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Un episodio de la revolución en Alemania

Desde Ediciones IPS, ofrecemos al lector el capítulo 18 del tomo 1 de Revolución en Alemania, de Pierre Broué, referido al putsch de Kapp, uno de los ricos acontecimientos de la historia revolucionaria de ese país.

Viernes 12 de junio | 23:29

Ilustración: Ana Laura Caruso

Esta obra inédita en castellano en dos tomos –el segundo en preparación para noviembre de este año– narra los sucesos políticos y el despertar revolucionario que se produce en Alemania, a partir de la Revolución rusa y del fin de la Primera Guerra Mundial y por un período de un complejo lustro pleno de conflictos, luchas de clases y desarrollos revolucionarios. Veremos en esta nota cómo todo esto converge y eclosiona en un episodio muy significativo, el golpe de Kapp.

Los sufrimientos que la Primera Guerra Mundial y el dolor que la derrota provocan a la población alemana generan conflictos con las clases dominantes y el gobierno. Ya habían surgido grandes huelgas a partir de febrero de 1917, ecos de la influencia de Revolución rusa, que se mantuvieron a lo largo del año y que desatarían una feroz represión en enero de 1918. Por último, el motín de los marineros de Kiel, que se negaban a morir en una última batalla de un país derrotado el 29 de octubre de 1918, se extendió a toda Alemania, y logró la abdicación del káiser Guillermo II el 9 de noviembre. Renuncian también el rey de Baviera y todos los príncipes que gobiernan en los demás Estados. Surge en este momento la República de Weimar, que construye la unidad del Reich y logra formar un Estado centralizado. “En realidad, dice Broué, ha constituido la culminación de la revolución burguesa de mediados del siglo XIX”, y señala que “el presidente tiene los mismos poderes que antes el emperador”. El 11 de noviembre, siendo Friedrich Ebert canciller, Alemania firma el armisticio que pondría fin a la guerra. Sin embargo, duras luchas de clase se producirán en los años sucesivos. En enero de 1919 se comete el infame asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg.

Ante nuevos levantamientos obreros en marzo, el ministro de Interior, Gustav Noske, ordena otra fuerte represión; “tanto esto como la instauración del hitlerismo se realizan en el marco de la Constitución”, declara Broué.

Paul Levi denunciaba en 1919 la peligrosidad de la burguesía alemana “por su talento para la organización, su poder y su brutalidad”. Domina la prensa, dispone de grandes medios financieros y exige obediencia del Parlamento. La caracteriza según Broué, “el mismo conservadurismo, nacionalismo y antisemitismo”. Así como durante la guerra la fortuna de los Thyssen y de los Krupp se ha quintuplicado, la desocupación crece con la llegada de los desmovilizados.

El costo de la guerra recae sobre las espaldas del pueblo. La inflación y la desocupación dan por tierra con las medidas favorables que el gobierno había implementado en sus comienzos. “Para los obreros, a menos de un año de la revolución de la que habían esperado pan, paz y libertad, el pan era caro, la libertad precaria y la paz, una imposición”, sostiene Broué. Todo esto favorecería el incremento de un clima insurreccional.

Sin embargo, Alemania carece de un partido revolucionario. El KPD, Partido Comunista alemán, recién ha nacido de las entrañas del partido spartakista el 1º de enero de 1919, y nace cometiendo errores que, al principio, lo alejará de las masas. Con todo, se desarrollará y alcanzará una importante influencia sobre el proletariado en unos pocos años.

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El golpe de Kapp

La intentona de golpe de Estado que se ha de llamar “el putsch de Kapp”, ocurrido en marzo de 1920, producirá una notable reacción de parte del proletariado y las masas populares que, de haber existido un gran partido revolucionario, podría haber llevado al proletariado al poder.

El nacionalismo, arma esencial de las clases dominantes, se ve reforzado por el tratado de Versalles: la pérdida de territorios, de población, la reducción del ejército, la confiscación de bienes alemanes en el extranjero y de parte de la flota, el monto exigido por reparaciones y la exigencia de entregar sus criminales de guerra para ser juzgados por los aliados son vistos por los nacionalistas como algo deshonroso y humillante. Materia suficiente para justificar la intentona. Veamos ahora cómo lo cuenta Broué.

El tratado de Versalles entre los Aliados tenía un solo objetivo común: mantener en Alemania una muralla contra el bolchevismo. Mientras tanto, Alemania sufría amputaciones de territorio y población. Sus fuerzas militares son reducidas a 100.000 hombres, ejército insuficiente para hacer una guerra, pero incomparable para la guerra civil. La oficialidad no acepta la amenaza de extradición de sus criminales de guerra; Noske los apoya. Al frente de los militares que piensan en dar un golpe se encuentra von Lüttwitz, comandante de Berlín. Se lanza a una conspiración con Ehrhardt, Ludendorff y el civil Wolfang Kapp, ministro de Agricultura en Prusia. Entre el 12 y el 17 de marzo de 1920 se desarrollan los acontecimientos. Lanzan un ultimátum, y el gobierno el día 12 huye buscando algún apoyo militar. Los amotinados ocupan Berlín a la madrugada. Proclaman el estado de sitio, suspenden los diarios.

Inmediatamente se organiza la resistencia. Esa misma mañana el dirigente sindical socialdemócrata Legien (que contaba con décadas de colaboración de clases) pasa a la clandestinidad y toma contactos, incluso con los comunistas, para derrotar el golpe. Reúne la comisión general de los sindicatos y a las 11 lanzan la consigna de huelga general. A las 17 horas ya no hay trenes ni tranvías, ni agua, ni gas. Se producen batallas entre militares y obreros. Se arman milicias obreras en muchos lugares y se baten por todas partes. Milicias obreras ocupan el correo, las estaciones, el municipio. Hay choques con la policía. El día 15 el gobierno ya se encuentra paralizado. Los marinos de Wilhemshaven se amotinan y arrestan a su almirante y a 400 oficiales.

El gobierno de Kapp, desesperado, está suspendido en el vacío. La alta patronal rechaza las órdenes que emite el gobierno de fusilar a los cabecillas huelguistas y a obreros armados, por temor a desencadenar una guerra civil y el probable triunfo obrero. Kapp y von Lüttwitz huyen; el primero es apresado por oficiales. El mando es transferido a un general, von Seeckt, que no se hallaba comprometido con el golpe, un golpe que no ha durado más de 100 horas, derrotado por la reacción obrera y la huelga general. La organización de la defensa los ha conducido a jugar el rol de verdaderos poderes revolucionarios, planteando en la práctica, y en el curso mismo de la huelga general el problema del poder y también el problema, más inmediato, del gobierno. Militantes de diferentes partidos, hasta ayer nomás enfrentados, ahora se han batido codo con codo contra el enemigo de clase. Ha crecido el prestigio de los dirigentes sindicales, mientras que Noske y Ebert se han desacreditado completamente. “Fueron los obreros quienes vencieron a los golpistas –concluye Broué–, por una huelga general iniciada a espaldas del gobierno socialdemócrata”.






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