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2 de diciembre de 2020 Twitter Faceboock

SUPLEMENTO IDEAS DE IZQUIERDA MX
Rebelión zapatista en el norte de Sinaloa
Heraclio Terán

De febrero a julio de 1912 el norte del estado de Sinaloa fue el escenario de múltiples levantamientos armados contra el gobierno maderista, mismos que se reivindicaban partidarios del Plan de Ayala.

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Corría el año de 1912, en ese entonces el Distrito de El Fuerte contemplaba los hoy municipios de Ahome, El Fuerte y Choix, colindando al norte con el Estado de Sonora y al oriente con el de Chihuahua. En dicho Distrito acaecieron distintos levantamientos populares armados que se reivindicaban zapatistas, es decir, que se declararon partidarias del Plan de Ayala, promulgado el 28 de noviembre de 1911 en Ayala, Morelos. Tal documento, redactado por Emiliano Zapata y Otilio Montaño, fue el manifiesto de aquello que Francisco Pineda denominó como “la irrupción zapatista”.

Para León Trotsky, la historia de las revoluciones es “la historia de la irrupción de las masas en el gobierno de sus propios destinos”; estableciendo una relación entre ambas frases una duda que por lógica emerge es: ¿de qué masas se habla en la irrupción zapatista? Las masas del campesinado predominantemente pobre e indígena de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. La irrupción zapatista sería, entonces, el levantamiento de dicho sector guiado por el ideal de construir su propio porvenir.

Desde Morelos para el norte: la utopía agraria del Plan de Ayala en Sinaloa

¿Bajo qué condiciones de posibilidad el Plan de Ayala pudo encontrar adeptos en Sinaloa? ¿En qué lugares del norte de Sinaloa emergieron aquellos grupos que participaron en la rebelión en contra del gobierno de Madero, asumiendo la causa agrarista plasmada en el Plan de Ayala? y ¿Qué composición tenían estas colectividades?

Contestar estas tres preguntas demanda tener en cuenta algo: el Plan de Ayala llega a Sinaloa como un documento que responde a una situación configurada a partir de las limitaciones de la experiencia del gobierno maderista sobre todo respecto al cumplimiento de demandas agrarias de carácter popular; es la expresión programática de una radicalización política que llevará al zapatismo a constituirse en una fracción independiente respecto a un sector de la burguesía cohesionado en el maderismo.

En ese sentido, la promulgación del Plan de Ayala da un giro cualitativo sumamente importante al movimiento insurgente que encabezó el Ejército Libertador del Sur, sobre todo en el Estado de Morelos, pero cuyos ecos tuvieron resonancia en Sinaloa. El mencionado viraje responde a una radicalización de la perspectiva zapatista, que inicialmente se encuadraba en el plan de San Luis Potosí.

El documento en cuestión reformuló el Plan de San Luis, promulgado por Francisco I. Madero, enriqueciendo su ethos con dos elementos importantísimos: manifestando la necesidad de expropiar a los monopolizadores de las riquezas nacionales y estableciendo un deslinde tajante en relación a los de arriba —para ese momento, incluido ahí el presidente Madero— reivindicando a su vez a los más pobres, quienes no poseían títulos de propiedad sobre tierras que les fueron usurpadas.

El Plan de Ayala: una propuesta programática radical

En algunos fragmentos del Plan de Ayala se pregonó que:

“Plan Libertador de los hijos del Estado de Morelos, afiliados al ejercito Insurgente que defienden el cumplimiento del Plan de San Luís Potosí con las reformas que ha creído conveniente aumentar en beneficio de la Patria Mexicana…”
“1. ° Teniendo en consideración que el pueblo mexicano acaudillado por don Francisco I. Madero fue a derramar su sangre para conquistar sus libertades y reivindicar sus derechos conculcados, y no para que un hombre se adueñara del Poder violando los sagrados principios que juró defender bajo el lema de ‘Sufragio Efectivo’, ‘No Reelección’…”
“…el llamando Jefe de la Revolución Libertadora de México C. don Francisco I. Madero, no llevó a feliz término la revolución que tan gloriosamente inició con el apoyo de Dios y del pueblo, puesto que dejó en píe la mayoría de poderes gubernativos y elementos corrompidos de opresión del Gobierno dictatorial de Porfirio Díaz, que no son, ni pueden ser en manera alguna la legítima representación de la Soberanía Nacional…”
“…declaramos al susodicho Francisco I. Madero, inepto para realizar las promesas de la Revolución de que fue autor, por haber traicionado los principios con los cuales burló la fe del pueblo…”
“…traidor a la Patria por estar a sangre y fuego humillando a los mexicanos que desean sus libertades, por complacer a los científicos, hacendados y caciques que nos esclavizan, desde hoy comenzamos a continuar la Revolución principiada por él, hasta conseguir el derrocamiento de los poderes dictatoriales que existen.”

