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Red Internacional

Miles de maestros, maestras y estudiantes de educación básica nos enfrentamos al ciclo escolar más desafiante debido a la falta de responsabilidad por parte de la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Jueves 7 de julio | 23:00

En mi experiencia como maestra de educación secundaria este ciclo escolar ha resultado complicado. Cuando iniciamos labores en nuestro sector, que fue el 16 de agosto de 2021, comenzaron nuestros desasosiegos. En primer lugar, porque se imponía la presencialidad en muchas escuelas, a pesar de que estábamos con el semáforo epidemiológico en rojo, y por ejemplo en mi escuela estaba la orden por parte de los directivos de retornar a clases. Aunque existieron escuelas que lograron no presentarse en los primeros meses, estas fueron pocas.

Sin consultar a los maestros, maestras, alumnos, madres y padres de familia, muchos planteles abrieron por la presión del sector empresarial, el gobierno, las autoridades educativas y directivos de los centros educativos.

La reactivación económica y la “nueva normalidad” se estaba imponiendo con la vuelta a clases y para otros sectores de igual manera. Las clases empiezan el 30 de agosto con alumnos de manera presencial, como fue mi caso y para más maestros y maestras, esta situación generó una serie de conflictos emocionales y ambientes de preocupación para la comunidad educativa, porque no existían condiciones seguras para regresar a las aulas ante una pandemia que todavía no llega a su fin.

En medio de una pandemia que había dejado muchos estragos en la vida de todos, los planteles debían operar a nivel nacional. Muchas de las familias de nuestros alumnos estaban sin percibir ingresos, con despedidos, decesos de familiares y toda una carga emotiva en sus vidas que los docentes debíamos contener.

También esta decisión derivó responsabilidad para los maestros, maestras y las familias de nuestros alumnos por todo lo que implicaba, ya que la SEP y el Estado nunca se responsabilizaron. Por ejemplo, durante todo el ciclo escolar nunca se nos dotó de insumos sanitarios, como gel antibacterial y cubrebocas, los cuales tuvimos que cubrir con nuestros ingresos, además de que muchas escuelas no contaban con servicios básicos, como agua. Si llegamos a contagiarnos por covid-19, nosotros tuvimos que cubrir los gastos, como para hacernos pruebas, solicitar atención médica, invertir en medicamentos y costear el tratamiento.

Además, el regreso a clases se dio con escuelas deterioradas por la falta de mantenimiento y muchas incluso sin ser reparadas después del sismo del 2017. A esto nos tuvimos que enfrentar los docentes y presentarnos a las aulas, con falta de personal como psicólogos, médicos y enfermerxs, cuya presencia es indispensable estos tiempos.

La presencialidad implicó permanecer varias horas con cubrebocas, causando incomodidad para interactuar en los planteles y ejercer el proceso de enseñanza- aprendizaje con nuestros alumnos. Muchas medidas sanitarias no podían cumplirse con eficacia, como la sana distancia. Pero si esto ocurría en los primeros meses de la imposición del regreso a clases presenciales, cuando los alumnos asistían por secciones, después de que se anuncia el retorno con aforo completo, prácticamente estas medidas ya no fueron llevadas a cabo, ya que el hacinamiento del alumnado lo hizo imposible.

El aforo completo en los planteles fue otra imposición, pues nuevamente no se consultó a la comunidad escolar, lo cual también indignó a los maestros, porque cambió la dinámica en las escuelas luego de que pudimos comprobar que a menor alumnado en las aulas mejores ambientes de aprendizajes y atención.

Ahora estamos por finalizar un ciclo escolar que fue extendido supuestamente para poder abatir el rezago educativo, aunque sin un plan serio y sin cambiar las condiciones educativas, donde nos arrebatan días de descanso y además nos encontramos en una quinta ola de la pandemia, con los contagios al alza.

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Con derechos que cada vez van degradándose más en nuestro gremio, sin una verdadera revalorización del magisterio y con un aumento salarial escalonado y por debajo de la inflación con el que nadie está satisfecho, así es como vamos culminando un ciclo escolar sumamente difícil.

En todo esto, los charros del SNTE han sido cómplices, mientras que la CNTE no se ha puesto a la altura para llamar a la movilización unitaria en defensa de nuestros derechos, de la comunidad educativa y de la educación pública.

El magisterio debe unirse a nivel nacional porque el ataque no es de manera particular, organizándonos democráticamente desde las escuelas, junto a las madres y padres de familia, para frenar el ataque a la educación, recuperar los derechos que se nos han arrebatado y conquistar nuestras demandas; exigiendo a la CNTE que rompa la tregua con el gobierno y llame a la movilización; incorporando la lucha contra los charros, por la democratización del SNTE y su independencia política respecto al Estado.




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