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La Izquierda Diario
12 de enero de 2020 Twitter Faceboock

[Francia] Una vez más: ¿reforma o revolución?
Juan Chingo
Link: https://www.laizquierdadiario.com/Francia-Una-vez-mas-reforma-o-revolucion-146938

[Desde París] Aclaración del autor: Este artículo fue escrito para su publicación en francés antes de la “Rentrée”, la vuelta de las vacaciones de fin de año el pasado lunes 6. El mismo conserva toda su actualidad. La masiva jornada de acción del jueves 9 mostró que los sectores en huelga mantienen su determinación a pesar de la larga tregua aceptada de hecho por todas las direcciones sindicales, incluidas las contestatarias. Ahora muchas de estas direcciones dicen estar dispuestas a sentarse a negociar dando aire a la maniobra del gobierno de “posponer” el aumento de la edad jubilatoria de 62 a 64 años mientras mantiene el conjunto del ataque a las pensiones y, para colmo, sostiene que habría que “compensar” la diferencia que representaría para el fisco con ajustes adicionales de 12 mil millones de euros en el presupuesto. Que el movimiento actual haya podido pasar este duro período de fiestas es ya todo un mérito. Pero la lucha (por las contradicciones planteadas en el artículo) tiene aún dificultades para generalizarse. El riesgo es que después de 39 días -es decir la huelga más larga desde 1968- el cansancio de los luchadores termine por desflecar la huelga.

El neoliberalismo de derecha macroniano ha logrado despertar primero la exasperación de la Francia periférica, luego de ciertos batallones centrales del movimiento obrero tradicional a través de dos movimientos espectaculares y en gran parte inéditos. En ambos casos, el rechazo visceral que provoca la macronia ha empujado a estos procesos de la lucha de clases a una respuesta más dura y más larga de lo esperado. También su duración y popularidad (después de un mes de huelga el 61% de la población justifica la misma) testimonia la fosa abierta entre los dirigentes y los dirigidos, ésta crisis orgánica recurrente que viene atravesando Francia desde hace años y de la cual la elección de Emanuel Macron fue una expresión a la vez que una agravación. Alguien que no viene de la izquierda como el historiador Maxime Tandonnet, ancien conseiller de Nicolas Sarkozy, da cuenta de esto:

Ya no es una brecha, sino un precipicio, un abismo. Con la crisis social, de una gravedad sin precedentes desde diciembre del 1995, encadenada a la movilización de los chalecos amarillos, la Guerra Fría Civil entre la nación y la clase dominante alcanzó su punto culminante. El contenido de la reforma jubilatoria, en sus aspectos económicos, sociales y jurídicos, ya no es más el punto esencial. La crisis se volvió política, apasionada. Encuesta tras encuesta, se confirma que más de dos tercios de la población apoya a los huelguistas. Dejando en claro que estos últimos no están luchando tan solo contra la modificación de un régimen social. Entraron en rebelión contra una decisión emblemática de la brecha existente en la democracia, que se siente mayoritariamente como una afrenta, una humillación, y un cuestionamiento al pacto social impuesto por un equipo dirigente desconectado de la realidad.

En este marco, el hecho más significativo del conflicto social actual es la determinación y combatividad de los huelguistas. La misma se nutre del sentimiento de injusticia que genera la contrarreforma de las jubilaciones, sentimiento en el que se identifican amplios sectores de asalariados y que es la base de la superación del corporativismo que afectaba en gran parte a los sectores protegidos del movimiento obrero. Esto se aprecia en los ferroviarios que siguen el movimiento a pesar de las concesiones hechas a ciertas franjas de edad sobre la aplicación de la reforma o los representantes de la Ópera de París que se oponen a la llamada “cláusula del abuelo” pues no son indiferentes a la suerte de la próximas generaciones. También como hemos dicho, la lucha se identifica con una opción de sociedad: los asalariados ven en la jubilación el momento en donde podrían gozar de una cierta libertad, o dicho en términos marxistas las condiciones de jubilación son la contrapartida a la fatiga, las souffrances y la insalubridad de la explotación capitalista, cuya duración e intensidad ha aumentado brutalmente en las últimas décadas. Así, si los Gilets Jaunes se oponían a la pauperización o una movilidad social descendente a lo largo de las últimas décadas, toda una parte de la sociedad no quiere el declive social institucionalizado que plantea este proyecto de reforma, es decir, carreras cortadas, la obligación de cambiar de trabajo o aceptar salarios bajos. Como lo dice sin ambigüedades el Primer ministro Edouard Philippe en su discurso sobre la reforma jubilatoria, el pasado 11 de diciembre:

