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9 de agosto de 2020 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
La izquierda, el algoritmo y el Estado según Juan Carlos Monedero
Javier Occhiuzzi

Ilustración: Mar Ned - Enfoque Rojo

Pasaron dos años desde que el politólogo y co-fundador de la coalición política española Podemos, Juan Carlos Monedero, planteó en su libro La izquierda que asaltó el algoritmo el fin de la izquierda tradicional y el nacimiento de una fuerza política de nuevo cuño que venía a cambiar el sentido común de la política tradicional. Un tiempo después de la deriva de Monedero y Podemos de estos años, volvemos a leer para discutir su pregunta motora: ¿qué es ser de izquierda hoy?

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Juan Carlos Monedero es un politólogo y profesor universitario español, ex secretario de Proceso Constituyente y Programa de la coalición española Podemos. Entre los años 2011 y 2013 ganó fama al aparecer en programas mediáticos junto a Pablo Iglesias y además como referente del movimiento 15-M en programas televisivos como “La Tuerka”. Entre los años 2014-2015 fue dirigente con cargo dentro de Podemos hasta que se retiró. En enero de 2018 (el año políticamente más fatídico para Podemos) se lanzó como presentador de “En la frontera” un programa con formato de "late night" con entrevistas y debate político. Pero recién en octubre de dicho año se publicó su último libro La izquierda que asaltó el algoritmo, una suerte de balance político-teórico y algunas conclusiones estratégicas de la llamada “nueva izquierda”. Una pandemia y dos años después, retomamos la lectura de la obra para analizar qué falló en los presupuestos de una “teorización” que ilusionó a muchos en los últimos años y que mostró unos resultados pésimos, pero que es necesario criticar para seguir pensando qué política y qué izquierda son necesarias.

Monedero parte de caracterizar que la democracia occidental está en una crisis profunda después del 2008:

Lehman Brothers terminó abriendo paso a más recetas neoliberales, aplicadas por una derecha envalentonada. Con dinero público se rescataron a los bancos y los banqueros lo celebraron dándose un banquete material y simbólico (p. 49) [1].

Según el autor, esta situación dejó en crisis la institucionalidad democrática debido a la gravedad de los hechos y el costo que pagaron los responsables: “Los que produjeron la crisis de 2007 tienen sobre sus espaldas haber roto muchos países y provocado muchas muertes. En una verdadera democracia estarían en la cárcel” (p. 97).

Pero al parecer la democracia es de y para los grandes grupos económicos, que además disponen de los medios masivos de comunicación y de los datos personales de la ciudadanía para poder manipularlos, llegando a concluir que: “Hemos perdido el control político y moral en nuestras sociedades para que no descarrilen principios básicos como la igualdad y la democracia” (p. 8).

En ese sentido y en este contexto el politólogo Monedero se pregunta ¿qué es ser de izquierda hoy?

¿De dónde parte el análisis?

El eje de la cuestión surge de una contradicción histórica que Monedero levanta, pero no analiza en profundidad. Según él, “hubo un Estado, la Unión Soviética, que se proclamó la patria de los trabajadores. Pero mancilló esa promesa”(p. 3). Desde entonces la izquierda carga con esa responsabilidad, aún en el siglo XXI.

Al parecer, el origen de esta discordia surge de una lectura reduccionista o economicista de la obra de Marx. Según Monedero, “la izquierda” ha querido construir una categoría que se reduce a comprender la conflictividad social como una tensión entre capital y trabajo. Pero según el autor, esa categoría es insuficiente debido a que “la opresión tiene muchos más contornos”(p. 35). Al parecer, los “nuevos” contornos a los que hace referencia Monedero se pueden agrupar en dos niveles.