En cuanto al aspecto de las expropiaciones, el Plan menciona lo siguiente:

“6.° Como parte adicional del Plan que invocamos hacemos constar: que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la tiranía y de la justicia venal entrarán en posesión de estos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos correspondientes de esas propiedades, de las cuales han sido despojados, por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance, con las armas en la mano, la mencionada posesión y los usurpadores que se crean con derecho a ellos, lo deducirán ante tribunales especiales que se establezcan al triunfo de la Revolución.”

El 7° artículo del Plan en comento concentra el espíritu de las aspiraciones agraristas de las masas expresando lo siguiente:

“En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras, montes y aguas, por esta causa se expropiarán, previa indemnización de la tercera parte de esos monopolios a los poderosos propietarios de ellas, a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos, o campos de sembradura o de labor, y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos.”

Mientras el artículo 8° dice: “Los hacendados, científicos o caciques que se opongan directa o indirectamente al presente Plan, se nacionalizarán sus bienes y las dos terceras partes que a ellos les correspondan, se destinarán para indemnizaciones de guerra, pensiones de viudas y huérfanos de las víctimas que sucumban en la lucha por presente Plan.”

Las limitaciones del maderismo

Y es que, precisamente, el monopolio de la tierra fue uno de los rasgos principales del porfiriato condensando dos cosas: apropiación del territorio de comunidades indígenas e industrialización de la producción agrícola. El norte de Sinaloa no fue la excepción a esto, guardando al menos dos semejanzas con el Estado de Morelos: la producción azucarera, aunado también al predominio del sistema de haciendas.

Las contradicciones sociales, económicas y políticas que ello crispó producen la emergencia de grupos rebeldes identificados con el orozquismo y el zapatismo en la región puesto que ahí la estructura del aparato estatal, a todos niveles, continuaba cobijando cuadros pertenecientes al porfirismo, especialmente identificados con el sector de “los Científicos”, mismos que posterior al derrocamiento de Porfirio Díaz se asumieron como “maderistas moderados”.

En respuesta a ello, en Sinaloa también se generó un movimiento popular que exigía la sustitución de los restos de la estructura porfirista que aún se encontraban en posiciones dentro de los Poderes Legislativo y Judicial en el estado, así como la destitución del gobernador Celso Gaxiola Rojo. Estos acontecimientos hicieron visible el descontento de muchos dirigentes maderistas de Sinaloa en relación con los tratados de Ciudad Juárez, en los cuales quedaba estipulado en dos de sus puntos que: “…las fuerzas revolucionarias iban a ser desmovilizadas, tan pronto como fuera posible y las fuerzas federales iban a ser el único ejército en México…”, así como que “…Los policías, jueces y legisladores estatales, que habían sido nombrados o ‘electos’ durante el gobierno de Díaz conservarían sus cargos”, tal como lo refiere Friedrich Katz en su libro Life and times of Pancho Villa.

Esta breve descripción del escenario político imperante en Sinaloa durante la segunda mitad de 1911 nos expone algunas de las razones que posibilitaron el surgimiento del zapatismo en este estado norteño. Precisamente, Héctor R. Olea en su obra Breve historia de la revolución en Sinaloa (1910-1917) sostiene que “Sinaloa, después de Morelos, fue el estado donde mejor prosperó el zapatismo, es decir, las ideas agrarias del sur” (p. 40).

Este mismo autor afirma que a finales de 1911 el Plan de Ayala ya se encontraba en circulación en Sinaloa; el artículo VII del Plan en cuestión funge como un “faro” ideológico para revolucionarios sinaloenses como Juan M. Banderas. Hay que decir que dentro de las fuerzas zapatistas en Sinaloa se encuentran algunas colectividades cuya composición, aunque predominantemente campesina, incluye a labradores, jornaleros, operarios de minas, rancheros, comerciantes, mineros y hasta ex militares federales. Sus líderes fueron ex-maderistas que, a pesar de haber participado en la lucha armada contra la dictadura, fueron excluidos en la conformación del nuevo proyecto de gobierno. Dentro de estos últimos podríamos ubicar a Banderas.

Los zapatistas operaron llevando a cabo distintas incursiones armadas en poblados de la zona norte de Sinaloa como la Villa de Choix, Chinobampo, El Fuerte, Los Mochis, y Villa de Sinaloa. Dentro de los dirigentes que encabezaron estos hechos de armas encontramos los nombres de Blas Retes, Tomás Verdugo y Fortunato Heredia en el norte de Sinaloa, mientras que en el centro de la entidad los de Manuel Vega, Antonio M. Franco y Francisco “Chico” Quintero.

Ferocidad de las fuerzas maderistas contra zapatistas de Sinaloa

Ahora bien, respecto a Juan M. Banderas, único sinaloense que alcanza el grado de general de división del Ejército Convencionista, hay que mencionar que su adhesión al zapatismo se da en febrero de 1912, mientras él se encontraba recluido en la temible prisión de Lecumberri, a razón de una acusación artificiosa realizada contra él por supuestamente haber ordenado la ejecución extrajudicial de un temerario coronel porfirista de nombre Luis G. Morelos, por quien las tropas revolucionarias sentían especial animadversión a razón de ciertos episodios de crueldad que protagonizó en algunas poblaciones de la zona serrana de la frontera con Durango.

