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SUPLEMENTO IDEAS DE IZQUIERDA MX
¿A qué intereses responde la OIT?
Rafael AR Escalante
Tamara Gutiérrez

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) fue constituida formalmente como un organismo cuya función es “arbitrar en los conflictos entre el capital y el trabajo”. Sin embargo, al hacer un análisis más profundo de su papel frente a los trabajadores se encontrará, entre otras cosas, su falta de neutralidad, ya que en realidad no es un árbitro imparcial.

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La Organización Internacional del Trabajo (OIT) fue constituida formalmente como un organismo cuya función es “arbitrar en los conflictos entre el capital y el trabajo”. Sin embargo, al hacer un análisis más profundo de su papel frente a los trabajadores se encontrará, entre otras cosas, su falta de neutralidad, ya que en realidad no es un árbitro imparcial. Su función real no es salvaguardar los intereses de los trabajadores, sino velar por los de los empresarios para evitar que la lucha de clases se salga de cause, e interviene justamente para desviar y contener desde lo “legal” la protesta obrera y popular.

La base ideológica de la OIT

La OIT retoma como referente de la organización internacional de temas laborales al cooperativista Robert Owen (1771-1853) y Daniel Legrand (1783-1859), quienes representan los antecedentes históricos de la Asociación Internacional para la Protección Internacional de los Trabajadores, de 1901. Con esto se deja de lado conscientemente la existencia de antecedentes como la Asociación Internacional de los Trabajadores conocida como Primera Internacional y la Internacional Obrera o Segunda Internacional.

La Primera y la Segunda Internacional fueron organizaciones socialistas cuyas ideas fundadoras eran luchar contra la explotación capitalista, construir un nuevo tipo de sociedad donde no existieran las clases sociales y derrotar al Estado burgués. Estas asociaciones se referenciaron en importantes gestas de la clase obrera como la Primavera de los pueblos de 1848 o la Comuna de París, que fueron grandes procesos históricos en que los trabajadores enfrentaron a los capitalistas. En los mismos no sólo defendieron mejoras inmediatas de la vida cotidiana (como aumento salarial o prestaciones laborales), sino que avanzaron a cuestionar el orden existente, el capitalismo.

Por su parte, la OIT se constituyó asumiendo la postura ideológica del socialismo utópico, al cual Carlos Marx y Federico Engels criticaron y combatieron políticamente por intentar borrar ante los ojos de los trabajadores las contradicciones de clase mediante la conciliación entre la clase burguesa y la clase proletaria. En la crítica de los fundadores del socialismo científico, está la idea de que apela a la “buena voluntad” de los explotadores, provocando con ello salidas probadamente fallidas para el mejoramiento de las condiciones materiales de vida de los trabajadores; [1] lo cual se refleja en la propia Constitución de la OIT.

La verdadera historia de la OIT y su colaboracionismo de clase

Una de las más importantes investigadoras del sindicalismo en México, María Xelhuantzi López, en su libro Sindicalismo Internacional explica los antecedentes históricos de la OIT, remontándose a 1918 cuando se organizó una conferencia convocada por la Federación Americana del Trabajo (AFL, por sus siglas en inglés) en Laredo, Texas. A la misma asistieron la misma AFL, organizaciones sindicales de México, el Caribe y de América Central, configurándose la Confederación Obrera Panamericana (COPA) a la que luego se sumaron sindicatos de Ecuador, Perú, Chile y Bolivia.

La autora indica que la COPA era considerada una extensión de la Doctrina Monroe, [2] reafirmando que a través de la misma se podría pretender una representación política en países de América Latina, a través de “una compleja estrategia de alianzas y de expansión internacional del movimiento sindical estadounidense, por medio de la cual buscaba insertar sus propuestas en los reacomodos entre los Estados después de la primera posguerra” [3].

La dirección de la AFL introdujo el colaboracionismo de clase activo con el Estado y sus instituciones en la vida sindical, lo cual se vuelve notorio con la intervención de Samuel Gompers [4] en la comisión de Legislación Laboral Internacional —la cual se reunió en Washington y de cuyos acuerdos surgió la OIT— con el objetivo de “proteger a los trabajadores” e impulsar normas laborales mínimas, mientras que los Estados miembros se comprometían a someter las convenciones y recomendaciones a sus legislaturas.

La académica refiere que, en su fundación en junio de 1919, la OIT nació para fomentar y propagar el colaboracionismo de clase, y así también lo alertaban las organizaciones socialistas y comunistas. Frente a estos hechos, cabe resaltar la fundación de la Tercera Internacional o Internacional Comunista el 2 de marzo de 1919, tres meses antes y producto de la Revolución rusa de 1917; por ello no es casual que la OIT se funda en un momento donde se vivía un auge revolucionario. De hecho, su surgimiento era una política consiente que buscaba frenar el ascenso de las masas trabajadoras por su emancipación.

