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3 de diciembre de 2020 Twitter Faceboock

TRIBUNA ABIERTA
Precarización y acoso laboral en CMS Aguascalientes
Jenny Q

CMS es un call center que opera en Aguascalientes y Monterrey, durante la pandemia se ha agudizado el acoso y la precarización laboral para quienes ahí trabajan, sobre todo hacia las mujeres.

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Después de más de siete meses enfrentando una crisis sanitaria y dos años bajo una administración que basó su campaña en la lucha contra la corrupción, jamás he estado más consciente de lo frágiles que son las protecciones de los derechos laborales en México en contraste con la impunidad que tienen las grandes empresas al violar las leyes que estamos obligados a respetar el resto de los ciudadanos.

He trabajado en call centers toda mi adolescencia y lo que llevo de mi vida adulta, respondiendo llamadas y solucionando problemas a clientes de una empresa que formalmente no me reconoce como trabajadora y sin embargo estoy obligada a representar.

Resulta que una empresa estadounidense contrata a otra empresa, llamada CMS, con sede en Monterrey y Aguascalientes, la cual me contrataba para asumir la responsabilidad de empleadores, inmunizando a la empresa norteamericana de hacer valer mis derechos laborales, los cuales violaron continuamente. Esto ha pasado en todos los call centers en los que he trabajado.

De CMS jamás recibí una copia de mi contrato ni recibos de nómina, y utilizaban varios seudónimos en los papeles que me hacían firmar.

Los abusos de esta empresa empiezan desde la etapa de contratación: buscan personas que vienen de Estados Unidos y que no conocen sus derechos laborales en México, o abusan de gente sin papeles (y que no tiene la posibilidad de exigirlos), justificándose con que necesitan agentes bilingües.

Recuerdo que cuando entré, durante mi entrenamiento, nos prometieron que no había código de vestimenta (luego me di cuenta que con esto se promocionan en Facebook) y sin embargo había una cláusula en mi contrato que describía un código de vestimenta estricto que después de unos meses comenzaron a imponer.

A primera vista todo estaba muy bien, nos llevaban comida, nuestros jefes nos invitaban a fiestas, a mi constantemente me prometían que me iban a ayudar a subir de puesto, pero siempre con la condición de que tenía que trabajar el doble para sobresalir. Luego supe que esto lo hacían con todos mis compañeros.

Sufrí acoso por parte de mi supervisor, el cual lo encubría con su “buena onda”. Pasé meses lidiando con él, con sus manipulaciones, sus arranques de celos (cuando yo jamás le di a entender que tenía algún interés en él), se la pasaba haciéndole la vida imposible a mis amigos varones, y diciéndome que no me relacionara con ellos porque si los jefes pensaban que yo era una “zorra” jamás me iban a subir de puesto.

Fue una sorpresa muy grata cuando un día llegaron dos representantes de la fiscalía preguntando por él. Después de eso no lo volví a ver, pero no fue la última vez que supe de él. Resulta que estaba prófugo, incluso antes de que lo contrataran en CMS, por grabar a menores de edad en los baños de una prepa en la que había trabajado. Como yo era la única que sabía esta información, me acerque a mis jefes porque en ese momento todavía no lo habían corrido. Una parte de mi esperaba que se preocuparan por mí, que me preguntaran si alguna vez me había hecho algo y tal vez así yo tendría el valor de contarles. Pero no sucedió, me dijeron que fuera discreta y que les pidiera a mis compañeros que no estuvieran preguntando. Fui una ilusa al pensar que con él fuera, la pesadilla había terminado.

Al siguiente día tenía una entrevista para un puesto de supervisor que tenían disponible desde hace tiempo. En cuanto entre a la oficina, la máxima autoridad del plantel hizo un comentario asqueroso sobre mi físico, y encima, en frente de todos mis jefes. Fue ahí cuando me di cuenta que mi supervisor no era el problema, era la empresa. Empecé a poner atención, a escuchar a mis compañeras que tenían sus propias quejas y sus experiencias con acosadores. Corrían a gente casi al azar y a veces, a varias en un solo día. También hablé con los compañeros que ya no trabajaban ahí y también tenían sus propias historias de terror.

Cuando empezó la pandemia yo ya estaba segura de que iba a renunciar, así que era más abierta con mis quejas. Esto no les gustaba a mis jefes así que empezaron a hostigarme. Además, mi nuevo supervisor me obligaba a tomar las llamadas que eran para él, lo cual significaba sentarme en el cubículo de otro compañero y ponerme sus audífonos y micrófono, en medio de una pandemia a la que, hasta el momento, solo habían atendido poniendo gel antibacterial en la entrada.

Por fin me armé de valor y le dije a mi supervisor que iba a renunciar. Como una empleada responsable avisé varias semanas antes para que encontrarán mi remplazo. Todo este tiempo mi supervisor se la pasó rogándome que lo pensara e incluso me dio unos días de descanso (sin paga, obvio) para intentar sobornarme. Pero yo estaba decidida, regrese, fui directamente a la oficina de recursos humanos (que todo este tiempo pareciera que estuvo ahí de adorno) y dije que iba a renunciar.

La chica de RH no tenía idea, porque mi supervisor estaba tan seguro de que me iba a convencer de quedarme, que no le dijo a nadie, además de que tenía miedo de que fueran a tomar represalias contra él por perder a una agente. También conté todo lo que me había pasado en un último intento de mejorar las condiciones para mis compañeros.

Después de renunciar, duré mucho tiempo insegura, con miedo de entrar a otro trabajo porque pensaba que yo era el problema y que en otro lado iba a pasar lo mismo. No fue hasta que otros excompañeros metieron demandas y otras chicas sacaron a la luz sus propias historias de acoso, que me di cuenta de que no era la única, ni la que la llevó peor en ese trabajo. Todavía hay muchas personas trabajando ahí que se dirigen al mismo destino.

Después de que me fui, las cosas solo empeoraron para ellos. Como estamos en una crisis económica, los jefes aprovecharon el miedo a perder el trabajo entre mis compañeras y compañeros, así que empezaron a violar sus derechos laborales abierta y descaradamente: se rehusaron a subirle el salario a algunos de los compañeros que cumplieron un año, a otros los bajaron de puesto por quejarse de las condiciones sanitarias y corrieron a otros por razones similares; amenazaron al resto, utilizando a los que ya estaban fuera como ejemplo y recordatorio de que no alzaran la voz.

Yo sé que no es una situación única y que la mayoría de las compañías operan igual, pero justo ese es el problema, que las violaciones a los derechos humanos, a pesar de ser un crimen, también son una normalidad, así que tenemos que cambiar las cosas organizadamente para que esto no siga sucediendo.

Invitamos a nuestros lectores a denunciar de manera totalmente anónima escribiendo su relato en las redes sociales de Izquierda Diario México.

 
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