Sin embargo, la verdadera razón de su encarcelamiento fue la defensa que como gobernador interino de Sinaloa (7 de agosto – 27 de septiembre de 1911) llevó a cabo de los intereses de los sectores populares y de la autonomía estatal respecto de injerencia del gobierno federal, ello en detrimento de las aspiraciones de los porfiristas que seguían enquistados en el aparato estatal: Madero no le perdonó que no se sometiera ciegamente, primero, a la voluntad de León de la Barra y luego a la suya, y que se atreviera a retar a los representantes estatales del grupo de los Científicos.

De esa forma Banderas, decepcionado de la inconsecuencia y de la progresiva hostilidad que el gobierno maderista asumía frente a quienes habían sido, de hecho, sus más leales y sinceros aliados, decide adherirse totalmente al Plan de Ayala. Paso que replicaron sus seguidores en Sinaloa.

Sobre ello el historiador Saúl Alarcón refiere:

“En febrero de 1912, la reclusión de Banderas fue determinante, junto con otras motivaciones, para que sus más fieles subordinados y amigos, proclamaran el Plan de Ayala. En la revolución zapatista en Sinaloa, el enfrentamiento entre antiguos correligionarios de la revolución maderista, les dio a los combates una ferocidad que no se contempló en las hostilidades de 1911. Los maderistas en 1912, trataron a los zapatistas con una crueldad que no tuvieron en 1911, para los soldados defensores del porfiriato. El ahorcamiento y el fusilamiento, fue la suerte de la mayor parte de los zapatistas, que cayeron prisioneros de los Cuerpos Rurales, integrados por antiguos soldados del Ejército Libertador maderista.”

Así, desde el mismo de febrero de 1912, el distrito de Culiacán es testigo de dos sublevaciones zapatistas, una en Navolato y otra en el Dorado. Antonio M. Franco, originario de Tamazula, Durango, compañero en armas de Banderas, fue el segundo al mando durante la campaña militar de enero a julio de 1911, por lo que la dirigencia de la revolución zapatista en Sinaloa recayó de manera espontánea en él. Sin embargo, quien representaba los intereses del campesinado de manera más clara fue el ya mencionado Francisco “Chico” Quintero, originario de la Cofradía de la Loma, comunidad muy cercana a Navolato. “Chico” Quintero fue un verdadero líder agrarista quien ya había encabezado una lucha en contra de los terratenientes azucareros de la familia Almada, dueños del ingenio azucarero Navolato.

Podríamos decir que la sublevación del Plan de Ayala en Sinaloa se da de febrero a julio de 1912, teniendo como clímax los meses de abril y mayo de ese año, en los cual se dan 3 importantes acontecimientos: el primero de ellos el 4 de abril en Estación Retes, hoy municipio de Mocorito, donde fuerzas de Chico Quintero se enfrenta a las del coronel Néstor Pino Suárez, dando muerte a este último, quien era hermano del vicepresidente José María Pino Suaréz. El segundo fue la famosa “Toma zapatista de Culiacán” ocurrida el 17 de abril por parte de alrededor de 1500 hombres comandados por Antonio M. Franco, mientras que el tercero acaece del 24 al 26 de mayo cuando 500 hombres de “Chico” Quintero asedian la plaza de El Fuerte, provenientes de Tetaroba, sin poder tomarla, siendo rechazados por federales dirigidos por el general Ramón F. Iturbe y el teniente Luis Matus.

Sin embargo, hay que mencionar que lo que se considera el último ataque zapatista en la región acontece el 19 de enero de 1913, cuando Fortunato Heredia, con 80 hombres, se apoderó de la población de Los Mochis, impuso algunos prestamos forzosos y se regresó a la sierra sinaloense, tomando rumbo al Mineral de San José de Gracia. Entre julio y agosto de 1912, después de continuas derrotas militares y viendo que no había posibilidad de llevar a buen puerto la lucha del zapatismo en Sinaloa, Antonio M. Franco, se exilia en Los Ángeles, California, mientras que Manuel Vega y “Chico” Quintero se rinden y logran ser amnistiados.

Así, luego de una feroz cacería de las fuerzas zapatistas se termina el sueño que trajo consigo a Sinaloa el Plan de Ayala. Sin embargo, como sabemos, el despliegue del zapatismo seguirá en los años siguientes en el estado de Morelos y otros aledaños, constituyéndose como el ala radical, en términos políticos y programáticos, de la Revolución, y dando pie a experiencias como la Comuna de Morelos.

REFERENCIAS

Alarcón, Saúl. (2006). Juan M. Banderas en la revolución. Tesis de Maestría. Facultad de Historia. Universidad Autónoma de Sinaloa.
Katz, Friedrich. (1998). The life and times of Pancho Villa. Stanford University Press. EE.UU.
Olea, H. (1964). Breve historia de la revolución en Sinaloa (1910-1917). Biblioteca nacional de estudios históricos de la revolución mexicana, México, 1964.

 
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