El primero es el famoso y refrito argumento de que el sujeto de la izquierda, el proletario (la clase obrera) dejó de existir. Sí, así como lo escuchamos: el trabajo traccionado a sangre y sudor ya no lo hacen más las personas sino alguien más (¿robots?) dejando de lado la mano de obra humana que gracias a los beneficios de la tecnología pasó a engrosar las filas de una sociedad que solo produce servicios. Y no solo eso, sino que, a este supuesto cambio de paradigma productivo tecnológico, Monedero le suma otro elemento de índole subjetiva-cognoscitiva a la hora de diluir al sujeto proletario. Según él, ese antiguo sujeto se convirtió en un consumista que se mide a sí mismo a partir de su capacidad de compra: “De hecho, buena parte de los trabajadores proletarios se sienten clase media y su reclamación es no quedarse fuera de su inclusión en el consumo” (p. 41). Por lo tanto, fue el consumismo lo que convirtió al proletario en propietario y a cada trabajador en su propio jefe: “puedes ser empleado en una tienda de ropa, donde eres maltratado durante ocho horas por los ‘usuarios’, igual que por el jefe o la jefa, y luego tener tus minutos ‘de gloria’ maltratando a un conductor de Uber en los quince minutos de un trayecto” (p. 42). Por medio de este recurso, Monedero diluye la noción de clases, ya que según él todos somos explotadores por igual; de esta forma, la idea de que haya una clase social parásita que vive del trabajo de otra se vuelve obsoleta y todo pasa por un cambio individual: “Hoy las luchas emancipadoras son contra nosotros mismos, porque al beneficiarnos en algún momento del día de la explotación de alguien […] si esas personas recuperan sus derechos, nos quitamos algún privilegio” (p. 45). De esta manera, al pasar el cambio por lo individual, los verdaderos explotadores, ese 1 % que acapara toda la ganancia y entierran a muchos en la miseria está puesto al mismo nivel que cualquier ciudadano de a pie.

El segundo argumento es el de la pospolítica. Al parecer, la caída de la URSS postuló el fin de las ideologías y zanjó la alternativa derecha/izquierda porque “la izquierda se encerró en su propia cárcel”. El ciudadano, el sujeto revolucionario por excelencia de la joven política contractualista burguesa, vio su evolución marcada en tres pasos: primero en el siglo XIX por el derecho al trabajo, en el siglo XX por el derecho al consumo y actualmente en el siglo XXI por el deseo de consumo. O sea: el paradigma antropológico cambió; pasamos de entender al ser humano como un Homo Faber (que fabrica herramientas y su entorno por medio de su trabajo para existir) a un Homo Economicus (que condiciona su conducta en torno al cálculo racional de los estímulos monetarios que lo van a beneficiar individualmente). En este contexto donde no hay clases sociales ni conflictos de capital/trabajo no hay conflictos reales, sino acuerdos generales, por lo tanto, la política pierde su razón de ser y surge la “pospolítica”; todo es reductible, supuestamente, al consenso. De ahí que ya no se debata entre opciones que encierran modelos políticos/económicos, sino entre ajustes que van a alcanzar mejor los expertos tecnócratas que los ciudadanos de a pie, o sea que son los “expertos” los que deciden los ajustes económicos y no el pueblo. Por lo tanto, la conclusión es que la pospolítica es el extremo centro. Y quien quiera hacer política, sobro todo si es de izquierda, debe hacerlo desde ahí.

En suma, según Monedero las preguntas que le hiciera Marx al capital son correctas, pero las respuestas actuales que se obtienen de las mismas preguntas cambiaron. La razón de esto consiste en que la revolución digital, el big data, las criptomonedas, la robotización, las corporaciones de plataforma y nuevas formas de relación laboral como “el precariado”, complejizaron tanto el panorama que no hay una identificación clara de qué sujeto productivo soy y bajo qué sistema económico funciono: “Y no hay alternativa porque no hay una percepción clara de lo que significa el capitalismo, algo lógico en un mundo donde somos, al tiempo, víctimas y verdugos (somos sujetos mercantilizados que se usan constantemente)” (p. 83).

Finalmente, el algoritmo tirano en forma de big data es el otro elemento que vino a complejizar el escenario político debido a su inmenso poder. Ni todas las novelas distópicas juntas tienen el poder del big data a la hora de cruzar información. Según el politólogo español: “En los tiempos del big data mercantilizado, el poder económico, político, mafioso, religioso o del tipo que sea tiene más información particularizada de cada ciudadano de la que nunca pudieron recopilar el KGB, la CIA, el Mosad o la Stasi” (p. 22).