Esta Internacional, encabezada por Lenin y Trotsky, planteó la lucha de la clase obrera mundial contra los regímenes burgueses, llamando a crear partidos de vanguardia que encabezaran la pelea de los trabajadores por la toma del poder, el derrumbe del capitalismo y la liquidación de la propiedad burguesa. Es decir, se llamaba al proletariado a adquirir una conciencia política, a través de la lucha de clases, apuntando al objetivo de conquistar y construir Estados obreros que cambiaran radicalmente el carácter de la producción social.

Esto era muy diferente a la propuesta de la OIT, cuyo programa conducía a la clase obrera a adoptar una perspectiva reformista del mismo sistema capitalista bajo una práctica de lucha sindical separada de la búsqueda de la independencia política, sin combatir de raíz la explotación de la mano de obra asalariada, la opresión colonial, el patriarcado capitalista y la limitada democracia liberal. Y donde desaparecía, por supuesto, la lucha por un gobierno dirigido por las masas organizadas en la más amplia democracia directa (como los soviets rusos) para tomar el mando de sus propios destinos

En 1946 la OIT se convirtió en una agencia especializada de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y se autodefinió como su “única agencia ’tripartita’, que reúne a gobiernos, empleadores y trabajadores de 187 Estados miembros a fin de establecer las normas del trabajo, formular políticas y elaborar programas promoviendo el trabajo “decente” de todos, mujeres y hombres”. [5]

En este contexto, se precisa que las únicas resoluciones vinculatorias de la ONU son las emitidas por el Consejo de Seguridad que tiene como miembros permanentes a la República Popular China, Estados Unidos de América, la Federación Rusa, Francia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Es decir, la organización de 193 países se supedita al mandato permanente de las principales potencias regionales y países imperialistas a sus intereses económicos, como se vio en la reciente comparecencia de Trump ante la Asamblea General del organismo internacional, en la que, lejos de especificarse la condición de derechos humanos en su país, se advirtió la reforma a la Organización Mundial del Comercio, con miras a dirimir controversias comerciales con China.

Una visión crítica de las actividades de la OIT

Ningún empresario y ningún gobierno burgués nos ha regalado nada a los trabajadores, sino que todas las conquistas laborales han sido producto de la lucha de nuestra clase. Desde la jornada de 8 horas, las jubilaciones, pasando por la igualdad salarial hasta las vacaciones pagadas, todas ellas fueron producto de luchas tanto sindicales como políticas y revolucionarias, ya que los capitalistas nunca las conceden voluntariamente al atentar contra sus ganancias, lo cual es su verdadero interés.

En este contexto, la Revolución rusa y la fundación de la Tercera Internacional encabezada por Lenin y Trotsky nos han dejado varias lecciones, como por ejemplo, la necesidad de la lucha por el socialismo y de elevar la conciencia y la organización de los trabajadores a un nivel político, trascendiendo por mucho las concepciones puramente sindicales.

En ese sentido va la crítica a la OIT, la cual se presenta como árbitro para conciliar entre el trabajo y el capital, con una perspectiva meramente sindical y de reforma del capitalismo, y por ende de su preservación. De esta forma invisibiliza las contradicciones de clase que llevan a los patrones a descargar los efectos de las crisis económicas sobre las espaldas de los trabajadores, y lo que es aún peor, conteniendo al proletariado para que no luche contra este orden, sino para que piense que únicamente con la gestión y negociación en los sindicatos los problemas se pueden resolver, sin dar batallas.

Esta política es sustentada por los agentes de la burguesía dentro de los sindicatos, las burocracias sindicales, mediante las cuales convirtió a estos organismos en su contrario, en instituciones que colaboran con los empresarios y el Estado para sostener al capitalismo, mientras garantizan la división de las filas de los trabajadores, dejando librados a su suerte en particular a la gran mayoría de la clase obrera, con predominancia de mujeres y jóvenes en condiciones de alta precarización.

Por el contrario, y como ha demostrado con creces la historia de la humanidad, para que las luchas de la clase trabajadora triunfen se requiere de la construcción de partidos revolucionarios que impulsen corrientes al interior del movimiento obrero, que peleen por acabar con las burocracias sindicales y por la unidad de los trabajadores, así como por un programa socialista, internacionalista y anticapitalista que se plantee la toma del poder político. Esto implica como condición previa, desconfiar de la buena voluntad de los Estados y sus instituciones de “regulación social” —sean estatales o multinacionales—, así como enfrentar a quienes sostienen una perspectiva de conciliación de clases, que lleva indefectiblemente a que prevalezcan los explotadores y opresores.

 
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