Cultura

LIBROS Y MÚSICA

Una vida con los Ramones

Una reseña de la autobiografía de Marky Ramone, el último baterista de la banda, publicada recientemente en español.

Maximiliano Olivera

@maxiolivera77

Miércoles 20 de julio de 2016

Marky Ramone & Rich Herschiag
Mi vida en The Ramones
Planeta, Buenos Aires, 2016, 464 páginas.

Durante sus más de dos décadas de existencia, los Ramones estuvieron lejos de cosechar la popularidad acorde a la decisiva influencia que tuvieron sobre el destino del rock. Tocaban para unos centenares de personas, salvo en lugares puntuales como Argentina y Brasil, quizás España, donde llenaban estadios de fútbol.

Como una banda adelantada a su tiempo ("una bendición y maldición al mismo tiempo", dirá Marky Ramone), el reconocimiento llegó progresivamente tras la separación en 1996. Se reeditan discos, DVDs y todo un sinnúmero de merchandising con el logo de la banda. Y también libros.

Mi vida en The Ramones, es la autobiografía de Marky Ramone publicada en junio de 2015. Este mes se acaba de publicar la traducción al castellano que será bienvenida, ya sea que como lector se encuentre un viejo ramonero o alguien que recién se acerca a la música de los neoyorquinos.

Para que exista un Marky Ramone primero tuvo que haber un Marc Bell. Su primer acercamiento al rock será al ver a los Beatles en el show de Ed Sullivan, “All my loving” fue la primera canción. A partir de ese día se dejó crecer el pelo. Extrañamente, quería ser como Ringo Starr. Saliendo de una adolescencia conflictiva, fue baterista de los grupos Dust y Estus. Con Wayne County y Backstreet Boys (liderada por un trans) se hará de una referencia en el under neoyorquino, lo que lo llevará a manejar las baquetas en Richard Hell & The Voidoids, otro icono del naciente punk. Este derrotero será contado animadamente en los primeros siete capítulos.

Cuando Marc Bell pasó a llamarse Marky Ramone, los Ramones ya tenían tres discos y eran un ícono de la música punk, que pasó del CBGB neoyorquino a la Inglaterra de la era Tatcher. Era 1978, la antesala de la grabación de Road to ruin entre giras y giras. Será una época que marcó un antes y un después en su vida y en el propio sonido de los Ramones.

Marky cuenta cómo pensó en buscar un sonido más duro para hacer con un lugar en un rock donde convivían con otros pesos pesados como AC/DC o Black Sabbath: “Para comenzar afiné mi redoblante mucho más agudo que el de Tommy (Ramone, primer baterista) y utilicé platos más grandes. Buscaba un sonido con más proyección e impacto. Había muchos otros factores a tener en cuenta, en los que intervenían la colocación de los micrófonos, los niveles e incluso mi toque, que darían a las canciones un tono más atrevido y musculoso”. El primer resultado será el ritmo de I wanna be sedated que todos conocemos.

La historia de los Ramones es contada con detalles y anécdotas que ilustran las distintas facetas que se conocen como, por nombrar algunas, la disciplina y las ideas derechistas de Johnny, la sensibilidad y el TOC de Joey, la locura y creatividad de Dee Dee. Y en los capítulos finales, los sabores amargos de las relaciones humanas puestas a prueba tras la muerte de Joey, Dee Dee, y Johnny. De cualquier página se pueden extraer pasajes emocionantes. Arbitrariamente, nos centramos en la explicación que da Marky sobre la pasión ramonera que envuelve a Argentina desde los 90.

En el tramo final del libro, Marky define a Sudamérica como “nuestra casa” y que en Argentina no parecía haber una barrera idiomática (“los fans ‘comprendían’ lo que hacíamos”). “En un país con tanta conciencia de clase como Argentina, donde durante mucho tiempo se vivió de manera opresiva, quizá los Ramones representan un cierto equilibrio en el campo de juego. No hacía falta más que unas zapatillas, unos jeans, una remera y una campera de cuero para ser uno de los nuestros”, explica.

“No éramos expertos en política sudamericana, pero sabíamos que Argentina había pasado por varios regímenes militares totalitarios, con algunas pausas intermedias. El actual gobierno (de Menem, NdR) surgía de unas elecciones democráticas, pero hasta los más jóvenes del público tenían algún recuerdo de la última ‘reorganización’ a finales de los setenta y comienzos de los ochenta”, se explaya Marky, como si captara la pesada atmósfera neoliberal tras la fallida “primavera democrática” alfonsinista. En su apreciación, The KKK took my baby away era la canción más cantada en Obras o River, pero lejos del humor desopilante de Joey hacía Johnny por un amor robado se trataba de un grito de desahogo, “pulsaba en cambio una fibra muy profunda” en la memoria de los desaparecidos.

“La mejor explicación para nuestra popularidad al sur del ecuador era quizá la más sencilla. La juventud pasaba la mayor parte de su vida enfrentada a gobiernos de mierda, a trabajos de mierda y a un entorno de mierda. Un concierto de rock –cualquier concierto de rock– constituía una huida de la realidad tan breve como agradecida y enviaba un estruendoso mensaje a la autoridad. Una buena banda de rock era un puñado de antihéroes”, remata.

Sobre el continuo crecimiento de los Ramones (que en el libro se afirma que incluye a Obama y al Papa), Marky comenta: “Veo a infinidad de personas en todo el mundo con remeras de los Ramones. Es agradable, pero con frecuencia me pregunto si será el mismo caso de las remeras del Che Guevara que lleva gente que no sabe quién es el Che Guevara”. Desde nuestros lugares podemos decir “si, sabemos quiénes son”, ya que nosotros también tuvimos un vida con los Ramones.






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