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4 de septiembre de 2016 Twitter Faceboock

Inmigrantes en el rascacielo: la foto más famosa de la clase obrera
Lucho Aguilar | @lukoaguilar

Almorzando en el rascacielos, es reconocida mundialmente. Detrás de ella, se esconden las historias de los inmigrantes que levantan el imperio americano: del Rockefeller Center a la Trump Tower.

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Veintinueve de septiembre de 1932. Once hombre sentados en una delgada viga de acero, los pies colgando. La mayoría lleva gorra encima de su cabello colorado. Algunos charlan, otros comparten un cigarrillo, terminan el almuerzo. Sólo uno mira la cámara. Parece recortado del resto por un cable que se gana su lugar en la foto. Detrás, la inmensidad del Central Park y un hilo del Río Hudson. Debajo, 250 metros debajo, 57 pisos debajo, las calles de Nueva York. Los taxis, el asfalto, las filas de desocupados de la Gran Depresión.

Lunch atop a Skyscraper, almorzando en el rascacielos. Así se llama la imagen.

¿Cuántas veces la viste? ¿Cuántos la cuelgan en su pared o guardan en algún cajón? ¿Cuántas veces miramos esos rostros, nos preguntamos si era trucada, una puesta en escena o simplemente estaban todos locos?

Doce hombres entre el cielo y la tierra

La foto se publicó por primera vez en el New York Tribune el 2 de octubre de 1932. Estados Unidos se debatía en una crisis económica y social profunda. 17 millones de desocupados, largas colas por una ración de sopa y pan. En medio de la hambruna, la foto perseguía un valor simbólico: “a medida que los rascacielos crecían en la altura, la ciudad se hundía. Con la Gran Depresión sobre sus pies, los 11 trabajadores serían los posters motivadores de la época”.

Así lo cuenta uno de los protagonistas del recomendable documental Men in lunch, de Seán Ó Cualáin. Durante poco más de una hora, recorre las historias y significados que guarda aquella famosa foto.

Christine recorre el archivo del Rockefeller Center para intentar aclarar fechas y nombres. ¿Cómo se llaman los obreros que almuerzan en la viga? ¿Por qué la mayoría son irlandeses? ¿Y los fotógrafos que arriesgan la vida para retratarlos? Solo logra confirmar la identidad de dos de ellos, quizá tres. Sin embargo, todos los años alguien se acerca al archivo para decir que conoce a uno de esos albañiles. Es mi padre, mi hermano, mi tío. De repente, en la delgada viga, a 250 metros del piso, son 45 hombres apretados.

A lo largo de la película nos vamos dando cuenta que se trata de una foto preparada. Pero ni siquiera ese dato le quita algo del tremendo poder y realidad que transmiten esa imagen.

Ciudad de golpes duros

En medio de la crisis, Nueva York se cubría de grandes edificios. “Cuando los estadounidenses se sintieron atestados, construyeron una cuadra en forma vertical y la llamaron rascacielos”. Así fue. En esa época se terminaban los grandes edificios de la ciudad: el Rockefeller Center, el Empire State, el Radio City. Pero no se levantaban solos.

“Era una ciudad de golpes duros”, sigue el relato. “Una ciudad que necesitaba el trabajo salvaje del 99% de su gente. Era gente que escapaba de enfermedades, hambrunas, persecución. No eran soñadores ingenuos. Sus rostros devuelven el sueño opacado de todos los inmigrantes. Podían ser de 20 lugares distintos, lo que los unía en esa viga de hierro, ese mediodía de 1932, era construir rápido un rascacielos”.

Desde el Queens y el Bronx llegaban a las obras a trabajar por 1,5 dólares la hora. Por esos días no era una mala paga pero debían estar preparados para morir. “Era un negocio desagradecido y traidor. Un día bueno para esos trabajadores era el que no terminaban en la morgue. Y si eso pasaba, había cola para ocupar su lugar”.

Los promotores de las torres estimaban en sus presupuestos que cada 10 pisos moriría un trabajador. Cerca del 2% de los trabajadores de la construcción morirían en el año, y otros 2% sufriría discapacidad permanente. En un gremio de 1000 obreros como el de Nueva York, eran 40 por año.

Quizá por eso su lema era “No morimos, nos matan”.

Sin embargo seguían subiendo. Escapando del hambre. “Allí arriba tenían el esplendor que sabían que no tendrían cuando volvieran a pisar la calle”.

La crisis golpearía duramente a la clase obrera, nativa e inmigrante. Millones de desocupados, condiciones de trabajo precarias, sindicatos perseguidos, huelgas reducidas a su mínima expresión. Recién a mediados de la década comenzarían a resurgir las fuerzas obreras, con históricas luchas como las que dieron los mecánicos en Flint o los camioneros de Minneápolis.

Aunque no nos hayan dejado imágenes tan famosas.

Torres de racismo

Las últimas imágenes de Men in lunch muestran a los hombres que reconstruyen las torres del World Trade Center derribadas el 11S. Otros fotógrafos suben a retratar a otros albañiles que siguen haciendo equilibrio entre los metales. Buscan, seguramente, nuevos pósters motivadores del sueño americano.

Sin embargo, los grandes edificios norteamericanos se siguen levantando hundiendo a la clase obrera. Nativa e inmigrante. Los irlandeses que levantaron el Rockefeller, se transformaron luego en los polacos que levantaron la Trump Tower.

El actual candidato republicano hizo su fortuna con el negocio inmobiliario y de la construcción. En los años 80 levantó, en medio de la Quinta Avenida de Manhattan, su emblemático edificio. Cada día, cientos de obreros, la mayoría inmigrantes sin papeles, trabajaban 12 horas por un sueldo miserable, en pésimas condiciones y sin los aportes correspondientes. La “brigada polaca” hizo casi todo el trabajo de demolición.

Hoy, mientras dispara su campaña xenófoba, Trump sigue apelando al sudor y la sangre de los inmigrantes para levantar su fortuna. Ahora no son polacos sino mexicanos. Como Diego Reyna, que se cansó de los comentarios racistas de su jefe y colgó una bandera de su país en la cima del Trump International Hotel & Tower Vancouver. “Porque en el vertido de hormigón, el terminado, la mezcla, el tallado de la madera y todos los trabajos en general, estamos los mexicanos”.

80 años después de aquella famosa foto, son los mismos hombres que levantan las torres del sueño americano. Y los que siguen cayendo de ellas.

Eso mismo denunciaron los trabajadores de la construcción que marcharon hace poco a la Alcaldía de Nueva York, sosteniendo 20 ataúdes negros. El 75 % de los obreros accidentados no estaban sindicalizados, y el 60% eran inmigrantes.

 
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