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Red Internacional

El 13 de abril de 2017, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la Resolución 71/L.61, designa el 21 de abril como Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, de manera que en 2018, se celebra el primer DMCI oficial.

Martes 21 de abril de 2020 | 17:21

El DMCI fue pensado como proyecto –meramente ilusorio- para promover el pensamiento creativo multidisciplinario para conseguir el futuro sostenible que queremos.

Sin embargo, y teniendo en cuenta que en México existen aproximadamente 90 millones de pobres, que más de un tercio de la población no cuenta con agua corriente cotidianamente en sus viviendas y que atravesamos una crisis sanitaria única en la historia, tanto por su letalidad como por sus implicaciones sociales, ¿Qué restricciones existen para el proletariado y campesinado mexicanos de sumarse al protocolo del DMCI?

Juventud precaria y creatividad

Según los tabuladores de salarios de la SEP en 2019, por hora, un maestro de secundaria gana en promedio $418.40 pesos mexicanos. En primaria, el tabulador indica un salario base de $321.90 pesos por hora, o bien, en jornada de 25 horas una base de $6,043.50 pesos hasta los $29,197.80 pesos. ¿Alcanza esto para vivir holgadamente y tener tiempo de ocio para diseñar clases más didácticas que incentiven el desarrollo “creativo” de los alumnos?

Es sabido que el sistema educativo en nuestro país se ha descompuesto, hecho que no solamente se expresa en el miserable porcentaje de gasto que proporciona el Estado (menos del 20%), sino también con crisis sociales como la violenta represión de la huelga magisterial en Oaxaca en 2006, o lo siniestro del caso Ayotzinapa en 2014, o más recientemente, en 2019, el paro por la dignificación de la labor docente en CCH-Naucalpan.

Los estudiantes no lo pasan mucho mejor; los más afortunados y que poseen medios para estar en casa, se ven hoy en día sujetos a insuficientes y antipedagógicas clases en línea que lejos de garantizar el aprendizaje, sobrecargan de tareas a los educandos.

Pero los jóvenes cuyos padres o familiares han sido echados a las calles con motivo de la cuarentena (y que son mayoría), están obligados a emplearse para aportar algún sustento al hogar: subcontratados, en comercios ambulantes o informales, con salarios miserables, en condiciones pésimas y en muchos casos con posibilidades de sufrir una detención por parte de la policía o la GN, por no permanecer en casa haciendo la cuarentena.

Ante este atroz panorama, ¿nos queda verdaderamente tiempo para soñar con tomar clases de ballet, de piano, de inglés? ¿Nos queda dinero para pagar una escuela de artes plásticas o costearnos una carrera de arquitectura? ¿Hay siquiera campo laboral bien remunerado y con plazas suficientes para todos en una carrera como cinematografía o teatro? En conclusión: si la educación fructífera está destinada a las manos de unos cuantos (de los cuales al menos tres cuartos son estudiantes que han llegado a culminar la carrera a base de sacrificios), no podemos esperar entonces que la creatividad y la innovación sean irrestrictas para todos.

Si bien es cierto que las calles de los barrios rebosan de grafittis excepcionales, de tatuadores con maestría, de jóvenes que son ayudantes de albañil, de carpintero, de mecánico y que con sus conocimientos podrían hacer cosas maravillosas en beneficio de sus colonias, ¿qué acciones estamos viendo de parte del gobierno para mejorar la calidad de vida de estas personas? ¿Por qué se prefiere gastar presupuesto en militarizar nuestras calles que en dotar de licencias de sueldo a todos los desempleados y a sus familias? Es momento de exigir que necesitamos más escuelas, más hospitales y menos fuerzas armadas.

DMCI al servicio del capital

“Poner la creatividad y la innovación al servicio de conseguir el futuro sostenible que queremos”, es, según la ONU, el objetivo del DMCI, sin embargo, para quienes nos referenciamos en el trotskismo, no es posible que exista un futuro sostenible bajo el depredatismo acelerado del capitalismo, que permite derrames de petróleo en el Golfo de México, que llevó a la extinción al mamífero conocido como “vaquita marina”, que firmó el protocolo de Kyoto únicamente para aparentar y que arrasa con la Amazonia para incrementar sus ganancias.

El estado capitalista que dijo absurdamente que la solución a la catástrofe ambiental está en “no usar popote”, es el mismo que asesina defensores de la tierra.

A esta clase de sistema inhumano es que se procura destinar los avances tecnológicos y las ideas que pudiera tener la población, ¿para qué, si tenemos la fortuna de que la maquinaria más especializada está siendo usada en la producción de empaques secundarios por las empresas “socialmente responsables”, en vez de ser utilizada en la tecnificación del trabajo de todos los obreros para así reducir sus cargas laborales? ¿Para qué, si a los ingenieros civiles se les emplea para contribuir a un proyecto ecocida y que desplaza comunidades indígenas, como lo es el Tren Maya, antes que para construir viviendas para los sin techo? ¿Para qué, si un geógrafo-urbanista solo puede aspirar a ser profesor, ganando $320 por hora en la UNAM, antes que contribuir a planear ciudades donde sea menos probable que existan deslaves o inundaciones?

Hoy por hoy, la creatividad y la innovación, se han erigido como “la verdadera riqueza de las naciones”, según el Informe sobre la economía creativa "Ampliar los cauces de desarrollo local"(2013). La publicación de este informe es una colaboración de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura UNESCO, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Oficina de las Naciones Unidas para la Cooperación Sur-Sur (UNOSSC).

En este entendido, podemos hablar de que dentro de la ética capitalista se ve a la creatividad y la innovación como rasgos de opulencia de las naciones, es decir, como herramientas de competencia económica y no como condiciones de bienestar al alcance de todos los seres humanos.

Particularmente en México, podemos afirmar que no existe una realidad para que todos participemos del DMCI, porque la clase trabajadora existe a condición de que la desigualdad de clases, es decir que no es un “accidente” que haya explotación. Si hay un ejército de desempleados en casa, es porque son la reserva que la patronal necesita cuando mueran los trabajadores que hoy arriesgan sus vidas en ambientes deplorables. La explotación es la manera que tiene el capitalismo de incluirnos y “acogernos en su seno”.

Es por esto que no existe capitalismo con rostro humano, por lo que desde la Agrupación Juvenil Anticapitalista decimos que CAPITALISMO VERDE TAMBIÉN ES MUERTE, así como hacemos un llamado a todos quienes nos lean a ponerse en contacto con nosotros, ya que, como enuncia L. Trotsky en su Programa de Transición: “Solo una organización de clase puede expresar las verdaderas necesidades de la juventud trabajadora, la cual debe de ser consciente de los objetivos históricos y las necesidades de su clase”.




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