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Red Internacional

Silvina Batakis asumió el lunes como ministra de Economía. Después de un fin de semana de tensión, el gobierno de Alberto Fernández designó a una mujer para su cartera más caliente. ¿Las mujeres manejan mejor las crisis?

Celeste Murillo@rompe_teclas

Lunes 4 de julio | Edición del día

La renuncia de Martín Guzmán agudizó la crisis política de la coalición de gobierno. Después de que varios economistas rechazaran la oferta, Silvina Batakis asumió como ministra de Economía.

Con una larga trayectoria en la administración pública, Batakis ocupó la cartera económica de la Provincia de Buenos Aires, bajo mandato del exgobernador Daniel Scioli (durante el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner). Todavía es recordada en la docencia bonaerense por el aguinaldo en cuotas.

¿Hacía falta una mujer?

La vocera de la presidencia, Gabriela Cerruti, anunció formalmente la designación y resaltó que “hacía falta una mujer para agarrar esta brasa caliente. Es muy sensible, sensata, feminista y defensora de las cuestiones ambientales”. Al mismo tiempo, confirmó que se mantendrá el plan económico y el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. La propia Batakis confirmó que cree “en el equilibrio fiscal” y que mantendrá “el programa económico que el Presidente viene marcando”.

Después del retroceso de las mujeres en el gabinete de gobierno, Batakis se transforma en la tercera funcionaria de primera línea, lejos de la promesa de un gabinete paritario. De los 20 ministerios que forman el gabinete actual, el 15 % está ocupado por mujeres.

Las declaraciones de funcionarias y exfuncionarias que destacan el hecho de que la persona designada sea una mujer abonan un sentido común, que se apoya en un prejuicio igualmente extendido.

Durante los primeros meses de cuarentena simultánea en varios países, la revista Forbes publicó un artículo en el que decía cosas como “las mujeres avanzan y le muestran al mundo cómo manejar un momento complicado de nuestra familia humana” o “esta pandemia revela que las mujeres tienen lo que se necesita cuando las papas queman en las casas de gobierno”. No es casual el uso de las palabras familia y casa. Son prejuicios reciclados.

El prejuicio de “cuidadoras natas” aplicado a la minoría de las mujeres que gobiernan tiene un equivalente para la mayoría, aunque las consecuencias son muy diferentes. El prejuicio patriarcal de que cuidar, educar y limpiar son tareas femeninas funciona también en el mercado de trabajo y hace que las mujeres seamos mayoría en sectores de cuidados, con salarios bajos y mayor tasa de precarización.

¿Las mujeres manejan mejor las crisis?

La idea de que las mujeres manejan con más pericia las situaciones críticas apareció primero en el mundo de las empresas. Durante los años 1980 y 1990, se instaló la agenda del “techo de cristal”, una metáfora que visibilizaba los obstáculos que impedían a las mujeres llegar a lugares de poder.

Durante los años 2000, aparecieron los “acantilados” o “precipicios” de cristal (glass cliff en inglés). Se denomina así al hecho de que las mujeres sean más elegidas que sus pares varones para puestos altos en las empresas y los gobiernos en momentos críticos.

Durante las crisis, se destacan supuestas cualidades femeninas sobre las masculinas, como el diálogo o la empatía. Pero no son pocas las veces que su elección llega después de que los varones rechazan los cargos o se trata de puestos complicados, peligrosos y en los que no es difícil fracasar. Es el caso del ministerio de Economía hoy en Argentina.

No es un fenómeno exclusivamente nacional. Sucedió algo parecido cuando Theresa May llegó al despacho de primera ministra en el Reino Unido después del terremoto político que significó el Brexit. O en Islandia, donde después de la crisis de la burbuja financiera de 2009, dos de los principales bancos del país (quebrados) empezaron a ser dirigidos por mujeres.

