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Red Internacional

En los Consejos Técnicos Escolares del 25 de marzo, por instrucciones de la SEP, los directivos decretaron la “normalización” de las actividades con la asistencia diaria a las escuelas de la totalidad del alumnado. ¿Cómo lo hemos vivido las y los maestros?

Jueves 7 de abril | 13:57

Lunes. Tuve que levantarme una hora antes de lo habitual por el horario “de verano”. A las 4 a.m. para que me diera tiempo de arreglarme y prepararme un licuado para no salir con el estómago vacío. Si no, no llego a tiempo a la escuela que está del otro lado de la ciudad. Hago dos horas de viaje.

Les doy clases a los seis grupos de primer grado. Tienen 45 alumnxs cada uno, en salones de siete metros cuadrados. 270 adolescentes registrados en listas.

En el primer año de la pandemia, a la par de tratar de sobrevivir, mi labor docente consistió básicamente en dejar actividades por Classroom y dar clases virtuales por Meet, a las que se conectaban cuando mucho 15 alumnos por grupo una vez por semana. De los demás no sabíamos nada, ya que las autoridades no nos informaban, pero por “humanismo” y “empatía” nos pidieron pasarlos a todos con no menos de 8.

Fue así como, en medio de la peor crisis sanitaria, económica, social y educativa de las últimas décadas, mejoramos el promedio de aprovechamiento. Luego nos enteramos que más de 5 millones de alumnxs de educación básica ya no se inscribieron al siguiente ciclo escolar. Aún así, las autoridades educativas sostuvieron que el programa “Aprende en casa” fue un éxito.

Desde agosto del año pasado -sin que se tomara en cuenta nuestra opinión-, regresamos a clases presenciales, pero con grupos divididos en tres secciones que asistían escalonadamente, por lo que seguí sin tener más de 15 alumnos por clase.

Por primera vez pude apreciar las ventajas de trabajar con grupos reducidos, algo inimaginable en condiciones “normales”. Como contar con suficiente espacio en el salón y el patio para poder correr, saltar, moverse o estirarse nomás; así como con tiempo para poder observar, orientar y ayudar a cada alumnx cuando lo requería. Vaya que era necesario porque varios llegaron sin muchos conocimientos básicos que supuestamente ya deberían tener.

“Aprovechen y disfruten mientras puedan”, nos dijo alguna vez el director, porque un día tendremos que volver a la “normalidad”... Y llegó el día.

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Primera hora

Llegué corriendo a la escuela. Por suerte, alcancé a checar a tiempo, pero a los grupos ya les habían pedido que avanzaran a sus salones. Me dirigí al 1° C, en el segundo piso del edificio destinado al primer grado. Lxs alumnxs apenas ingresaban al salón. La prefecta les estaba asignando sus nuevos lugares, por número de lista. Lo que resultó en que algunos bajitos o miopes quedaran sentados hasta atrás, en una clara muestra de que el ’orden’ impuesto no coincide con la pedagogía.

De todos modos, no había para dónde hacerse. Apenas cabían. Y eso que faltaron varios, de los que están inscritos pero siguen sin ir a la escuela, evidenciando que la deserción forzada continúa en este ciclo escolar, principalmente por razones económicas. Susana Distancia también desertó definitivamente de la escuela.

Pasé lista, pidiéndoles a los alumnos que se levantaran al nombrarlos para que los fueran conociendo los demás. No podían, les resultaba demasiado complicado salir de la banca rápidamente. Me pregunté cuánto tardaremos en desalojar el salón si suena la alerta sísmica. Y en llegar hasta el patio con 200 personas tratando de salir por un pasillo de metro y medio de ancho. Lo curioso es que las autoridades pretenden que revisando las mochilas de lxs alumnxs lograrán que la escuela sea “segura”, sin que se hayan reparado aún los daños evidentes que causó el sismo de 2017.

“Sé que estarán incómodos, ahí sentados casi 7 horas seguidas, pero no se agredan”, es lo único que me atreví a recomendarles, al estar consiente de que el hacinamiento favorece la irritabilidad y la violencia.

Les pedí a los de las filas de en medio que se recorrieran un poco para colocar el proyector. Tuve que llevarlo desde casa, junto con la lap top, tentando a la suerte para que no me los roben en el camino, porque en la escuela no hay recursos tecnológicos, ni insumos sanitarios y, algunos días, ni agua. Todo lo tenemos que poner las maestras y maestros, o las madres y los padres de familia.

Después de mencionarles el tema del día y de dictarles algunas preguntas guía, comencé con la proyección. Ahí me di cuenta que los meses previos no fueron en vano y que a pesar de las condiciones precarias, la mayoría demostraban interés en el tema. Pero ya no era lo mismo. No podía prestarles la misma atención a todxs, ni dedicarles el mismo tiempo. Me concentré en los que notaba que les costaba más. O en los más inquietos. Mientras me apoyaba en los más adelantados y les pedía paciencia. Bajo la premisa de que son un equipo y que nadie debe quedarse atrás. Sin embargo, la desigualdad entre unos y otros se hizo más notoria y difícil de contrarrestar. En las clases siguientes ocurrió algo similar.

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Receso

A las 10:20 llegó la hora del receso, que quedó nuevamente reducido a 20 minutos. Apenas para respirar, estirarse un poco y probar algún bocado. El patio lleno me hizo pensar cómo será el de la penitenciaría que está cerca. Los docentes hacemos nuestra guardia, a modo de custodios, procurando estar alertas por si se suscita algún problema.

Para ejercitarse hay solo un tablero viejo de básquetbol, que no se puede usar sin el riesgo de golpear a alguien, por lo que nuestros directivos han prohibido a los alumnos practicar ése o cualquier otro deporte, aunque siempre nos dicen que debemos inculcarles hábitos para una “vida saludable”. A lo que no ayuda mucho que en la cooperativa vendan, a todas horas, pura comida chatarra.

Al ir a supervisar mi presencia en la guardia, el subdirector operativo aprovechó para entregarme un memorándum que indicaba que debemos seguir observando las medidas de prevención sanitaria. Parecía una burla, considerando la total ausencia de “sana distancia”. O una maniobra perversa de las autoridades para “lavarse las manos” y responsabilizar a los docentes en caso de nuevos contagios.

Al fin

Cuatro clases más y llegó la hora de la salida. Aunque se supone que los grupos saldrían escalonados por grado, las aglomeraciones no pudieron evitarse. Después de que se retiró el último grupo con el que tuve clase, esperé a que se cumpliera la hora para checar mi salida, junto a algunas de mis compañeras y compañeros.

El estrés y la fatiga se les notaba en el rostro. “¿Cómo le fue profe?”, le pregunté a uno que solo atinó a encogerse de hombros, con una mueca de resignación. “Lo bueno es que ya se viene la semana santa y luego las vacaciones de verano”, me dijo otro, como para consolarse. Omitió mencionar que este año se extendió tres semanas el calendario escolar, por lo que solo tendremos algunos días entre julio y agosto para descansar. Por ahora prima la impotencia pero el descontento se acumula.

Mientras vuelvo a casa en el transporte público, abarrotado de otros trabajadores que viajan con y sin cubrebocas, solo puedo pensar que vivir hacinados y sometidos al riesgo de enfermarnos, no es “normal”; que trabajar o estudiar en escuelas deterioradas, sin espacio ni recursos tampoco; que vale la pena organizarnos y luchar para cambiarlo, porque si no lo hacemos los docentes, junto a las madres y los padres de familia, nadie más lo hará y estaremos cada vez peor.

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