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SUPLEMENTO

El capitalismo es un virus: cadenas de valor y lucha de clases en EE. UU.

Jimena Vergara

James Dennis Hoff

CORONAVIRUS
Imagen: Left Voice

El capitalismo es un virus: cadenas de valor y lucha de clases en EE. UU.

Jimena Vergara

James Dennis Hoff

[Desde Nueva York] El coronavirus se extendió por todo el mundo a través de los circuitos de capital y las cadenas de valor, dividiendo a la clase obrera y poniendo en riesgo a millones de trabajadores de primera línea. Reorganizar las fuerzas del proletariado para responder a esta amenaza es el único camino.

Belokamenka es una comunidad rural en el ártico ruso con una población permanente de solo 85 personas. La localidad está a cientos de kilómetros de cualquier cosa que se parezca a una ciudad y es uno de los últimos lugares donde se esperaría un brote importante de COVID-19. Y sin embargo, a finales de abril, más de 200 residentes temporales –trabajadores de la construcción de una instalación de suministro de gas natural licuado– fueron diagnosticados con la enfermedad. El brote se extendió rápidamente por las casi 250 hectáreas de la obra en construcción, en gran parte debido a las condiciones de vida de los trabajadores y a la total falta de medidas de distanciamiento social. ¿Pero cómo se las arregló el virus para llegar a un lugar tan remoto? ¿Cómo una enfermedad que fue originalmente detectada en Wuhan, China, logró llegar a los lugares más lejanos del mundo en tan poco tiempo, a pesar de todos los esfuerzos para contenerla? La respuesta es simple: la enfermedad se propagó tan rápidamente –más rápido que cualquier virus anterior– siguiendo los mismos circuitos que conectan la cadena de suministros global just in time [justo a tiempo, N. del T.] una cadena que se alimenta del tipo de energía barata que la instalación de Belokamenka hace posible y del tipo de mano de obra inmigrante, también barata, necesaria para construir tal instalación. Si bien los virus humanos han seguido frecuentemente el flujo de las mercancías –la peste bubónica, por ejemplo, se diseminó a través de rutas comerciales durante años– la velocidad y la escala masiva del capitalismo globalizado produjo un escenario en el que las enfermedades pueden propagarse por todo el planeta en cuestión de semanas. A este respecto, COVID-19 es la primera gran pandemia de la era del capitalismo global.

Sin embargo, como explica el intelectual estadounidense Kim Moody, los mismos circuitos que permitieron que tanto los productos como las enfermedades viajen por el mundo a la velocidad del rayo solo son posibles gracias a la mano de obra altamente explotada de millones de trabajadores de logística de un puñado de empresas, y por lo tanto estos circuitos son extremadamente vulnerables a las perturbaciones. Como explica Moody:

Tres décadas de racionalización y perfeccionamiento del movimiento de mercancías a lo largo de cadenas de suministros mejoradas por la tecnología, pero que requieren mucha mano de obra, han acelerado la velocidad de la transmisión de enfermedades, así como el movimiento de productos básicos y dinero. Pero la velocidad de estas tensas arterias de comercio también ha aumentado su vulnerabilidad a las interrupciones.

La ventaja competitiva que proporcionan estas cadenas de suministro depende casi enteramente de su capacidad para llevar los productos básicos y las materias primas a donde deben estar exactamente y cuando se necesitan. Cualquier pequeña interrupción en el camino puede llevar todo el proceso al caos y costar a las empresas millones o decenas de millones de dólares al día en gastos o pérdida de beneficios. Para Moody, la lección aquí es obvia. La tendencia del capitalismo a maximizar la eficiencia y sus intentos de exprimirle el valor a cada minuto del proceso de producción y distribución, significan que los trabajadores de las industrias que hacen posible estas cadenas de suministro (sin mencionar a los que trabajan en la producción de alto valor agregado cerca de los centros de logística y los que ayudan a producir y mantener la infraestructura logística) tienen un enorme influencia potencial. En efecto, la naturaleza de la cadena de suministro internacional muestra que, a pesar de toda la tecnología avanzada que hay detrás del capitalismo mundial, sigue siendo la clase trabajadora la que hace funcionar el mundo, y es la clase trabajadora la que tiene el poder de pararlo.

