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Red Internacional

Literatura. Desierto sonoro: cartografiar lo audible del paisaje es un acto de resistencia

Valeria Luiselli tiene una escritura muy fresca y, aunque habla sobre temas pesados como separaciones, inmigración ilegal o persecución a los pueblos originarios de América del Norte, es capaz de manejar muy bien la dinámica entre drama y humor.

Lunes 14 de noviembre | Edición del día

Desierto Sonoro es una novela de Valeria Luiselli editada en 2020 por Sigilo. Fue escrita originalmente en inglés (Lost children archive es su título original) y luego traducida al español por Daniel Saldaña París junto con la colaboración de la autora.

El último viaje en auto de una familia ensamblada, a través del desierto de los Estados Unidos, es el escenario donde transcurre todo. Desde el inicio ya se sabe el final: cuando llegue a destino esta pareja de documentalistas sonoros tomará rumbos diferentes: el quiebre es inevitable. Ambos se lanzan hacia la ruta en busca de dos historias que contar: él irá siguiendo las huellas sonoras de los últimos apaches –habitantes originarios del sur de los Estados Unidos y noreste de México– y ella irá tras el rastro de las infancias migrantes que cruzan la frontera abandonadas a su suerte. No se trata de saber cuál es el desenlace de estas historias, sino de desentrañar el cómo. El viaje es un umbral, un rito de pasaje, un puente que conecta a esta familia con lo desconocido. En el auto también viajan una niña, hija de ella, y un niño, hijo de él. Con diálogos verosímiles, un sentido del humor muy particular y narraciones que parecen más crónicas que ficción, Luiselli compone los personajes de las infancias con mucho respeto hacia ellas, como personas autónomas con su propia subjetividad, intentando comprender y sobrevivir en un mundo adultocéntrico.

“Le digo al niño:
Solo tienes que encontrar tu propia forma de entender el espacio, para que el resto de nosotros nos sintamos menos perdidos en el tiempo."

Cita extraída de Desierto Sonoro, escrito por Valeria Luiselli (p137).

Gestos como grabar, fotografiar, documentar, archivar o perderse están constantemente presentes y son abordados en su dimensión política e histórica. Son una forma de procesar lo inefable de la realidad para poder contar una historia y, en el mejor de los casos, accionar sobre ella.

El sonido ocupa un lugar fundamental, es una atmósfera que lo impregna todo. Es la profesión del matrimonio y el filtro a partir del cual perciben el mundo. Es ese fantasma de lo que alguna vez estuvo pero ya no, es ese hueco, esa ausencia o concavidad que dejan los cuerpos al ser borrados de su territorio. ¿Cómo grabar las voces, los ecos de las comunidades que se han perdido para siempre? ¿Cómo capturar los últimos gritos de auxilio de lxs migrantes que han muerto en la frontera con los Estados Unidos? El sonido es ese rastro esquivo, incierto y líquido imposible de retener entre las manos. Capturarlo antes de que se disuelva en el viento, es nombrar lo que el poder quiere acallar. En esta novela, cartografiar lo audible del paisaje es un acto de resistencia.


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