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Red Internacional

En los programas culturales de la Secretaría de Cultura de la CDMX, se anteponen las metas numéricas a un contenido acorde a las necesidades sociales en tiempos de pandemia.

Jueves 11 de marzo | 01:20

A primera vista, la propuesta del programa Promotores Culturales Comunitarios (PCC) parece bastante buena. Se busca descentralizar la oferta cultural que existe en la CDMX y llevar actividades culturales a las colonias, barrios y pueblos más pobres y que no cuentan con espacios de difusión cultural, bajo el supuesto de otorgar el acceso a la cultura y el arte para por esa vía aportar al desarrollo integral de la comunidad. Para llevar adelante esta tarea, se buscaron promotores culturales en distintas áreas.

Los perfiles son diversos: pasantes de licenciatura, graduados, personas con posgrado, etc. La mayoría, jóvenes recién salidos de las escuelas que, a falta de ofertas laborales, ingresan al programa en un intento de tener un ingreso fijo y realizar actividades culturales en beneficio de la población.

A pesar de las promesas que maneja el gobierno de la 4T para la población con estos programas, hay varias grietas contradictorias, por ejemplo como es que un programa con un “enfoque humanista” mantiene a todos aquellos trabajadores de la cultura que nos encontramos al frente de las actividades, con un perfil de “beneficiarios de programa social”, lo que implica que la Secretaría de Cultura de la CDMX, que es la dependencia a la que respondemos, no reconozca la relación laboral, el dinero que recibimos a cambio de nuestro trabajo no es visto como un salario, es una especie de “beca” o “apoyo económico”, dejándonos sin estabilidad, ni seguridad social.

La oferta cultural

El avance en la privatización de la cultura ha provocado que cada vez menos personas tengan acceso a actividades culturales gratuitas. Los teatros, conciertos y recitales han elevado su costo por lo que no son realmente una prioridad para las familias que apenas pueden sobrevivir con el salario mínimo.

Ante esta situación, se pensaría que programas como el del PCC serían la solución perfecta para cubrir la necesidad de difusión cultural, sin embargo, la realidad está muy lejos de ser así. El programa de PCC se basa principalmente en dos herramientas culturares, la literatura y el cine. Dichas herramientas se imparten por medio de sesiones en línea, pues debido a la crisis sanitaria, todas las actividades en campo se detuvieron.

Pero ¿qué pasa cuando no tenemos acceso a internet gratuito como sucede en las comunidades a las que está dirigido el programa? ¿Cómo acceden a su derecho a la cultura? ¿Sirve en estos casos la cultura como una herramienta ante las problemáticas que agudiza la crisis sanitaria y económica?

Si bien el programa se basa en esas dos herramientas, se nos incentiva a que hagamos uso de más herramientas para el desarrollo de los proyectos. Sin embargo cuando, atendiendo a esos requerimientos, se trata de realizar los proyectos, si intentamos desarrollar actividades que busquen dialogar con la situación en la que estamos viviendo, en un afán de realizar acciones que sirvan realmente para el acompañamiento durante un periodo tan complicado, nos rechazan los proyectos bajo el argumento de que no podemos tratar temas sensibles y en los que no somos especialistas, si bien dentro del programa hay compañeros que tienen formación en materias de ciencias y ciencias sociales.

Las actividades que nos piden hacer son simplemente para alcanzar los números estipulados en el programa, con poco tiempo de preparación y menos tiempo aún para realizar las vinculaciones necesarias con los espacios culturales y las comunidades. Tampoco hay ayuda alguna por parte de la Secretaría para realmente llevar nuestras actividades a miles de usuarios que, durante la pandemia y ante el cese de labores en la mayoría de escuelas y trabajos, podría servirles a manera de contención y les aportara realmente.

Es, en hechos simples, una gran simulación, tanto para nosotros como trabajadores de cultura, como para los usuarios que nos dan su tiempo y se conectan a las sesiones en línea.

Simulación con perspectiva de género

Unos de los tres ejes principales del programa es la perspectiva de género. Nos instan constantemente a usar lenguaje inclusivo en todas nuestras sesiones y mantener siempre un “enfoque de género”. Pero, tampoco queda claro a qué se refieren más específicamente. La única ocasión en la que nos dieron algún tipo de instrucción en el tema, fue durante el proceso de registro al programa, uno de los requisitos era leer un curso de 11 páginas sobre perspectiva de género y responder unas preguntas y esa es toda la atención por parte del programa sobre el eje de perspectiva de género.

También resulta bastante contradictorio que mientras el programa se promociona como completamente incluyente y consciente de la violencia de género, promueva la precarización de las integrantes del programa social (con una importante participación femenina), negándonos cualquier derecho laboral y prestaciones de ley tan básicas como lo es contar con seguro médico durante esta crisis sanitaria.
No sentimos la perspectiva de género cuando nos indican que tendremos que asistir como apoyo logístico a los puestos de vacunación para cubrir la falta de personal. Eso es exponer nuestras vidas y las de nuestras familias al contagio, y dejándonos en la completa indefensión al ni siquiera proporcionarnos el equipo de protección necesario.

La perspectiva de género que el programa busca implementar no aplica para las trabajadoras, lo que refuerza que no basta pensar una política de género para cambiar sustancialmente lo que enfrentamos desde una cuestión de clase.
El programa PCC sigue la misma línea política de la 4T: prometer acciones y planes que se muestran progresistas y que prometen cubrir las necesidades de la población. Sin embargo, resultan ser una farsa y una manera de ahorrarse el contratar realmente a trabajadores que lleven adelante estos proyectos, que cuenten con todos los derechos laborales y la libertad creativa para realizar proyectos que realmente contribuyan a los usuarios.

¿Qué hacemos?

Es una contradicción aspirar a que la cultura transforme nuestra realidad sin que sus trabajadores cuenten con plenos derechos laborales, así que es importante encontrarnos para pelear en el terreno laboral pero también por contenidos que aporten positivamente a las vidas de las familias trabajadoras. ¿imaginan cómo nuestros programas culturales pudieron haberles servido a las niñas, niños y adolescentes en estos momentos tan difíciles de pandemia? ¿No pudimos haber hecho equipo con docentes para impartir actividades lúdicas que ayudarán al desarrollo social de las comunidades?

Organicémonos desde esta perspectiva ¿Te sumas?




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