No es sorprendente que estos trabajadores esenciales, los que trabajan duro o ayudan a mantener los muchos eslabones de la cadena de suministro mundial, sean también algunos de los más vulnerables. Mientras que millones de trabajadores fueron despedidos y arrojados a la pobreza, los que todavía están en la primera línea de la distribución, el transporte y la producción de alimentos y energía se ven obligados a correr los mayores riesgos, a menudo con las malas medidas de protección. Los trabajadores migrantes de Belokamenka, por ejemplo, no tenían equipo de protección personal, ni guantes, ni máscaras, ni antisépticos. En Estados Unidos, el personal de los centros de distribución y los que hacen entregas se ven obligado a trabajar en instalaciones donde ya se ha detectado el virus, muchas veces sin el equipo de protección personal adecuado. Mientras tanto, los trabajadores del procesamiento de alimentos en todo el país, en particular en las plantas de carne y aves de corral, conviven con tasas de infección superiores al 50% en algunos lugares. Muchos de estos trabajadores de primera línea son afroamericanos y latinos pobres que viven al día y no pueden permitirse dejar de trabajar durante la cuarentena. Los trabajadores indocumentados en particular, debido a que no reciben ningún tipo de alivio del "paquete de estímulo", no tienen derecho al seguro de desempleo y están sujetos a deportación en cualquier momento, se ven efectivamente obligados a trabajar en condiciones inseguras o se enfrentan a la ruina económica.

Lucha de clases en la pandemia

En respuesta a estas condiciones calamitosas, los trabajadores de primera línea de todo Estados Unidos, los que siguen trabajando, se han levantado para proteger sus vidas y sus medios de subsistencia. Según el sitio PayDay Report, hubo más de 190 huelgas salvajes en todo el país desde principios de marzo. Muchas de estas acciones y huelgas fueron en industrias vitales para la producción y distribución de bienes básicos. Desde trabajadores de almacenes y fábricas hasta personal de asilos, carpinteros, empleados de tiendas de comestibles y repartidores, los trabajadores han encabezado huelgas, paros y faltazos masivos exigiendo desde condiciones de trabajo más seguras y equipos personales de protección hasta licencias por enfermedad remuneradas, pagos por trabajo de riesgo y subas de salarios. En el estado de Massachusetts, por ejemplo, 13.000 carpinteros se negaron a trabajar debido a las condiciones inseguras causadas por el virus. Los trabajadores de General Electric en Massachusetts también protestaron demandando la reconversión de su fábrica para producir los tan necesitados respiradores, demostrando que los trabajadores tienen soluciones para la pandemia. En California, cientos de trabajadores de la comida rápida se declararon en huelga en reclamo de un plus por trabajo insalubre y licencias por enfermedad pagas, mientras que en Nebraska, trabajadores de una planta de procesamiento de carne de cerdo de la empresa Smithfield abandonaron sus puestos de trabajo después de que cincuenta de sus compañeros de trabajo dieran positivo en la prueba de COVID-19. Esta acción es un desafío abierto al presidente Trump que intentan obligar a las empacadoras de carne a permanecer abiertas a toda costa. El 1.º de mayo, trabajadores de algunas de las mayores empresas de logística y entrega del país, como Amazon, Whole Foods y Target, convocaron huelgas en toda la industria y, aunque no tuvieron éxito (resultaron ser más bien protestas que huelgas), estas manifestaciones demuestran, no obstante, que muchos trabajadores están cada vez más abiertos a acciones colectivas y dispuestos a luchar.

Además de las acciones en el lugar de trabajo como estas, otros trabajadores de Estados Unidos, incluidos muchos de la salud, se han estado organizando en defensa de los más oprimidos. En los hospitales de todo el país, las enfermeras protestan para exigir equipos de protección personal (EPP) adecuados e incluso se han unido a las filas de los trabajadores en huelga en los almacenes de Amazon, así como a otros trabajadores esenciales y a las comunidades afroamericanas y latinas más afectadas por la crisis. Mientras tanto, muchos otros trabajadores empleados y desempleados organizan incansablemente movimientos para una huelga masiva de alquileres y para la liberación de los trabajadores encarcelados atrapados en centros de detención de inmigrantes y prisiones superpoblados e inseguros. Este es el caso de las huelgas de inquilinos que piden congelar los alquileres o el movimiento Free Them All [Libérenlos a todos, N. del T.] que demanda el cierre de los centros de detención de inmigrantes y la abolición de las prisiones, respectivamente.

