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7 de abril de 2020 Twitter Faceboock

PANDEMIA EN ECUADOR
Ecuador: catástrofe sociosanitaria, neoliberalismo e imperialismo en tiempos de coronavirus
Pablo Juárez | Madrid

Varias personas introducen en un coche el cadáver de un enfermo de coronavirus en Guayaquil. Foto: Marcos Pin Mendez/DPA

En los últimos días la situación en Ecuador y en concreto en Guayaquil por la pandemia de coronavirus ha escalado hasta niveles de catástrofe social, agravada por las imposiciones del FMI y demás instrumentos imperialistas que intentan profundizar en la dependencia semicolonial del país. Los trabajadores y el pueblo ecuatoriano se ven empujados por las medidas del gobierno a una situación de miseria y muerte.

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La crisis del coronavirus ha llegado con fuerza a varias zonas de América Latina, especialmente en países como Ecuador. Las consecuencias en provincias como el Guayas, cuya capital es Guayaquil, están siendo absolutamente devastadoras. Todavía no se sabe con exactitud la magnitud de la catástrofe que está dejando la propagación del Covid-19, debido a que el gobierno oculta los datos y ha desatado una verdadera persecución informativa apoyándose en el Estado de Emergencia. Sin embargo, todo parece indicar que hay en ciernes una auténtica tragedia humanitaria.

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Según datos oficiales al día 6/4, solo hay 180 víctimas mortales por el coronavirus. Pero solo en la ciudad de Guayaquil hay numerosos cadáveres en las calles y en las casas sin reconocer. Se calcula que hay un 180 por ciento más de muertes de las que hubo el año pasado en este mismo periodo. Por otro lado, el número de contagios según el gobierno de Lenin Moreno no supera los 3600. Este dato refleja tanto la manipulación mediática como el hecho de que las pruebas con test para determinar el contagio real están siendo absolutamente limitadas.

Guayaquil: epicentro de la catástrofe y del despotismo neoliberal

En Guayaquil, con 2,3 millones de habitantes, el panorama está siendo de auténtico terror. En las morgues, funerarias y hospitales no dan abasto ante el aumento vertiginoso de fallecidos. Así en estos días ha saltado a las portadas de todo el mundo las dantescas imágenes de decenas de cadáveres abandonados en las calles. Al mismo tiempo a esto se le suma un brote de dengue lo cual viene a agravar aún más la situación. Muchos de los habitantes de las zonas humildes denuncian como es la propia policía la que traslada los cadáveres de los hospitales y los abandona en los barrios populares.

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Esta tragedia está directamente relacionada tanto con la gestión de la crisis como por los múltiples problemas sociales estructurales que padece Ecuador y una de sus principales ciudades, Guayaquil. En esta ciudad es donde el despotismo y el modelo neoliberal ecuatoriano ha mostrado su cara más aterradora. Durante más de tres décadas el partido insignia de la burguesía conservadora ecuatoriana, PSC (Partido Social cristiano), ha controlado con puño de hierro la vida de los guayaquileños. El desprecio hacia las clases populares por parte de este partido se ha manifestado en diversas ocasiones. La última y una de las polémicas ocurrió durante los hechos de la rebelión de octubre del año pasado, cuando el líder histórico socialcristiano, Jaime Nebot, jaleaba con declaraciones racistas en contra de los que estaban movilizándose en ese momento. En una ciudad donde por la inmigración interna una porción cada vez más importante de la población es indígena y forma principalmente parte de los sectores obreros y populares, se muestra claramente la naturaleza de clase que expresa el racismo y xenofobia de la burguesía guayaquileña y sus voceros políticos.

Con la crisis del coronavirus el relato del “modelo exitoso guayaquileño” se ha visto finalmente derrumbado de forma estrepitosa. Durante años los grandes medios de comunicación ponían a Guayaquil como uno de los ejemplos de prosperidad en el país. Sin embargo, lo que esto escondía es la dura realidad de una de las ciudades más pobres de América Latina con un sistema sanitario público rozando lo inexistente. En donde el 16 por ciento de la población vive en los suburbios sin ninguno de los servicios básicos, como agua electricidad o teléfono; y el nivel de violencia social hacia los sectores empobrecidos es de una crueldad absoluta. Esto se refleja en el estremecedor dato, de antes de la llegada del coronavirus, según el cual alrededor de 260 mil personas viven en la extrema pobreza.