El término “acantilados de cristal” se acuñó en 2005 en la Universidad de Exeter (Reino Unido) por una psicóloga y un psicólogo, Michelle K. Ryan y Alexander Haslam. En su estudio sobre el “techo de cristal”, encontraron que era más probable que las mujeres llegaran a posiciones de liderazgo en situaciones de crisis. El caso que analizaron fue el de Margaret Thatcher, que había sido nombrada ministra de Educación “a principios de los ‘70, cuando las revueltas estudiantiles estaban en su apogeo” y se convirtió en primera ministra en 1979 con tasas de desempleo altas y en medio de una recesión económica. Después Thatcher escribió su propia historia como administradora, incluso el giro conservador de esos años lleva su nombre y el de Ronald Reagan (el reaganismo-thatcherismo).

Estos ejemplos no colocan a las mujeres en un lugar de víctimas ni borran las críticas al sexismo evidente en los gabinetes y parlamentos de todo el mundo.

Que las mujeres sean minoría en los lugares de poder habla de la desigualdad y la relación jerárquica entre los géneros en las sociedades capitalistas. Sin embargo, no equivale a confirmar en ningún caso que más mujeres en esos lugares modifique las condiciones de vida de la mayoría de ellas.

¿Más mujeres en el poder es mejor?

Romper el "techo de cristal" terminó siendo, como explica la filósofa estadounidense Nancy Fraser, para “las mujeres más bien privilegiadas, con buena formación, y que ya poseen grandes cantidades de capital cultural y de otro tipo”. Existen excepciones pero, en general, las que rompen el cristal, son bastante parecidas entre sí.

¿Se debilitaron los prejuicios? Sí, pero también integrar a una minoría a su mesa chica representó, sobre todo, un rédito para las clases dominantes. Las que “llegan” se transforman en ejemplo de que es posible ser iguales en un mundo desigual. Por el “techo de cristal” se colaron la meritocracia neoliberal y la justificación de una sociedad donde solo algunas pueden llegar al techo y romperlo, mientras la mayoría nunca sale del sótano.

¿Más mujeres en los lugares de decisión representa un avance para todas? La verdad es que el desarrollo fue en tijeras. Mientras se consolidaron las profesionales y las políticas de los partidos tradicionales, los síntomas de la desigualdad se feminizaron (por ejemplo, las mujeres son mayoría en la pobreza y la precarización).

En Argentina, ese desarrollo en tijeras se ve en discursos feministas y de paridad desde los ministerios y secretarías con poco o nulo impacto en las condiciones de vida de la mayoría de las mujeres. Las demandas mantienen su vitalidad, como se vio en la lucha por tierra para vivir en ocupaciones como la de Guernica, en los reclamos de las trabajadoras de casas particulares o la sobrerrepresentación de las mujeres que sostienen a sus familias con empleos informales y salarios bajísimos. Pero la respuesta del feminismo de los ministerios fue la impotencia o el silencio (cuando no participó directamente de las respuestas estatales como la represión).

Si hay una característica especial que distingue a las mujeres en la administración de los Estados capitalistas es que son miembros de un grupo (mayoritario) oprimido por su género en las sociedades que gobiernan. Su presencia en los puestos más altos no modifica la opresión de la mayoría de las mujeres, las cosas funcionan esencialmente igual.

Las sociedades gobernadas por mujeres se apoyan en la misma base que aquellas gobernadas por varones: la explotación (de la mayoría que vive de su fuerza de trabajo) y la opresión (de género, etnia, entre otras). Todavía existen ámbitos donde está naturalizada la presencia minoritaria o la ausencia de mujeres. Es uno de los testimonios vivos del patriarcado, imposible de transformar gradualmente mediante leyes y cambios culturales.

Estos contrastes renuevan preguntas y debates en el movimiento feminista. Una de las más interesantes la hizo la filósofa inglesa Lorna Finlayson y sigue vigente: “La pregunta importante no es si es posible que exista un capitalismo sin discriminación de género, sino si esa sería una igualdad por la que valga la pena luchar”.




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