Como las huelgas del Día del Trabajador, la mayoría de estas acciones han sido ilegales o huelgas salvajes, a menudo en lugares de trabajo no sindicalizados donde no hay un liderazgo burocrático que las detenga. También fueron en su mayoría de carácter defensivo, centradas en la salud, la seguridad, las licencias por enfermedad y la protección de los salarios durante la pandemia. Y, con la excepción de las huelgas del 1.º de mayo, que en cierta medida se coordinaron en toda la industria de distribución de alimentos y comestibles, la mayoría se limitaron a algún lugar de trabajo en particular. Si bien el número de huelgas es ciertamente histórico, la mayoría fue en gran medida espontánea, dirigida por un pequeño sector de los trabajadores más avanzados. Todavía no se ha desarrollado al nivel de la lucha de masas necesaria para obtener triunfos reales para los trabajadores de ramas industriales enteras, y mucho menos para la clase en su conjunto. De hecho, aunque la pandemia ha aumentado considerablemente la lucha de clases entre los llamados trabajadores "esenciales", también ha exacerbado y puesto de relieve las divisiones ya existentes dentro de la clase obrera en general.

La naturaleza de la pandemia y la cuarentena han dividido a la clase obrera en varios sectores. Por un lado, están los millones de trabajadores que pueden trabajar con seguridad desde sus casas con –al menos por el momento– un mínimo de trastornos económicos o sociales. Por otro lado, están los trabajadores esenciales, muchos de ellos en la logística, la producción y la entrega, que no tienen más remedio que seguir trabajando, haciendo posible que otros permanezcan protegidos en el lugar. Este segundo grupo, por supuesto, también incluye a los trabajadores de la salud de primera línea, enfermeras y médicos tienen mayor seguridad económica pero también más vulnerabilidad al contagio. Pero hay además un tercer grupo de trabajadores: los desempleados. Según estadísticas oficiales, más de 36,5 millones de trabajadores pidieron el seguro de desempleo desde marzo. Aunque es enorme, esta cifra ni siquiera incluye a los que no califican, como los millones de trabajadores inmigrantes que fueron despedidos de restaurantes o quienes no pudieron solicitarlo porque las oficinas estatales de desempleo están tan sobrecargadas de solicitudes.

El capital, por supuesto, siempre ha buscado dividir a la clase trabajadora. Privilegiando a ciertos trabajadores (normalmente siguiendo líneas raciales) y manteniendo un ejército de reserva de mano de obra excedente cuya pobreza opera como una advertencia a otros trabajadores y cuya desesperación por el trabajo hace bajar los salarios y limita la lucha, el capital debilita el poder colectivo de la clase. Pero la pandemia y las consecuencias económicas resultantes exacerbaron estas divisiones. Al mismo tiempo, sin embargo, la crisis hizo más evidente que nunca el poder colectivo de la clase obrera. El desafío que tenemos ante nosotros, entonces, es el siguiente: ¿cómo conectar las luchas actuales de los trabajadores (especialmente los precarios de la primera línea) con las luchas e intereses del conjunto de la clase, incluidos los que actualmente están sin empleo? ¿Y cómo utilizamos esta unidad para construir una clase capaz de derrotar los ataques capitalistas y abrir el camino de la luchar por un nuevo orden socialista y triunfar?

El obstáculo de la burocracia sindical

Aunque es seductor ver la naturaleza espontánea de la actual lucha de clases como un repudio a la necesidad de mano de obra organizada para la lucha de clases a gran escala, el hecho es que cualquier acción coordinada capaz de construir la fuerza de la clase obrera es imposible sin la capacidad de organización de masas de los sindicatos nacionales y sus afiliados. Lamentablemente, la naturaleza conservadora de la dirección de los sindicatos significa que cualquier acción colectiva de este tipo será improbable sin una confrontación directa con la burocracia sindical. De hecho, con algunas excepciones notables, hasta ahora la mayoría de los grandes sindicatos nacionales, incluidos el United Auto Workers, los Teamsters, la American Federation of Teachers y el Service Employees International Union [SIndicato de trabajadores de las industria automotriz, camioneros, Federación Americana de Profesores y el Sindicato Internacional de Empleados de Servicios respectivamente, N. del T.] se contentan con negociar los términos de la cuarentena a través de los procesos habituales de negociación colectiva, lobby y acuerdos a puerta cerrada entre la dirección de los sindicatos, las empresas y los gobiernos estatales y federal. Por ejemplo, la Confederación Sindical Internacional (CSI), a la que pertenece la AFL-CIO [La Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales, la mayor central obrera de EE.UU. y Canadá, N. del T.], pidió lo que denomina "diálogo social" y coordinación entre "sindicatos, empleadores y gobiernos", alegando que esa coordinación es la única manera de asegurar que la gente "conserve la confianza en sus gobiernos" y garantice "un futuro pospandémico que no deje a nadie atrás". Esto muestra claramente que todo el aparato de la burocracia sindical es poco más que un socio menor del capital.