El mundo de hoy, al menos Francia, se caracteriza por un nivel de desocupación que sigue siendo importante, sostenido a largo plazo. Se caracteriza por el hecho de que los estudios son cada vez más largos, que las carreras tienen mayores interrupciones y que se desarrolló el trabajo a tiempo parcial. Puede que queramos cambiar todo: volver al pleno empleo, limitar la precariedad... pero ese es el mundo en el que vivimos y es sabio ver el mundo tal como es. Debemos construir la protección social del siglo XXI teniendo más en cuenta las nuevas caras de la precariedad.

Difícil ver en esta perspectiva que nos proponen las clases dominantes de hoy -y que increíblemente no ha suscitado la menor reacción de las elites políticas y mediáticas- una fuerza de persuasión, es decir un potencial hegemónico que pueda convencer a los explotados, en especial a la juventud. Cuán lejos está la burguesía del siglo XXI, frente a sectores de su misma clase como John Maynard Keynes quien en 1929 afirmaba abiertamente que:

La idea de que habría una ley natural que impidiera a los hombres tener un trabajo, que sería "imprudente" emplear a hombres, y que sería financieramente "sano" mantener a una décima parte de la población en el ocio indefinidamente, es increíblemente absurda. Nadie lo puede creer si no le han llenado la mente de tonterías durante años. [1]

La comparación con las declaraciones del primer ministro muestra la decadencia de la clase capitalista en su conjunto, a la vez que grafica que cuando decimos que la burguesía solo propone la regresión social vemos que no tiene nada de metafórico!

El estrecho margen del reformismo y la actualidad de la perspectiva revolucionaria

En este contexto internacional y nacional, el choque entre la actual administración y la misma CFDT es revelador del escaso margen que tiene en la actualidad incluso las más timoratas políticas reformistas, como son las de Laurent Berger, secretario general de esta central que está abiertamente por la colaboración de clases y es partidario de la reforma por puntos. Ésta realidad responde a una tendencia mundial en la cual en el medio de la guerra abierta competitiva a nivel internacional, la burguesía ya no puede negociar nada sustancial con los aparatos sindicales. Imposible el menor compromiso cuando sus “reformas estructurales” tienen como objetivo real el de desvalorizar la fuerza de trabajo, generalizando los contratos de trabajo menos “protegidos”. Imposible lograr la menor reforma si no se ponen en cuestión el desempleo y la precariedad que son las dos fuerzas esenciales en las cuales reposa el capitalismo después de la caída de la tasa de ganancia que lo afecta desde la década de 1970. Este cambio en la relación del estado con los sindicatos en el caso francés es señalado por el politólogo Jean-Marie Pernot, quien afirma que

Hasta los años 70, la decisión pública tenía una mayor consideración a la opinión de los sindicatos. Desde entonces, y cuando se trata de asuntos pesados, el Estado toma la iniciativa sin compartir responsabilidad: en tal caso, el lugar de los sindicatos se limita a una decisión bastante simple: aceptar o salir a la calle. La clave está en "no conceder nada", como si la legitimidad del gobierno no se basará en su capacidad de responder a la demanda social, sino en su capacidad de resistirla.

En el caso francés -si bien esta tendencia está muy presente- la memoria reciente del traumatismo de la huelga general de 1968 en la clase dominante implicó que la resistencia de las masas a la ofensiva neoliberal desatada desde fines de 1970 no logró derrotar la misma, pero puso enormes palos en la rueda, logrando un cierto equilibrio con el objetivo de preservar la paz social. Éste es el sentido de los retrocesos parciales frente a las luchas de 1995 o en 2006 de los dos gobiernos de Chirac, en lo que he calificado en otros artículos como “El chiraquismo o el último intento de evitar la crisis orgánica del capitalismo francés”.

