ECOLOGÍA Y MEDIOAMBIENTE

Día Mundial del Medioambiente 2020: letal combinación de pandemia y crisis climática

La pandemia del Covid-19 volvió a poner sobre el tapete la devastación del capitalismo sobre el planeta. Cuando acabe, todavía seguirá la amenaza de la crisis climática.

Valeria Foglia

@valeriafgl

Viernes 5 de junio | 11:01

Foto: incendio del Amazonas en 2019

La biodiversidad es el tema elegido para el Día Mundial del Medioambiente que se celebra hoy en plena pandemia del coronavirus. Esta conmemoración fue establecida por la ONU en 1974 y la sede elegida para representarlo en 2020 es Colombia.

“Eventos recientes, como los incendios forestales sin precedentes en Brasil, California y Australia, la invasión de langostas en el Cuerno de África y ahora la pandemia de Covid-19 demuestran la relación inextricable entre los humanos y las redes de la vida en las que vivimos”, aseguran desde la ONU. Sí: hablar de "los humanos" sin distinción de clases es una marca registrada de esta organización imperialista.

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"La naturaleza se abre paso", decían en medios y redes sociales a comienzos del confinamiento obligatorio, la paralización de actividades económicas y las medidas de distanciamiento social en grandes ciudades donde en tiempos "normales" reinan la polución, las emisiones de gases de efecto invernadero, la suciedad y el hacinamiento. “La naturaleza nos está enviando un mensaje”, coinciden desde Naciones Unidas, en cuya declaración advierten que gracias a “la deforestación, la invasión de hábitats de vida silvestre, la agricultura intensiva y la aceleración del cambio climático” se alteró el balance del sistema terrestre. Pero este tipo de mensajes sucumbe a la visión simplista e interesada de que la humanidad a secas es responsable de la destrucción planetaria, como si cada uno de nosotros pudiera decidir y planificar qué, cómo, cuánto y para qué se produce, circula y consume.

Sin embargo, una vez acabada la cuarentena, lo que a todas luces puede esperarse es el tan temido “efecto rebote”, como ocurre en China, donde la contaminación en el aire ha llegado a niveles incluso más altos que antes del coronavirus.

Si sobre biodiversidad hablamos, Charlie Gardner, especialista en ecología y conservación de especies de la Universidad de Kent, advirtió en un artículo en The Conversation que esta imagen idílica de cómo la naturaleza se abre paso en medio de la pandemia se limita solo a los países industrializados. “La mayor parte de la biodiversidad del mundo se encuentra en países de bajos ingresos y economías emergentes del sur, y en esos lugares los impactos económicos de la pandemia probablemente serán devastadores para el mundo natural”, sostiene. ¿Por qué? Porque quienes no tengan otra opción deberán recurrir a alimentarse en base a animales salvajes y plantas. No sería la primera ni la última vez que el capitalismo arrojara a poblaciones pobres al éxodo y a actividades riesgosas para el medioambiente y para sí mismos.

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El panorama se complica al combinar la pandemia con la crisis ecológica global. Y es que la devastación industrial de la biodiversidad sobre el planeta tiene todo que ver con la proliferación y la expansión de virus. Para el biólogo norteamericano Rob Wallace, el Covid-19 no es un imprevisto si se considera que el agronegocio dio “vía libre” para que distintos patógenos, cada vez más peligrosos, lleguen hasta el transporte público y demás áreas de grandes ciudades. La imagen del día elegida el 20 de mayo por el Observatorio de la Tierra de la NASA es categórica: muestra la devastación del Gran Chaco, la segunda ecorregión boscosa más importante del continente, a causa de la expansión de la frontera agrícola y el monocultivo. “El 20 % del bosque se convirtió en tierras de cultivo o tierras de pastoreo entre 1985 y 2013”, indicaron.

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Hasta la ONU reconoce que “alrededor de un 75 % de todas las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son zoonóticas, lo que significa que se transmiten de animales a personas”. Y agregan que unas mil millones de personas se contagian cada año y millones mueren a causa de enfermedades causadas por los coronavirus.

Argentina, así como Brasil, Paraguay y Bolivia, forma parte de lo que Wallace denomina “repúblicas de soja”, donde regiones enteras quedan libradas a la expansión de la frontera agrícola a partir de prácticas extractivistas que redundan en desmontes, desertificación y fumigación con pesticidas. Moles multinacionales son responsables de generar nuevas epidemias a partir de la devastación de ecosistemas de bosques en los que estos virus “salvajes” estaban contenidos y desaparecían progresivamente. Al llegar a las ciudades a través del comercio, el turismo y el transporte, estos patógenos se encuentran con que las defensas provistas por el sistema público de salud son escasas y venidas a menos. La limitada habilitación de elementos de bioseguridad y la pobreza también harán su parte, como denuncia el personal de salud de la primera línea.

De este uso irracional de la tierra proviene una cuarta parte de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, que son los responsables del calentamiento global. El agronegocio aporta las emisiones de dióxido de carbono a partir de la deforestación, las emisiones de metano del arroz y el ganado rumiante y las de óxido nitroso por los agrotóxicos.

Década tras década, los bosques nativos nos han venido “salvando” no solo de virus, sino también de una mayor concentración de dióxido de carbono. Son sumideros naturales que absorben y capturan mediante la fotosíntesis el dióxido de carbono atmosférico, devolviendo oxígeno a la misma. Gracias a este almacenamiento se reduce la concentración de dióxido de carbono en el aire, lo cual impacta favorablemente en el balance de la temperatura terrestre.

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Cuando esta voraz pandemia acabe, la humanidad seguirá expuesta al enorme desafío de enfrentar y mitigar la crisis climática, uno de los legados destructivos del capitalismo sobre la faz de la Tierra. Como vimos en China y se espera en otros países al salir del encierro, sus consecuencias podrían ser aún peores para la biodiversidad y nuestra propia supervivencia. Imposible combatir esta crisis y la desigualdad social si no se cuestionan profundamente las relaciones y modelos de producción capitalistas que les dan origen.

Nada de esto cayó del cielo ni es producto de la mera existencia de los seres humanos. Y todo en ella muestra con claridad la decadencia de un sistema social orientado por el lucro, que somete a la gran mayoría a un tipo de organización económica y a decisiones que afectan sus formas de vida. Así como la pandemia ha expuesto en forma contundente quiénes son los esenciales que hacen andar al mundo (y quiénes los parásitos), la crisis climática y su consiguiente pérdida de biodiversidad también exponen a sus responsables y la alianza social necesaria para defender la vida en el planeta. La respuesta para nuestro futuro está de la mano de la juventud y el activismo ecologista que salieron masivamente a las calles en 2019 en las enormes huelgas climáticas, junto a la comunidad científica, la clase trabajadora y los sectores oprimidos por el racismo y el patriarcado.

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