Sociedad

OPINIÓN

Una reflexión antipática sobre el recital del Indio en Olavarría

Tras el recital del Indio Solari en Olavarría y sus lamentables consecuencias, La Izquierda Diario difunde opiniones del show.

Santiago Trinchero

@trincherotw

Lunes 13 de marzo de 2017 | 16:46

La espera de madrugada a las noticias que nunca llegaban de la producción, el dolor por las lastimaduras de los muertos y el coro que salió desde los medios y los fans para defender lo indefendible. Una opinión que busca separar la cultura del rock del negocio de la música y señalar la evidente responsabilidad del Indio Solari en este crimen social.

Para criticar al Indio, para ser escuchado por la pléyade que lo sigue con ferviente devoción, parece necesario siempre pelar credenciales de fan. Como el que firma esta nota de opinión lleva el mismo nombre en las redes sociales, el que quiera vaya y se fije los gustos musicales de uno. Pero lo señalo porque toda crítica al Indio y a Los Redondos arranca por ese equivalente curricular a “meter las patas en el barro” que la burocracia peronista y de los movimientos sociales exige para criticar las políticas nefastas que llevan adelante.

En este sentido esta nota a la mayoría de las personas les va a caer muy mal, porque no voy a mechar mis oraciones con letras de canciones, ni voy a ensalzar las virtudes performáticas y compositoras del Indio, ni reivindicar a sus recitales en sí mismos. Sobre todo porque en el último se murieron dos personas de la manera más absurda que podríamos imaginar.

La noticia nos llegó a todos con el gusto que la impotencia deja en la boca cuando se conjugan la lejanía y la mutilación tecnológica. A cientos o miles de kilómetros, sin señal, fuimos millones (una amiga hacía esa cuenta recién: multiplicando la cantidad de asistentes) los que desesperadamente buscábamos información sobre nuestros seres queridos.

Y esa información difusa se contaminaba con los trolls y los graciosos, los que decían que no pasaba nada con los que decían que había veinte muertos, se viralizaban listas falsas de fallecidos de apellidos recurrentes con la lista real, que nos llegó a todos por una cuenta de Twitter y no desde los organizadores que al momento (¡15:08 del domingo!) aún no han emitido palabra.

Lo mejor de todo aquello es que no hace falta describir acá esa desesperación porque la vivimos todos. Lo que sobrevino después sí requiere de esta catarsis.

No son inocentes los comentarios de los grandes medios que separan al Indio de lo sucedido contando que varias veces intentó calmar a la gente. Pero vos no podés juntar a casi 300 mil personas (donde entran la mitad) y pedirles que se calmen, no podés no poner guarderías para los nenes, dejarlos entrar al predio (bastaba con decir que no ingresarían, ponele, menores de 15 años) y después horrorizarte porque están entre la gente, no podés poner tres puertas para entrar y sólo una para salir (yo que tengo la mitad de años que el Indio y seguro que el 5 % de cantidad de recitales sé que lo que tarda tres o cuatro horas en entrar va a querer tardar quince minutos en salir).

La operación de culpar a los jóvenes (al público, bah) de los resultados catastróficos de la desidia empresarial es la vieja y confiable fórmula que culpa a los pobres de su pobreza y a las mujeres de sus violaciones. Si somos todos, no es culpa de ninguno.

Seguramente el Indio no estuvo directamente atrás de la producción, lápiz en mano, fijándose qué gastos podía recortar de los 240 palos que se llevó. Pero hay decisiones que sí le correspondían: centralmente, el empecinarse en hacer un solo show con el objetivo de enaltecer su propia misa y que el cuero no le tire tanto. En las entrevistas que dio desde Tandil, constantemente deslizaba que ya se moría (al menos, en el sentido escénico) y que pronto veríamos su último recital; la “revancha de Olavarría” fue otra invitación a un éxodo de masas hacia la ciudad.

Todos los signos llamaban a que ese show iba a estallar y es culpa de la productora no sólo no preverlo (cosa evidente) sino no tomar los recaudos necesarios para mitigar las adversidades. El Derecho Penal lo tipifica como un delito de estrago. Y alguien lo tienen que pagar.

Por eso no son inocentes las palabras del intendente de Olavarría (que responde al PRO) diciendo que las muertes y las heridas ocurrieron dentro del predio, pateando la pelota a los “privados” pero sin nombrar a la productora ni al Indio. No es un olvido: buscan todos meterse abajo del paraguas del ídolo para, desde ahí, ensalzar nuevamente una cultura pretendidamente lúmpen que coquetea permanentemente con la muerte.

Se traza un paralelo entre rock y muerte como si tuviéramos elección de decidir cómo, cuándo y dónde se llevan adelante los recitales, como si nos encantara estar hacinados en un predio viendo gente desfallecer. Buscan hacernos cómplices del producto decadente que venden. Pero eso no es el rock, eso es lo que los empresarios de la noche nos venden como tal, para ahorrarse unos pesitos.

Se suman desgraciadamente a ese coro una legión de honestos defensores que son el mejor blindaje que pueden pedir estas basuras (el Indio incluido) para que las cosas sigan igual.

En aras de una “cultura del rock” donde se justifican “excesos” de los de abajo (ir con pibes al recital, drogarse, emborracharse) se justifican los excesos (sin comillas) de los tipos que lucran con el arte. Esa arrogancia del atraso termina siendo funcional a una cultura amordazada a la miseria de lo posible. Es responsabilidad del público atenerse a las consecuencias si sobrepasa los estrechos límites de la precaria seguridad. Se mechan así argumentos decididamente reaccionarios, donde sólo falta decir que la gente se deja aplastar hasta morir en busca de una Asignación Universal.

También he leído decir que todo esto se trataría de una operación del PRO y Patricia Bulrich que buscaron “ensuciar” al Indio tirándole unos muertos encima por sus simpatías con el kirchnerismo. Como si matar a dos personas en un municipio controlado por el oficialismo no fuera un problema para ellos también. Un delirio en toda línea, funcional a que todo siga igual.

Las tragedias son los nombres políticamente correctos de los crímenes sociales. Hay un hilo que conecta los Cromañón, las Time Warp y los Olavarrías: la sed de ganancia de una piara de parásitos para los que nuestra vida no vale nada y que cuentan con la complicidad de los personeros del poder institucional de turno (peronistas, PRO o Radicales, da igual) que miran para otro lado.

El derecho a ser jóvenes y divertirse en una sociedad organizada como una carrera de lobos se ha cobrado dos nuevas víctimas. Mientras tanto (15:45 del domingo), reprimieron en la terminal de Olavarría y el Indio sigue sin aparecer a dar la cara. Una repetición degradante del crimen de Bulacio con la sumatoria de que ahora existen las redes sociales y el eco de la bronca no para de rugir. Los responsables de estas muertes las tienen que pagar.







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