Pero éste frágil equilibrio se rompe con la crisis mundial de 2008: desde ese entonces ninguna lucha reformista ha logrado satisfacción. El macronismo lleva esta tendencia de las dos últimas administraciones hasta el final, radicalizando el proyecto neoliberal como forma de superar los mínimos compromisos que se alcanzaron con el trabajo en contrapartida para hacer avanzar la política neoliberal. Esta radicalización de la clase dominante deja como únicas opciones “La resignación o la revolución”, retomando el texto antes citado de Pernot. Este autor fundamenta esta opción en la historia nacional .Así dice:

En 1996, el sociólogo Alain Caillé planteó la hipótesis de que el imaginario nacional se estaba repitiendo de manera constante desde 1789, precedido por un gran número de revueltas populares que lo anunciaban. El paralelismo es tentador: para no conceder nada que cuestione los privilegios aristocráticos, la monarquía no ofreció otra opción que la resignación o la revolución. Esta alternativa pasó a través del tiempo, y del Antiguo Régimen a la República, uno de cuyos actos fundadores fue la derogación de toda representación colectiva entre el Estado y el ciudadano. Sabemos cuánto tiempo se tardó en legalizar la representación de los trabajadores a través del sindicalismo, con la ley de 1884. Algunos de los iniciadores de la ley trataron de promover un principio de asociación de los sindicatos en la gestión de los asuntos sociales, algo que fue rechazado tanto por la mayoría política del momento como por el naciente sindicalismo, convertido en revolucionario de tantas recusaciones. Pasará algún tiempo antes de que el principio de la negociación colectiva encuentre un lugar en la ley, y más tiempo aún en la práctica. La ley de 1919 que creó los convenios colectivos se enfrentó a la indiferencia de los empleadores, una vez que el temor de la revolución bolchevique ya había pasado. En 1918, la CGT exigió, en vano, la creación de delegados de los trabajadores en las empresas, como ya existía en Alemania. El Frente Popular volvió a poner el asunto sobre la mesa, haciendo pasar una segunda ley sobre los convenios colectivos y la puesta en pie de los delegados de los trabajadores. La revancha patronal de 1938 y el estallido de la guerra pospusieron la eficacia de las negociaciones por ramas, que no tuvieron lugar hasta después de la ley del 11 de febrero de 1950. Se necesitaría otra década, especialmente después de 1968, para que se convirtiera en un modo reconocido de producción normativa. La historia es, por lo tanto, una parte importante del relato y el recuerdo de los episodios revolucionarios (1789, pero también 1830, 1848 y la Comuna de París), lo que parece reactivar una cierta propensión a la ira pública. Pero sería reducir lo social a un exposición museística ver los movimientos sociales como el enésimo resurgimiento del espíritu galo. Rechazar la negociación sigue siendo la fuerza motriz de las movilizaciones. Es reivindicado por este gobierno como por sus predecesores. La diferencia es que la herencia del absolutismo monárquico es perfectamente asumida por el actual presidente.

En conclusión, ya sea por los elementos estructurales de la decadencia del sistema capitalista que se aceleraron las últimas décadas, ya sea por las características del estado francés el camino de la reforma es de más y más utópico, transformando la perspectiva revolucionaria en la única realista sino queremos resignarnos a la regresión social.

Por una estrategia para vencer

Lejos de esta conclusión, las direcciones reformistas del movimiento obrero, empezando por la CGT, aún consideran posible un compromiso social progresivo con la clase dominante y su estado. Su utópico objetivo es lograr que el gobierno escuche las demandas. Frente a la negativa total de este después de un mes de conflicto, su objetivo esta semana es intensificar la movilización pero dentro de la misma lógica, es decir que el gobierno entienda las demandas. Pero si verdaderamente se quiere que el gobierno retire sus proyectos anti sociales, hay que construir una relación de fuerzas de gran escala para obligarlo a retroceder, es decir vencerlo. Aunque en los últimos días la dirección de la CGT coqueteó con la idea de generalizar la huelga, no se prepara en lo más mínimo para eso. Ni antes ni durante el conflicto en curso, la dirección de la CGT planteó la perspectiva de un gran enfrentamiento, ni se preparó para el mismo, ni lo anunció, ni tampoco lo construyó. De septiembre al 5/12, mientras todos los huelguistas que hoy están a la vanguardia del enfrentamiento se organizaron para luchar en una de las huelgas más preparadas del movimiento obrero en su historia, ¿qué hacía la dirección de la CGT? Parafraseando a Trotsky decimos a la dirección de la CGT, lo que éste decía a la dirección del Partido Comunista de la época frente a la ofensiva anti obrera de aquellos años: “La huelga general no es un juego al escondite” y agregaba para que no haya dudas cual era el significado de la misma:

