1973 y la implementación de políticas neoliberales (las primeras en la región) el régimen necesitaba distractores para aliviar la tensión generada por la persecución y las políticas anti obreras, así cómo generar un sentimiento de unidad nacional alrededor del gobierno.

En este contexto se disputaron las eliminatorias para el mundial de Alemania 1974. La Confederación Sudamericana de Futbol (Conmebol), disponía de 3.5 plazas de las 16 totales para el certamen mundialista. Sin embargo, una de esos cupos fue asignado directamente a Brasil por haber sido campeón en México 1970, por lo que 9 selecciones disputarían 2.5 lugares restantes. El medio lugar restante debía medirse ante la Unión Soviética para decidir qué selección iría al mundial, así quedó pactado Chile vs. URSS. El primer encuentro se jugó en Moscú ante 60 mil aficionados y terminó con un 0-0 gracias a la férrea defensa chilena.

El segundo partido debía jugarse en Chile, en el Estadio Nacional. Dicho recinto se volvió tristemente famoso gracias a que, a raíz del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, miles de detenidos fueron trasladados a dicho lugar, en donde se les torturó, asesinó y desapareció. Por tales motivos, la federación de fútbol de la URSS se negó mandar a su selección a jugar y solicitó el cambió a una sede neutral. Ante el escándalo, la FIFA envió una comisión a inspeccionar el estadio, pero de acuerdo a sus informes no encontraron nada fuera de lo común, en una clara actitud cómplice con la dictadura.

La FIFA exigió que se llevará acabo el juego a lo que los soviéticos se negaron rotundamente y su selección ni si quiera realizó el viaje. Sin embargo, la FIFA demando que el equipo chileno debía saltar a la cancha y anotar al menos un gol (a pesar de que la URSS perdería por default).

El 21 de noviembre de 1973 el combinado chileno salió a la cancha del Estadio Nacional ante un público de aproximadamente 17 mil personas. Los pocos asistentes estaban rodeados por cientos de militares con fusil en mano. Se dio el saque inicial y avanzaron en solitario para que el capitán Francisco “Chamaco” Váldes anotara el único gol en un vergonzoso ritual y así gana el “partido fantasma”. Elías Figueroa en entrevista con Axel Pickett recordó que “Fue el teatro del absurdo. Ni con los amigos se juega así. Incluso el árbitro era chileno”. Luego de esto, el equipo brasileño Santos entró al campo y jugó un partido amistoso con la Roja para tratar de “justificar” tan bochornosa situación.

FIFA como empresa capitalista

El relato anterior ilustra de la forma más dramática posible el operar de la FIFA: como una empresa capitalista de un doble discurso que sólo vela por las ganancias y no teme aliarse con dictaduras asesinas o con violadores de derechos humanos con tal de cumplir sus cometidos.

El mundial de Qatar 2022 ha sido otra prueba contundente de esta política. No olvidemos que la asignación del país de medio oriente como sede de la copa del mundo fue marcado por el escándalo desde el inicio, porque se denunció que la monarquía catarí sobornó y actuó en contubernio con altos funcionarios de la FIFA para ganar la candidatura.

Asimismo, desde que se empezaron a construir los estadios mundialistas se denunció que los obreros (en su mayoría inmigrantes) se encontraban en pésimas condiciones laborales y para el inicio del torneo, al menos habían muerto 6 mil trabajadores. Es decir, que los partidos del mundial se juegan sobre la sangre de los obreros y las ganancias se quedan en unas cuantas manos y excluyendo al grueso de la población del país anfitrión.

Sí lo anterior no bastará, la FIFA siempre se ha jactado de que el fútbol no se debe “mezclar” con cuestiones políticas, pero aquí juega sucio, porque mientras la federación del fútbol manda callar manifestaciones por los derechos humanos de la comunidad sexo-diversa (prohibiendo el uso del brazalete multicolor) o de las mujeres, encumbra a un gobierno represor y que solo garantiza las ganancias de los altos jerarcas del deporte.

Obviamente para la FIFA no toda expresión política está mal. Es posible que cuando juegue Polonia, veamos a Lewandowski luciendo una cinta de capitán con los colores ucranianos. Esa manifestación sí la permite la FIFA, pero cuidado que alguien saque una bandera para denunciar los ataques constantes que recibe Palestina del ejército israelí.

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