Un gobierno arrodillado ante el FMI y los grandes capitalistas en medio de la catástrofe humanitaria

Pero no son solo las autoridades municipales las que están provocando una catástrofe social en esta ciudad. El gobierno de Lenin Moreno también ha mostrado como la vida de las clases populares no es una de sus prioridades. El vicepresidente, que oficialmente se ha puesto al frente de la gestión de la crisis, se ha destacado tanto por la perversidad de sus declaraciones como por su repugnante oportunismo político. De esta manera la semana pasada llegaba a Guayaquil con un despliegue mediático abrumador que tenía como objetivo fortalecer su eventual candidatura a la presidencia en las elecciones del año que viene más que a ofrecer una verdadera solución a la catástrofe humanitaria. Una de sus primeras propuestas fue la de deshacerse de los cadáveres mediante una inmensa fosa común. Al mismo tiempo amenazaba a los guayaquileños diciendo que “si no cooperaban tendrán que decidir a quién salvar y a quien no”. Por último, junto a la denostada alcaldesa de Guayaquil han entregado cientos de cajas de cartón en forma de “donación solidaria” para que los familiares puedan enterrar a sus muertos.

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Esta manera deshumanizada de lidiar la crisis sanitaria es la contracara de los intentos del gobierno de congraciarse con los organismos económicos internacionales. Lenin Moreno y sus ministros tomaban la polémica decisión de cumplir a rajatabla los compromisos financieros con la deuda externa del país, a pesar de que la crisis sanitaria en Guayaquil ya era una realidad. El 24 de marzo se desembolsaron más de 300 millones de dólares de dinero del Estado que fueron a parar a manos sobre todo del Fondo Monetario Internacional y otras entidades financieras internacionales.

El FMI, como instrumento de sometimiento imperialista, parece estar dispuesto a aprovechar la situación y, con la connivencia del gobierno, se dispone a hundir definitivamente los dientes sobre Ecuador. Después de que en octubre el intento de reformas radicales impuesto por este organismo fueran tumbadas por la enorme rebelión popular, un nuevo préstamo de miles de millones de dólares pretende ser el puente para dar un salto en la dependencia semicolonial del país.

Lenin Moreno, en un ejercicio de cinismo escandaloso insinuaba que, si hubiese podido llevar adelante sus planes económicos en octubre, que incluía el aumento de los combustibles en más del 100 por ciento, una reforma laboral profundamente lesiva y otros recortes importantes, seguramente la crisis del coronavirus no habría sido tan virulenta. Se trata de un intento descarado de no asumir ningún tipo de responsabilidad mientras al mismo tiempo se intenta criminalizar a los jóvenes, trabajadores e indígenas que salieron a protestar contra las condiciones de miseria que quería imponer Moreno.

Pero la realidad es que esta crisis socio-sanitaria que están viviendo los ecuatorianos está relacionada de forma directa con la degradación de la sanidad pública que han llevado a cabo todos y cada uno de los gobiernos anteriores. De esta manera Ecuador es uno de los países con el sistema de salud más precario de la región. Esta regresión de los principales servicios públicos, y en concreto de la sanidad, con la llegada de Moreno ha pegado un salto cualitativo. Solo en el último año los recortes sanitarios han ascendido a casi 100 millones de dólares y se ha pasado de un presupuesto de 3000 millones de dólares en 2017 en salud otro de 2200 en 2019. Un recorte en el presupuesto de este servicio de dimensiones gigantescas que ha provocado que con la llegada del Covid-19 la sanidad del Ecuador saltara por los aires.