No tenemos en vista una simple manifestación ni una huelga simbólica de una hora o incluso de 24 horas, sino una operación de combate, con el objetivo de obligar al adversario a ceder. ¡No es difícil comprender qué exacerbación terrible de la lucha de clases significará la huelga general en las condiciones actuales! (Subrayado nuestro) [2]

No es este el objetivo -más allá de algunos llamados más radicales o del agregado de una nueva jornada de acción el sábado 12 de enero, después de la ya anunciada antes de las vacaciones del jueves 9- de la dirección de la CGT que solo plantea una presión in extremis a las actuales autoridades, a la que lejos de verlas como un adversario le sigue reconociendo legitimidad como expresa que incluso esta semana decisiva la dirección de la CGT va a ir nuevamente a negociar con el gobierno de Edouard Philippe.

Como la sombra al cuerpo de esta "estrategia" de lucha, la dirección de la CGT no va más allá de la cuestión de las pensiones, sin ampliar a un conjunto de cuestiones que podrían ser más sentidas por las capas más bajas del proletariado como podrían ser la cuestión de las prestaciones por desempleo, la privatización de los servicios públicos, la crisis terminal del hospital público, un aumento inmediato y generalizado de los salarios, pensiones y mínimos sociales así como la lucha contra todo tipo de precarización laboral. Como ya venimos diciendo, en un contexto de profunda crisis del capitalismo y de regresión social en toda la línea, la mayoría de los trabajadores entienden que la lucha contra tal o cual contrarreforma no será suficiente para resolver sus problemas. Muchos simpatizan con el movimiento actual, pero solo se comprometerían en un movimiento huelguístico masivo si ven la perspectiva de un cambio radical. Pero frente a la contrarrevolución social que lleva adelante el Ejecutivo, las direcciones sindicales contestatarias no plantean ninguna medida que toque las ganancias de los grandes capitalistas. Así la dirección de Total chantajea con el lockout a los obreros de Grandpuits frente al silencio ensordecedor de las direcciones de los grandes sindicatos que no se atreven a plantear una consigna básica que reasegure a los huelguistas frente a las amenazas del principal grupo privado francés, esto es: la nacionalización bajo control obrero de toda la rama petroquímica frente a la menor tentativa de lockout a causa de la huelga. Un programa de este tipo podría concretar la huelga general y hacer realidad la perspectiva política de que Macron se vaya, que plantearon –aunque no podían resolver- con su revuelta los Gilets Jaunes. Pero a diferencia de los anteriores movimientos sociales que sacudieron y sacuden a Francia desde 2016, esta vez –si no quiere perder abiertamente la cara- la dirección de la CGT no podrá escudarse en la falta de combatividad de los trabajadores por su ausencia de una estrategia para vencer.

La recomposición del movimiento obrero y la necesidad urgente de un partido revolucionario

Esta semana se anuncia decisiva. A pesar de todos los límites impuestos a su lucha por la Intersindical, los huelguistas no solo superaron el enorme obstáculo que significaron las vacaciones manteniendo viva la llama del movimiento social aun a la Reentre. El rol de la Coordinación de los huelguistas de la RATP y la SNCF en toda la zona de Isla de Francia [Región que abarca la ciudad de París y alrededores, incluyendo distritos obreros como St. Denis, NDT] como ala activa de este proceso ha sido central. Pero el hecho que este organismo enormemente progresivo solo haya podido dar un salto luego de la tregua llamada en algunos casos abiertamente por las direcciones sindicales no lo transforma aun lamentablemente en una dirección alternativa a la Intersindical. El rol de esta impide por el momento la extensión rápida de la huelga a otros sectores de la economía. Pero la bronca existente contra Macron y su reforma podría hacer que, a pesar de los obstáculos que plantea la dirección del conflicto, otros sectores como los docentes se refuercen o entren en combate de manera tal que frente al temor de la generalización de la huelga el gobierno se vea obligado a ceder. Desde el punto de vista del poder, todas las estrategias utilizadas hasta el momento contra la huelga, el llamado a una tregua de las direcciones sindicales en Navidad y la estrategia de desgaste de las vacaciones no anduvieron y no lograron en lo más mínimo dar vuelta la opinión pública contra los huelguistas. Políticamente el gobierno está en una posición insostenible tratando de hacer pasar a la fuerza una reforma enormemente impopular. Las perspectivas de reelección de Macron están ya duramente cuestionadas. Su sola ventaja inmediata es que en ausencia de un plan serio para vencer de las direcciones sindicales, la gente aún cree en que el gobierno impondrá su plan. Este fatalismo generado por el peso de las derrotas pasadas es una cuestión clave que una dirección revolucionaria debería seriamente tratar de revertir, comenzando por darle confianza histórica a los mejores elementos de la vanguardia obrera que está despertando.