Si a todo eso le sumamos el poder de influencia masiva que puede tener en un proceso electoral las redes sociales, podemos cuestionar si existe un régimen democrático real cuando uno es manipulado según su psicoperfil fabricado sobre la venta de tus datos personales:

La clave del Brexit, de la victoria de Obama y de Trump en Estados Unidos, de Macri en Argentina, de Rajoy en España, de Duque en Colombia, empezó el día que un joven que quería vender moda se preguntó: ¿y cuándo unas prendas que son objetivamente feas empieza a llevarlas tantísima gente? Cuando tienes la respuesta puedes construir el algoritmo (p. 25).

En este sentido, no es exagerado plantear que Monedero le confiere al big data y a sus algoritmos capacidades absolutas sobre los usuarios, como lo ilustró metafóricamente al sugerir que: “El big data echa burundanga en el café con leche con el que desayunamos y nos deja a su merced” (p. 24).

Ante semejante declaración, no queda otra opción que preguntar: ¿Qué intereses son los que entran en juego detrás de estos desarrollos tecnológicos? Porque solo sabiendo esto podemos decir quiénes son los sujetos implicados en concreto; la burundanga la pone alguien en el café, no cayó ahí accidentalmente. La discusión que queremos abrir es: ¿en manos de quien está la tecnología?, ya que, bajo otra lógica, los avances tecnológicos podrían potenciar el espíritu creativo, liberador y disfrutable. Mientras que bajo la lógica capitalista esos avances sirven para la dominación, la estafa y el control.

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Cuál es la salida

En el marco coyuntural recién descripto surge la necesidad de pensar cuál es la salida a la desigualdad, explotación y miseria de la humanidad.

La respuesta a esta pregunta es la misma que busca responder la consigna motora del libro: ¿qué es ser de izquierda hoy? Según el profesor Monedero, sería la fraternidad. Pero que no se entienda mal, no fraternidad a secas sino un tipo específico de fraternidad:

Solo cuando el Estado se hace constitucional y republicano (res-publica) se guía por la fraternidad. La fraternidad es una categoría política máxima porque abole la política (el conflicto) y lo sustituye por un comportamiento decente que nace de la propia voluntad (p. 93).

Somos todos hermanos, sin importar nuestra clase social, ya que todos somos humanos por igual que caminamos entre la fraternidad republicana y el liberalismo elitista que se disputan el mando del timón en el Estado.

Pero es aquí donde se desenmascara el problema central del libro en cuestión: definir qué es ser de izquierda hoy es definir qué es y qué rol juega el Estado. Pero según Monedero, el Estado es un aparato que siempre se hereda; no importa el cuño político de la “revolución” que lo enfrente, siempre va a quedar presente su estructura y sus vacíos de poder que hay que llenar.

Hay dos categorías que Monedero considera las más distintivas y por lo tanto inevitables. Una es el sub-Estado o las FF.AA y sus ministerios, y el otro es “lo que Gramsci llamó ‘Estado Ampliado’ (sociedad civil y sus instituciones)”. En este marco, la propuesta política que nos ofrece Monedero es “infiltrar el Estado” con el objetivo de intervenirlo, ya que, según él, solo desde el aparato del Estado se puede cambiar algo.

Para poder lograr ese objetivo, Monedero propone la creación de un partido político de “novísimo cuño” que se conoció como Podemos. Según él, este partido no tenía estructura formal, no tenía programa ni líder. Pero su secreto se encontraba en su criterio de organización: “la transversalidad crítica” que rompe con la idea de un partido centralizado y un sujeto proletario. Monedero llamó a esto “leninismo amable”, pensado para el “nuevo sujeto” político que esta “formado y conectado” pero no soporta el funcionamiento tradicional de los partidos tradicionales. Las masas y los trabajadores organizados son categorías antiguas. Los ministerios y las redes sociales los pueden suplir:

La izquierda tiene que ir armando algoritmos alternativos que asalten a los algoritmos usados por el poder para bajar unos cuantos grados su inmunidad y hacer ascender, de manera directamente proporcional, su ignominia. Los nuevos comuneros no asaltan los cielos, sino los algoritmos alojados en la nube (p. 143).

Qué es el Estado

Si bien es cierto que mucho se ha escrito sobre el Estado y su naturaleza, vamos a hacer foco en los conceptos que usa Monedero para justificar su posición. Lo cierto es que más allá de la lectura “no ortodoxa” que el politólogo español hizo de Marx y su teoría, muchos de sus conceptos fueron tomados parcialmente o incompletos para justificar su teoría. Vamos a analizar algunos.

