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4 de octubre de 2019 Twitter Faceboock

LIDTERATURA // A 51 AÑOS DE LA MASACRE
Las voces de Tlatelolco
Elizabeth Yang | @Elizabeth_Yang_

Compartimos fragmentos de un libro de Elena Poniatowska, que recopiló testimonios e historias del movimiento de estudiantes, trabajadores, jóvenes, campesinos y artistas de México de 1968. El 2 de octubre se cumplieron 51 años de la masacre de Tlatelolco.

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El 2 de octubre fue otro aniversario de la Masacre de Tlatelolco. Por aquellos años, antes de la matanza, la periodista y escritora Elena Poniatowska recibió en su casa a María Alicia Martínez Medrano, fundadora del Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena (LTCI), que le decía que cómo podía estar sin hacer nada con lo que estaba pasando. Decidió entonces salir a la calle. En los entretiempos, después de amamantar a su segundo hijo, comenzó a ir a Tlatelolco a recoger testimonios. Tiempo después, iban directamente a su casa a contarle las historias, así hasta el mes de noviembre. Ella misma llegó a visitar a los presos en la cárcel de Lecumberri para tener sus relatos. Todo este material fue publicado en el libro La noche de Tlatelolco: Testimonios de historia oral. Primera Edición 1971.

Dividido en dos partes, la primera muestra el entusiasmo del llamado el Movimiento, por el estudiantil. La participación de artistas, de madres de familia, jóvenes trabajadores y también obreros aunque como individuos y no en forma organizada. Los charros (burocracias) impedían que los estudiantes llegaran al movimiento obrero. El Consejo Nacional de Huelga (CNH) fue la forma colegiada en que los estudiantes lograron organizarse y tener una dirección democrática, creado el 2 de agosto de 1968 con miembros de importantes escuelas y universidades como la UNAM. La segunda parte es La noche de Tlatelolco, la de la masacre, la que bien describe el poema Memorial de Tlatelolco de Rosario Castellanos al inicio del capítulo,

La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar el crimen.

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche

para que nadie viera la mano que empuñaba

el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

Transcribimos algunos testimonios de la primera parte del libro.

Nosotros decidimos recurrir a lo único que sabemos hacer: actuar.
Dijimos: "Vamos a tratar de hacerle comprender a la gente qué es el Movimiento, qué quieren los estudiantes, cuáles son los seis puntos, vamos a demostrar que no son vándalos ni salvajes."
¿Cómo?: actuando. Desde el primer momento el grupo de Teatro de Bellas Artes decidió: "No nos podemos quedar con los brazos cruzados. Hay que hacerle publicidad al Movimiento."
Entonces fuimos a la Lagunilla, a la Merced, a Jamaica, a todo ese tipo de mercados, además de organizar brigadas a plazas, parques públicos, dos o tres fábricas (eso sí, muy poquitas), cafés, fondas, y allí sin más ni más nos soltamos hablando con la gente. También en los camiones de pasajeros, en los tranvías, en los trolebuses, comenzábamos a hablar en voz alta, de modo que la gente nos oyera. Hacíamos "encuentros", ¿ves?, happenings. Por ejemplo yo llegaba a un puesto de periódicos y pedía un periódico y al instante llegaba también una señora muy nice, muy burguesa con sus aretitos, su collarcito de perlitas, de esas que hacen su mercado cada quince días, y que no era sino otra compañera actriz. Ella tomaba un periódico del estante y decía en voz alta como tanta gente que comenta algo al comprar un periódico:

—Estos locos estudiantes toda la vida haciendo nada más borlotes, miren nada más, y una que vive tan tranquila y tan pacíficamente en México sin meterse con nadie. A ver ¿qué es lo que quieren? Molestar, nada más. Mo-les-tar, eso es. Para mí que son comunistas, eso es lo que han de ser.

Entonces yo, con mis botas y mi minifalda, me le ponía al brinco:

—Señora, me va usted a tener que aclarar qué es lo que está diciendo porque está diciendo estupideces, fíjese, ¿cómo la ve?