Sin embargo, esta crisis no se parece a ninguna otra que hayamos visto antes. El próximo colapso económico y la dura austeridad que probablemente le seguirá son precisamente el tipo de eventos capaces de empujar a los sindicatos a la izquierda. Es muy probable, por ejemplo, que los sindicatos vayan a tener que hacer frente a enormes presiones para hacer concesiones a raíz de la pandemia. Los recortes estatales y federales en la educación y los servicios públicos en particular afectarán especialmente a la fuerza de trabajo del sector público, que es, con mucho, el mayor sector de trabajadores sindicalizados del país. Para defenderse de la amenaza existencial de tales ataques, los sindicatos se verán obligados casi con toda seguridad a adoptar posiciones más firmes y a propugnar acciones defensivas más radicales en el próximo período.

Y aquí es donde entran en juego las bases. Si los sindicatos van a sobrevivir a esta crisis, tendrán que ser empujados por sus miembros a comprometerse en luchas más amplias y de mayor confrontación contra el Estado que incluyan la lucha en nombre de la clase en su conjunto. Las bases de los sindicatos tienen que exigir que los líderes sindicales rompan su tregua con el gobierno y las corporaciones y transformen sus organizaciones para convertirlas en armas de lucha de clases. Esto significa luchar por salud, seguridad y protección económica de todos los trabajadores, estén o no sindicados, incluidos los desempleados. Pero también significa que los sindicatos deben asumir la lucha contra los ataques racistas que sufren las comunidades negras y latinas y desarrollar un plan de lucha para que las organizaciones de trabajadores tomen la delantera en la lucha por su defensa.

La necesidad del Frente Único

A pesar de los crecientes niveles de lucha de clases, la epidemia ha cobrado un gran número de víctimas entre la clase trabajadora, que actualmente se encuentra duramente golpeada por el desempleo. Y desafortunadamente, lo peor está por venir. Por esta razón, los trabajadores necesitan dar una respuesta defensiva colectiva para enfrentar la crisis. Para aprovechar la debilidad de las cadenas de suministro del capital y la creciente ola de lucha de clases espontánea –que seguramente aumentará a medida que los trabajadores comiencen a regresar lentamente a sus lugares de trabajo– los socialistas revolucionarios y el pueblo trabajador necesitan hacer agitación para lograr una amplia unidad de clase, incluyendo a los trabajadores sindicalizados y no sindicalizados, los trabajadores indocumentados, los trabajadores encarcelados y los desempleados, a fin de enfrentar el poder de los patrones y el Estado. Por sí mismos, los sindicatos pueden ser capaces de ganar alguna pequeña demanda dentro de sus propios lugares de trabajo, pero tales logros se pierden fácilmente en otros lugares. Los trabajadores de la logística y la producción, como sugiere Moody, incluso los que no tienen sindicatos, pueden tener influencia para ganar salarios más altos o mayor seguridad laboral, pero sin una clase obrera unida, seguirán enfrentándose a la opresión y la explotación en su vida cotidiana. El ataque durante décadas a los servicios públicos y el aumento vertiginoso de los costos de la atención médica, la medicina, la educación y los alquileres son solo algunos ejemplos de las formas en que incluso los trabajadores bien pagados siguen siendo exprimidos fuera del lugar de trabajo. En el caso de las organizaciones comunitarias, es auspicioso que se movilicen por los derechos de los pobres urbanos y de las comunidades negras y latinas, pero las conquistas locales también pueden ser fácilmente anuladas, y se requiere una respuesta unificada de toda la clase para imponer una congelación de los alquileres al gobierno y ganar todos los derechos de la clase obrera negra y latina que sigue sufriendo la pobreza y el racismo del Estado y la violencia de los supremacistas blancos apoyados por Donald Trump.