El concepto de fraternidad/humanidad vs. clase social. Cuenta la historia que una de las primeras grandes luchas políticas que tuvieron Marx y Engels fue cuando ingresaron a la Liga de los Justos, organización que fue una de las precursoras de la 1.ra Internacional. El lema de dicha liga era “todos los hombres son hermanos”, algo parecido a lo que dice Monedero, pero en 1840. En ese contexto, Marx dio una paciente y sólida fundamentación de por qué debían cambiar el nombre de la organización, en la medida en que no reflejaba el funcionamiento de una sociedad, la capitalista, dividida en clases. En junio de 1847 se celebró un Congreso en Londres en el que se aprobó el cambio del nombre de esta, que pasó a llamarse Liga Comunista. También se cambió el lema “Todos los hombres son hermanos” por el de “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. O sea: tanto el inmigrante marroquí que duerme en una calle en Madrid o el ex Rey Juan Carlos I de España son humanos, pero de ahí a que los unifique su especie a la hora de luchar por sus reclamos hay un universo, material, que los separa. Podemos decir, profesor Monedero, que su argumentación novísima quedó muy vieja.

El otro elemento llamativo es la lectura tendenciosa que se hizo del análisis de Marx sobre el Estado. Monedero dice:

No es tanto que el Estado sea per se, como en el Marx del Manifiesto comunista, un instrumento de clase al servicio de la burguesía. Si así fuera, cualquier perspectiva emancipadora debiera abandonar las perspectivas de cambio que contaran con la estructura estatal (p. 128).

La frase completa de Marx en el Manifiesto Comunista sobre el tema es categórica: “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa” [2].

En ese sentido hay una interpretación tendenciosa de la visión de Marx sobre el Estado, por no decir una falsificación. Lenin en su obra El Estado y la revolución, siguiendo a Engels, plantea que justamente la existencia de un Estado es lo que indica que la sociedad es clasista; el rol del Estado es minimizar o absorber los conflictos de las clases, en todo caso la discusión política es si esa sociedad puede revolucionarse desde dentro del Estado o no. Lo que dice Marx es que no, que hay que derribarlo en tanto Estado burgués, y en todo caso se trata de formar transitoriamente otro Estado, obrero, que tienda a disolver las clases y, por lo tanto, al Estado mismo como institución.

El último concepto que utiliza Monedero para justificar alianzas de todo tipo y color con otros bloques políticos, aunque sean contrarios a los intereses de los trabajadores y sectores oprimidos, es la idea de la “selectividad estratégica”. Ese concepto fue acuñado por Bob Jessop en el libro El Estado: pasado, presente y futuro. Lo que se postula ahí es que:

La selectividad estratégica señala que la forma en la cual el Estado ha solventado sus conflictos históricamente le hace más proclive a solventar los intereses de los vencedores. Si no se identifica esa selectividad, es imposible que cualquier política alternativa pueda tener éxito (p. 128).

Otra forma conceptual que tomo esta idea fue la de “voluntad de poder”. O sea: a cambio de poder gobernar hay que hacer acuerdos y pactos de todo tipo.

Veamos unos ejemplos de cómo “la nueva izquierda” atendió determinados asuntos de Estado, por ejemplo, con la monarquía española. El ex Rey Juan Carlos I abandonó el país por los escándalos de corrupción y más allá de algún elemento discursivo crítico hacia el ex Rey en los últimos días, Unidas Podemos ni siquiera ha planteado seriamente retirarle la condición de “emérito” a Juan Carlos I; unos dignos vasallos de la monarquía. Otro ejemplo: la cuestión catalana, una nación que exige su reconocimiento y autonomía: según Unidas Podemos, en la voz de Pablo Iglesias, lo que hay que hacer es una consulta nacional (ignorando el referéndum ya votado), y los militantes que están presos por exigir y luchar por su independencia, según Iglesias, lo están por “su comportamiento político” [¡¿?!]. Por último, está el rol que jugó Unidas Podemos con el covid-19. Frente a la crisis de esta pandemia, las primeras medidas anunciadas por el Gobierno del PSOE-Unidas Podemos significaron un verdadero plan de rescate millonario a las grandes empresas y la banca. De los 200.000 millones de euros que va a otorgar el Estado Español, solo 17.000 millones son para destinar en gasto directo hacia “sectores vulnerables”, mientras que 100.000 millones van a constituir avales para “otorgar liquidez al mercado” mediante créditos a las empresas, que seguramente acaben en impago, engordándose esta deuda pública que acabará pagándose con más recortes neoliberales y pérdida de derechos.