Y yo alzaba la voz. Entonces ella me la alzaba más. Y yo la alzaba más aún hasta que acabábamos a gritos. Se empezaba a juntar la gente porque un pleito a todo el mundo le interesa, ¿no?, y además se ponía la cosa tan al rojo vivo que parecía que iba a haber cachetadas y de hecho llegó a haberlas. Siempre al principio cundía el silencio en nuestro público, hasta que de repente, cuando menos lo sentían, empezaban a tomar parte y un señor decía:

—Oiga señora, esta muchacha tiene razón, fíjese, tiene razón porque usted no conoce ni los seis puntos que están pidiendo los estudiantes. Son éstos y éstos y éstos y éstos...

Y este señor no era actor ni nada. Pasaba por allí y se detuvo porque seguramente estaba también sufriendo en carne viva el problema estudiantil por equis razón. Entonces dejábamos hablar al compañero, que no sabía que era nuestro compañero, y muchas veces los espontáneos que intervinieron estaban mucho más politizados que nosotros y hacían una labor mucho más eficaz.

Casi siempre todo el mundo acababa a favor mío y a "la catrina" le iba de la patada; la corrían, pinche vieja rota, sáquese de aquí, usted qué sabe, pinche rota, y la pobre actriz salía por piernas siempre. Resulta que en realidad ella pensaba como nosotros pero era la mártir del happening.

Margarita Isabel, actriz

Yo empecé a trabajar en el Movimiento a partir de agosto. Me hice amigo del representante de la Vocacional 7 ante el CNH) me nombraron jefe de una brigada de dieciséis chavos: diez hombres y seis mujeres: la brigada "Che Guevara", una brigada a toda madre. Hacíamos pintas, mítines relámpago, recolectábamos dinero en los camiones, en la calle, en los mercados. Yo pocas veces estaba en la Vocacional 7, siempre fuera, de brigada.

No, yo no soy estudiante, pero soy joven; era yo comerciante, vendía ropa, pero me atrajo mucho el Movimiento Estudiantil, su pliego petitorio, la posibilidad de que cesara la represión policíaca y la arbitrariedad en que vivimos todos. La primera vez que hicimos un mitin fue en el mercado grande de Tacuba. Logramos juntar tres mil personas y como enfrente está la 9a. Delegación fuimos atacados por los policías y todos los comerciantes se encargaron de repeler el ataque con palos y piedras, jitomatazos y romanitazos (la romanita es una lechuga].

Esto nos emocionó un chorro.

Antonio Careaga García, vendedor de ropa

A mí me encanta la juventud de hoy, su moda, sus canciones, su libertad, su falta de hipocresía, su manera de enfrentarse al amor y de vivirlo. Prefiero a los Beatles que a Beethoven. ¿Cómo comparar "You’ll Be Mine" de John Lennon, "The fool on the hill" de Paul McCartney con los románticos de mi época? Yo viví sentada en el blanco diván de tul de Agustín Lara, con mi pie chiquito como un alfiletero descansando en un cojinete; me cantaban, "Mujer, mujer divina" y el hastío era pavorreal que se aburría de luz por la tarde. No sé qué hubiera dado porque me dijeran en vez de "y te has vuelto medrosa y cobarde", "See you later, alligator, after a while crocodilo", y porque las rupturas se limitaran a:

Bye bye love

bye bye happiness

Hello loneliness

I think l’m gonna cry.

Luz Fernanda Carmena Ochoa, madre de familia

El apoyo fuerte lo podían dar los trabajadores de los gremios más importantes del país y hacia ellos enfocamos nuestras baterías.

Diariamente se daba a los brigadistas la consigna: "ir a la clase obrera", pero al acercarnos a ella chocamos frontalmente con la muralla del sindicalismo charro, que impedía la movilización de los trabajadores. Entonces nos dispusimos a cambiar esa realidad y a impulsar la organización de los obreros en gremios independientes.

Gilberto Guevara Niebla, del CNH

 
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