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Red Internacional

Se cumple el 12° aniversario luctuoso de las seis trabajadoras que murieron en un incendio dentro de la tienda Coppel Hidalgo en Culiacán, se encontraban encerradas bajo llave para realizar el inventario y no pudieron escapar.

Jueves 10 de noviembre | 15:37

Se cumple el 12° aniversario luctuoso de las seis trabajadoras que murieron en un incendio dentro de la tienda Coppel Hidalgo en Culiacán, se encontraban encerradas bajo llave para realizar el inventario y no pudieron escapar.

El incendio

La noche del 10 de noviembre de 2010 Ariana López de 24 años, Carmen Moreno de 36, Verónica Picos de 22, Claudia Bernal de 25, Rosa Imelda y Perla Zapata se encontraban en el tercer piso, estaban encerradas bajo llave mientras realizaban el inventario de la tienda.

El incendio se ocasionó por un corto circuito que se propagó rápidamente en el primer piso. En cuanto se percataron, las jóvenes trabajadoras llamaron a emergencias y a sus familiares para avisar que estaban atrapadas en el incendio.

El servicio de bomberos recibió el reporte, las llamas eran tan grandes que se requirió el apoyo de tres unidades de otros municipios. Un total de 75 bomberos junto con voluntarios intentaron romper candados y cortinas metálicas, pero fue inútil, utilizaron maquinaria pesada para romper una de las paredes.

Después de 15 horas lograron apagar el incendio, la mañana del 11 de noviembre sacaron del lugar los cuerpos de las seis mujeres trabajadoras. Murieron por asfixia y tres de ellas quedaron calcinadas. Testigos comentaron que algunas de ellas murieron abrazadas. 

Negligencia y capitalismo

Coppel Hidalgo contaba con 3 pisos. Según la Secretaría del Trabajo, la tienda no cumplía con los requisitos legales básicos como salidas de emergencia, capacitación constante ante diversos siniestros, ni programas de prevención. Situación en la que se encontraban otras tiendas del Estado, incluso del país.

Después del hecho, trabajadores de Coppel comentaron que era habitual que los directivos de la compañía los encerraran por las noches para realizar inventarios y cortes de caja. Declararon que sólo los gerentes tienen llaves y que si las trabajadoras terminaban antes de que acabara su turno, dormían en la sucursal esperando a que fueran las 7 am del siguiente día y les abrieran la puerta.

Lo que pasó hace 12 años en Culiacán no fue la primera vez que un hecho tan brutal como este ocurre en nuestro país ni en el mundo. En este sistema que privilegia las ganancias de una pequeña clase de parásitos por encima de la vida de millones de trabajadores, la muerte de los nuestros es la postal de cada día.

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¿Reparación del daño?

Después de la tragedia los directivos de Coppel aceptaron pagar los estudios completos, desde educación básica hasta profesional, de los 9 pequeños que quedaron huérfanos. Ofrecieron pagar por 10 años el aguinaldo completo y salario íntegro que tenían las trabajadoras (2 mil pesos quincenales), así como 400 mil para la remodelación o adquisición de una vivienda a cambio de que los familiares no levantaran cargos. 

Hoy el edificio no existe más, fue demolido después del cese de las investigaciones y lo que tampoco existe es la vergüenza de Enrique Coppel Luken ni de los grandes empresarios que en pacto con los gobiernos garantizan librarse de cualquier pena.

¿Cómo se repara el daño de perder a una madre, a una hija o a una hermana? El dinero, ni la garantía de estudio, ni el acceso a la vivienda reparan el daño de haber asesinado criminalmente a esas mujeres. Quieren dar por indemnización algo que debería corresponder por derecho.

Nos tenemos a nosotros 

Me estremece pensar que esas mujeres jóvenes, trabajadoras y parte de nuestra clase pasaron los últimos minutos de su vida temiendo por ellas, por sus compañeras y por lo que pasaría con sus familias. 

Pensarlas en sus últimos momentos abrazadas entre ellas me hace pensar que sólo nos tenemos a nosotros. No contamos ni contaremos con los patrones, ni con los grandes empresarios, ni con sus gobiernos que legislan para que estos hechos queden impunes.

Nos tenemos solamente a nosotros, pero si nos detenemos a pensar un segundo, nosotros somos mayoría, somos millones de trabajadores que pertenecemos a la clase desposeída, la clase que no tiene nada y sufre las consecuencias de la explotación, la injusticia y la impunidad, pero que tiene en sus manos el poder de cambiarlo todo. 

A 12 años de la muerte de estas mujeres jóvenes que perdieron la vida bajo el yugo de este sistema de explotación y miseria, buscar justicia para ellas significa organizar la rabia, el dolor y la tristeza, significa arrancar este sistema de raíz y construir otro en el que tengamos una vida que merezca ser vivida.


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