Desde un punto de vista más estratégico, los ferroviarios y los agentes de la RATP están mostrando al conjunto de la clase obrera cómo hay que luchar. Es una gran conquista de este movimiento que volvió a rehabilitar el método temible de la huelga indefinida y que tendrá indudablemente enormes repercusiones para los próximos combates de clase. Sea cual sea el resultado del actual combate, tiene razón el historiador Gérard Noiriel en afirmar que

…actualmente nos encontramos en una fase de gestación y recomposición, algo similar a lo ocurrido a finales del siglo XIX cuando el antiguo movimiento de los artesanos urbanos fue marginalizado por el movimiento obrero arraigado en la gran industria. Hoy en día, hay una fase de cuestionamiento, de duda y de nuevas fisuras que me recuerdan este proceso de transición y de gestación. En cualquier caso, sea cual sea el resultado de este movimiento, es seguro que hemos entrado en un período que estará marcado por un fuerte desarrollo de los movimientos sociales, no sólo en Francia, sino en todo el mundo. [3]

Pero a pesar de esta perspectiva entusiasmante, es forzoso constatar como dice mismo la editorialista de Le Monde Françoise Fressoz que “al movimiento social siempre le falta le una gran voz política” [4]. Efectivamente, más que nunca se necesita una gran voz política que ponga los intereses históricos del conjunto del proletariado, en especial de sus capas más empobrecidas, por delante. Los ataques reaccionarios de los distintos pasquines de la extrema derecha contra nuestro camarada Anasse Kazib, muestran el temor que tiene la burguesía a que emerja históricamente una dirección del movimiento obrero francés cuya voz, programa y rostro sea internacionalista, totalmente opuesto al social chovinismo de la dirección histórica del PCF después de 1935 y cuyo punto culminante fue el pacto firmado con De Gaulle a mediados de 1943 para mantener bajo control la perspectiva de revolución obrera en la posguerra.

La entrada en escena de la clase obrera con sus métodos, el despertar a la conciencia de clase de una generación de obreros confirma doblemente lo que ya afirmábamos al comienzo de la sublevación de los Gilets Jaunes, cuando decíamos que “…no hay más fundamento para el pesimismo histórico de la extrema izquierda”. Hay que rever seriamente todas las “nuevas” hipótesis estratégicas surgidas al calor de una época de brutal retroceso de los explotados como fue la abierta luego de la caída del Muro de Berlín y la restauración capitalista en los países mal llamados socialistas. La vuelta de la lucha de clases que abrió a nivel mundial la sublevación de los Gilets Jaunes, la centralidad de la huelga general como método de lucha pone como objetivo la construcción de un partido revolucionario que luche por la hegemonía obrera, es decir un partido que ponga por delante y recree las ideas revolucionarias de la izquierda y que tenga claro que “Ningún compromiso es posible con el bloque burgués en nombre de la defensa contra la extrema derecha, ninguna simpatía puede ser demostrada hacia los nacionalistas identitarios en nombre de la batalla común contra el bloque burgués”, para tomar la correcta afirmación del economista político Stefano Palombarini en su último artículo “Après le bloc bourgeois” [5]. Las organizaciones que se reclaman de esa perspectiva política, como es nuestro caso desde la Courant Communiste Révolutionnaire, tendencia revolucionaria del NPA, debemos hacer todos los esfuerzos para avanzar en la construcción de un real partido revolucionario que defienda un verdadero derrocamiento del capitalismo y su reemplazo por el socialismo. Esta es cada vez más una perspectiva audible y realista, porque aunque “la vieja escama organizativa aún está lejos de haber desaparecido”, la bronca y la determinación obreras, esa “nueva piel” que está surgiendo son prometedoras de una clase obrera vigorizada y que podría transformarse verdaderamente en sepulturera del gran capital, porque la clase dominante no tiene los medios de dar reformas serias en el medio de la exacerbación de la crisis capitalista mundial.

 
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