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Red Internacional

Coahuila es el tercer estado con mayor brecha salarial entre hombres y mujeres del país; la desigualdad es aún mayor que el promedio nacional.

Jueves 17 de marzo | 11:53

En Coahuila existe una brecha salarial por razón de género de un preocupante 22 por ciento. Esto significa que de cada 100 pesos que ganan los hombres, las mujeres ganan sólo 78 pesos.

Además, el 23.7% de las mujeres en la región Laguna (región industrial importante del estado) ganan apenas un salario mínimo, mientras que en los hombres la cifra en ese rubro es del 10%. Una violenta realidad si contamos con que muchas de ellas son madres y jefas de familia.

Esto coloca al estado de Coahuila en el tercer lugar dentro de los estados con mayor brecha salarial del país entre hombres y mujeres, incluso por encima del promedio nacional (12 por ciento).

También, las estadísticas arrojan que, en el sector manufacturero coahuilense, los hombres ocupan más de las dos terceras partes de los puestos de trabajo, mientras que los sectores de servicios y comercio cuentan con mayor mano de obra femenina.

Así, en la industria hay sólo 26.5% de personal femenino, mientras que en los servicios (hospitales, escuelas, hoteles, etcétera) las trabajadoras representan el 72.6% de la plantilla laboral.

Al respecto, la Secretaría del Trabajo de Coahuila plantea descaradamente que la solución está en fomentar que se empleen a “más mujeres en la manufactura”. Sin embargo, tal recomendación es superficial, pues evade el problema principal: los salarios que se les pagan a las trabajadoras y trabajadores de los servicios y el comercio son realmente miserables y no alcanzan para cubrir la canasta básica.

El pacto patriarcal-capitalista

Durante los últimos 40 años, los gobiernos del PRI y el PAN privatizaron áreas de los tres sectores económicos para deshacerse del pago de nóminas, con la finalidad de reducir el gasto público. Esto trajo como resultado un salto en la precarización del empleo en sectores como la educación, la salud, las telecomunicaciones y otros rubros (con presencia preponderantemente femenina) que fueron total o parcialmente entregados al capital privado.

Dichas privatizaciones ocasionaron la pérdida de prestaciones, derechos sociales y puestos de trabajo entre la clase trabajadora, particularmente entre las mujeres, así como la reducción de su salario nominal y real. Así, con el paradigma neoliberal, el Estado se desentendió de la meta del pleno empleo, y el problema de la desocupación fue abordado por economistas liberales y medios de comunicación como un problema menor y secundario.

Con esta narrativa, el régimen intentó encubrir e invisibilizar que millones de mujeres fueron empujadas al trabajo informal y/o el desempleo, precarizando más sus vidas y empleos.

Aunado a ello, mientras avanzaba el ataque histórico a los derechos laborales con la complicidad de los prejuicios machistas e ideologías patriarcales de las direcciones en los principales sindicatos de la industria y servicios, tanto burocráticos (CTM) como opositores (UNT), éstas dejaron en la indefensión y sometimiento al conjunto de la clase trabajadora, y a las mujeres correspondieron los peores golpes de la ofensiva empresarial en el terreno laboral y personal.

La reducida participación de las trabajadoras en el sector de la transformación, deja entrever el resultado atroz del maridaje entre capitalismo y patriarcado. Los patrones aprovechan el atraso político y cultural que el machismo impone a la sociedad, para normalizar que a las trabajadoras se les oferten menos puestos bien remunerados. Si bien es verdad que la mano de obra calificada para la manufactura es mayormente masculina (por ejemplo, del total de ingenieros mecánicos y metalúrgicos en México, sólo el 11.45% son mujeres), la realidad es que esto tiene más explicaciones de carácter económico.

Según la ley del Instituto Mexicano del Seguro Social, a las mujeres se les deben otorgar 84 días de descanso pagado por gravidez. Más allá de las estratagemas que los empresarios usan para burlar la ley, esta es una parte de la plusvalía que la patronal evita otorgar. Por eso, una de sus tácticas favoritas es segregar lo más posible a las mujeres de los lugares de trabajo mejores remunerados. Al mismo tiempo, al emplearlas en los trabajos peor pagados, la sangría para el empresario es menor que en el primer caso.

De ahí que el Estado no tenga reparo en impulsar la ley la paridad de género en puestos públicos, mas se cuida bastante de no hacerlo a nivel del sector industrial.

La doble opresión de las mujeres

Mención especial merece el caso de trabajadoras que son madres solteras de uno, dos, tres, cuatro y hasta más hijos. Lamentablemente, abundan demasiados casos de esto. La condición de jefas de familia y amas de casa las presiona a aguantar jornadas miserables, con salarios que no alcanzan a llegar al fin de quincena. Esto significa que están en condiciones menos favorables de luchar por condiciones laborales dignas, ya que el miedo de perder el empleo, único sustento para los hijos, las obliga a soportar cargas de trabajo hasta niveles estresantes. No es casual que los casos de burn-out estén asociados mayoritariamente a las mujeres.

Por estas razones consideramos que la brecha salarial está asociada a complejas relaciones culturales y económicas propias de la formación social capitalista mexicana. La brecha salarial sólo favorece a los empresarios, que se montan en el machismo para quedarse con las tajadas más grandes de las ganancias.

¿Cómo conquistar la igualdad ante la vida?

Consideramos que el movimiento feminista que el 8 de marzo realizó una gran jornada de lucha contra la violencia y precarización, debe abrazar las demandas de las mjeres trabajadoras en su lucha contra la breca salarial, por la reducción de la jornada laboral, guarderías y comedores públicos así como el aumento al salario, de acuerdo al costo de la canasta básica y que se ajuste de acuerdo con la inflación. Es urgente fomentar la participación de las mujeres trabajadoras en la lucha feminista y callejera para así romper el pacto patriarcal y de pasividad con los empresarios, los gobiernos y las burocracias.

Esto posibilitaría un salto en la potencialidad y madurez política del movimiento para conquistar sus demandas, pues la posición estratégica de las mujeres trabajadoras en la producción y reproducción social, puede dar golpes de muerte al enemigo patriarcal/capitalista, si se recuperan los métodos clásicos de lucha de la clase trabajadora, como lo son la huelga, los paros, las asambleas y los comités de fábrica.

El machismo en los centros de trabajo es usado por el capitalismo y los patrones, para dividir a la clase obrera entre hombres y mujeres. Los prejuicios patriarcales dividen a trabajadores para no pelear por mejores condiciones de trabajo para todas y todos. Si estamos desunidos no podremos vencer.
En por ello que los sindicatos y las corrientes sindicales democráticas deben luchar por eliminar los prejuicios patriarcales y en la perspectiva de conquistar entre hombres y mujeres la igualdad no solo ante la ley sino la igualdad ante la vida.

Fuente:

INSTITUTO MEXICANO DEL SEGURO SOCIAL




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