OPINION

Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas (I)

Es conocida la vieja afirmación de los cientistas sociales socialdemócratas y de algunos marxistas permeados por el estalinismo de que León Trotsky logró elaborar una teoría de la revolución para el oriente europeo, pero de inútil aplicación para pensar el triunfo de la revolución en occidente.

Vicente Mellado

Licenciado en Historia U.Chile, y Director del Centro de Estudios de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (CEFECh)

Jueves 27 de abril

El consenso existente en las aulas universitarias es que habría sido Antonio Gramsci el marxista que elaboró una teoría política para superar la sociedad y el Estado capitalista en occidente. Para esta región, la estrategia de la revolución socialista sería la conquista de la hegemonía de las clases subalternas mediante una “guerra de posiciones” (teniendo presente el hecho de que, como sostuvo Perry Anderson, el concepto de hegemonía adquirió varias definiciones). Esta estrategia seria la correcta para aquellas sociedades con instituciones civiles fuertes y diversos canales de mediación entre las clases dominantes y las clases subalternas.

En cambio, Trotsky solamente pudo elaborar una teoría política aplicable a sociedades carentes de “fortalezas civiles” y donde el Estado lo era todo. La revolución en la Europa oriental sería el resultado de un golpe frontal directo al Estado mediante una “guerra de movimientos”.

El acuerdo de los cientistas sociales neomarxistas, posmarxistas y marxistas posestalinistas respecto a la propuesta de Trotsky es que la teoría de la revolución permanente sería el reflejo de la estrategia de la guerra de movimiento. Afirmándose en citas de Gramsci, Christine Buci-Glucksmann afirmó que Trotsky “sigue siendo el teórico político del ataque frontal, en un periodo en el cual ese ataque sólo ocasiona la derrota” . Para otros intelectuales, como el filósofo polaco posestalinista Leszek Kolakowsky, Trotsky no sólo construyó una teoría errada para la conquista del poder en occidente, sino que no habría aportado nada al marxismo .

En esta nueva sección de Izquierda Diario proponemos desarrollar la problemática en torno a la revolución en las sociedades capitalistas con sistemas democráticos consolidados basándonos en los encuentros y desencuentros de Trotsky y Gramsci. Fueron precisamente ellos los últimos marxistas del periodo de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1922) que desarrollaron un análisis científico de las estructuras sociales y políticas de las sociedades capitalistas avanzadas de occidente con el objetivo de lograr la revolución socialista. Creemos que su legado histórico es de fundamental importancia para pensar la revolución en las actuales sociedades subdesarrolladas con sistemas políticos democráticos liberales.

Guerra de posiciones y guerra de movimientos.
La tesis clásica mencionada más arriba no nació de un capricho cualquiera. Se ha sostenido en los mismos escritos de Gramsci. En sus Quaderni del carcere, el revolucionario italiano sostuvo que la revolución permanente de Trotsky se correspondía con la estrategia del “ataque frontal”, similar a la “teoría de la ofensiva” del Partido Comunista Alemán del bienio de 1921-22. Para Gramsci, eso sería sinónimo de “guerra de movimientos”, estrategia adecuada para sociedades donde “el Estado lo era todo [y] la sociedad civil era primitiva y gelatinosa” .

Si bien definió guerra de posiciones y guerra de movimientos , Gramsci no logró establecer un puente que las integrara en un todo. Tampoco comprendió la tesis de la revolución permanente de Trotsky (que polemizaremos en artículos posteriores), que no tiene relación alguna con el tópico de “ataque permanente”.

El lenguaje empleado de posición y movimiento alude a la estrategia militar que los Estados capitalistas aplicaron en los conflictos bélicos durante el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Los marxistas de la III Internacional llevaron ese lenguaje político que era propio del terreno de la lucha entre estados imperialistas o capitalistas al terreno de la lucha de clases y la toma del poder político por la clase obrera.

Por guerra de posiciones entendemos la necesidad de una clase o grupo social de conquistar la mayor cantidad de fortalezas y bases en la sociedad civil o el Estado (burgués) con el objetivo de concentrar fuerzas y prepararse para la ofensiva contra el enemigo de clase. En este caso hacemos referencia a la necesidad de que la clase obrera en alianza con las demás clases explotadas y oprimidas conquiste “posiciones” para preparar el ataque frontal contra la burguesía y su aparato estatal.
Por otro lado, la guerra de movimientos se define como la necesidad de un ejército de movilizar rápidamente gran parte de su aparato militar concentrando el ataque en un punto determinado con el objetivo de derrotar y eliminar al enemigo. Como sostuvo Carl Von Clausewitz, “la guerra es un acto de fuerza destinado a obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad” .