Lo importante es ganar y gobernar a fuerza de pactos con quien sea. Si colateralmente se termina beneficiando a los ricos y poderosos, y perjudicando a los que menos tienen, no pasa nada, ya que es una de las “contradicciones que tiene que cabalgar” la nueva izquierda del siglo XXI.

Monedero vacío

Como dije al principio: varios meses, una fracción partidaria y una pandemia de por medio, volvimos a leer el libro del politólogo español Juan Carlos Monedero para ver a la luz de los hechos qué es ser de izquierda hoy. Y nos encontramos con que es bastante parecido a lo que entendemos por derecha. ¿Por qué digo esto?

Había comenzado a principios de año la pandemia con particular fuerza en España cuando Monedero en un artículo titulado “Socialismo o barbarie” sostuvo que "las empresas no son el enemigo". Solo con el recuerdo de 2008, millones de personas afirmarían que, si no son el enemigo, por lo menos se le parecen bastante. ¿Es acaso irracional sugerir que resignen, aunque más no fuera, una parte de sus ganancias, cuando a la población se le imponen penurias inauditas? Al parecer “el amor fraternal” que tanto pregonaba Monedero como salida al conflicto capital/trabajo no alcanzó para todos; solo hay amor para las empresas.

Por último, está el aspecto democrático-plural del partido de “nuevo cuño”, el leninismo amable, que por lo visto no era tan gentil, ya que en febrero de este año la principal corriente política opositora interna (Anticapitalistas, liderada por Teresa Rodríguez) comenzó una retirada dentro de las filas de Podemos debido a que no aceptó el liderazgo bonapartista de Iglesias a la hora de entrar en un gobierno bajo la dirección de un partido neoliberal como el PSOE.

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Una pluralidad muy estalinista que Juan Carlos Monedero salió a defender contra todos aquellos que los cuestionaban por izquierda. Monedero siempre ha querido jugar ese papel mediático de apoyo a las tesis de la dirección de Podemos, algo que cumple regularmente en sus intervenciones televisivas y desde su propio programa.

Perspectiva de izquierda para los trabajadores

Esta semana hemos conocido que una de las medidas de la dirección de Podemos para paliar la crisis que sufre la formación tras los desastrosos resultados en las elecciones de Galiza y Euskadi ha sido el nombramiento de Juan Carlos Monedero como director del Instituto 25M, con la idea de convertirlo en un “nuevo” laboratorio de ideas de izquierda. Este instituto se encuadraría dentro de los “think tanks” que serían parte de una red de intelectuales orgánicos capitalistas que tienen entre sus figuras funcionarios del gobierno y el aparato jurídico. En su momento fueron actores necesarios en la construcción de la hegemonía neoliberal, porque construyeron el imaginario político que explicaba y exponía las reformas capitalistas como una necesidad o como algo de sentido común.

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Actualmente Podemos es percibido como un barco hundiéndose que ya no ilusiona ni a sus propios militantes, ni es creíble que vaya a darles la libertad necesaria para actuar como un verdadero laboratorio de ideas. Todo indicaría que el objetivo de Monedero e Iglesias va más allá de formar nuevas camadas de cuadros políticos que busquen levantar la bandera de la “nueva izquierda del siglo XXI” sino tan solo evitar lo que hoy pareciera inevitable: que Podemos no sea un fenómeno efímero más en la política española.

Al igual que en muchos países del mundo, la llamada “nueva izquierda” prometió revolucionar la política tradicional, pero jugó y juega mejor que nadie un rol lamentable como furgón de cola de los sectores más rancios de la política tradicional y el establishment. La conclusión es que no hay atajos ni algoritmos milagrosos que puedan remplazar a la construcción de un partido de los trabajadores. El camino más rápido para que llegue la derecha al poder es creer que se la pueda evitar votando un “mal menor” aunque digan que eso es de izquierda. Hay que apostar por la construcción, no de una alternativa política cualquiera, sino una de izquierda revolucionaria, que luche por el gobierno de los trabajadores y contra el régimen capitalista.

 
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