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Red Internacional

En el aniversario del fallecimiento de la poeta argentina, un pequeño repaso por su vida, su obra y el legado que aún vibra en la actualidad.

Lunes 26 de septiembre | Edición del día

Retrato de Alejandra Pizarnik por Lucrecia Plat

Sólo un nombre

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra

Se llamaba Flora pero decidió usar su segundo nombre. Nació en Avellaneda el 29 de abril 1936. Su familia tenía un origen judío ruso, y como sucedió con muchos inmigrantes en Argentina, perdió su apellido original Pozharnik. Realizó sus estudios secundarios en la Escuela Normal Mixta de Avellaneda y en la Zalman Reizien Schule, aprendió a leer y escribir en ídish.

En 1954 empezó a estudiar en Filosofía y Letras (UBA) y en la Escuela de Periodismo. Al año siguiente publicó su primer poemario, La tierra más ajena, cuando tenía solo diecinueve años, aunque después reniega de él como quien rechaza los escritos de adolescencia.

Le siguieron otros dos libros, La última inocencia y Las aventuras perdidas. Realizó traducciones de literatura y colaboró en la revista Poesía Buenos Aires.

Se acercó a las artes plásticas junto al pintor surrealista Juan Batlle Planas. Fue por esos años que comenzó a psicoanalizarse con León Ostrov, con quien tuvo una relación importante. Entre sus amistades más influyentes estuvieron Julio Cortázar y también Olga Orozco, Ivonne Bordelois y Aurora Bernárdez. Los cuatro años que permaneció en París, le ayudaron a desarrollar su formación y en 1962 publicó en Buenos Aires Árbol de Diana, y será en su regreso a Argentina (1965) con el libro Los trabajos y las noches que conseguirá reconocimiento recibiendo el Primer Premio Municipal de Poesía. La condesa sangrienta (1971) fue un texto más narrativo que salió primero en una revista y después en libro.

Silvina Ocampo, Enrique Pezzoni, Alejandra Pizarnik, Edgardo Cozarinski y Manuel Mujica Láinez. Fotografía tomada por Bioy Casares

Al fallecer su padre, se mudó a un departamento en la calle Montevideo. En 1968 sacó otro libro de poemas, Extracción de la piedra de locura, y en ese mismo año, con la Beca Guggenheim viajó a Nueva York y entabló una amistad con la escritora Silvina Ocampo, además de colaborar en su Revista Sur.

En los años setenta, pasó varias internaciones en el pabellón neuropsiquiátrico del Hospital Pirovano por intentos de suicidio. Igual publicó un último libro El infierno musical, hasta que en una de sus salidas de fin de semana, muere por un exceso de barbitúricos para dormir, el 25 de Septiembre de 1972, hace 50 años.

Póstumamente, son muchas las publicaciones realizadas de inéditos, la más importante fue Textos de sombra y otros poemas de 1982. Después salieron sus obras completas, diarios, cartas, biografías (la primera en 1991 fue de la escritora y ensayista Cristina Piña) y estudios de su obra que continúan hasta la actualidad.

Si bien Pizarnik fue muy prolífica por su escritura y reescritura, por sus diarios y correspondencia, anotaciones permanentes en su trabajo arduo sobre la palabra y el lenguaje, sus libros no se conseguían. Recién en los años ochenta surgieron las reediciones y otras publicaciones, tal vez tuvo que ver el fin de la dictadura militar y la conquista de libertades políticas. Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, Fernando Noy (que fue su amigo) recitaban sus poemas en el Parakultural, en lo que fue la "Primavera Democrática" under.

Alejandra Pizarnik fue una de la más grandes e influyentes poeta argentina, que construyó un personaje de su propia vida. Mucho se habla (aún hoy) de sus breves 36 años, su bisexualidad disidente que para su época resultaba provocativa, la forma varonil de vestir, y sus últimos años de sufrimiento. Cesar Aira en su reconocido ensayo sobre la poeta se refiere al uso tan habitual sobre ella de algunas metáforas sentimentales como pequeña naufraga, niña extraviada, deshabitada de sí misma y cosas por el estilo como una falta de respeto. La poeta y ensayista Alicia Genovese en Doble Voz: poetas Argentinas en los ochenta también rechaza “la identificación de la escritora como suicida o como niña”.

Pizarnik perteneció a un momento de literatura politizada, en el que se pensaba en las grandes masas y había que hablar “como la gente”. A Alejandra, en verdad le preocupaba la palabra, pero no en ese sentido social.
Juan Gelman le dedica un poema cuando ella muere,

¿adónde fue la obrera enamorada?
¿fue al aire la obrera enamorada?
la obrera de la palabra murió
¿por qué caminito se fue?

Como si quisiera darle un tinte politizado en la pertenencia de clase, y al mismo tiempo mostrar su sacrificio casi de una explotada en poner hasta el cuerpo en dedicarse a forjar esa palabra.

Alejandra Pizarnik fusionó su vida, en cuerpo y alma con su escritura, en la búsqueda incesante de un lenguaje donde habitar, en el que no se sintiera extranjera ni alienada. En su diario, el de 1963 en París escribe: “Las palabras son mi ausencia particular. Como la famosa ‘muerte propia’ (famosa para los demás), en mí hay una ausencia autónoma hecha de lenguaje. No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo.” Que expresa ese extrañamiento sentido sobre el lenguaje, según explica Anahí Mallol, poeta y ensayista, especialista en la obra de Pizarnik.

Cesar Aira la ubica dentro de la “estela del surrealismo” en el que vivió, leyó y escribió. Aunque también por el cuidado trabajado en la construcción del verso no pareciera comulgar con una escritura automática propia de los surrealistas. Cristina Piña en su biografía la considera nuestra “poeta maldita” femenina, la única en Argentina, por su vida en estado de poesía, un espíritu también emparentado con el surrealismo. Sin embargo, en la correspondencia de Alejandra puede verse cómo cuidaba y mantenía, relaciones y amistades con un amplio círculo de poetas y escritores, en eso su vida no coincide con la soledad de Les Poètes maudits.

En la última estrofa de El deseo de la palabra, en el libro El infierno musical es quizás donde condensa esta idea de vida, haciendo el cuerpo del poema con su propio cuerpo;

En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.


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