Cualquier estrategia para ganar la mayor unidad posible de los trabajadores para defenderse de los ataques capitalistas –en este caso exacerbados por la pandemia y el peligro de la depresión económica– debe incluir la táctica del frente único de los trabajadores. Aunque los sindicatos son clave para promover esta unidad, la verdadera tarea del frente único es organizar a todos los sectores de la clase obrera, incluyendo aquellos que no están ya organizados. Esto no significa solo organizar nuevos sindicatos o reclutar más trabajadores en los sindicatos tradicionales, sino también encontrar formas creativas de llegar a sectores más amplios de la clase obrera, en particular al vasto ejército de desempleados y subempleados que crece cada día en el calor de la crisis. Para ello será necesario, al menos en parte, recuperar las lecciones del movimiento obrero de los años 30. Cuando la Gran Depresión empujó a la clase obrera al abismo, se comenzaron a establecer consejos de desempleo promovidos por la Trade Union Unity League (TUUL, Liga de Unidad Sindical, N. del T.) –una organización creada por el Partido Comunista de Estados Unidos (PCUSA), a pesar de su orientación sectaria hasta 1934 y luego su integración al Frente Popular con Roosevelt–. Este ejemplo se extendió a otros grupos y surgieron organizaciones y consejos en Chicago, Seattle, Ohio, West Virginia y Pennsylvania.

Además de la creación de tales organizaciones de desempleados, la construcción de un frente único de trabajadores en la época del coronavirus significa concretamente la organización de sindicatos y organizaciones comunitarias, sociales y políticas que representen los intereses de la clase, (¡y esto no incluye al Partido Demócrata!) en torno a un plan nacional de lucha y un conjunto unificado de demandas. Tal plataforma tendría que incluir: el cierre de las industrias no esenciales, la nacionalización del sistema de salud bajo el control de los trabajadores, la reducción del desempleo, la conversión de la producción para combatir la crisis, la congelación del pago de todos los alquileres y la creación de comités de autodefensa de los trabajadores contra los ataques racistas y la brutalidad policial contra afroamericanos, latinos e inmigrantes. Sin embargo, estas reivindicaciones no pueden venir solo de arriba, como tampoco se puede convocar una huelga general por decreto de los intelectuales de izquierda, sino que hay que desarrollarlas y luchar por ellas a través de la discusión y la lucha política en todos los sectores de la clase.

Las tareas de los socialistas

Para ayudar a construir el frente único, los socialistas en los sindicatos, comunidades y lugares de trabajo tienen que luchar por esta perspectiva. La tarea urgente de los socialistas en el movimiento obrero es asegurar la mayor unidad posible de las filas trabajadoras exigiendo a la burocracia que se pliegue a la lucha. Pero nuestro objetivo no termina ahí. Nuestra tarea es ampliar la influencia de los socialistas en el movimiento obrero y en los movimientos sociales, para impugnar las direcciones del reformismo y de la burocracia sindical. Dicho esto, no buscamos una unidad que permita a los reformistas y los burócratas sindicales mantener el control. Queremos el tipo de unidad que eleva la conciencia y las expectativas de los y las trabajadoras para ir más allá de lo que sus direcciones permiten actualmente. Como dijo León Trotsky: "Si los reformistas sabotean la lucha, se oponen a la disposición de las masas, nos reservamos el derecho de sostener la acción hasta el fin, prescindiendo de nuestros aliados temporales, como organización independiente".

Aunque algunos sectores de la izquierda han afirmado que las campañas del Partido Demócrata como las primarias de Sanders de 2016 y 2020 podrían utilizarse para unir a la clase obrera, tales tácticas tienen inevitablemente el efecto contrario. Incluso con un presupuesto de 200 millones de dólares, recaudados casi exclusivamente de los donantes de la clase obrera, la campaña de Sanders fracasó, dejando a esos donantes atados al mismo partido que sus explotadores. Lo que necesitamos en cambio es un partido independiente de la clase trabajadora que luche por el socialismo. En este sentido, el frente único como táctica tiene también un elemento estratégico, que es abrir el camino para el surgimiento de aquel nuevo partido, que sea capaz de impulsar sectores enteros de la clase hacia la militancia revolucionaria. Al mismo tiempo, la lucha por el frente único también permite a los socialistas influir en la clase obrera, romper su confianza en la democracia burguesa, en los patrones, en el gobierno y en todos los partidos capitalistas, y comenzar a abrazar la independencia de clase política que necesitamos para construir un mundo socialista.

Traducción: Nicolás Daneri

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Jimena Vergara

@JimenaVergaraO
Escribe en Left Voice, vive y trabaja en New York. Es una de las compiladoras del libro México en llamas.

James Dennis Hoff

Escritor, educador y activista, Universidad de Nueva York.
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