La guerra de posiciones está relacionada con la estrategia defensiva. En cambio, la guerra de movimientos está relacionada con la estrategia ofensiva. Sin embargo, la esencia de la estrategia militar es el ataque, es decir, la ofensiva. Esto significa que la guerra de posiciones no es más que el “momento preparatorio” para pasar al ataque frontal. Según Clausewitz, la defensa debe ser una pausa temporal, necesaria para reorganizar las fuerzas de un ejército y prepararse para pasar nuevamente a la ofensiva. De lo contrario, la campaña militar está destinada al estancamiento y por tanto al fracaso estratégico.

La defensa no constituye el fin último de la guerra. La defensa posee un fin pasivo, conservar posiciones o fortalezas. En cambio, el ataque contiene un aspecto positivo que es la conquista de nuevas posiciones estratégicas (no solamente la victoria final). Para Clausewitz, la defensa constituye un recurso temporal mientras se reorganizan las fuerzas para pasar al ataque del enemigo.

Creemos que allí reside el gran problema de la propuesta “gramsciana”. El dirigente comunista, realizó un balance correcto aunque parcial después de la derrota del movimiento obrero alemán en 1923 y del ascenso del fascismo en Italia. Los nacientes partidos comunistas debían realizar un retroceso táctico, volcándose a la conquista de posiciones (el frente único) para afirmar nuevas bases sociales y políticas que permitieran a los obreros reagruparse y conquistar alianzas con otros sectores de explotados y oprimidos.

La oleada revolucionaria había pasado y los nacientes partidos comunistas debían echar hondas raíces en el movimiento de masas como fase previa para preparar la conquista del poder. El problema es que Gramsci a partir de ese momento comenzó a desarrollar una teoría política para el movimiento revolucionario cuyo eje central lo constituyó la estrategia de conquistar posiciones en oposición a la estrategia de movimientos. Allí reside lo engorroso y misterioso del pensamiento de Gramsci.
Lo que nos proponemos desarrollar en esta sección de “Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas” es la tesis de que el marxista sardo elaboró una teoría política para el movimiento revolucionario cuyo eje central lo constituyó la estrategia de “guerra de posiciones” en oposición a la “guerra de movimientos”. Creemos que no supo integrar en una estrategia totalizante la relación dialéctica entre guerra de posición y guerra de movimiento. Esta última desapareció de sus escritos a partir de los años 20 hasta sus últimos días vividos en las cárceles de la dictadura fascista en la década del 30.

Por el contrario, creemos demostrar que León Trotsky si realizó el intento por integrar la guerra de posición con la guerra de movimiento en una estrategia revolucionaria por la conquista del poder político cuya máxima expresión lo constituye el Programa de Transición. Transgrediendo las tesis del reformismo, la socialdemocracia y el consenso académico, afirmamos que Trotsky si fue un conocedor de los procesos revolucionarios de occidente, en un nivel superior al de Gramsci. Sostener que el revolucionario ruso-ucraniano no conoció los movimientos proletarios de las democracias capitalistas avanzadas por no haber realizado un análisis histórico de las formaciones estatales y los movimientos políticos de occidente —como si lo hizo Gramsci—, no constituye un argumento sólido.

Trotsky realizó análisis políticos que sorprenden por su rigor científico. No estando libre de limitaciones y errores (al igual que los escritos de Gramsci), los escritos acerca de España, Francia, Inglaterra y Alemania constituyen todo un legado histórico para la construcción de movimientos revolucionarios en países con sistemas políticos democráticos consolidados y donde predomina el trabajo asalariado urbano.

Las democracias de raigambre liberal ya no se limitan a la Europa occidental y Estados Unidos como fue en los años 30. Después de la caída del muro de Berlín en 1989, la democracia (neo) liberal se impuso en gran parte del orbe mundial. Creemos que el legado de Trotsky y Gramsci sirven para teorizar la construcción de un partido revolucionario en la actualidad.

1Buci-Glucksmann, Christine, Gramsci y el Estado. Hacia una teoría materialista de la filosofía, siglo XXI, 1974, p. 337.
2Kolakowsky, Leszek, Las principales corrientes del marxismo. Tomo III. La crisis, Alianza Editorial, 1978, pp.185-217.
3Gramsci, Antonio, “Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal”, en: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 3 (1930-1932), Ediciones Era, 1975, p. 157.
4Gramsci, Antonio, “Pasado y presente. Paso de la guerra de maniobras (y del ataque frontal) a la guerra de posiciones incluso en el campo político”, en: op. cit, pp. 105-106.
5Clausewitz, Carl Von, De la Guerra, Editorial Tecnos, 1999, p. 6.






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