En personal médico, esto se ha traducido en el despido de 2500 personas solo en 2019. Al mismo tiempo que se desmantelaba la sanidad pública y se precarizaba las condiciones de sus trabajadores, las empresas privadas fueron ocupando este espacio convirtiendo la salud en el privilegio de unos pocos.

La otra medida de choque que ha tomado el gobierno de Lenin Moreno es la de dejar de pagar los sueldos de los empleados públicos excepto policías, militares y personal médico. Esto combinado con las facilidades que otorga el Estado para que las empresas puedan despedir a sus trabajadores supone un auténtico plan de hambre con el objetivo de garantizar los beneficios de los grandes capitalistas nacionales e internacionales.

Trabajadoras sanitarias denuncian la situación desesperada que se vive en los hospitales, en los que faltan médicos, como se ve en multitud de vídeos difundidos en las redes. Las enfermeras, en la primera línea de la lucha en los hospitales, denuncian incluso la barbaridad de que nadie quiere atenderlas cuando se contagian.

De esta manera Ecuador se desangra por el peso de una catástrofe sin precedentes y las garras del FMI y el capital internacional, que ven en esta crisis su mejor oportunidad para avanzar en sus planes económicos. Es la cara más amarga de un régimen semicolonial que está dispuesto si es necesario a ahogar sobre una pila de cadáveres a todo un pueblo para mantener su sistema de dominación.

La necesidad de que la clase trabajadora pelee por una salida en favor de la mayoría social

La situación está lejos de ir a mejor. Para millones de personas que viven del trabajo informal o que han sido despedidos, la cuarentena solo puede suponer empujarles a morir de hambre. La necesidad de un plan de emergencia que permita luchar contra la pandemia, al mismo tiempo que no se deja en la miseria a millones de personas es una cuestión vital en estos momentos para el pueblo ecuatoriano.

A pesar de que Ecuador es un país con altos niveles de pobreza, existen enormes recursos que permitirían afrontar esta crisis poniendo como prioridad la vida de la mayoría y no los beneficios de un puñado de capitalistas. El pago de una deuda que muchas veces supera con creces el presupuesto en sanidad, es un delito de lesa humanidad en estos momentos. Esos fondos podrían fortalecer de manera muy importante al sistema sanitario ecuatoriano, que tendría avanzar en su centralización incluyendo la sanidad privada y dejarla bajo el control de sus trabajadores y especialistas.

La gravedad de la situación hace que estas y otras medidas sean fundamentales en estos momentos. Para ello el pueblo ecuatoriano y especialmente las organizaciones de trabajadores tienen la obligación de mirar a esta realidad de forma valiente y levantar un programa independiente de cualquier fracción capitalista y prepararse para el combate contra un gobierno y unas oligarquías que han demostrado que no le temblara el pulso a la hora de defender sus intereses.

La barbarie capitalista ha escalado hasta niveles intolerables con esta crisis, preanunciando en el caso ecuatoriano lo que puede estar por llegar en diversos países semicoloniales. Sin embargo, la clase trabajadora en Ecuador y en todo el mundo está demostrando el papel que juega en la sociedad, no solo siendo la principal víctima de la pandemia, sino también cargando sobre sus hombros el sostenimiento de esta situación. Así en todos los países son las trabajadoras de la salud en condiciones espantosas, las que consiguen que las cifras de muertos no sean mayores; o quienes trabajan de sectores esenciales como de la alimentación o el transporte los que proporcionan un servicio que en muchos casos permite que no se degrade aún más las condiciones de vida de la mayoría social.

Esta solidaridad y las distintas expresiones de rebelión obrera que empiezan a surgir en diversas partes del planeta, plantean la posibilidad de poder construir una alternativa que permita dar una salida superadora a esta crisis, reorganizando de forma profunda la sociedad y la economía. En donde sean la clase trabajadora y los sectores populares los que puedan decidir sus propios destinos de forma democrática y solidaria a nivel internacional, en contraste con el futuro oscuro y decadente al que parecen empujarnos irremediablemente el sistema capitalista apoyándose en un imperialismo feroz y un nacionalismo mezquino.

 
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